Número 1

  "El Capitán Futuro y el Emperador del Espacio" 
Por Edmond Hamilton

Publicado en el pulp Captain Future
en diciembre de 1939

Traducción: Javier Jiménez


 

CAPITAN FUTURO Y EL EMPERADOR DEL ESPACIO
 

CAPITULO I
La Maldición de Júpiter



 El hálito extraño y escalofriante de una oscura amenaza, situada a millones de kilómetros de distancia, se dejaba notar en la espaciosa oficina, suavemente iluminada, situada en la mayor de las grandes torres de Nueva York.
 El hombre que allí se sentaba, frente a un amplio escritorio de ebonita, estaba preocupado. Mientras observaba el amplio ventanal que mostraba la ciudad a la luz de la luna, casi pudo sentir ese aura, fría y maligna. Se estremeció al pensar en lo que él sabía que estaba ocurriendo en ese momento.
 --No puedo seguir así, -musitó abatido-. Este horror debe ser detenido, sea como sea. De otro modo...
 James Carthew, Presidente del Gobierno de la Tierra, que había liderado a toda la humanidad desde la última Guerra Mundial, no era un hombre de edad avanzada. En aquellos días, se consideraba que cincuenta años eran casi el comienzo de la vida. Pero la apabullante responsabilidad de guiar el destino de toda la humanidad había envejecido a este hombre antes de tiempo.
 Sus cabellos canos comenzaban a aclararse en la parte superior de su alta frente. Su rostro apuesto y con carácter mostraba ya profundas arrguas de preocupación, y sus ojos oscuros estaban velados por un ansioso malestar y por un miedo creciente.
 Al abrirse la puerta de su oficina, sus manos aferraron con fuerza los bordes de su escritorio.
 North Bonnel, su joven y delgado secretario de pelo oscuro entró en la habitación.
 --Acaba de aterrizar la nave de línea de Júpiter, señor, -informó-. Me lo acaban de comunicar los del espaciopuerto.
 --¡Gracias al cielo! -Musitó Carthew-. Sperling debería llegar aquí en cuestión de cinco minutos. Sabe que estaré esperando su informe.
 Bonnel dudó.
 --Espero que haya llegado al fondo de este misterio. Los ciudadanos del Comité Especial de Júpiter han vuelto ha llamar esta misma tarde por la telepantalla.
 --Lo sé... llamaban para protestar una vez más por las condiciones de Júpiter, -dijo Carthew con amargura-. Cada uno de ellos intenta gritar sus quejas más alto que los demás.
 --La verdad es que no puede usted culparles, señor, -se aventuró a decir el joven secretario-. Las cosas están adquiriendo un cariz horrible, allí en Júpiter, con ese horror espantoso que está teniendo lugar.
 --Sperling habrá encontrado la causa que lo ha provocado, -aseguró el Presidente con confianza. Miró el perpetuo reloj de uranio de su escritorio-. Debería de llegar aquí en cualquier momento...
 Fue interrumpido por un grito. Un alarido acababa de sonar en alguna parte de los niveles inferiores de la gran Torre del Gobierno. Era un grito de mujer.
 Había una gran cantidad de empleadas en los Cuarteles Generales del Gobierno, tanto en la Tierra como en el resto de las colonias planetarias. Algunas de ellas permanecían en el interior del edificio incluso de noche. Pero ¿Qué habría podido asustar de ese modo a una de ellas para lanzar ese grito agónico y aterrado?
 James Carthew se puso en pie detrás del escritorio, mientras su envejecido rostro se llenaba de aprensión. Violentamente, el secretario empezó a decir:
 --¡Algo va mal, señor! Será mejor que mire...
 Se dirigió hacia la puerta, que, de repente, se abrió desde el exterior.
 El joven Bonnel retrocedió aterrado.
 --¡Dios mio! -Exclamó.
 En el umbral de la puerta apareció una figura increible y espantosa, una monstruosidad salida de una pesadilla.
 Se trataba de un gigantesco simio jorobado, peludo y aberrante. Su enorme figura lucía el atuendo de un ser humano, de seda sintética blanca. Ataviado con aquel traje, demasiado ajustado, aquella criatura parecía una grotesca parodia de un hombre, y su rostro, velludo y embrutecido, parecía una máscara bestial, en la que sus enormes mandíbulas se abrían para revelar unos colmillos colosales. Sus ojos ardían con un brillo gélido, mientras comenzaba a avanzar por la estancia.
 --¡Cuidado! -Aulló Bonnel frenético.
 Un aterrado guardia, con el uniforme oscuro de la Policía Planetaria, apareció en la puerta. Rápidamente, apuntó su arma contra el monstruoso simio.
 --¡Espere... No dispare! -Gritó de repente James Carthew, mientras miraba el velludo rostro del simio.
 Su advertencia fue tardía. El guardia no había visto nada, excepto a una criatura terrible y amenazadora que avanzaba hacia el Presidente. Apretó el gatillo.
 El pequeño resplandor de la pistola alcanzó el amplio pecho del simio. El bestial rostro de la criatura se contorsionó en una mueca de agonía. Con un profundo gruñido, casi humano, se desplomó.
 James Carthew, con un grito de horror, saltó hacia delante. Su cara estaba blanca como el papel. Se arrodilló junto a la criatura.
 Los ojos del simio, unos ojos extraños y azules, mostraron una luz agonizante mientras miraban al Presidente. La criatura se esforzó por hablar.
 La primitiva garganta de la criatura emitió un áspero balbuceo... palabras agónicas, distorsionadas por un brutal gruñido, pero aún así, vagamente reconocibles.
 --Júpiter... El Emperador del Espacio... Causa la regresión... -dijo roncamente aquella cosa, con voz de moribundo.
 Intentó levantar la cabeza, mientras sus ojos azules, extrañamente humanos, parecían fijarse en el Presidente.
 --Cuidado con...
 Y entonces, mientras se esforzaba por articular otra palabra, la vida le abandonó, y la criatura se quedó lacia.
 --¡Muerto! -Exclamó Carthew, temblando violentamente.
 --¡Dios mio! ¡Pero si hablaba y todo! -Gritó el guardia, con la tez pálida-. Ese mono... ¡Hablaba!
 --¡No era un mono, sino un hombre! -Respondió ásperamente James Carthew.
 Se puso en pie. La oficina se estaba llenando de guardas y oficiales que habían oido la alarma.
 --Todos ustedes... salgan de aquí, -susurró Carthew mientras hacía un gesto con su mano temblorosa.
 Horrorizados, mirando aún el mostruoso y velludo cuerpo que yacía tirado en el suelo, dejaron a solas al presidente y su secretario con el macabro cadáver.
 --Buen Dios... esos ojos azules... ¡Podría tratarse de Sperling! -Exclamó el tembloroso secretario.
 --Pues si, es Sterling, -dijo suavemente James Carthew-. Le reconocí por sus ojos, pero ya era demasiado tarde. John Sperling, nuestro mejor agente... ¡Transformado en esta bestia, que ahora yace muerta en el suelo!
 --Usted le envió para que investigara el Horror de Júpiter... ¡Y el pobre cayó presa de ese mismo horror! -Exclamó Bonnel roncamente-. Se transformó, como tantos otros, de hombre a bestia. ¡Y aún así, fue lo bastante hombre como para intentar darle su informe!
 El joven secretario miró con vehemencia a su jefe.
 --Pero ¿Qué está causando esta oleada de transformaciones monstruosas en Júpiter? En el último mes se han registrado cientos de casos... ¡Cientos de hombres transformándose en bestias simiescas!
 --Sea lo que sea, no es sólo problema de Júpiter, -susurró Carthew, lleno de ansiedad-. Supón que esta extraña plaga se extiende hacia los demás planetas... o a la Tierra...
 Bonnel se estremeció ante lo horrible de aquella posibilidad.
 --¡Buen Dios! ¡Eso no debe ocurrir!
 El Presidente bajó la mirada hacia el velludo cadáver que, unas pocas semanas antes, había sido el hombre más brillante de entre todos los agentes secretos de la Policía Planetaria.
 --Sperling debe de haber escrito un informe, -murmuró Carthew-. Se supone que los agentes secretos no suelen hacerlo, pero...
 Rápidamente, el joven secretario registró las ropas de la criatura. Emitió una ligera exclamación al encontrar una hoja de papel.
 Estaba cubierta con una escritura tosca, casi ilegible, como los garabatos de un niño. En el encabezamiento se leía: "Para el Presidente". Carthew la leyó en voz alta:
 --"La nave está ya a sólo un día de la Tierra, pero siento que me transformo con tanta rapidez, que temo que, para entonces, no sea capaz de pensar o de hablar con claridad. Hace unos días, en Júpiter, fui atacado por esta extraña regresión. De modo que intento regresar a la Tierra, para informar de lo que he descubierto, antes de volverme totalmente inhumano.
 He descubierto que el brote de Júpiter ha sido provocado por un ser misterioso, conocido como El Emperador del Espacio. Aunque no sé si es Terrícola o Joviano. Tampoco sé cómo causa las regresiones, pero son producto de alguna extraña fuerza, qe emplea contra los terrícolas de aquí. Yo mismo no la sentí, hasta que, de repente, empecé a cambiar. Mi mente se fue nublando, y me vovlí más bestial.
 Ya no podré escribir mucho más... es difícil sujetar el lápiz... no me he atrevido a salir de mi camarote. Mi cambio es tan increible... la mente se me nubla... Ojalá hubiera podido descubrir algo más..."

 Mientras James Carthew terminaba la lectura, los ojos del joven secretario mostraron horror y compasión.
 --¡De modo que Sperling no logró descubrir gran cosa, excepto que estas horribles transformaciones son causadas por algún agente humano! -Exclamó-. Me lo estoy imaginando, encerrado en su camarote, volviéndose más bestial a cada día, y aún así, rogando para regresar a la Tierra mientras aún fuera humano...
 --¡Ahora no tenemos tiempo para compadecernos de Sperling! -Zanjó Carthew en voz alta-. En quienes tenemos que pensar es en la gente de Júpiter, y en la de los otros planetas... ¡Y en evitarles este horror!
 James Carthew sentía en ese momento el terrible peso de la responsabilidad. Los nueve planetas, desde Mercurio hasta Plutón, le habían sido confiados para que cuidara de su bienestar. Y ahora sentía aproximarse aquel peligro, misterioso y amenazador, un horror oscuro y desconocido, que se extendía como un veneno lento.
 Los primeros informes de aquel brote le habían llegado de Júpiter hace varias semanas. Aquel era más colosal de todos los planetas, con vastas junglas y grandes océanos, una gran parte de los cuales continuaba totalmente inexplorados. No obstante, había allí asentada una considerable colonia terrícola. Alrededor de la capital, Jovópolis, se extendían docenas de pequeñas ciudades terrícolas, dedicadas a la extracción de mineral, y a la recolección de sus grandes plantaciones de grano.
 El primer informe, casi increible, había venido de una de esas ciudades coloniales cerca de Jovópolis. ¡Los terrícolas... se estaban convirtiendo en bestias! Inexplicablemente, los terrestres se estaban transformando en animales parecidos al simio, y sus cuerpos y mentes se embrutecían más y más a cada día que pasaba. ¡Un espantoso retroceso en el camino de la evolución humana! Las víctimas sufrían una regresión... un retroceso biológico apartado de la evolución.
 Carthew no había dado demasiado crédito a aquellos primeros informes. Pero, poco después, habían sido ampliamente corroborados. Casi un centenar de terrícolas habían sido afectados por aquel cambio espantoso. Los colonos estaban empezando a ser presas del pánico.
 Carthew había enviado científicos, hombres hábiles en medicina planetaria, para que combatieran aquella horrible plaga. Pero habían sido incapaces de frenar los casos de regresión, o de averiguar su causa. Y tampoco habían tenido éxito los agentes secretos de la Policía Planetaria. No habían sido capaces de averiguar nada. Incluso Sperling, el mejor de todos los agentes, había sido capaz de averiguar bien poco, a pesar de su sacrificio.
 --Tenemos que hacer algo al momento para detener este brote, -declaró Carthew, casi hundido-. Al menos, ahora sabemos que estos casos de regresión están siendo deliberadamente provocados por un ser al que Sperling denominó El Emperador del Espacio.
 --Pero si Sperling, nuestro mejor agente, no tuvo éxito. ¿Quién sería capaz de ayudarnos? -Exclamó Bonnel.

 James Carthew se acercó hacia la ventana y salió hasta el pequeño balcón. Miró hacia arriba a la Luna llena, que recorría los cielos de Nueva York con majestuoso esplendor.
 Había una mirada de desesperación en el ajado rostro del Presidente, mientras miraba la resplandeciente cara blanca del solitario satélite.
 --Ya sólo hay una cosa que podamos hacer -dijo con parsimonia-. Voy a llamar al Capitán Futuro.
 El secretario se estremeció.
 --¿Al Capitán Futuro? ¡Pero si le llama, el mundo entero sabrá que esta es una emergencia peligrosa!
 --¡Pero es que ES una emergencia peligrosa! -Exclamó su superior-. Debemos llamarle. Comunique con la patrulla meteorológica e Spitzbergen. Ordéneles que lancen la señal de magnesio sobre el Polo Norte.
 --Muy bien, señor, -accedió el secretario, y salió, para dirigirse a la telepantalla.
 Un poco después, regresó a la balconada, desde la que James Carthew miraba la Luna con ansiedad.
 --La bengala debe estar siendo lanzada en estos instantes, -informó.
 Entonces, esperaron envueltos en un tenso silencio. Pasó una hora... y otra... El reloj de uranio mostraba que pasaba ya de la medianoche.
 A una distancia enorme de las torres de Nueva York, la Luna comenzaba a aproximarse a su cenit. Podía observarse las distantes llamaradas de las naves comerciales, que despegaban rumbo a Venus, Saturno o Plutón.
 --¿Por qué no viene el Capitán Futuro? -Estalló por fín North Bonnel, incapaz de continuar en silencio-. Esa nave suya puede viajar de la Luna a la Tierra en sólo un par de horas... a estas alturas ya debería estar aquí.
 James Carthew levantó su encanecida cabeza.
 --Ya vendrá. Hasta ahora, jamás ha fallado en acudir a una de nuestras llamadas.
 --Para serle sincero, ya estoy aquí, señor, -dijo una voz, profunda pero risueña.
 Venía del balcón, al otro lado de la ventana. Un joven pelirrojo, de gran estatura, había aparecido allí de repente, como por arte de magia.
 --¡Curt Newton... el Capitán Futuro! -Exclamó con vehemencia el Presidente.

 Curt Newton era un joven alto y bien formado. Su mata rebelde de cabello pelirrojo se alzaba a un metro ochenta por encima del suelo, y sus anchos hombros amenzaban con reventar las costuras de su mono gris de seda sintética. Llevaba un cinturón de tungstita, que sujetaba una pistola de extraño aspecto. En su mano izquierda lucía un gran anillo.
 El apuesto y bronceado rostro del joven mostraba marcas de buen humor en las comisuras de los labios y en los ojos. Y, a pesar de dicho humor, en sus ojos grises acechaba algo profundo y terrible, una especie de determinación oculta y sobrecogedora.
 --¡Capitán Futuro! -Repitió James Carthew-. ¿Pero dónde está tu nave, "El Cometa"?
 --Está colgando de la pared exterior, mediante el ancla magnética, -respondió Curt Newton de buen humor-. Ahora vendrán mis camaradas.
 Una forma extraña acababa de saltar al balcón. Se trataba de una figura humanoide, pero su cuerpo tenía un aspecto gomoso, como si careciera de huesos y su color era blanco. Vestía un arnés metálico, y sus grandes ojos, verdes y rasgados, brillaban desde un rostro de un blanco alienígena.
 Tras aquel gomoso androide, u hombre sintético, apareció otra figura igualmente extraña... un gran robot de metal que caminaba sobre el suelo del balcón sobre unos pies rematados con caucho. Medía más de dos metros diez de alto. En su bulbosa cabeza de metal brillaban un par de ojos fotoeléctricos.
 El robot llevaba algo en la mano izquierda: una caja cuadrada y transparente, que albergaba en su interior a un cerebro vivo. En la parte delantera de la caja aparecían dos ojos lenticulares: los ojos del Cerebro. Incluso ahora, los ojos se movían sobre sendos tubos flexibles de metal, escrutando al Presidente.
 --Ya conoce a mis ayudantes -dijo Curt Newton brevemente-. Grag el robot, Otho el androide y Simon Wright, el Cerebro viviente. Nada más ver su señal, nos pusimos en camino desde la Luna, a máxima velocidad. ¿Cual es el problema?
 --Necesitamos su ayuda, Capitán Futuro... desesperadamente, -dijo James Carthew con ansiedad-. Debe usted partir al momento para Júpiter.
 --¿Júpiter? -El apuesto joven frunció el ceño-. ¿Ha ocurrido algo por allí?
 --¡Se ha desencadenado un horror sin precedentes! -Exclamó el Presidente-. Un horror espantoso que debe detenerse de inmediato. Escuche...

CAPITULO II
Desde el pasado


 El nombre del Capitán Futuro, el enemigo supremo del mal y los malhechores, era conocido para todos los habitantes del Sistema Solar.
 Aquel joven aventurero, pelirrojo, alto y saludable, de risa fácil y puños de acero, era la némesis implacable de todos los opresores y explotadores que habían entre los humanos y las demás razas del Sistema. Combinando una alegre audacia con una férrea decisión y con un dominio de la ciencia sin parangón, se trazado una brillante senda alrededor de los Nueve planetas en su lucha por la justicia.
 Él y sus tres compañeros inhumanos, el Cerebro viviente, el robot de metal y el hombre sintético, eran la comidilla de todo el Sistema. Todo el mundo sabía que el hogar del mago de la ciencia estaba en algún oscuro cráter, en la desolada Luna. Por la noche, la gente miraba al orbe lunar, y se sentían más seguros, sabiendo que el Capitán Futuro estaba allí, listo y alerta. Sabían que si alguna catástrofe siniestra amenazaba al Sistema, él no dudaría en combatirla.
 Pero ¿Quién era el Capitán Futuro? ¿Cual había sido el origen de su trio de camaradas inhumanos? ¿Y cómo había adquirido sus conocimientos super-científicos?
 Esa era una historia que sólo conocía el Presidente. Y, quizás, era la historia más extraña de todo el Sistema Solar.
 Veinticinco años antes, un joven biólogo de la Tierra, llamado Roger Newton, había acariciado un gran sueño. Su sueño era crear vida... vida artificial... criaturas vivas e inteligentes que fueran capaces de pensar y trabajar para servir a la humanidad. Había realizado ya grandes avances para llegar a su meta, y se sentía al borde del éxito.
 Pero cierto político sin escrúpulos con ambiciones siniestras, había oido hablar de los cruciales descubrimientos de Roger newton, y realizó varios intentos temerarios para conseguirlos. Si tales secretos hubieran llegado a unas manos como las suyas, la humanidad entera habría estado en peligro. De manera que Newton decidió buscar un refugio seguro en el que poder trabajar en secreto.
 Una noche de junio de 1990, el joven biólogo comunicó sus decisiones a sus únicos seres queridos: su joven esposa Elaine y su leal socio Simon Wright.
 Paseando intranquilo por su atestado laboratorio en el interior de una granja abandonada, con el cabello rojo en desorden y su rostro juvenil mostrando una mirada de preocupación, Roger newton les dijo:
 --Los agentes de Victor Corvo nos encontrarán aquí, tarde o temprano, -aseguró-. ¡Pensad en mis descubrimientos en manos de Corvo! Debemos irnos de la Tierra... debemos ir a un lugar en el que no nos encuentre jamás.
 --Pero ¿A donde podríamos ir, Roger? -Preguntó ansiosamente Elaine Newton, con una mirada de preocupación, mientras le apretaba el brazo con una de sus pequeñas manos.
 --Si, ¿A donde podríamos ir? -Coreó Simon Wright con su voz metálica e inhumana-. ¿A uno de los planetas colonizados?
 --No. Los agentes de Corvo nos encontrarían tarde o temprano en cualquiera de los planetas colonizados, -replicó Newton.
 --Entonces ¿Donde está ese refugio del que hablas, si no está en la Tierra ni en ninguno de los Planetas colonizados? -Inquirió Simon Wright mientras sus ojos artificiales miraban expectantes el rostro de Newton.
 Simon Wright no era un hombre. Antaño lo había sido. Había sido un científico muy famoso y muy anciano, cuyo cuerpo sufría la lacra de una enfermedad incurable. Para salvar de la muerte a aquella mente tan brillante, Newton accedió a las súplicas del anciano, y había extraido el cerebro viviente de Wright fuera de su cuerpo, trasplantándolo a un tanque lleno de suero en el que podría vivir indefinidamente.
 La caja de suero se hallaba ahora en una mesa, junto a Newton y su esposa. Era una caja de metal transparente, cuyas aristas medían unos cuarenta centímetros. Estaba confeccionada con una aleación secreta, se hallaba protegida contra los impactos, el calor y el frío, y contenía una diminuta batería que podía hacer funcionar una compacta bomba de fusión y un purificador de suero durante un año entero.
 A los costados de la caja se encontraban los micrófonos que servía de orejas a Simon Wright. En la parte frontal se hallaba el altavoz con el que hablaba, así como sus ojos artificiales, que consistían en unas lentes montadas sobre unos tubos de metal flexible y retráctil, que le permitían moverlos a voluntad. En aquella caja vivía el más grande cerebro de toda la historia de la ciencia.
 --¿Donde podríamos encontrar refugio si no es en la Tierra ni en ninguno de los planetas? -Repitió Wright con su voz áspera y metálica.
 Newton se acercó a la ventana y descorrió la cortina. En el exterior se alzaban las montañas, inmóviles y bañadas en luz plateada por los rayos de la luna llena, que se alzaba en gloriosa majestad.
 El disco blanquecino del gran satélite iluminaba las llanuras y las pétreas montañas, brillando vívido en medio del firmamento. Newton lo señaló, mientras la joven y el Cerebro observaban maravillados.
 --Allí está nuestro refugio, -dijo Roger Newton-. Allí arriba, en la Luna.
 --¿En la Luna? -Exclamó Elaine newton, llevándose la mano a la garganta-. Oh, no Roger... ¡Es imposible!
 --¿Por qué imposible? -Argumentó él-. Un buen cohete interplanetario puede hacer el viaje con facilidad. Y tenemos suficiente dinero por la herencia de mi padre como para comprar dicho cohete.
 --Pero... ¡La Luna...! -Exclamó Elaine, mientras una profunda repulsión ensombrecía sus ojos-. ¡Es un mundo desolado y sin aire, que nadie visita jamás! ¿Cómo podría vivir nadie allí?
 --Podremos vivir con bastante facilidad, querida. -Replicó su joven marido con vehemencia-. Llevaremos con nosotros las herramientas y el equipo necesario como para excavar un hogar subterráneo, coronado por un enorme ventanal de glasita para ver el cielo y las estrellas. La energía atómica nos proporcionará frío o calor según lo necesitemos, y transmutará las rocas en hidrógeno, oxígeno y nitrógeno para tener aire y agua. Podemos llevar suficiente comida concentrada como para estar allí toda una vida.
 --Creo que tu plan es bueno, Roger, -dijo lentamente la voz metálica de Simon Wright-. No es muy probable que Corvo llegue a buscarnos en la Luna. Podremos trabajar en paz, y estoy seguro de que allí tendremos éxito en nuestro proyecto de crear una criatura viva. Luego podremos volver, y ofrecerle a la humanidad una nueva raza de criados artificiales.
 Elaine sonrió con valentía.
 --Muy bien, Roger, -dijo a su marido-. Iremos allí, y puede que en la Luna seamos más felices de lo que hemos sido aquí, en la Tierra.
 --¿Iremos? -Coreó asombrado el joven biólogo-. Pero tu no debes ir, Elaine. Cuando hablaba de "nosotros" me refería a Simon y a mi. Tu no podrías vivir en ese mundo inhóspito y desolado.
 --¿De verdad crees que voy a dejar que te vayas sin mi? -Exclamó ella-. No. Si tu vas, yo voy contigo.
 --Pero nuestro hijo... -dijo él, frunciendo el ceño.
 --Nuestro hijo nacerá en la Luna igual que habría nacido en la Tierra, -declaró ella. Y, al ver que aún dudaba, añadió:- Si me dejas aquí, Victor Corvo podría encontrarme, y obligarme a decir dónde te has ido.
 --Eso es cierto, Roger, -interpuso el Cerebro con su voz fría e incisiva-. Debemos llevarnos a Elaine.
 --Si debemos hacerlo, lo haremos, -dijo Newton resignado, con una expresión de preocupación absoluta-. Pero es un lugar terrible para llevar a alguien a quién amas... y es un lugar terrible para que nazca nuestro bebé...

 Diez semanas después, Newton, Elaine y Simon Wright... hombre, mujer y Cerebro... despegaron en secreto hacia la Luna en una gran nave cohete cargada hasta los topes con suministros y equipos científicos.
 En la Luna, bajo la superficie del cráter Tycho, contruyeron su morada subterránea. Allí, no tardó en nacer el hijo de aquel hombre y aquella mujer... un bebé pelirrojo al que llamaron Curtis.
 Y allí, en el laboratorio del solitario hogar de la Luna, y, sólo un poco después, Newton y Simon Wright crearon a su primera criatura viviente artificial... un gran robot de metal.

 Grag, que fue como bautizaron al robot, medía dos metros y diez centímetros de alto, y poseía una figura humanoide de metal, con unos miembros de fuerza increible. Contaba con unos sensibles ojos fotoeléctricos, un agudo oido y un cerebro de neuronas metálicas que le proporcionaba la suficiente inteligencia como para hablar y trabajar, pensar y sentir emociones primarias.
 Pero, a pesar de que Grag, el robot, demostró ser un sirviente fiel y leal, no poseía una mentalidad lo bastante elevada como para satisfacer a Newton. El biólogo se dio cuenta de que deseaba crear algo más semejante al hombre, por lo que debería hacerlo de carne, no de metal. Después de semanas de trabajo, confeccionaron una segunda criatura artificial, un androide de carne sintética.
 A este hombre sintético le llamaron Otho. Era una criatura humanoide y gomosa, cuya piel, de un blanco mortecino, había sido modelada a semejanza de los seres humanos, pero cuyo rostro, carente por completo de pelo y con unos ojos verdes y rasgados, y cuyos reflejos físicos y mentales, increiblemente veloces, resultaban bastante inhumanos. No tardaron en descubrir que Otho, el hombre sintético, aprendía aún más rápido que Grag, el robot.
 --El entrenamiento de Otho ya ha concluido, -declaró Newton por fín. Cuando continuó hablando, sus ojos brillaron de triunfo-. Ahora podremos regresara la Tierra, y mostrar lo que hemos logrado. Otho será el primero de toda una raza de androides, que pronto servirán a la humanidad.
 El rostro de Elaine se iluminó con la más pura felicidad.
 --¡Volvemos a la Tierra! Pero ¿Nos atreveremos a regresar, con Victor Corvo allí abajo?
 --Corvo no se atreverá a hacernos daño, cuando regresemos como benefactores supremos de la humanidad, -le dijo su marido con confianza.
 Se giró hacia sus dos criados inhumanos.
 --Grag, -ordenó-. Tu y Otho, salid fuera y quitad el camuflaje de rocas que oculta el cohete, para que podamos prepararlo para nuestro viaje de regreso.
 Cuando el enorme robot de metal y el gomoso androide hubieron salido a la superficie de la Luna a través de la exclusa de aire, Elaine Newton trajo a su bebé recién nacido hasta el laboratorio central.
 Señaló a lo alto, al otro lado del ventanal de glasita, que abarcaba un gran círculo de espacio estrellado. Allí, entre las estrellas, se hallaba la enorme esfera azul de La Tierra, parcialmente en sombras.
 --Mira, Curtis, -dijo al bebé llena de felicidad-. Allí es a donde vamos a ir... de regreso a la Tierra, que tu nunca has visto.
 El pequeño Curtis Newton miró hacia arriba, con sus espabilados ojos grises de bebé, y extendió sus brazitos hacia arriba.
 Newton escuchó cerrarse la puerta de la exclusa de aire, y se dio la vuelta sorprendido.
 --Grag y Otho... ¿Cómo es que volvéis tan pronto?
 La voz de Simon Wright carraspeó con repentina alarma.
 --Esos no son Grag y Otho... conozco muy bien cómo caminan. -Exclamó el Cerebro viviente-. ¡Esos son hombres!
 Elaine soltó un grito, y Newton se puso pálido. Cuatro hombres, con trajes espaciales y empuñando grandes pistolas irrumpieron en el laboratorio.
 El rostro de su líder quedó a la vista cuando se quitaron los cascos. Era un rostro de halcón, apuesto y oscuro.
 --¡Victor Corvo! -Exclamó Newton, totalmente derrotado al reconocer al hombre implacable que tanto ansiaba sus descubrimientos científicos.
 --Si, Newton, volvemos a encontrarnos, -dijo Corvo exultante-. Pensabas que aqú nunca te encontraría, ¡Pero al final te he localizado!
 Newton leyó la muerte en los triunfantes ojos negros de aquel hombre. Y, la visión del pálido rostro de su mujer, y sus ojos horrorizados, impelieron al joven científico a emprender una acción desesperada.
 Saltó hacia un contenedor que había en la esquina, en el que almacenaba las armas. Pero nunca llegó a alcanzarlo. Las pistolas de los hombres de Corvo emitieron llamaradas, que le impactaron en pleno aire. Cayó al suelo ocnvertido en un amasijo carbonizado y sin vida.
 Elaine Newton gritó, y dejó a su bebé en una mesa, fuera del alcance de las armas. Luego saltó al lado de su marido.
 --¡Elaine, cuidado! -Exclamó el Cerebro.
 La joven no se dio la vuelta. La llamarada de la pistola de Corvo la golpeó en el costado, derribándola al suelo, al lado de su marido.
 El pequeño Curtis Newton, sobre la mesa, empezó a sollozar. Corvo le ignoró, y pasó junto a los dos cuerpos carbonizados hasta el tanque cúbico de suero que albergaba al cerebro viviente de Simon Wright. Miró triunfante a sus ojos lenticulares.
 --Ahora te toca a ti, Wright, -se burló-. Y entonces, todo el poder almacenado en este laboratorio me pertenecerá a mi.
 --Corvo, eres hombre muerto, -respondió la voz fría y metálica del Cerebro-. La Venganza está en camino... La estoy oyendo entrar... Una Venganza terrible...
 --¡No intentes amenazarme, miserable cerebro sin cuerpo! -Espetó Corvo-. Pronto te haré callar...
 En ese momento, dos figuras irrumpieron en el laboratorio. Corvo y sus hombres se quedaron aturdidos, incapaces de creer lo que veían sus ojos, mientras contemplaban a las dos increibles figuras que acababan de entrar.
 ¡El enorme robot de metal y el androide de goma! Permanecieron inmóviles un segundo, contemplando la escena de muerte que tenían ante sus ojos.
 --¡Grag! ¡Otho! ¡Matad! -Gritó la voz metálica del Cerebro-. ¡Han matado a vuestro Amo! ¡Matadles! ¡Matadles!
 Con un atronador rugido de ira proveniente del robot, y un fiero grito siseante del hombre sintético, los dos saltaron hacia delante.
 En menos de un minuto, Corvo y sus tres hombres habían muerto horriblemente, con los cráneos reducidos a pulpa por los puños del robot de metal, o con sus cuellos rotos por los brazos gomosos del androide. Entonces, Grag y Otho se detuvieron, mirando a su alrededor con ojos centelleantes.
  --¡Llevadme junto a vuestro Amo y vuestra Ama! -Ordenó Simon Wright en tono urgente-. ¡Puede que aún estén vivos!
 El robot colocó al Cerebro junto a las dos formas chamuscadas. Los ojos lenticulares de Wright examinaron los cuerpos rápidamente.
 --Newton está muerto, pero Elaine aún vive, -declaró el Cerebro-. ¡Incorpórala, Grag!
 Con sus poderosos brazos de metal, el enorme robot incorporó a la joven moribunda hasta dejarla sentada. Un momento después, la muchacha abrió los ojos. Los tenía muy abiertos, pero cubiertos por la sombra de la muerte. Con ellos, la joven observó al Cerebro, el robot y el androide.
 --Mi... bebé, -susurró-. Traedme a Curtis.
 Fue Otho el que se apresuró a obedecerla. Con gran cuidado, el androide colocó junto a ella al sollozante niño. La agonizante muchacha miró a su hijo con tenura, y con una emoción que se notó en sus ojos.
 --Lo dejo al cuidado de vosotros tres, Simon, -musitó-. Sois los únicos en los que puedo confiar para que le conservéis a salvo.
 --¡Cuidaremos del pequeño Curtis y le protegeremos! -Exclamó el Cerebro.
 --No lo llevéis a la Tierra, -susurró ella-. La gente de allí intentaría arrebatároslo. Dirían que es un error que un niño pequeño sea criado por un Cerebro, un robot y un androide. Mantenedle aquí, en la Luna, hasta que se haga un hombre.
 --Eso haremos, -prometió el Cerebro-. Grag, Otho y yo le mantendremos a salvo.
 --Y cuando se haga un hombre, -susurró Elaine-, habladle de su padre y de su madre, y de cómo murieron... contadle cómo sus padres fueron asesinados por aquellos que deseaban usar los regalos de la ciencia para fines malvados. Decidle que comabata siempre contra todos aquellos que deseen pervertir la ciencia para sus siniestras ambiciones.
 --Se lo diremos, -prometió el Cerebro, y en su voz átona y metálica hubo un toque de tristeza.
 La mano de la joven se movió agónicamente hasta tocar la mejilla del sollozante bebé. En sus ojos moribundos apareció una expresión extraña y agorera.
 --Me parece estar viendo a Curtis convertido en un hombre, -susurró, con los ojos brillando de éxtasis-. Un hombre como el Sistema no ha conocido jamás... que luchará contra todos los enemigos de la humanidad...

 Y así murió Elaine Newton. Y, así, su hijo pequeño se quedó en el laboratorio de la Luna, junto al Cerebro, el robot y el hombre sintético.
 En los años que siguieron, Simon Wright, Grag y Otho mantuvieron su promesa. Criaron al pequeño Curtis newton hasta que alcanzó la madurez, y los tres inhumanos guardianes y tutores inculcaron al pequeño una educación tal como ningún niño humano había recibido jamás.
 El Cerebro, con su ilimitado conocimiento científico, supervisó la educación del niño. Fue el Cerebro el que instruyó a Curtis Newton en todas las ramas de la ciencia, haciendo que fuera, en un corto período de años, un auténtico maestro en todos los conocimientos técnicos. Y, juntos, el Cerebro sin cuerpo y el joven y brillante alumno, rebasaron los límites de la ciencia conocida, diseñando instrumentos de una naturaleza sin precedentes.
 El robot logró trasladar al muchacho algo de su propia fuerza y resistencia increibles, mediante un sistema de super ejercicios, rígidamente mantenidos. En sus luchas en broma, el niño pelirrojo casi podía medirse contra la gran criatura de metal, que podría haberle destrozado en un segundo, de haberlo deseado. Y, así, gradualmente, la fuerza de Curt se fue haciendo inmensa.
 El androide enseñó al niño los secretos de su increible velocidad, y de sus reflejos físicos y mentales. Ambos pasaron muchas horas sobre la desolada superficie lunar, embarcados en extraños juegos con los que el pequeño intentaba alcanzar la maravillosa agilidad del androide.
 Y, según fue creciendo, Curt Newton fue emprendiendo viajes secretos por todo el Sistema Solar, en una pequeña super-Nave que Simon Wright y él había diseñado y construido. En secreto, los cuatro visitaron todos los mundos, desde el ardiente Mercurio hasta el ártico Plutón, y así, conocieron no sólo las colonias terrícolas de cada planeta, sino también una gran parte de las zonas planetarias inexploradas. Y visitaron lunas y asteroides en los que no se había posado antes ningún hombre.
 Finalmente, cuando Curtis Newton hubo crecido hasta convertirse en un hombre, Simon Wright le habló de su padre y de su madre, sobre cómo habían muerto, y sobre el último deseo de su madre agonizante: que combatiera por siempre contra todos aquellos que pretendiern usar la ciencia con fines malvados.
 --Ahora debes elegir, Curtis, -concluyó el Cerebro solemnemente-. Debes decidir si te embarcarás de por vida como campeón de la humanidad contra sus explotadores y opresores, o si buscarás la felicidad por tu cuenta, en una vida normal y confortable.
 "Nosotros tres te hemos dado la educación y el entrenamiento que necesitarías para una larga cruzada. Y los tres seguiríamos junto a ti, luchando a tu lado si abrazaras esta causa. Pero no podemos decidir por ti. Eso debes hacerlo tu.
 Curt Newton miró hacia arriba, a través del ventanal de glasita, a la estrellada bóveda espacial sobre la que se vislumbraba la esfera nebulosa de la Tierra. Y el saludable rostro del gran joven pelirrojo se volvió sombrío.
 --Creo que es mi deber abrazar la causa que has mencionado, Simon, -dijo lentamente-. Los hombres como los que mataron a mis padres deben ser derrotados, o terminarán destruyendo la civilización de los nueve planetas.
 Curtis Newton emitió un prolongado suspiro.
 --Es un trabajo enorme, y puede que esté destinado al fracaso. Pero, mientras viva, lo llevaré a cabo.
 --¡Sabía que decidirías eso, muchacho! -Exclamó el Cerebro-. ¡Lucharás por el futuro del todo el Sistema Solar!
 --¿Por el futuro? -Repitió Curt. Sus ojos grise se iluminaron con humor-. Pues entonces me haré llamar... ¡Capitán Futuro!

 Poco después, Curt viajó hasta la Tierra, y visitó al Presidente, ofreciéndole poner a su servicio sus habilidades en la guerra contra el crimen interplanetario.
 --Sé que ahora no tiene mucha fé en mi, -le había dicho al Presidente-, pero puede llegar un momento en que termine necesitándome. Cuando llegue ese momento, ordene lanzar una bengala desde el Polo Norte. La veré, y acudiré.
 Meses después, cuando un misterioso ladrón aterrorizó a los planetas interiores, ridiculizando a la Policía Planetaria, el Presidente había recordado a aquel joven pelirrojo que se hacía llamar Capitán Futuro, y, como medida desesperada, había terminado por llamarle.
 El Capitán Futuro y sus tres camaradas habían terminado con la amenaza a las pocas semanas. Y, a partir de entonces, de cuando en cuando, se habían lanzado unas cuantas bengalas desde el Polo Norte... y, en cada ocasión, Curt Newton y sus camaradas habían respondido. En cada ocasión, la fama del misterioso enemigo del mal se había hecho más grande en todo el Sistema Solar, mientras destruía a un super-criminal tras otro.
 Pero, ahora, el Capitán Futuro había sido llamado para enfrentarse al mayor y más letal antagonista que hubiera conocido jamás. ¡El misterioso ser que se estaba cebando con los Terrícolas de Júpiter, con un horror espantoso que los transformaba en bestias primigenias!
 
 

CAPÍTULO III
Emboscada en el Espacio



 Más allá de la órbita de Marte, poco después del peligroso y vertiginoso cinturón de asteroides, una pequeña nave avanzaba con increible rapidez. Con una forma extraña, que recordaba a una gota o una lágrima, y propulsada por unos cohetes cuyo diseño secreto le otorgaban una potencia y una velocidad que superaba a todas las demás naves, viajaba ahora a una velocidad que hacía honor a su nombre: El Cometa.
 En el interior del Cometa, en la cabina de proa de paredes transparentes, que contenía la sala de control, Grag, el robot, estaba de guardia. El gran robot se sentaba absolutamente rígido e inmóvil, mientras sus dedos de metal descansaban sobre las palancas que regulaban el flujo de energía atómica para los cohetes propulsores. Sus ojos fotoeléctricos miraban hacia delante, sin moverse.
 Curt Newton se hallaba detrás del robot, con sus manos descansando familiarmente sobre el hombro metálico de Grag, mientras él, también, miraba hacia delante, a la enorme esfera blanca de Júpiter.
 --Veinticuatro horas más a esta velocidad, y estaremos allí, Grag, -comentó pensativo el joven grandullón.
 --Si, Jefe, -respondió sencillamente el robot, con su atronadora voz mecánica-. ¿Y luego qué?
 Curt entrecerró los ojos.
 --Bueno, pues encontraremos a ese tal Emperador del Espacio que ha traido el terror al planeta, y le llevaremos preso a la Tierra. Eso es todo.
 --¿Crees que resultará tan fácil Jefe? -Preguntó el robot en tono escéptico.
 El Capitán Futuro se rió en voz alta.
 --Grag, la ironía te supera. La verdad es que promete ser un trabajo condenadamente duro... seguramente el más difícil que hayamos realizado hasta el momento. Pero tendremos éxito. Debemos tenerlo.
 Su rostro adquirió un matiz sombrío.
 --Este asunto es muy grave... lo bastante como para poner en peligro a todo el Sistema Solar, si no conseguimos pararlo a tiempo.
 Se estaba acordando del aterrorizado rostro de James Carthew, y de la desesperada petición de su voz temblorosa.
 --Harás todo lo que puedas en Júpiter, ¿Verdad, Capitán Futuro? -Le había rogado el Presidente-. Este horror... hombres convirtiéndose en bestias, y retrocediendo el camino de la evolución... ¡Esto no puede continuar!
 --Y no lo hará si puedo evitarlo, -había prometido Curt, con una voz firme como el acero-. Sea quién sea o sea lo que sea ese Emperador del Espacio, le encontraremos y derrotaremos, o nos dejaremos la vida en el intento.
 Ahora, Curt estaba meditando acerca de esa promesa. Sabía muy bien cúan difícil iba a ser de cumplir. Aunque, a pesar de todo, la perpectiva de una empresa tan arriesgada le hacía sentir extrañamente exultante.
 El peligro era, para el alma aventurera de Curt, como un vino aromático. Lo había afrontado en los pantanos venenosos de Venus, en las negras cavernas sin sol de Urano y en el infierno helado de Plutón. Y siempre, cuando el peligro era más grande, era cuando se había sentido más vivo.
 Grag rompió el silencio. El robot aún miraba hacia delante, con sus extraños ojos fotoeléctricos apuntando hacia Júpiter.
 --Júpiter es un mundo enorme, Jefe, -rugió pensativo-. Nos llevó mucho tiempo encontrar a los Señores del Poder cuando aterrizaron allí, huyendo de nosotros.
 Curt asintió, recordando aquella implacable caza de unos criminales de los planetas exteriores que habían pretendido refugiarse en el planeta gigante. Aquello había sido el final de una increible batalla que él, y sus tres camaradas, habían comenzado en Plutón, y que les había llevado hasta el colosal planeta que ahora tenían delante.
 --Puede que nos lleve incluso más tiempo encontrar a este Emperador del Espacio, pero lo lograremos, -dijo con determinación.
 Reinó el silencio, expecto por el murmullo de los ciclotrones de la popa del Cometa, y por el apagano retumbar de la energía atómica que producían, según iba saliendo por los tubos de eyección. Entonces, el hombre sintético entró en la sala de control.
 --Llegas tarde, Otho, -tronó el robot, girándose severamente hacia el androide-. Tenías que haberme relevado hace media hora.
 La boca sin labios de Otho se abrió para dejar escapar una carcajada burlona. Sus ojos verdes brillaron de ironía.
 --¿Y eso a ti qué más te da, Grag? -Preguntó en tono burlón-. Tu no eres un hombre, de modo que no necesitas descansar.
 El increible vozarrón de Grag tronó estruendosamente:
 --¡Yo soy tan hombre como puedas serlo tu! -Declaró.
 --¿TU? ¿Una máquina de metal? -le chinchó Otho-. Pero si los hombres no están hechos de metal... están hechos de carne, como yo.
 La siseante y sardónica voz del androide consiguió despertar la rudimentaria capacidad de indignación de Grag. Apesadumbrado, volvió hacia el Capitán Futuro su inhumano rostro de metal.
 --¿Acaso no soy tan humano como Otho, Jefe? -Inquirió:
 --Otho, deja de pinchar a Grag y toma los mandos, -ordenó firmemente Curt Newton.
 Aún así, mientras el androide obedecía, los ojos grises del Capitán Futuro mostraron un brillo de diversión.
 Curt adoraba a sus tres compañeros inhumanos: el enorme y simplón robot, el fiero y nervioso androide y el áspero y austero Cerebro. Sabía que poseían un corazón más firme y más lealtad de la que habría podido encontrar en cualquier camarada humano.
 Y aún así, disfrutaba en secreto de aquellas continuas trifulcas entre Otho y Grag. Tanto el robot como el androide deseaban ser humanos, o casi humanos. Y el hecho de que Otho fuera más humanoide era una contínua causa de irritación para el grandullón Grag.
 --Puedo hacer casi las mismas cosas que puede hacer Otho, -le estaba diciendo Grag, presa de la ansiedad-. Y soy mucho más fuerte que él.
 --Las máquinas son fuertes, -se regodeó Otho-. Pero siguen siendo máquinas...
 --Vamos, ven conmigo, Grag, -dijo Curt al robot, al ver que la criatura de metal estaba realmente enfadada.
 El robot le siguió hasta la cabina central, que ocupaba la sección media del Cometa.
 Los ojos lenticulares de Simon le miraron inquisitivamente. La caja transparente del Cerebro descansaba sobre un estante especial, que contenía un ingenioso dispositivo que, automáticamente, mostraba todo el vasto trabajo científico microfilmado que el Cerebro necesitara consultar.
 --¿Qué diablos pasaba en la cabina? -Carraspeó Wright.
 --Sólo era Otho, atormentando a Grag como de costumbre, -le dijo Curt-. Nada serio.
 --Pero él, de verdad, no es más humano de lo que lo soy yo, ¿Verdad jefe? -Volvió a preguntar el enorme robot, lleno de ansiedad.
 --Por supuesto que no, Grag, -respondió el Capitán Futuro con los ojos brillantes, mientras su mano se posaba afectuosa sobre el hombro de metal-. Ya deberías saberlo con la suficiente certeza como para ignorar las puyas de Otho.
 --Si, -carraspeó Simon Wright al robot-. Además, el hecho de ser humano no es un motivo de orgullo, Grag. Yo fui humano una vez, y no fui más feliz de lo que soy ahora.
 --Ve atrás y comprueba los ciclotrones, Grag, -dijo Curt al robot, y la gran criatura de metal cruzó obediente la cabina hasta la sala de máquinas de la popa.
 Los ojos grises del Capitán Futuro miraron inquisitivamente a las lentes oculares del Cerebro.
 --¿Has encontrado ya alguna pista, Simon?
 --No, -respondió sobriamente el Cerebro-. En ninguno de los registros de toda la ciencia humana he podido encontrar datos acerca de este horripilante método de provocar esta maldición... esta regresión.
 --Sin embargo alguien ha debido lograrlo en algún momento... porque lo están poniendo en práctica ahora mismo, -musitó Curt-. Y eso significa que, en esta ocasión, no enfrentamos a un enemigo que, de algún modo, ha ido más allá de la ciencia conocida... ¡Más allá, incluso, de lo que hemos ido nosotros!
 Con los ojos a medio cerrar, sin mirar a ningún sitio en concreto, el aventurero pelirrojo paseó la vista por la cabina, con la mente ensimismada.
 La cabina central era una maravilla de la condensación de espacio, con pequeños laboratorios de investigación que abarcaban todas las ramas de la ciencia. Había un nicho dedicado a la química, que contenía frascos de todos los elementos conocidos por la ciencia; una sección astronómica que incluía un electro-telescopio, un electro-espectroscopio, y un archivo exaustivo de todos los planetas, satélites y estrellas de cierta magnitud.
 Poseían ejemplos de las atmósferas de todos los planetas, satélites y asteroides. Y una división botánica que contenía especímenes de plantas y drogas vegetales de numerosos mundos.
 Además de todo este equipo, contaban con numerosos instrumentos que habían sido diseñados por el Capitán Futuro y por Simon Wright, y que resultaban desconocidos para la ciencia convencional. Un pequeño contenedor contenía, microfilmados, todos los monográficos y libros científicos publicados jamás. Era una de aquellas fichas microfilmadas la que había estado consultando el Cerebro.
 --Conozco a todos los biólogos más o menos notables del Sistema en la actualidad, -dijo el Cerebro-. Ninguno de ellos podría haber descubierto el secreto de cómo retroceder en la evolución.
 --¿Podría este descubrimiento haber sido realizado por un científico completamente desconocido? -Preguntó Curt.
 --Eso parece bastante improbable, -respondió lentamente el Cerebro-. En esto hay un misterio muy grande que no soy capaz de resolver, muchacho.
 El bronceado rostro de Curt se endureció.
 --No tardaremos en resolverlo, -afirmó-. Tenemos que hacerlo, si queremos detener todo esto.
 Con ademán pensativo, extrajo de un estante un instrumento musical de forme semiesférica. Distraidamente, rozó sus cuerdas, extrayendo de él unas notas extrañas y hechizantes.
 El instrumento en cuestIón era una guitarra Venusiana de veinte cuerdas, con dos parejas de diez cuerdas dispuestas sobre una semiesfera de metal. Pocos Terrícolas eran capaz de tañer aquel complicado instrumento, pero el Capitán Futuro tenía el hábito de hacerlo sonar cuando su mente vagaba abstraida.
 Los ojos lenticulares de Wright le miraron molestos.
 --Me gustaría que dejaras de una vez de tocar esa cosa, -se quejó-. ¿Cómo voy a concentrarme en la lectura si no paras de emitir esas notas tan desagradables?
 Curt le sonrió al Cerebro.
 --Ya que no eres capaz de apreciar la buena música, será mejor que vaya a la sala de control, -dijo en tono jocoso.

 Veinte horas después, la pequeña nave con forma de gota desaceleró su velocidad, mientras se acercaba al gigantesco mundo que tenía delante.
 Júpiter se alzaba ante ellos como un coloso. Se trataba de una esfera enorme, de un blanco resplandeciente, orbitado por once lunas, y cubierto por unas densas nubes atmosféricas, que casi ocultaban la franja púrpura del Mar de Fuego, que antaño los hombres llamaran "El Gran Punto Rojo". Se trataba de un planeta que era cientos de veces más grande que la Tierra, un mundo cuyos cincuenta continentes repletos de junglas, y separados por vastos océanos, permanecía aún casi inexplorado por completo.
 Por lo que Curt sabía, tan sólo en el continente del sur, Ecuatoria, se habían producido asentamientos Terrícolas. Una vez allí, habían despejado las enmarañadas junglas, para poder construir ciudades y poner en marcha plantaciones y yacimientos mineros, empleando como obreros a los nativos Jovianos. Pero sólo una pequeña parte del sur de Ecuatoria estaba cartografiado. El resto estaba sin explorar: una selva densa y sofocante, que se extendía hasta el norte, hasta el Mar de Fuego.
 Curt Newton manipuló los controles, y sus tres camaradas inhumanos entraron en la sala de control mientras él, con pericia, iniciaba la aproximación. Pasaron como un destello junto a la esfera gris de Callisto, la más exterior de las cuatro lunas más grandes de Júpiter, acercándose más y más al planeta gigante.
 --¿Piensas aterrizar en Jovópolis? -Preguntó Simon Wright con su voz metálica.
 El Capitán Futuro asintió.
 --Es la capital de la colonia Terrícola, de modo que ahí es donde debe estar el corazón de esta amenaza.
 De repente, sonó una campana de alarma en medio del complicado panel de instrumentos científicos.
 --¡Una alarma de proximidad! -Exclamó Curt-. ¡Hay otra nave en el espacio, muy cerca de nosotros!
 --¡Están justo detrás nuestro! -Gritó Otho-. ¡Es una emboscada!
 Curt miró hacia atrás, por el curvilíneo panel transparente con forma de gota. Una nave espacial, pequeña y oscura, acababa de emerger desde detrás de la órbita de Callisto, y de su proa emergió una llamarada de energía atómica, lanzada en dirección al Cometa.
 Ningún otro piloto espacial en todo el Sistema podría haberse movido con la suficiente rapidez como para esquivar aquella bola de energía. Pero el Capitán Futuro había entrenado sus reflejos desde la infancia, hasta lograr una velocidad sobrehumana.
 El Cometa se inclinó a un lado, con un destello de sus cohetes de babor, justo a tiempo de evitar la bola de energía, que pasó justo al lado. Antes de que el atacante, que volaba en su estela, pudiera disparar de nuevo, Curt newton había actuado.
 Su mano bronceada golpeó un botón rojo que había junto a los controles manuales. Al instante, ocurrió un hecho asombroso.
 De los reactores del Cometa surgió una tremenda descarga de partículas diminutas y brillantes. Casi al instante, formaron una enorme nube que cubrió por completo la pequeña nave con forma de gota, ocultándola de la vista, y haciendo que dejara tras de sí una larga estela resplandeciente.
 El Cometa se había convertido, según parecía, en lo mismo que le daba su nombre... ¡En un Cometa! Aquel era el método que Curt Newton tenía para camuflar su nave, cuando deseaba no ser detectado en el espacio, o cuando deseaba confundir a otra nave enemiga. El efecto se producía por una poderosa descarga de iones, o átomos electrificados, emitidos por un generador especial, y liberados a través de los cohetes reactores.
 --¡Voy a ir a por ellos! -Informó Curt al androide-. ¡Estate listo para lanzarles nuestro rayo de protones, Otho!
 --¡Les voy a borrar del espacio! -Exclamó fieramente el androide, mientras saltaba a la carlinga del arma de protones.
 --¡No! ¡Quiero vivos a esos hombres, si podemos conseguirlo! -Espetó el Capitán Futuro-. Intenta derribarles alcanzándoles en la cola... eso les obligará a alunizar en Callisto.
 Mientras Curt giraba el Cometa, la pequeña nave atacante se acercó para lanzar otro cruel ataque, dejando escapar otra terrible descarga de energía de sus cañones.
 --¡Así que queréis jugar! ¿Eh? -Sonrió Curt- ¡Eso está bien!

 El Capitán Futuro había evitado las letales ráfagas de energía mediante un velocísimo giro del Cometa, que no había variado su rumbo más que por unos instantes.
 Ahora, envió a su pequeña nave, aún envuelta en su brillante nube protectora, directamente sobre el enemigo, antes de que éste pudiera girar.
 --Ahora... ¡Lánzales nuestros rayos, Otho! -Exclamó el Capitán Futuro.
 El androide obedeció. Unos blanquecinos rayos de protones surgieron del casco del Cometa y atravesaron la estela de la negra nave enemiga.
 --¡He fallado! -siseó Otho, con amarga decepción.
 --¡Están intentando escapar, Jefe! -Tronó Grag, extendiendo su brazo metálico.
 La nave negra, con sus ocupantes aparentemente indiferentes ante la proximidad de los rayos de protones, estaba virando para huir, alejándose en el espacio.
 --Es más fácil empezar un combate que escapar de él, amigos mios, -musitó Curt, accionando dos toberas de impulso-. Y ahora vais a descubrirlo.
 Como un resplandeciente haz de luz, el Cometa se lanzó en pos de la nave enemiga. El perseguido y su perseguidor se lanzaron por las profundidades del espacio a una velocidad de pesadilla.
  Curt sentí cómo su pulso le latía por la emoción, mientras guiaba su nave a aquella velocidad terrorífica. Para el Capitán Futuro, eso era la vida... un torbellino salvaje y un destello de batallas allí, en el espacio exterior, que era donde se sentía como en su casa.
 --¡Inténtalo de nuevo, Otho! -Exclamó un momento después.
 El Cometa se había situado en la estela de la nave fugitiva. El andoride no tardó en volver a lanzar una andanada de rayos de protones.
 Los rayos partieron la tercera parte de la cola de la nave negra, averiándola. Con sus toberas medio desintegradas, e inútiles, fue reduciendo su salvaje velocidad, hasta quedar casi inmóvil, flotando en el espacio. Entonces, comenzó a precipitarse cada vez más rápido hacia la cercana luna Callisto.

 --¡Les hemos dado bien! -Exclamó el Capitán Futuro, con sus ojos grises brillando de emoción-. Están cayendo en Callisto, y nosotros alunizaremos junto a ellos. De ese modo, capturaremos a quien sea que pilota esa nave.
 --¿Crees que puede haberlos enviado el Emperador del Espacio... esa misteriosa figura que está detrás del horror de Júpiter... para tendernos una emboscada? -Carraspeó Simon Wright.
 --¡Seguro que ha sido así! -Declaró Otho-. El Emperador del Espacio, sea quién sea, no quiere que el Capitán Futuro llegue a Júpiter para poder investigarle.
 Curt Newton le interrumpió; sus ojos grises mostraban un extraño brillo.
 --¡Pero esto puede proporcionarnos un rastro fresco que nos lleve hasta el Emperador del Espacio! Si pudiéramos capturar a los hombres de esa nave, y hacerles hablar...
 La negra nave enemiga estaba trazando una órbita en espiral alrededor de Callisto, acercándose más y más a la desolada superficie gris de aquella luna. Curt mantuvo al Cometa tras la estela de la otra nave, pero lo bastante lejos como para mantenerse fuera del alcance de sus armas de plasma, y con el dispositivo de carga de iones ya desconectado.
 --Pero muchacho, -dijo la áspera voz de Simon Wright-. ¿Cómo podía saber el Emperador del Espacio que el Capitán Futuro se dirigía a Júpiter? La única persona de aquí a quién el Presidente lo habrá notificado debe ser el Gobernador Planetario.
 --Si, -dijo Curt de un modo significativo-. Y eso puede proporcionarnos otra pista hacia él. Pero ahora mismo, nuestra mejor opción es obtener información de los hombres de esa nave.
 El cerebro de Curt vibraba de ávida esperanza. Su misterioso enemigo acababa de atacarle, antes incluso de llegar a Júpiter. Pero bien podía ser que el ataque de esta mente oculta se acabara volviendo contra su instigador.
 --¡Estamos aproximándonos a la superficie de Callisto, Jefe! -Tronó el vozarrón de Grag.
 Abajo, a través de la tenue atmósfera de Callisto, la nave negra se precipitaba contra el suelo a toda velocidad. Aún así, el Cometa continuaba pegado a su estela, siguiéndola implacablemente hacia la desolada superficie de la enorme luna...
 
 

CAPÍTULO IV
El Mundo de los Cristales Reptantes



 A una velocidad que cada vez era mayor, el pequeño crucero espacial de color negro y su implacable perseguidora se deslizaban hacia la superficie de Callisto. Aquel era el lado de la gran luna que recibía la luz solar, y al débil resplandor que ésta provocaba, presentaba un paisaje terrible y desolador.
 Se trataba de un desierto prohibido de roca grisácea, que se alzaba de cuando en cuando en pequeñas montañas... resultaba infinitamente repelente. El aire allí era vagamente respirable, como en casi todas las lunas más grandes; pero, debido a su desolación, y a cierta forma de vida que existía en su superficie, grotesca y muy peligrosa, pocos Terrícolas se habían aventurado jamás en aquel mundo.
 La nave negra se encontraba ahora a sólo dos kilómetros de la resplandeciente superficie de roca gris. Seguía precipitándose hacia abajo, incrementando poco a poco su velocidad.
 --No se estrellarán con demasiada fuerza, -observó Curt-. La gravedad de Callisto es bastante baja. Pero será suficiente como para noquearles, y para dejarles aturdidos un rato; de ese modo, podremos saltar sobre ellos antes de que puedan dar demasiados problemas.
 --Habría disfrutado viendo cómo su nave se espachurraba sobre la superficie de Callisto, -siseó el temperamental androide.
 El Capitán Futuro sonrió.
 --Estás demasiado sediento de sangre, Otho.
 Otho le miró intrigado.
 --A veces no puedo entenderos a los humanos, -se quejó.
 Curt se rió. Luego volvió su atención a lo que ocurría debajo de ellos, listo para la acción.
 La nave negra se precipitaba contra la llanura rocosa. Un momento después, colisionó violentamente contra el desierto rocoso, se elevó en el aire, y volvió a estrellarse, quedando inmóvil.
 Al instante, el Capitán Futuro redujo abruptamente la velocidad del Cometa, elevando su proa hasta posarse suavemente, muy cerca de la otra nave. Inmediatamente, dejó los controles.
 --¡Vamos, Grag! -Exclamó-. Otho, tu quédate aquí, en los rayos de protones... sólo por si acaso...
 --Ten cuidado muchacho -dijo El Cerebro.
 Curt se detuvo un instante para ajustar el ecualizador gravitatorio que llevaba en el cinturón. Todo viajero interplanetario llevaba uno de esos ingeniosos dispositivos. Su "carga de gravedad" de fuerza magnética, de una polaridad y fuerza seleccionadas, hacían que, el que lo llevaba se sintiera tan ligero -o pesado- como en La Tierra.
 Entonces, el Capitán Futuro y el enorme robot de metal emergieron del Cometa, para salir a la débil luz del Sol, y a una atmósfera tan tenue que hacía que los pulmones le dolieran. Curt guió el camino hacia la nave negra. Aquella superficie estéril y desolada le recordaba fuertemente al agreste lado caliente de Mercurio.
 El curcero espacial, negro y con forma de torpedo, yacía ligeramente de costado sobre la roca gris. No se percibía sonido alguno en su interior, lo cual indicaba que los ocupantes habían quedado temporalmente aturdidos por el impacto de la colisión. Curt y el robot llegaron hasta la portilla de entrada circular.
 --Vas a tener que abrir esta puerta, Grag, -dijo rápidamente el Capitán Futuro-. Usa tus taladros.
 --Si, Jefe, -tronó el gran robot.
 Los grandes dedos metálicos de Grag eran extraibles. Rápidamente, el robot desenrroscó dos de ellos y los reemplazó por pequeños taladros, que previamente había extraido de una cajita de repuestos, que contenía escalpelos, brocas y otros utensilios similares, que llevaba en una pequeña cajita en su costado metálico.
 Entonces, Grag accionó un interruptor de su muñeca. Los dos taladros que habían reemplazado a dos de sus dedos comenzaron a girar terriblemente. Con gran precisión, los empleó para realizar seis perforaciones en la junta de la portilla de la nave.
 Luego volvió a substituir los taladors por sus dedos, e introdujo sus seis dedos en el interior de los agujeros que había realizado. Sacudió su enorme corpachón de robot, y tiró de la puerta con todas sus fuerzas.
 Ahora podïan escuchar a los hombres del interior de la nave, mientras se recuperaban del impacto de la colisión. Pero la colosal fuerza del robot ya había arrancado la puerta de sus goznes. Al instante, el Capitán Futuro saltó al interior, seguido del robot.
 Dos hombres saltaron fieramente para enfrentarse con ellos. Eran Terrícolas; individuos de rostros brutales y amargados, uno de ellos calvo y de ojos claros y el otro un gigante de cabello revuelto. El calvo empuñaba una pistola, y disparó velozmente contra el Capitán Futuro.
 Riendo, Curt efectuó un rápido giro mientras el hombre apretaba el gatillo. Antes de que el hombre calvo pudiera volver a disparar, el Capitán Futuro había saltado hacia delante, aferrando el arma del contrario. Los dos hombres lucharon fieramente.
 En aquel momento de conflicto, la mente de Curt regresó a su entrenamiento con Otho, en la Luna, cuando era un crío. ¡Qué lentos parecían sus movimientos, comparados con los de su androide!
 ¡Y qué patética parecía su fuerza, comparada con el gigantesco poder del poderoso robot, con el que se había entrenado en su juventud!
 De repente, el hombre calvo se quedó inerme. Con su increible conocimiento de la anatomía, Curt Newton había presionado y paralizado un centro nervioso vital, en la base de su cráneo.
 --Eso te dejará grogui un rato, amigo, -exclamó el Capitán Futuro-. ¿Tienes ya al otro, Grag?
 --Si, Jefe, -tronó con calma el gran robot.
 Grag había agarrado al otro Terrícola con sus enormes brazos de metal, antes de que el hombre pudiera usar su pistola, y le mantenía sujeto, como a un bebé indefenso. El Capitán Futuro le presionó el mismo centro nervioso que a su compañero, y ambos quedaron igual de inmóviles.
 --Y ahora, -les dijo Curt con gravedad-, me vais a decir quiénes sois, y por qué el Emperador del Espacio os envió para tenderme una emboscada.
 --¿El Emperador del Espacio? Nunca había oido hablar de él, -respondió en voz alta el Terrícola calvo-. Yo soy Jon Orris, y este es mi compañero, Martin Skeel. Somos honestos comerciantes, de camino a Saturno.
 --¿Comerciantes en una nave que tiene toda la pinta de ser un crucero de policía robado? -Comentó irónicamente Curt Newton. Sus ojos grises brillaron de malicia-. El silencio es mejor que una mala mentira.
 --¡Pues entonces, intenta hacernos hablar, Capitán Futuro! -Espetó Orris desafiante.
 --¿Les doy lo suyo, Jefe? -Preguntó Grag con muchas ganas, mientras flexionaba terriblemente sus manos de metal.
 --No de ese modo, Grag, -dijo Curt rápidamente-. ¡Escucha! Me parece oir a Otho.
 Se acercó a la puerta abierta de la nave. Fuera, a la pálida luz del sol, Otho corría hacia ellos. El androide de plástico llevaba el tanque que contenía al Cerebro.
 --¿Qué es lo que ocurre? -Preguntó Curt, sintiendo problemas.
 Fue el Cerebro quién respondió.
 --Vienen las Entidades Cristalinas, muchacho. Hay que salir de aquí.
 Curt dio un respingo y miró hacia el oeste, que era hacia donde se habían girado las lentes del Cerebro. Lo que vió le hizo apretar los labios, preocupado.
 Sobre la cumbre de montañas rocosas, comenzaba a asomar una masa lejana y resplandeciente. Era como una brillante catarata de diamantes, que deslumbraba la vista mientras fluía lentamente montaña abajo, en dirección a las dos naves.
 Curt reconoció aquella masa como una de las grotescas y peligrosas formas de vida que existían en Callisto. Aquella extraña y bizarra variedad de la vida se había desarrollado en formas de cristal inorgánico, así como en colonias cristalinas semi-inteligentes. Aquellas colonias de cristal poseían un limitado poder de movimiento, pero envolvían y mataban a cualquier forma de vida que no pudiera evadir su lento avance.
 --Esas cosas siempre sienten la llegada de cualquiera que alunice en su mundo, -carraspeó Simon Wright-. Nos alcanzarán en un cuarto de hora.
 Los ojos grises de Curt Newton se iluminaron.
 --¡Eso me da una idea! Grag, trae aquí a los dos prisioneros.
 El gran robot obedeció al instante. Emergió al momento de la nave negra, llevando a los dos hombres paralizados e indefensos.
 Curt señaló a la lejana catarata cristalina, que se acercaba cada vez más, para que Orris y Skeel repararan en ello.
 --Supongo que ambos sabréis lo que esas Entidades Cristalinas de Callisto le hacen a todo aquel que atrapan, -dijo gravemente-. Si nos vamos y os dejamos aquí, paralizados como estáis, os alcanzarán en cosa de quince minutos.
 Los dos hombres empalidecieron de horror.
 --¡Tu no harías eso, Capitán Futuro! -Musitó desesperado el calvo Orris.
 --¡Pues lo haré, a menos que me digáis lo que sabéis sobre el Horror de Júpiter! -Espetó Curt.

 Su farol dió resultado. La visión de las Entidades Cristalinas acercándose había trastornado los nervios de los dos hombres, como ninguna otra cosa habría podido.
 --T-te lo diremos... ¡Pero la verdad es que no sabemos demasiado! -Farfulló Orris-. El Emperador del Espacio nos dijo que robáramos un crucero de la Policía Planetaria. Teníamos que esperar aquí, para tenderte una emboscada y volatilizarte en el espacio. Teníamos que hacer lo que nos había ordenado.
 --¿Por qué? ¿Quién es el Emperador del Espacio? -Preguntó Curt, sintiendo una punzada de emoción mientras aguardaba la respuesta.
 Orris sacudió con desesperanza su cabeza calva.
 --No sé quién es. Nadie sabe quién es el Emperador del Espacio. Ni siquiera sé si es humano, -añadió temeroso-. Siempre está oculto tras un extraño traje negro, y habla con una voz que no parece humana. ¡Y hace cosas que ningún humano puede hacer!
 "Skeel y yo tenemos un historial de crímenes, -continuó rápidamente-. Volamos aquí, a Júpiter, tras vernos envueltos en un homicidio en Marte. De algún modo, el Emperador del Espacio descubrió que nos buscaba la Policía Planetaria. Nos amenazó con entregarnos, a menos que obedeciéramos sus órdenes. ¡Teníamos que aceptar! Ya ha empleado antes esa misma amenaza, con muchos otros fugitivos y criminales.
 --¿Cómo consigue causar esa evolución inversa en los Terrícolas? -Preguntó Curt.
 --Eso si que no lo sé. Nunca le he visto hacerlo, eso si es él quién lo hace, -respondió Orris con mirada asustada-. Lo que si sé es que los Jovianos rinden culto al Emperador del Espacio, y obedecen todas sus órdenes. Les incita al salvajismo, para que cumplan su voluntad.
 --¿Que los Jovianos rinden culto al Emperador del Espacio? -Repitió la voz metálica de Simon Wright-. Eso es muy extraño...
 --¡Hay un maldito montón de cosas en esta que historia que son extrañas! -Declaró crispado el Capitán Futuro-. Si estás mintiendo...
 --¡No miento! -Declaró Orris aterrado, mientras miraba nervioso cómo se acercaba la extraña catarata de cristales.
 --¿Donde teníais que informar al Emperador del Espacio de que me habíais destruido con éxito? -Preguntó el Capitán Futuro.
 --Acordamos que se reuniría con nosotros esta noche, en nuestro apartamento en Jovópolis, -replicó Orris-. Está más allá de la Calle de los Marinos Espaciales, a las afueras de la ciudad.
 Skeel, el otro hombre, le interrumpió.
 --¿Y ahora vais a dejarnos marchar? -Rogó patéticamente-. ¡Esos cristales llegarán aquí en pocos minutos!
 Curt no prestó atención a la cercanía de las extrañas entidades cristalinas, que habían causado el pánico de los dos potenciales asesinos. Un rápido plan acababa de formarse en la mente del aventurero pelirrojo.
 --Otho, quiero que te conviertas en una réplica de este hombre, Orris, -le dijo al hombre sintético.
 --¿Cual es tu plan, muchacho? -carraspeó interesado Simon Wright.
 Los ojos grises de Newton brillaron de malicia.
 --El Emperador del Espacio va a acudir esta noche a ese apartamento en Jovópolis, para recibir el informe de estos hombres. Pues bien, uno de ellos le presentará al Capitán Futuro como su prisionero... ¡Solo que no será Orris quién le dé ese informe, sino Otho!
 --¡Ya veo! -murmuró el Cerebro-. El disfraz de Otho hará que Emperador del Espacio baje la guardia, y podremos atraparle.
 --¡Rápido, Otho! -Exclamó Curt-. ¡Esos cristales se están acercando demasiado!
 --¡Ya me doy prisa, Jefe! -Replicó el hombre sintético.
 Otho estaba revolviendo una pequeña caja cuadrada de maquillajes, que llevaba al cinto, junto a su pistola de protones. Extrajo un pequeño recipiente metálico, con un dosificador de spray.
 Empleó dicho spray sobre su cabeza y rostro, y esperó un instante.
 Al momento, la cara de Otho comenzó a experimentar un cambio extraño. Su cara blanca y gomosa de carne sintética pareció perder su firme elasticidad, quedando tan suave como si fuera cera fundida.
 La carne sintética de Otho estaba constituida de tal manera que, tras una aplicación de ciertos aceites químicos, se ablandaba, hasta quedar tan dúctil como la plastelina. En pocos minutos se habría endurecido de nuevo, pero, antes de hacerlo, ya se habría modelado según los rasgos deseados.
 Aprovechando que su carne se había ablandado de ese modo, el mismo Otho comenzó a modelarla. Con dedos firmes y seguros, el androide presionó la suave carne blanca de su rostro, modelando sus rasgos hasta convertirlos en unos muy distintos... ¡Igual que un escultor habría modelado un rostro nuevo sobre uno antiguo, hecho de arcilla fresca!
 Mientras trabajaba, los ojos verdes de Otho observaban con atención el asustado y brutal rostro del tal Orris. Y, al poco rato, la cara de Otho se había convertido en la de Orris, en todos y cada uno de sus rasgos. El androide, merced a una larga práctica, podía lograr en pocos minutos que su cara se convirtiera en una réplica exacta de cualquier otra cara.
 Un momento después de terminar, la carne de su rostro comenzó a endurecerse una vez más, hasta su firmeza habitual.
 --Y ahora, a maquillarse, -musitó Otho, mientras volvía a revolver en su caja de maquillajes.
 --¡Rápido! -Urgió el Capitán Futuro.
 Con una delgada aguja hipodérmica, Otho se inyectó una gota de fluido en cada ojo, que cambiaron al momento de su verde habitual hasta un tono pálido. Una tintura, extraida de un pequeño tubo, cambió el blanco mortecino de su piel a un bronceado más propio del espacio. Algo de cabello artificial sobre las orejas, sobre su nueva piel bronceada, completaron su asombrosa transformación.
 Otho entró en la nave de Orris y Skeel. Regresó al momento con un mono de faena, confeccionado con seda sintética, como el que llevaba Orris. Entonces, el androide se volvió hacia Curt Newton.
 --¿Me parezco lo bastante? -Preguntó en una voz que resultaba una asombrosa réplica de la voz de Orris.
 --¡Es perfecto! -Declaró Curt. Ante él había DOS Orris... absolutamente idéntico e indistinguibles.
 --¡Dios mio! ¡Esta criatura se ha convertido en mi! -Musitó Orris horrorizado.
 --Muchacho, ya es hora de que nos vayamos, -avisó con voz cortante Simon Wright-. Los cristales están demasiado cerca.
 Curt se dio la vuelta. La catarata de cristales brillantes manaba imparable hacia ellos por la planicie. Las entidades resplandecientes avanzaban inexorablemente, motivadas por los impulsos eléctricos que emitían sus propios cuerpos, en un extraño fenómeno de atracción-repulsión.
 Con un extraño sonido tintineante, la brillante marea se desplazaba a casi un metro por segundo, extendiendo cristalinos pseudópodos, que parecían salir repelidos de la masa principal. Se hallaban a menos de trescientos metros.
 --¡Grag, destruye los ciclotrones de su nave! -Ordenó el Capitán Futuro-. Luego despegaremos.
 Mientras el gran robot entraba en la nave negra, presto a obedecer, Orris y Skeel protestaron a gritos.
 --¡No irás a dejarnos aquí, para que nos maten esas cosas! -Exclamaron.
 Curt se inclinó sobre los dos hombres indefensos, y tocó de nuevo sus centros nerviosos, haciendo desaparecer la parálisis que les contenía. Mientras los dos hombres se levantaban, Grag emergió de la nave.
 --Ya está hecho, Jefe, -tronó el robot-. Esta nave no volverá a salir al espacio nunca más.
 --En cuanto a vosotros dos, será mejor que echéis a correr. No tendréis problema para manteneros a distancia de las entidades cristalinas. -Dijo Curt a Orris y Skeel-. Informaré a la Policía Planetaria, en Jovópolis, y ellos enviarán una nave para recogeros.
 Sus ojos parecieron arder.
 --¡Lo que de verdad me habría gustado es dejaros aquí para esos cristales acabaran con vosotros! ¡Habéis ayudado a propagar un mal que es aún peor que la muerte!
 Los dos criminales miraron aterrados a la tintineante marea de cristales, que se hallaba ya a menos de ciento cincuenta metros de distancia, y salieron corriendo en dirección contraria, como alma que lleva el diablo, alejándose en el desierto gris.
 --¡Rápido, subamos al Cometa antes de que esas cosas nos corten la retirada! -Exclamó Curt.
 Grag se encargó de llevar el contenedor de Simon Wright. Él, el disfrazado Otho y el Capitán Futuro corrieron a toda velocidad en dirección a su nave.
 Cuando llegaron a ella, los tintineantes cristales se hallaban a sólo un par de decenas de metros de ellos. Lanzándose al interior del Cometa, Curt saltó hacia los controles, y en un momento, la pequeña nave con forma de gota se elevaba hacia el espacio, con un rugir de motores.

 Miró hacia abajo, y observó cómo la entidad de cristal comenzaba a envolver la nave negra, recorriéndola hasta encontrar la portilla abierta, y penetrando en su interior, por si encontraba alguna forma de vida. Los dos criminales, que habían huido, se encontraban ya a una distancia segura, y estarían a salvo hasta que la Policía Planetaria viniera a buscarles.
 Al mirar hacia delante, el Capitán Futuro mostró un brillo de ansiedad en los ojos.
 --Ahora... ¡A Jovópolis! -Dijo austeramente-. ¡...Y a por el Emperador del Espacio!
 
 

CAPITULO V
El Poder del Emperador del Espacio



 Júpiter, al igual que todos los planetas exteriores, fue, hace tiempo, considerado inviable para ser habitado por Terrícolas. Antes de que comenzara de verdad la exploración interplanetaria, se pensaba que el mundo gigantesco resultaba demasiado frío, su atmósfera demasiado venenosa, con todo ese metano y amoniaco, y su gravedad demasiado grande como para albergar vida humana.
 Pero el primer Terrícola que visitó Júpiter, descubrió que el núcleo radioactivo interno del gran planeta mantenía un clima tropical en todo el orbe. Se descubrIó también que, el metano yel amoniaco existían sólo en las capas superiores de la atmósfera. Las capas más bajas resultaban bastante respirables. Y la invención de los ecualizadores de gravedad había resuelto el problema de su poderosa gravedad.
 Saliendo de la oscuridad del espacio, en dirección a la cara oscura del descomunal planeta, y hendiendo su atmósfera como si fuera un cuchillo, el Cometa llegaba a su destino.
 El Capitán Futuro, junto a Grag, se encargaba de los controles, y el disfrazado Otho y Simon Wright se hallaban detrás de ellos. El aventurero pelirrojo estaba tenso, presa de una fiera esperanza, mientras miraba hacia delante.
 --Aquí estamos,- musitó por fín Curt, hablando por encima del hombro-. Nos encontramos al Oeste de Ecuatoria Sur.
 --No muy al Oeste, espero, -carraspeó Simon Wright desde el pedestal especial en el que descansaba su tanque de suero.
 Bajo ellos se extendía un vasto océano, bañado por la luz plateada de las tres lunas. Era uno de los treinta enormes mares del planeta rey, una interminable extensión de agua, cuya superficie, iluminada por las lunas, lanzaba destellos al cielo nocturno.
 Curt dejó de descender, y ahora el Cometa avanzaba rugiendo hacia el Este, volando bajo sobre el océano plateado. Bajo los brillantes rayos de Europa, Ganímedes e Io, aquella desolación de agua se extendía por todo el horizonte en magnífico esplendor.
 Unos Murciélagos Nocturnos, -esos insólitos pájaros Jovianos que, por alguna extraña razón, no vuelan jamás, excepto cuando brillan las lunas,- se movían en círculos sobre las aguas. Sus anchas alas brillaban bajo la luz plateada con una asombrosa iridiscencia, debida a un peculiar efecto fotoquímico.
 Bancos de Peces-Llama, -un extraño pez que brilla con luz propia debido a su hábito de alimentarse con algas radioactivas,- nadaban casi en la superficie. La cabeza triple de una Hidra, -una especie de gran serpiente marina que siempre solía moverse en grupos de dos o tres animales-, se asomó por encima del oleaje. A lo lejos, al Norte, un "paralizador", un enorme disco plano de carne blanca, emergió del mar iluminado por las lunas, y volvió a sumergirse con un impacto que dejaba paralizados a todos los peces de las cercanías, convirtiéndoles en una presa fácil.
 El Cometa continuó avanzando por encima de aquel mar plateado, que bullía de extrañas formas de vida. Bajo las tres grandes lunas, la nave con forma de lágrima cruzaba la atmósfera como si fuera un meteoro, dirigiéndose a la peligrosa cita que Curt Newton había decidido concertar.
 --Se ven luces ahí delante, Jefe, -tronó Grag, cuyos ojos fotoeléctricos escrutaban en la distancia.
 --Si, estamos en la región de Ecuatoria Sur, -dijo Curt-. Esas de allí son las luces de Jovópolis.
 Frente a ellos, en la lejanía, se alzaba una costa negra sobre el océano iluminado por las lunas. Un poco más adentro se apreciaba una gran concentración de luces, entre las que dominaban los focos rojos y verdes de la torre del espaciopuerto.
 Más allá, las luces de la ciudad se extendían por la negra oscuridad hasta las grandes plantaciones, y hasta la densa jungla que los rodeaba. En el horizonte, el cielo estaba coloreado con una insólita aurora de rayos rojos... El resplandor carmesí que desprendía el lejano Mar de Fuego.
 --Sólo Saturno puede ofrecer unas noches más hermosas que estas, -dijo Curt, sintiendo cómo aquella extraña belleza le hacía olvidar, un momento, su tensión.
 --¿No irás a posarte abiertamente en Jovópolis? -Preguntó Simon Wright.
 El Capitán Futuro sacudió su cabeza pelirroja.
 --No. Nos posaremos discretamente al borde el espaciopuerto.

 El Cometa se deslizó en silencio por la costa, con el ruido de sus cohetes amortiguado por el tremendo oleaje de la marea Joviana, provocada por la acción de tres lunas. Silenciosa como una sombra, la pequeña nave con forma de gota se aproximó al espaciopuerto, evitando los muelles de atraque y posándose en una zona poco iluminada al borde del recinto.
 Curt Newton apagó los ciclotrones y se levantó de su asiento. Había activado ya su ecualizador de gravedad, de modo que no sintió el poder de la apabullante gravedad Joviana.
 --Otho y yo debemos darnos prisa, -dijo excitado-. Tenemos que estar en la guarida de Orris cuando el Emperador del Espacio acuda a verle.
 --¿No puedo ir yo también, Jefe? -Tronó el grandullón Grag.
 --Tu nunca podrías hacerte pasar por un hombre, -se burló Otho-. Al primer vistazo que le echaran a tu cara de metal, ya nos habrías delatado.
 Grag se giró enfadado hacia el androide, pero el Capitán Futuro se interpuso velozmente ante los dos.
 --Debes quedarte aquí con Simon, y cuidar del Cometa, Grag, -dijo-. No tardaremos en volver, si podemos capturar al que buscamos.
 --Ten cuidado, muchacho, -murmuró El Cerebro-. Este Emperador del Espacio parece el antagonista más peligroso al que nos hallamos enfrentado jamás.
 Curt sonrió complacido.
 --Un villano digno de nosotros, ¿Eh? No te preocupes, Simon. ¡No pienso subestimarle!
 Curt y Otho salieron del Cometa y se dirigieron hacia la brillantemente iluminada Calle de los Marinos Espaciales, que se extendía hacia el Este desde el espaciopuerto. La noche Joviana se cernía, densa y suave, a su alrededor, con el cálido aire cargado con los fétidos olores de su extraña vegetación. Las tres brillantes lunas arrojaban una curiosa multitud de sombras en torno a ellos.
 Curt conocía bien la Calle de los Marinos Espaciales. Por lo general, hervía de gente dura, pues sus tabernas de dudosa reputación albergaban a Terrícolas que conocían tanto los pantanos de Venus como los desiertos de Marte, o el helado Plutón... hombres que llevaban allí sólo unos días, y que, seguramente, se irían para no volver.
 Curt sabía que la Calle se encontraba bastante menos atestada de lo habitual. La mescolanza del gentío parecía moverse con cierta preocupación, y no había demasiado tráfico de automóviles cohete. Muchos Terrícolas, bronceados por el espacio, bebían en las sórdidas tabernas, pero lo hacían con un silencio que no era natural. Para los agudos ojos de Curt, parecía evidente que la sombra de aquella terrible plaga planeaba sobre la ciudad.
 En la calle había muchos Jovianos, los nativos planetarios de aquel mundo. Eran criaturas humanoides, y su tamaño era similar al del hombre, pero sus cuerpos de piel verde eran más enjutos que los humanos. Sus cabezas eran pequeñas, redondas y sin cabello, con grandes ojos negros... y sus brazos y piernas terminaban en extrañas aletas, en vez de en manos o pies.
 Su vestimenta consistía en un ligero arnés de cuero negro. Parecían mirar a los Terrícolas con hostilidad y desconfianza.
 --Parece que a los Jovianos no les gustan demasiado los Terrícolas, -musitó Otho.
 Curt entrecerró ligeramente los ojos.
 --Si tenemos en cuenta lo que nos dijo Orris, ha sido el Emperador del Espacio el que les ha incitado a ser hostiles.
 --¡Cuidado! -Aulló de repente una voz en medio del gentío-. ¡Este lo ha pillado!
 --¡Una regresión! ¡Alejaos! -Rugieron otras voces.
 Curt vio que los hombres se alejaban de un Terrícola que había estado caminando como mareado por en medio de la calle, pero que ahora se golpeaba el pecho, abría la boca y miraba, con ojos bestiales, a su alrededor.
 Todos se apartaron de aquel hombre, tan súbitamente aquejado por la terrible enfermedad regresiva. Durante un momento reinó un helado silencio en la calle, sólo roto por los alaridos del afectado. Entonces se escucharon sirenas y un coche cohete irrumpió en la calle.
 Dos celadores de hospital, de rostros sombríos, agarraron con fuerza al enfermo, le arrojaron al interior de la ambulancia, y se alejaron a toda velocidad.
 Un tenso silencio reinó en aquel lugar, pareciendo durar una eternidad en la que los hombres se miraban unos a otros intranquilos. Entonces, como si todos estuvieran deseosos de apartarse del lugar, la multitud comenzó a moverse de nuevo.
 --¡De modo que ASÍ es como golpea este horror! -Susurró Otho.
 Una mirada peligrosa brillaba en los ojos grises del Capitán Futuro, mientras se tensaba involuntariamente.
 --Creo que voy a disfrutarlo cuando nos encontremos con el maldito demonio que ha causado todo esto, -dijo entre dientes.
 Continuaron avanzando por la Calle de los Marinos Espaciales, alejándose de las zonas iluminadas, en dirección al extremo de la avenida. Ante ellos se extendían los negros campos que se extendían más allá de la ciudad. Los agudos ojos de Curt divisaron un pequeño apartamento de metaleación oscura, que se alzaba un poco más allá del final de la calle, entre dos grandes árboles de helechos, iluminados por la luna.
 --El habitáculo de Orris, -musitó, mientras echaba mano de su pistola de protones-. Vamos dentro, Otho.
 Escuchó unos instantes antes de abrir la puerta y entrar en el interior. El lugar estaba desierto.
 Curt pulsó el cordel que encendía la bombilla de uranita del techo. La iluminación reveló una sobria habitación de metal, con un catre en una esquina, algunos monos de faena colgados, y un par de arneses de cuero Joviano en sendas perchas. Las amplias ventanas estaban protegidas contra las típicas plagas del planeta, como las moscas succionadoras o las pulgas cerebrales.
 El Capitán Futuro deslizó su pistola en el interior de la chaqueta. Luego se echó sobre el catre de la esquina.
 --El Emperador del Espacio no debería tardar en venir, -dijo llanamente a su androide-. Cuando aparezca, dile que me has capturado, me has drogado, y me has traído hasta aquí. Haz lo posible por colocarte entre él y la puerta.
 Otho asintió con su cabeza disfrazada. Sus ojos mostraron un brillo de fiereza.
 --Y ahora, basta de charla, -ordenó Curt, algo nervioso.
 Yaciendo tendido sobre el jergón, simulando el estupor de las drogas, Curt continuó vigilando con los ojos medio abiertos.  El androide caminaba nervioso de un lado a otro, como si esperara a alguien.
 Una tensa expectación embotaba la mente de Curt. Él, el Capitán Futuro, que se había enfrentado y que había derrotado en el pasado a tantos malvados, estaba a punto de enfrentarse al más terrible adversario que conociera jamás. Su alma casi saltaba de júbilo ante tal desafío.
 Curt escuchó una repentina exclamación de asombro proviniente de Otho. Abrió un poco más los párpados y recibió una sorpresa que le impactó más que un shock eléctrico.
 Una misteriosa figura de negro se había materializado junto a ellos en el interior del habitáculo. La puerta no se había abierto, pues Curt había estado vigilándola. Era como si aquel oscuro visitante hubiera traspasado limpiamente las paredes.
 ¡El Emperador del Espacio!¡La misteriosa figura que había convertido Júpiter en un infierno planetario! Curt sabía que estaba mirando a su desconocido adversario.
 El Emperador del Espacio llevaba un extraño y grotesco mono negro, y un casco de un material flexible, pero de apariencia mineral. El casco contaba con dos pequeñas aberturas a la altura de los ojos, aunque éstos, en su interior, no resultaban visibles. Su verdadero aspecto quedaba totalmente oculto tras aquel extraño atuendo. Incluso resultaba imposible saber si era Terrícola o Joviano.
 --¡Estás... estás aquí! -Balbuceó Otho con la voz de Orris, haciendo que en su rostro asomara asomara la misma expresión de terror que Orris había mostrado anteriormente cuando hablaba acerca del Emperador del Espacio.
 Desde el interior del casco habló una voz que provocó escalofríos al Capitán Futuro. No sonaba como si fuera humana. Se parecía más a la entonación profunda de los Jovianos, solo que, en lugar de ser suave y comedida, resultaba fuerte, atronadora, y vibrante de poder.
 --Si. Aquí estoy, -dijo el Emperador del Espacio-. ¿Habéis logrado tu y Skeel matar al Capitán Futuro?
 --Hemos hecho algo mejor que eso, -dijo Otho, fingiendo orgullo-. Le hemos capturado, y le hemos traido hasta aquí... ¡Mira!
 Otho señaló hacia el jergón en el que yacía Curt Newton, sumido en un coma aparente.
 --Skeel murió en la refriega, -continuó Otho-. Pero yo abatí al Capitán Futuro. Le he inyectado una dosis de somnal, para mantenerle indefenso y poder traértelo.
 --¡Estúpido! -Entonó la voz profunda del Emperador del Espacio, hirviendo de rabia-. ¿Por qué no le mataste al momento? ¿Acaso no sabes que ese tal Capitán Futuro será peligrosísimo mientras siga con vida?
 Llevado por la ira el Emperador del Espacio avanzó un poco; su extraña figura no pareció caminar, sino deslizarse de un modo suave e inquietante sobre el suelo metálico.
 Otho, fingiendo hacerse a un lado asustado, se fue situando entre la puerta y su oscuro visitante.
 --Yo pensaba que le querrías con vida, -se disculpaba Otho, humillándose-. Si quieres, puedo matarle en un instante.
 --¡Mátale ahora mismo! -Tronó la voz del Emperador del Espacio-. Este hombre ya ha desbaratado antes planes mucho más complejos. ¡No va a estropear los mios!
 Curt Newton había estado flexionando los músculos, para prepararlos para la acción. Entonces, mientras aquella última palabra sonaba aún en el aire, el aventurero pelirrojo se elevó hacia delante, en un prodigioso salto que lo llevó hasta su enemigo.
 Pero aquella figura oscura y erguida consiguió evitar a Curt. El Capitán esperaba chocar contra el misterioso villano, derribándole al suelo para reducirle. Pero Curt se llevó la mayor sorpresa de toda su vida.
 ¡Pues el Capitán Futuro pasó a través del Emperador del Espacio como si este último no existiera! Era como si el Emperador del Espacio no fuera sino un fantasma inmaterial. Curt atravesó su cuerpo, de apariencia sólida, y se estampó contra la pared con tal fuerza que quedó atontado.
 --¡Ya veo! -Exclamó la profunda voz del criminal-. ¡Esta era una de las famosas trampas del Capitán Futuro!
 Otho cargó hacia delante casi en el mismo instante que Curt. Y también el disfrazado androide pasó a través de la oscura figura.
 Curt sacó su pistola de protones, mientras la forma oscura comenzaba a deslizarse velozmente por la estancia. Atontado por el golpe y perplejo como estaba por lo que acababa de ocurrir, el Capitán Futuro se las arregló para no perder ni un solo instante su presencia de ánimo.
 Apretó el gatillo, y un rayo blanquecino emanó del cañón de la pistola, dirigiéndose hacia la figura de negro.
 La pistola de protones de Curt era mucho más letal que cualquiera de las armas de fuego atómico que empleaba el resto de los hombres. Podía ajustarse para atontar, o para matar, y ahora lo estaba para la segunda función. Pero su desgarga concentrada de protones se limitó a pasar a través del Emperador del Espacio, sin herirle lo más mínimo.
 --¡Por fín te encuentras con alguien cuyos poderes son mayores que los tuyos, Capitán Futuro! -Se regocijó la voz al otro lado del casco negro.
 La oscura figura se esfumó. Su forma, de apariencia sólida, pasó a través de la pared de metal sólido. Se había ido.
 Otho permaneció inmóvil, perplejo ante lo que acababa de contemplar. Pero el Capitán Futuro se lanzó hacia la puerta, radiante y listo para la acción.
 Salió a una penumbra apenas iluminada por la luna, y escrutó en la oscuridad. No había el menor rastro del Emperador del Espacio. Había desaparecido por completo.
 --¡Ese diablo se ha esfumado! -Exclamó Curt, con la voz llena de rabia y culpabilidad.
 --¡No podía ser real! -Exclamó Otho alucinado-. ¡No era mas que una sombra, un fantasma!
 --¡Un fantasma no habría podido hablar ni escuchar! -Espetó Curt-. Ese individuo era tan real como tu o yo.
 --Pero si ha entrado y salido a través de la pared... -murmuró asombrado el androide.
 El bronceado rostro del Capitán Futuro frunció el ceño. Estaba intentando desentrañar el enigma del secreto de su enemigo.
 --Creo, -anunció-, que el Emperador del Espacio está empleando algún tipo de vibración desconocida para volverse inmaterial cuando lo desee.
 Otho le miró fijamente.
 --¿Inmaterial?
 Curt asintió con su cabeza pelirroja.
 --Siempre se ha considerado teóricamente posible que la frecuencia de vibración atómica de un objeto, o de un hombre, pueda ser sintonizada a un nivel superior que la frecuencia ordinaria de la materia, de modo que ese objeto, u hombre, podría PASAR a través de la materia ordinaria, al igual que dos señales eléctricas de distinta frecuencia pueden pasar por el mismo cable en el mismo instante.
 --Pero si fuera ese el caso... ¡Se hundiría en el suelo, directamente hacia el centro de gravedad del planeta! -Objetó Otho.
 El Capitán Futuro sacudió la cabeza con impaciencia.
 --No, si ajusta a cero su ecualizador de gravedad. Y también podría emplear alguna clase de fuerza de empuje reactiva para conseguir esa especie de deslizamiento lateral. Claro está, no podría respirar aire ordinario, pero en el interior de su traje podría tener un depósito de aire cuya frecuencia atómica cambiara al mismo tiempo que su cuerpo.
 --Pero ¿Cómo podría vernos, oirnos y hablar con nosotros? -Quiso saber Otho.
 --Eso es algo que ni siquiera yo puedo entender, -admitió con desgana el Capitán Futuro-. Todo este asunto denota unos conocimientos científicos que no proceden de la ciencia humana. Los científicos terrestres no han llegado aún a encontrar cómo emitir esas vibraciones.
 --Pues entonces, ¿Dónde encontró esa ciencia, y el secreto de la regresión evolutiva? -demandó el androide-. Se supone que en Júpiter, en los tiempos más remotos, existió una gran civilización, pero ahora, aquí no hay más que estos Jovianos medio civilizados, que no saben nada de ciencia. ¿Crees que el Emperador del Espacio podría ser un Joviano de los de antes?
 Curt meneó la cabeza. Por unos instantes se sintió abrumado. El siniestro misterio que envolvía al oscuro villano se iba haciendo cada vez más grande.
 Y su orgullo de conocedor de la ciencia había sufrido un golpe terrible. Se había topado con alguien que, aparentemente, había obtenino unos secretos científicos más allá de sus propios logros.
 --Lo primero que tenemos que hacer es descubrir quién es el Emperador del Espacio, en lugar de intentar atraparle, -declaró. Miró a Otho-. Puedes maquillarte como un Joviano, ¿Verdad?
 Otho se infló como un pavo.
 --Sabes bien que no hay un solo nativo planetario por el que no pueda hacerme pasar cuando me lo propongo, -se jactó.
 --Pues adelante, disfrázate de Joviano, -dijo Curt velozmente-. Regresa a la calle más concurrida, y, una vez allí, mézclate con los Jovianos. Intenta averiguar qué es lo que saben acerca del Emperador del Espacio, y, sobre todo, si se trata de un Joviano o de un Terrícola.
 Otho asintió con complicidad.
 --¿Debo regresar aquí si averiguo algo?
 --No. Si así fuera, regresarás al "Cometa" -ordenó Curt-. Yo voy a ir al edificio del Gobierno. Allí, en alguna parte, hay una conexión con el Emperador del Espacio. Recuerda que el gabinete de gobierno eran las únicas personas que sabían que veníamos a Júpiter... ¡Y aún así el Emperador del Espacio se enteró y nos tendió una emboscada!
 En un tiempo sorprendentemente corto, Otho se había desembarazado de los rasgos de Orris, asumiendo el aspecto de un nativo Joviano.
 El androide había empleado el spray químico especial que ablandaba la carne sintética de su rostro, pies y manos. Luego había modelado su cabeza y sus rasgos hasta conseguir los atributos redondos y chatos típicos de los Jovianos, mientras que sus pies y manos habían adoptado la característica forma de aleta de las extremidades de los nativos planetarios.
 Con suavidad, se embadurnó con una tintura verde que guardaba en su set de maquillaje. Tras asumir la típica postura de los nativos, parecía un Joviano original. Por último, se apropió de uno de los arneses de cuero negro que había colgados junto a los monos de faena, en una pared del apartamento. En ocasiones, algunos Terrícolas empleaban dichas prendas nativas cuando pensaban adentrarse en las junglas de Júpiter, con el fín de estar más frescos y gozar de mayor libertad de movimientos.
 Cuando Otho volvió a hablar, lo hizo con la voz baja y suave de un Joviano.
 --¿Pasaré el exámen? -Preguntó a Curt.
 El Capitán Futuro sonrió.
 --Ni yo mismo te reconocería, -dijo-. Ahora vete, y ten mucho cuidado.
 Otho se deslizó con suavidad hasta el exterior. Un minuto más tarde, también el Capitán Futuro emergía al aire de la noche.
 El aventurero pelirrojo caminó a grandes zancadas hacia la plateada masa metálica de edificios que formaban el centro de la ciudad, dirigiéndose hacia la zona en la que estaba enclavado el gobierno colonial.
 Estaba seguro de que allí, en alguna parte, encontraría la clave del misterio que había sumido en el horror a todo aquel planeta.
 
 

CAPITULO VI
Monstruos que una vez fueron hombres



 La mansión del Gobernador se alzaba en medio de un jardín de enormes helechos y arbustos podados con diferentes formas. Se trataba de una gran estructura rectangular, construida de resplandeciente metaleación, al igual que el resto de la ciudad Terrícola. Aquella noche, sus múltiples ventanas dejaban vislumbrar la luz del interior.
 Curt avanzó en silencio por la arboleda a oscuras. Los brillantes rayos de las tres lunas se colaban por entre las copas de los gigantescos helechos, iluminando su rostro decidido. El aroma de las delicadas pero peligrosas "flores del sueño" flotaba junto a su nariz. En lo alto volaban varios murciélagos lunares, esas misteriosas criaturas aladas e iridiscentes tan propias de Júpiter, que sólo volaban cuando brillaban las tres lunas.
 Accedió a un porche del ala oeste de la gran mansión metálica. Sin emitir sonido alguno, el Capitán Futuro avanzó hacia una ventana abierta, por la que salía la brillante luz de varias bombillas de uranita. Observó el interior con atención, y, al momento, reconoció al Gobernador de la colonia Terrícola, por los datos que el Presidente le había facilitado.
 Sylvanus Quale, el Gobernador colonial, estaba sentado tras un escritorio de metal. Quale era un hombre de unos cincuenta años, de figura corpulenta y voluminosa, cabello gris casi metálico, y un rostro cuadrado, con una impasibilidad casi pétrea. Parecía tan inexcrutable como una estatua. Sus ojos incoloros no mostraban expresión alguna.
 El Capitán Futuro vio que Quale hablaba con una joven que vestía un uniforme blanco de enfermera.
    --¿Por qué razón el Doctor Britt no ha presentado él, en persona, el informe del Hospital de emergencia, Señorita Randall? -Preguntaba Quale.
 --Se ha derrumbado, y está al borde del colapso, -replicó ella. Sus ojos se ensombrecieron cuando añadió- Este terrible asunto está resultando ser demasiado para nosotros.
 Curt comprobó que la joven era deslumbrantemente hermosa, incluso con aquel severo uniforme blanco. Sus cabellos oscuros, sueltos y ondulados enmarcaban un rostro pequeño, cuyos labios firmes y ojos color avellana daban una impresión de eficiencia y firme decisión. Aún así, sus ojos mostraban la sombra de un profundo horror. 
--Señor Quale, ¿Qué vamos a hacer? -la escuchó decir Curt al Gobernador-. Tenemos cerca de trescientos casos de este brote en el Hospital de Emergencia. Y algunos de ellos se están volviendo... aún más repugnantes...
 --¿Quiere decir que continúan cambiando, Joan? -Dijo Quale, olvidando por un momento los formalismos oficiales.
 La joven asintió, cada vez más pálida.
 --Si. No soy capaz de describirle lo espantoso de los monstruos en los que algunos se han convertido. ¡Y hace tan sólo unos días eran hombres! ¡Debemos hacer algo para detener esto!
 Curt penetró en la oficina por la ventana abierta, tan silencioso como una sombra.
 --Espero que haya algo que yo pueda hacer para pararlo, -dijo con calma.
 Joan Randall se dio la vuelta reprimiendo un grito de sobresalto, y Sylvanus Quale se puso en pie de un salto cuando contempló al corpulento joven pelirrojo y de ojos grises que había irrumpido en la habitación, y les miraba con gravedad.
 --¿Qué...? ¿Qién...? -Balbuceó el Gobernador, acercándose a un botón de su escritorio.
 --No es necesario que llame a los guardias, -dijo Curt con impaciencia-. Este anillo puede identificarme.
 Curt Newton levantó la mano izquierda. En dicha mano llevaba un anillo con con curioso ornamento. En su zona central había una pequeña y brillante esfera de metal radioactivo, que representaba el sol. Estaba rodeada de nueve elipses concéntricas, sobre cada una de las cuales había montada una joya diminuta.
 Las joyas representaban a los nueve planetas. Había una diminuta, de color marrón, para Mercurio, un perla, ligeramente mayor para Venus, y así sucesivamente. Y las joyas se movían muy lentamente, rotando alrededor del minúsculo sol. Accionadas por una batería atómica en miniatura, se movían en exacta concordancia con los planetas que representaban. Aquel anillo único era conocido desde Mercurio a Plutón, como el emblema identificativo del Capitán Futuro.
 --¡Pero si es el Capitán Futuro! -Exclamó Quale sobrecogido.
 --¿El Capitán Futuro? -Repitió Joan Randall con repentina emoción, mientras observaba al aventurero pelirrojo.
 --¿El Presidente Carthew no le notificó que venía de camino? -Preguntó Curt al Gobernador.
  Quale asintió rápidamente.
 --Me llamó por telepantalla en cuanto salió usted para aquí.
 --¿Le habló a alguien de mi visita? -Preguntó Curt con mucho interés.
 Escrutó a Quale con atención, mientras aguardaba la respuesta. Si el Gobernador admitía que no se lo había contado a nadie, eso significaría...
 Pero Quale volvió a asentir.
 --Claro que si. Se lo dije a Eldred Kells, el Vice-gobernador, y al Doctor Britt, el jefe de Física planetaria, y también a algunas personas de aquí. Tenía que tranquilizarles... estaban al borde del pánico.
 Curt se sintió momentáneamente derrotado. Esa posible pista hacia el Emperador del Espacio acababa de desvanecerse.
 Ocultando su decepción, le habló a Quale de su emboscada, y de los dos criminales que ahora estaban atrapados en la luna Callisto.
 --Enviaré un crucero de la Patrulla Planetaria para que los recoja, -prometió Quale rápidamente.
 En ese momento se abrió una puerta. Un hombre de unos treinta años, alto y de cabello rubio, ataviado con un mono espacial, entró en la oficina. Sus rasgos, severos y fuertes, estaban marcados por la tensión.
 --¿Qué ocurre, Kells? -Preguntó Sylvanus Quale.
 Eldred Kells, el Vice-gobernador, miró a Curt asombrado. Entonces, cuando sus ojos se posaron en el anillo del aventurero pelirrojo, su rostro se iluminó de esperanza.
 --¡El Capitán Futuro... está aquí! -Exclamó-. ¡Gracias a Dios! ¡Quizás usted pueda hacer algo para poner fin a este horror!
 Kells se dirigió entonces a su superior.
 --Lucas Brewer y el joven Mark Canning están aquí, señor. Acaban de llegar de Jungletown. Creo que allí las cosas se están poniendo horribles.
 Quale se volvió hacia el Capitán Futuro.
 --Brewer es el presidente de "Minas Jovianas", una pequeña compañía que es propietaria de ua mina de radium, al norte de Jungletown, -explicó-. Mark Canning es su capataz.
 --Recuerdo haber oido hablar antes de este tal Brewer, -dijo Curt frunciendo el ceño-. En Saturno, hace tres años.
 Kells regresó un momento después, junto a los dos hombres que había mencionado.
 Lucas Brewer, el propietario de la mina, era un hombre obeso de unos cuarenta años, con unos ojos oscuros y pequeños y un rostro fofo que denotaba esa falta de compasión típica de los que bien demasiado bien.
 Mark Canning, su capataz, era un joven apuesto, de tez oscura y mirada nerviosa. Miró con ansiedad a Joan Randall, pero la hermosa enfermera evitó su mirada.
 --¡Quale, tiene que hacer algo! -Dijo con énfasis Lucas Brewer nada más entrar-. Esto está empezando a ser...
 Se detuvo de repente, cuando sus ojos se posaron sobre el Capitán Futuro. Sus ojos mostraron que le había reconocido.
 --Pero si es... -empezó a decir.
 --Si. Es el Capitán Futuro, -dijo Quale-. Recuerde que le dije que estaba en camino.
 Curt observó algo parecido a la aprensión en los pequeños ojos de Brewer. También le pareció que el rostro del joven Mark Canning mostraba cierta incomodidad.
 Curt odiaba al tipo de empresarios y promotores a los que pertenecía Brewer. Ya se había encontrado antes con ellos, en muchos planetas. Eran estafadores implacables, cuya avaricia terminaba por conducir a la miseria tanto a los colonos Terrícolas como a los nativos planetarios.
 --Desde luego, he oido hablar mucho de usted, Capitán Futuro, -dijo Brewer con tono dudoso.
 --También yo he oido algo acerca de sus actividades en Saturno, hace un par de años, -dijo Curt con desagrado. De repente cambió de tema, y espetó- ¿Por qué han viajado hasta aquí desde Jungletown en plena noche?
 --¡Porque las cosas se están poniendo muy mal en Jungletown! -Declaró Brewer-. Tenemos ya más de quinientos casos de la epidemia. El hospital está abarrotado y no da a basto, y deseaba presionar a Quale para se hiciera algo para terminar con esta horrible situación. Cualquiera de los presentes puede ser el siguiente en contraer la enfermedad, o lo que sea... ¡A lo mejor me toca a mi!
 El Capitán Futuro miró con desdén al obeso empresario. Pero fue Eldred Kells quién, indignado, le respondió:
 --No podremos detener la plaga hasta que no sepamos qué es lo que la provoca, -se defendió el Vice-gobernador.
 --¿Donde empezó todo? -Quiso saber Curt.
 Fue Quale quien respondió.
 --Arriba, en la selva. En Jungletown, a varios cientos de kilómetros al norte de aquí. Es una villa de reciente construcción. Creció debido a los numerosos yacimientos de radium y uranio que hay por las cercanías. El lugar está muy próximo a la orilla sur del Mar de Fuego, y alberga a varios miles de ingenieros y mineros Terrícolas, así como a las empresas que los emplean.
 "Los primeros casos se dieron en unos pocos mineros de radium, -continuó Quale-. Salieron de la jungla ya transformados en criaturas simiescas. Desde entonces, a cada día que pasa, el mal afecta a más y más gente. La mayoría de los casos habían estado en Jungletown, pero también hay un gran número de ellos aquí, en Jovópolis, y en otras ciudades.
 --Estamos completamente a oscuras sobre la causa de esta espantosa enfermedad, -añadió Eldred Kells desesperanzado.
 --No es una enfermedad, -dijo Curt con gravedad-. Está siendo provocada deliberadamente.
 --¡Imposible! -Exclamó Lucas Brewer-. ¿Qué hombre sería capaz de hacer una felonía semejante?
 --Yo no estaría tan seguro de que es un hombre el responsable, - respondió el Capitán Futuro-. El único responsable de todo esto, se hace llamar... El Emperador del Espacio.
 Mientras pronunciaba el nombre, observó sus rostros con atención. Brewer se puso blanco. El joven Mark Caning se estremeció incómodo. Pero Kells y el Gobernador sólo parecieron desconcertados.
 --¿Alguno de ustedes había oído antes ese nombre? -Quiso saber Curt.
 Todos ellos negaron con la cabeza. Rápidamente, Curt tomó una decisión.
 --Deseo ver a las víctimas que tienen aquí, en Jovópolis, -declaró-. Me gustaría estudiarles. ¿Han mencionado antes un Hospital de Emergencia donde les tenían confinados?
 Sylvanus Quale asintió.
 --Hemos convertido nuestra Prisión Colonial en un Hospital de emergencia. Sólo allí podíamos contener a esas... criaturas. La señorita Randall y yo podemos llevarle allí.
 La corpulenta figura de Curt salió junto al Gobernador y la enfermera, y cruzó los salones de la mansión. Emergieron a la cálida y sofocante noche, que en aquellos instantes sólo estaba estaba iluminada por las lunas Io y Europa.
 Las dos resplandecientes lunas arrojaron extrañas sombras por encima de las copas de los helechos, mientras ellos cruzaban los jardines. Los edificios que albergaban el gobierno colonial rodeaban la plaza alrededor de la mansión del Gobernador. El Hospital de Emergencia, antigua prisión, era una construcción de descomunal tamaño, rodeada de impresionantes muros blancos de metal sintético.
 Al entrar en el vestíbulo, en el que unos guardias de aspecto crispado vigilaban el acceso, un ordenanza se dirigió al Gobernador.
 --Hay un mensaje urgente para usted en la telepantalla, señor. Es de Jungletown, -dijo a Sylvanus Quale.
 --Creo que debo irme para responder a esa llamada, -dijo Quale al Capitán Futuro-. La señorita Randall le mostrará los casos de regresión.
 La joven le guió por el vestíbulo hasta el pasillo principal de la prisión, que se hallaba brillantemente iluminado. Se dirigió hacia una pesada puerta de metal macizo, que daba acceso al primer bloque de celdas. Una vez allí, tocó un interruptor en el exterior de la puerta, y escucharon el chasquido de la cerradura.
 Entraron en el bloque de celdas. Se trataba de barracones sin ventanas, construidos con gruesas paredes metálicas e iluminados con media docena de resplandecientes bombillas de uranita. Las puertas de las celdas estaban alineadas a cada lado del corredor por el que avanzaban.
 --Tenemos casos con distintos grados de evolución, -dijo a Curt-. Algunos de ellos son recientes, y tan sólo muestran su apariencia simiesca. Pero hay otros que... puede verlo usted mismo.
 Curt avanzó por el pasillo de celdas, asomándose a las ventanillas de las puertas.
 El interior de las celdas contenía un horror que iba más allá de la peor pesadilla. En algunas había enormes criaturas parecidas a gorilas, que golpeaban las puertas con sus puños peludos mientras rugían de rabia.
 En otras había unas criaturas que eran incluso más bestiales, animales cuadrúpedos con cuerpos deformados, ojos ardientes y salvajes y unas mandíbulas abiertas, de afilados y babeantes colmillos. E incluso, otras celdas, contenían casos aún peores: repugnantes monstruos verdes y reptilescos, que se arrastraban sobre cuatro patas y reptaban por la puerta intentando atacar a Curt y a Joan Randall.
 El Capitán Futuro quedó sacudido por el mayor arrebato de rabia que hubiera sentido jamás. Nunca antes, en ninguno de los nueve mundos, había encontrado un horror como este. Se sentía en presencia de algo absolutamente antinatural y monstruoso.
 --Que Dios ayude al demonio que ha causado esto, cuando le ponga las manos encima, -murmuró entre dientes.
 Joan Randall, que le había acompañado por todo el pasillo, le miró a la cara.
 --Si ha sido un Terrícola el que lo ha provocado, tengo una sospecha respecto a su identidad, Capitán Futuro, -dijo.
 Extrajo una pequeña chapa de su bolsillo y se la mostró. Mostraba las iniciales "P.P."
 --Soy una agente secreto de la Policía Planetaria, -explicó-. Nos hemos ido desplegando por diferentes sectores en cuanto comenzó todo este asunto.
 --¿De quién sospechas? -Preguntó Curt con familiaridad.
 Antes de que la joven pudiera contestar, se produjo una sobrecogedora interrupción. Acababa de sonar el chasquido de la cerradura del bloque de celdas.
 --¡Alguien nos ha encerrado! -Exclamó Joan.
 Curt saltó hacia la puerta. No había modo alguno de abrirla, ya que la cerradura sólo se activaba mediante el interruptor que había al otro lado.
 --¡Es una trampa! -Declaró.
 Empuñó su pistola de protones, apuntó hacia la puerta, y dejó escapar un resplandeciente rayo de fuerza. Pero la gruesa capa de metal artificial resistió la andanada. La superficie parecía ennegrecida, pero sin una sola grieta.
 --¿Hay algún otro modo de salir de aquí? -Preguntó el Capitán Futuro.
 --No. Recuerda que esto era una prisión, -respondió Joan-. La ventilación es indirecta, y todo el lugar está a prueba de rayos y de sonidos.
 --¿Qué demonios es eso? -Exclamó Curt.
 Acababa de escucharse una multitud de ensordecedores chasquidos simultáneos, y todas las puertas de las celdas que daban al pasillos se habían abierto.
 Joan se quedó mortalmente pálida.
 --¡Se han abierto las celdas! -Exclamó- Sus puertas están controladas por un interruptor que hay fuera... ¡Y alguien ha accionado ese interruptor!
 No pudo evitar emitir un grito de pavor.
 --Mira... Ya vienen...
 Tras la apertura de las puertas de las celdas, las espantosas criaturas que había dentro comenzaron a salir.
 Un ser enorme y peludo salió al corredor; luego otro; después una de esas bestias cuadrúpedas de mirada feral, y luego una de las monstruosidades reptantes.
 El Capitán Futuro sintió que Joan Randall se apretaba contra él, aterrorizada. Los monstruos salían al pasillo... monstruos que, una vez, habían sido hombres. Habían sentido la presencia del hombre y la mujer, y comenzaron a avanzar por el pasillo, en dirección a ellos.
 


CAPITULO VII
Otho da con la pista



 Tras volver a la Calle de los Marinos Espaciales, el androide Otho avanzó lentamente, mezclándose con el gentío. Perfectamente disfrazado como un verde Joviano, el hombre sintético caminaba con el movimiento parsimonioso típico de los nativos. Se concentró para mantener un aspecto de apático silencio.
 Interiormente, Otho estaba inmensamente alerta de todo cuanto le rodeaba. El androide era absolutamente leal al Capitán Futuro. Su devoción hacia el risueño aventurero pelirrojo era el rasgo más acusado de su naturaleza fiera e inhumana, más aún que su amor por la acción y el combate. Estaba resuelto a descubrir lo que pudiera para Curt, sin importarle el coste.
 Mantuvo la mirada fija en los Jovianos. Su misión era mezclarse con los nativos del planeta, y averiguar qué era lo que sabían sobre el Emperador del Espacio. Otho no dudaba que tendría éxito. Su absoluta y petulante confianza en sí mismo quedaba respaldada por su conocimiento de las costumbres y el idioma nativo Joviano, obtenidos en anteriores visitas a ese planeta junto al Capitán Futuro.
 El androide se hallaba tan absorto en la contemplación de los Jovianos que se topó de bruces si querer con un voluminoso minero Terrícola.
 --¡Apártate de mi camino, verdoso! -Rugió el iracundo Terrícola, y le propinó a Otho un empujón que le envió hacia un lado.
 La fiera naturaleza del androide provocó que su cuerpo se pusiera en tensión, para saltar sobre el hombre. Entonces se dió cuenta de que un Joviano atacando a un Terrícola podría causar un tumulto, y lo dejó pasar.
 --No pretendía tropezar contigo, Terrícola, -dijo Otho con calma, en el lenguaje Joviano.
 --¿Por qué los verdosos no os quedáis en vuestras junglas y os apartáis de esta colonia? -Le imprecó rudamente el minero antes de marcharse.
 Otho se percató de que tres Jovianos, parados a un lado de la calle, habían observado el incidente. De repente, el androide vislumbró el modo de sacarle partido al asunto.
 Se dirigió hacia los tres nativos y les habló con una voz cuyos tonos bajos hizo temblar con resentimiento.
 --Sólo estaba buscando el modo de salir de aquí, -les dijo Otho-, pero estos Terrícolas no me dejan ni circular libremente por la ciudad.
 Los Jovianos le miraron. Uno de ellos era un individuo de elevada estatura, cuyos oscuros ojos redondos e inhumano rostro verdoso dejaban entrever una gran inteligencia.
 --¿Eres nuevo en esta zona? -Preguntó a Otho-. Jamás te había visto en las aldeas del norte.
 --No soy del norte, -respondió Otho rápidamente-. Vengo de una aldea que está muy al este de aquí, en plena jungla. Me llamo Zhil.
 --Y yo soy Guro, jefe de mi pueblo, -dijo el Joviano alto, lleno de orgullo.
 En aquel momento, su diálogo fue interrumpido. En la entrada a un cubículo, en el extremo de la calle, otro Terrícola acababa de caer víctima del espantodo brote de atavismo.
 --¡Una regresión! -Coreó la muchedumbre-. ¡Llamada a la policía!
 --¡Alejaos de él, o también vosotros os contagiaréis! -Gritaron otros con horror.
 En breves instantes, un vehículo cohete se había detenido junto a la aullante víctima, la había reducido y se lo había llevado. Y, tal como Otho había observado con anterioridad, la muchedumbre se alejó rápidamente del lugar, con la esperanza de escapar a un posible contagio.
 --La maldición de los Antiguos se propaga rápidamente, -dijo solemnemente Guro a sus dos compañeros y a Otho.
 --Si. El momento se acerca, -declaró uno de los otros dos nativos.
 Otho sintió un escalofrío de sorpresa. ¿A qué se referían con eso de la Maldición de los Antiguos?
 Sabía que los jovianos creían que las impresionantes y misteriosas ruinas que había dispersas por la jungla, habían sido antaño la morada de una raza de semidioses, a los que llamaban los Antiguos. Pero ¿Qué tenía que ver esa leyenda con aquella enfermedad atávica?
 Otho decidió aventurar un golpe audaz. Tenía que averiguar qué sabían esos tres jovianos acerca del Emperador del Espacio, y por ese motivo decidió arriesgarse con sus siguientes palabras.
 --Nuestro oscuro líder nos dijo la verdad, -dijo Otho solemnemente, mirando a los demás.
 Los ojos redondos de Guro expresaron sorpresa.
 --¿Entonces también vosotros, los de las aldeas del este, habéis oido hablar del último Antiguo? ¿Se ha aparecido ante vosotros, igual que hizo con nosotros?
 ¿El último Antiguo? ¿Sería así como llamaban los Jovianos al Emperador del Espacio? Otho especuló sobre qué significaría ese nombre.
 --Si, se nos ha aparecido, -dijo a Guro-. Y también nos reveló su mensaje.
 Otho sabía que eso era casi como no decir nada. Aún estaba intrigado sobre por qué llamarían el último Antiguo al Emperador del Espacio. ¿Sería posible que su enemigo fuera un Joviano?
 --Entonces, ¿También vosotros estaréis listos para rebelaros contra los Terrícolas cuando el último Antiguo dé la orden?- Preguntó Guro.
 ¡De modo que su suposición había sido correcta! Otho estuvo a punto de delatarse con un leve respingo de emoción, que no pudo reprimir del todo.
 ¿Una revuelta de los Jovianos contra los Terrícolas? ¿Era aquella la finalidad del gigantesco plan del Emperador del Espacio? Pero ¿Como podía esperar que una revuelta de los nativos pudiera tener éxito? Sus armas eran demasiado primitivas. ¿Y qué tenía que ver con ello aquella enfermedad atávica?
 Todos esos pensamiento recorrieron en un destello la mente del androide. Pero no dudó ni un segundo en responder a Guro.
 --Si. También nosotros estamos preparados. Y cuando llegue la hora... -dijo a Guro con fervor.
 --¡Excelente! -Murmuró el gran Joviano-. Pues la hora llegará muy pronto. La ira de los poderosos Antiguos crece cada vez más con los desmanes de los Terrícolas, y lo demuestran convirtiendo a cada vez más extranjeros en bestias aullantes. Muy pronto, el último Antiguo nos dará la señal.
 Otho pensó con celeridad, y habló con el mismo tono de fervor.
 --He venido aquí para informar al último Antiguo de nuestros preparativos, -dijo a Guro-. Nos ordenó que cuando estuviéramos preparados se lo hiciéramos saber. Pero no sé dónde encontrar a nuestro poderoso líder.
 --El último Antiguo se aparecerá ante nosotros mañana por la noche, en un punto muy cercano a mi propia aldea, -le dijo Guro en voz baja-. Ese punto es el Lugar de los Muertos.
 --Eso ya lo sabía, -mintió Otho-. ¿Pero como puedo esperar encontrar ese lugar, si no conozco estas tierras del norte? -Preguntó Otho aparentando dudas-. Nunca antes me había aventurado tan cerca del Mar de Fuego.
 Guro le tranquilizó.
 --No tendrás ningún problema para encontrar el lugar, porque nosotros mismos te llevaremos allí. Nos disponíamos a regresar al norte ahora mismo, y si quieres puedes venir con nosotros. Así podrás encontrar el Lugar de los Muertos, y le darás tu mensaje a nuestro líder cuando se nos aparezca.
 Otho se apresuró a darle las gracias. Parecía evidente que Guro y los otros dos Jovianos le habían aceptado por completo.
 --Partimos ya, -dijo Guro-. La misión que nos había traído hasta aquí, ha concluido. Nuestras monturas nos esperan en la jungla, fuera de la ciudad.
 Otho se marchó con los tres Jovianos, siguiendo los pasos de Guro por las concurridas calles de la ciudad colonial interplanetaria. No fueron molestados y, al rato, dejaron atrás las calles de metaleación de Jovópolis, y avanzaron por la carretera que discurría por entre los campos de grano de los Terrícolas.
 La mente del androide funcionaba a toda prisa. Debía informar a Curt Newton de lo que había descubierto, así como hacia donde se dirigía. Pero, a pesar de llevar su tele-emisor de bolsillo camuflado en el interior de su arnés de cuero, no se atrevía a usarlo mientras Guro y los demás estuvieran cerca.
 Los tres Jovianos y el androide disfrazado abandonaron la carretera, iluminados por las dos lunas que en aquel momento brillaban en el cielo. Poco después alcanzaron el extremo de uno de los campos de grano, y penetraron en la poco iluminada jungla, cuya espesura se extendía, virgen, hasta las mismísimas orillas del Mar de Fuego.
 Justo en el borde de la jungla les esperaba otro Jovianos con cuatro "lopers", que es como llaman los Jovianos a sus extrañas monturas. Los lopers son grandes criaturas similares a lagartos, con unos cuerpos cubiertos de escamas soportados por cuatro musculosas piernas, que les confieren una rapidez fabulosa. Sus cuellos son largos y de piel fina, y terminan en unas cabezas reptilescas, de cuyas bocas sin dientes cuelgan las riendas de cuero con las que se controla al animal.
 --Necesitaremos tu loper para este extranjero. Te quedarás aquí hasta que te enviemos otro, -dijo Guro al Joviano que les había esperado con los animales. Luego le dijo a Otho-: Monta, Zhil.
 Otho nunca antes había conducido una de esas criaturas semejantes a lagartos, pero el androide, que no temía a hombre ni diablo, se subió sin vacilar a la tosca silla de cuero.
 La criatura se dió la vuela y le bufó enfadada, mientras sus pequeños ojos rojos brillaban de furia. Otho observó que los otros Jovianos golpeaban a sus monturas para mantenerlas quietas, de modo que hizo lo mismo. La criatura se tranquilizó.
 --¡Ahora, hacia el norte! -Dijo guro con su voz profunda, y emitió un grito destinado a espolear las monturas.
 Al momento siguiente, Otho se agarraba a su animal como si le fuera la vida en ello. Era como si la criatura tuviera cohetes en la parte de atrás.
 Los cuatro lopers avanzaban a un ritmo de pesadilla a través de una senda poco visible, que cruzaba la jungla iluminada por la luna. Su velocidad era increible, aunque el movimiento era tan uniforme que Otho no tardó en acostumbrarse a él.
 Guro y los demás Jovianos cabalgaban alrededor de él. No había ocasión de llamar al Capitán Futuro con el tele-emisor de bolsillo, de modo que el androide decidió descartar de momento esa idea.
 --Es un largo camino, -dijo Guro por encima del hombro, en pleno galope-, pero para mañana por la noche ya estaremos con mi gente, y podrás acompañarnos al Lugar de los Muertos.
 --Estoy ansioso por volver a ver al Ultimo Antiguo, -respondió Otho, y se dio cuenta de que lo que acababa de decir no era ninguna mentira.
 La jungla iluminada por la luna por la que cabalgaban, empleando estrechos senderos, era densa y agreste. Los descomunales árboles de helechos alzaban sus gruesos troncos hasta una altura que rondaba los trescientos metros. Algunas formaciones arbustivas llegaban incluso a alcanzar la misma altura. Había también esbeltos "árboles de cobre", cuyas fibras contenían un alto índice de cobre, y que arrancaban destellos metálicos a la luz de las lunas.
 Varias cepas de viñas-serpiente colgaban por entre los altos troncos, intentando aproximarse al cuarteto mientras éstos cabalgaban a toda velocidad. Las moscas succionadoras revoloteaban a su alrededor, y había unos cuantos gusanos cerebrales que resultaban visibles sobre las hojas. En alguna parte, en lo profundo de la jungla, un pájaro-sirena estaba hechizando a su presa con su extraño canto. Aquí y allá, algún que otro árbol-pulpo se agitaba por entre el follaje, como si de un espectro blanco se tratara.
 Otho estaba disfrutando de lo lindo con aquella salvaje carrera a través de la jungla Joviana, iluminada por las lunas. El androide gozaba de una facultad poco habitual en los humanos: aceptaba las cosas tal como venían.
 Aunque estuviera sufriendo las cegadoras tormentas de arena roja del desierto Marciano, o vadeara los venenosos pantanos de Venus, o se viera obligado a escalar las sobrecogedoras alturas de los montes de Urano, o incluso si tenía que cruzar los terribles campos helados de Plutón, Otho solía limitarse a seguir adelante.
 Pero ahora, la necesidad de hacer llegar un mensaje al Capitán Futuro comenzaba a preocuparle. Tras varias horas de incesante cabalgar, no había tenido ni una sola oportunidad de usar su tele-emisor de bolsillo. Siempre había alguno de los tres Jovianos demasiado cerca.
 Finalmente, Guro tiró de las riendas, y su loper fue aminorando la marcha poco a poco, mientras los demás le imitaban.
 --Nos detendremos para comer aquí, -anunció Guro-. Los lopers tienen que descansar un poco. Partiremos de nuevo al alba.
 Desmontaron, y las cuatro criaturas reptilescas se tendieron sobre el suave suelo negro, en el mismo pequeño claro en el que se había detenido.
 --Yo me encargo de conseguir comida, -declaró Guro, saliendo del claro e internándose en la espesura.
 Los otros dos Jovianos comenzaron a comprobar sus arneses de montar. Otho vio su opotunidad, y se agachó, simulando sentarse a descansar, mientras extraía su diminuto tele-emisor con forma de reloj.

 Apretó rápidamente el botón de llamada. No estaba muy seguro de que aquel pequeño instrumento, diseñado para distancias cortas, pudiera hacer llegar su señal hasta Jovópolis. Con el cuerpo tenso, aguardó, en espera de recibir un zumbido de respuesta.
 No hubo respuesta de ninguna clase. Otho sintió algo muy parecido a la desesperación, al menos lo más parecido que su naturaleza, fría y resulta, podía llegar a experimentar. Volvió a apretar el botón de llamada una y otra vez.
 Entonces escuchó cómo el diminuto instrumento emitía un débil zumbido; era una indicación de que su señal de llamada había sido atendida.
 --Al habla Otho, -susurró tenso al pequeño micrófono-. Viajo con los Jovianos en dirección Norte. Van a encontrarse con el Emperador del Espacio en...
 De repente apareció una sombra frente a él, recortándose en el suelo iluminado por la luna. Una voz profunda dijo:
 --¿Qué estás haciendo?
 El androide se volvió rápidamente. Ante él se hallaba Guro, sosteniendo un racimo de brillantes frutas flamígeras. Miraba a Otho con ojos de sospecha.
 


CAPITULO VIII
La Pista


 En el interior de la antigua prisión de Jovópolis, el Capitán Futuro manipuló con rapidez su pistola de protones, y luego disparó velozmente contra la horda de monstruos, que avanzaban por el pasillo del bloque de celdas hacia Joan, y hacia él mismo.
 Un delgado rayo blanquecino salió de su arma, derribando a aquellas criaturas que iban en la vanguardia de la monstruosa turba. Nada más ser golpeadas por el brillante rayo, se desplomaron contra el suelo, paralizadas.
 El resto dudaron. Pero como continuaban saliendo cada vez más del interior de las celdas, volvieron a avanzar una vez más.
 --¡Capitán Futuro, debe haber sido ese tal Emperador del Espacio, del que antes hablaste, el que nos ha preparado esta trampa! -Exclamó Joan Randall.
 --Si, -musitó Curt-, y eso significa que el Emperador del Espacio es uno de los hombres que estaban con nosotros en la oficina de Quale. ¡Sólo ellos sabían que nos dirigíamos hacia aquí!
 Su mente estaba intrigada. ¿Cual de aquellos hombres les había seguido hasta allí, con la intención de atraparles? ¿Cual de ellos era el Emperador del Espacio?
 ¿Pudiera tratarse del mismísimo Quale? ¿O Lucas Brewer, o Kells, o el joven Canning?
 Mientras su mente le daba vueltas a aquel problema, disparó una vez más contra los monstruos que avanzaban. De nuevo, las criaturas retrocedieron a la vista del rayo que había paralizado ya a una docena o más de ellas.
 Un medio simio se enzarzó en una pelea con una criatura reptilesca y llena de escamas. Bufando y gruñendo, y mordiéndose entre sí, las dos bestias de pesadilla no tardaron en involucrar a otros en el combate. Su ferocidad era brutal, aterradora.
 --¿Qué vamos a hacer? -Exclamó Joan Randall. El rostro de la joven exhibía una palidez mortal.
 Curt sonrió adustamente.
 --No te preocupes. De algún modo saldremos de aquí. He estado en situaciones peores que ésta.
 De algún modo, la confianza en sí mismo de aquel joven alto y pelirrojo ejerció un efecto tranquilizador en Joan, a pesar de encontrarse ambos frente a una muerte segura.
 --Si estas paredes son a prueba de rayos, no hay ninguna posibilidad de llamar a grag y a Simon con mi tele-emisor de bolsillo, -murmuró-. Podría hacernos invisibles, pero sólo sería algo provisional, y podría no hacernos mucho bien.
 --¿Invisibles? -Exclamó la joven, asombrada a pesar de su terror.
 --Si. Se puede hacer, -sonrió Curt-. Pero sólo dura unos diez minutos, poco más o menos. Tenemos que pensar en otra cosa.
 --¡Capitán Futuro, ya vienen otra vez! -Gritó Joan presa del pánico.
 Los monstruos involucionados habían interrumpido su combate, y de nuevo comenzaban a avanzar por el pasillo, en dirección a los dos jóvenes.
 El arma del Capitán Futuro volvió a emitir sus potentes rayos, y una vez más, las criaturas dudaron, al ver caer a su vanguardia. Curt no había ajustado el rayo a plena potencia. No deseaba matar a aquellas criaturas, pues una vez habían sido seres humanos, y podrían recobrar la normalidad si conseguía encontrar una cura para su estado.
 Los claros ojos grises de Curt escrutaron una vez más el interior del pabellón de celdas, en busca de alguna manera de salir de allí. Resultaba desesperanzador pensar que no podían abrirse paso, ni llamar pidiendo ayuda a través de esas paredes a prueba de rayos y sonido.
 Entonces, su mirada se fijó en las brillantes bombillas de uranita que había en el techo del pasillo. Al momento, sus ojos se iluminaron.
 --¡Ya lo tengo! -Exclamó-. El único modo de salir de aquí es destruir la cerradura de la puerta. Y tenemos una posibilidad para lograrlo.
 --Tu pistola de rayos no podrá con la cerradura, -le recordó la joven, con la voz llena de desesperanza-. El mecanismo electrónico está blindado al otro lado de la pared.
 Un monstruo cuadrúpedo saltó en pleno aire en aquel preciso instante. El rayo de Curt le alcanzó de pleno, y cayó a sus pies, convertido en una masa inconsciente.
 --Mi pistola no llegará hasta la cerradura, -admitió Curt, con tanta frialdad que parecía que no hubiera ocurrido nada-, pero puede que consiga llegar hasta ella con algo más. Ten, toma mi pistola y contén a esas criaturas mientras yo me pongo manos a la obra.
 No preguntó a la joven si sería capaz de hacerlo. Con una calma pasmosa, asumía que el coraje de la muchacha, y su confianza en las habilidades del Capitán, templarían los nervios de Joan.
 La muchacha asió la pistola, y, cada vez que uno de los aullantes monstruos daba un paso hacia ellos, apretó el gatillo sin vacilar.
 Mientras tanto, Curt se preparaba para un salto. De haber tenido un poco más de tiempo, -pensó apenado-, habría usado sus ecualizadores de gravedad, pero no disponía de dicho tiempo. Con todas sus fuerzas, saltó hacia el techo. El falso techo metálico se hallaba a poco más de un metro por encima de su cabeza. Sus formidables müsculos le lanzaron hacia allí, y sus manos se agarraron a una de las resplandecientes bombillas de uranita.
 Cuando cayó de nuevo al suelo, había desenrroscado la bombilla, y ésta se hallaba en su mano. No era más que un recipiente esférico de cristal, que contenía en su interior una pequeña cantidad de polvo blanco de una substancia radioactiva llamada uranita.
 Velozmente, Curt extrajo de su cinturón utilitario un pequeño tubo de cristal. Contenía un gas restaurador que siempre llevaba consigo. Deliberadamente, rompió ambos extremos del tubo sellado, dejando que el inocuo gas escapara, y convirtiendo al tubo en una fina pipeta de cristal.
 Entonces rompió la bombilla de uranita, y llenó con cuidado el interior de la pipeta con el brillante polvo radioactivo. Mientras trabajaba, desviaba con frecuencia la mirada, para asegurarse de que Joan Randall cumplía su parte, manteniendo a raya a la monstruosa horda. Sonrió para darle fuerzas.
 --Vamos a intentarlo, -dijo el Capitán, en cuanto la pipeta estuvo llena del polvo de uranita-. Espero que funcione. Si no es así, estaremos atrapados.
 El Capitán Futuro se dirigió velozmente hacia la puerta del pabellón de celdas.
 Aplicó uno de los extremos de la pipeta llena de uranita a la junta que había entre la puerta y la pared, justo en el lugar en el que debería estar la cerradura.
 Entonces, con un cuidado extremo, para asegurase de no inhalar ninguna partícula de aquel polvo super radioactivo, aplicó sus labios al otro extremo de la pipeta, y sopló.
 El polvo radioactivo salió disparado hacia el otro lado de la pared, por la delagada ranura que había entre el muro y la puerta. Allí donde un sólo grano de la resplandeciente mezcla tocaba el metal, se producía una reacción fortísima, acompañada de un sonido siseante, y la metaleación era devorada por completo, como si fuera un cubito de hielo al que se aplicara un soplete.
 --Si puedo lograr que alguna partícula del polvo logre alcanzar la cerradura, eso debería bastar para que devorara su delicado mecanismo, y entonces el control magnético del cerrojo quedaría liberado, -dijo a la joven.
 --N-No creo que pueda contenerles mucho tiempo más -dijo la débil vocecilla de Joan, mezclada con la algarabía de gruñidos.
 El Capitán Futuro escuchaba cómo el corrosivo polvo de uranita estaba penetrando en el metal que había entre la puerta y la pared. ¿Conseguiría penetrar en la cerradura alguna partícula de polvo? Esperó, con los nervios en tensión.
 De repente, escuchó un agudo chasquido. El cerrojo de la puerta retrocedió, liberado en cuanto el dispositivo magnético de la cerradura dejó de funcionar, debido a un cortocircuito eléctrico.
 --¡Vamos, Joan! -Gritó el pionero espacial, agarrando del brazo a la joven.
 Salieron a toda velocidad hasta la sala principal de la prisión, y corrieron por ella, perseguidos por los monstruos que habían dejado atrás.
 Un momento después, habían logrado salir al vestíbulo, y estaban a salvo.
 --¡Eso ha estado demasiado cerca como para resultar divertido! -Declaró el Capitán Futuro. Su imponente figura se volvió hacia los asombrados guardias-. ¿Ha pasado alguien por esta puerta en la última media hora?
 Los guardias negaron con la cabeza. El bronceado rostro de Curt mostró preocupación, pero un momento después volvió a hablar con los guardas.
 --Será mejor que empleen gas somnífero para meter de nuevo a esas criaturas en el pabellón de las celdas, -dijo-. Y van a tener que arreglar la cerradura.
 Mientras los empleados de seguridad se apresuraban a restaurar el orden, Curt se volvió la pálida joven.
 --Dime, Joan... ¿Existe algún modo de que alguien de fuera pudiera manipular esa cerradura sin pasar antes por este vestíbulo?
 Joan asintió rápidamente.
 --Alguien que conociera bien el edificio podría haber accedido a la sala principal a través de las oficinas del Alcaide, que están desocupadas desde que convertimos esto en un hospital.
 --¡Entonces, así es como el Emperador del Espacio, quien quiera que sea ese diablo, entró aquí y nos atrapó! -Dijo el Capitán Futuro.
 Tras meditar un segundo, decidió hacer otra pregunta a la joven.
 --Justo antes de que nos encerraran ahí dentro, me estabas diciendo que sospechabas que podía haber un Terrícola detrás de esta espantosa epidemia...
 --Si, Lucas Brewer, -dijo la muchacha-. Brewer parece ejercer algún tipo de extraña influencia sobre los Jovianos. Trabajan en sus minas de radium como jornaleros, pero se niegan a trabajar para ningún otro Terrícola, independientemente del salario que les ofrezca.
 Tras ordenar sus pensamientos, la joven continuó.
 --Me comentabas que el Emperador del Espacio, el individuo que está causando este horror, está siendo adorado por los Jovianos. Eso es lo que me hace sospechar de Brewer.
 Curt frunció el ceño, preocupado.
 --Desde luego, eso coloca a Brewer en situación sospechosa. Además, ahora sabemos que el Emperador del Espacio es uno de los cuatro hombres que había en la oficina de Quale cuando salimos de ella, y Brewer es uno de esos cuatro.
 Endureció la mandíbula, y sus ojos adquiririeron un expresión dura y resuelta.
 --Creo que tengo unas cuantas preguntas que hacerle a Brewer. ¡Vamos!
 


CAPITULO IX
El Laboratorio Mágico



 Caminaron a paso rápido bajo las dos brillantes lunas jovianas, en dirección a la mansión del Gobernador.
 Sylvanus Quale y Eldred Kells estaban inclinados sobre un mapa, cuando Curt y la joven entraron en la habitación, brillantemente iluminada.
 --Pero... ¿Qué ha sucedido? -Exclamó Quale asombrado, mientras contemplaba a sus dos desastrados visitantes.
 --El Emperador del Espacio ha intentado liquidarnos, y le ha faltado poco para conseguirlo... eso es lo que ha sucedido, -carraspeó el Capitán Futuro. Sus ojos grises estudiaron las caras de ambos hombres, mientras les contaba lo ocurrido.
 --¿Donde están Brewer y el joven Canning? -Quiso saber.
 --Se han marchado... volvieron a Jungletown en su nave cohete -replicó Quale.
 --¿Por qué se fueron? -Demandó Curt, poniéndose tenso.
 --¿Recuerda ese mensaje que me hizo regresar aquí, a la oficina? Era del Capitán Gurney, el sheriff de la Policía Planetaria destinado en Jungletown, -explicó Quale-. Informaba que los casos de regresión evolutiva están totalmente fuera de control, y que el malestar de los nativos Jovianos parece ir en aumento.
 El Gobernador se detuvo un momento.
 --Brewer dijo que él y Canning debían regresar, para encargarse de la seguridad de su mina, -continuó-. Insistió en marcharse.
 --Es cierto, -confirmó Eldred Kells, el rubio Vice-gobernador-. Yo mismo intenté convencerles de que se quedaran aquí, pero me fue imposible lograrlo.
 Curt permaneció pensativo. Tanto Brewer como Canning pudieron haberse deslizado en el Hospital de Emergencia para cerrar su trampa mortal antes de marcharse.
 --Kells va a salir para Jungletown ahora mismo, para ver de primera mano en qué condiciones están, -informó Quale a Curt.
 --Yo también voy, -dijo rápidamente Joan Randall-. Si el número de víctimas sigue aumentando, puede que sea necesaria en el hospital de allí.
 Mientras hablaba, la joven agente secreto lanzó una mirada de complicidad al Capitán Futuro. Curt se dio cuenta de que la muchacha pretendía vigilar de cerca a Brewer y Canning, si le era posible.
 Kells mostró sus dudas al hecho de que la joven se apuntara.
 --Jungletown es un lugar muy rudo y salvaje como para que una muchacha vaya allí, -declaró-. Aunque también es cierto que va a ser usted necesaria allí arriba. Venga pues. Salimos al momento.
 El Capitán Futuro no hizo ningún comentario, mientras el hombre y la joven salían de la oficina. Breves momentos después, el rugido de una nave cohete señaló que estaban despegando de un hangar cercano.
 Curt se volvió hacia el Gobernador.
 --Quale, como Gobernador que es, supongo que habrá oido mencionar esas leyendas acerca de una poderosa civilización Joviana, que habría existido en este planeta en un pasado muy remoto...
 El Gobernador pareció sorprendido.
 --Bueno, si. He escuchado las historias supersticiosas que cuentan algunos Jovianos, -admitió-. Y los pocos arqueólogos que han examinado esas extrañas ruinas de la jungla, dicen que, efectivamente, una vez fueron las ciudades de una raza altamente civilizada. Pero ¿Por qué me lo preguntas, Capitán Futuro?
 --¿Sabe si alguien ha llegado a desenterrar alguno de los secretos científicos de esa raza Joviana extinguida? -Preguntó Curt.
 Quale se mostró un tanto perplejo.
 --N-no, creo que no. Es cierto que algunos han esperado encontrar los misterios secretos de esa raza misteriosa. Un joven arqueólogo que pasó por aquí hace algunas semanas, estaba seguro de que lo conseguiría. Pero nadie lo ha hecho, que yo sepa.
 --¿Como se llamaba ese joven arqueólogo? -Preguntó Curt rápidamente.
 --Su nombre era Kenneth Lester, -respondió Quale-. Me contó que había estado estudiando las leyendas Jovianas, y que creía estar en el buen camino para resolver todo el misterio de la raza desaparecida. Salió para jungletown, y de ahí hacia el norte, hacia las junglas que bordean el Mar de Fuego.
 El Capitán Futuro entrecerró los ojos.
 --¿Donde está ahora ese Lester? ¿Qué dijo haber encontrado cuando regresó?
 El Gobernador negó con la cabeza.
 --Lester nunca regresó. No hemos vuelto a saber nada de él desde entonces, a pesar de que prometió notificarme cualquier descubrimiento que realizara. No tenía experiencia en ese tipo de junglas, y no me cabe duda de que terminó pereciendo en ellas.
 El Capitán Futuro permaneció en silencio un momento, perdido en sus pensamientos. El Gobernador observó con atención al aventurero pelirrojo.
 --Eso es lo que quería saber, -dijo Curt finalmente-. Una cosa más... me gustaría que su hospital me cediera uno de los casos más recientes de regresión evolutiva, para que Simon Wright y yo podamos estudiarlo, con el fín de encontrar una cura para todo esto.

 Un cuarto de hora después, a bordo de un vehículo blindado de policía, el Capitán Futuro llegaba a los límites exteriores del espaciopuerto de Jovópolis, hasta el lugar en el que aguardaba el "Cometa". En el vehículo llevaba a un Terrícola inconsciente, con un rostro salvajemente bestial... se trataba de la víctima de regresión que el Gobernador le había permitido traerse del hospital.
 Ya en el interior de la pequeña nave, Grag, el robot, le dio la bienvenida con una expresión de alivio ruidosa y atronadora. Los ojos lenticulares de Simon Wright se enfocaron al momento en la cara del joven aventurero.
 --¿Conseguiste atrapar al Emperador del Espacio, muchacho? -Preguntó el Cerebro.
 --¡Casi me atrapa él a mi, maldito sea! -Exclamó Curt lleno de rabia-. ¿Aún no ha regresado Otho?
 --No. No ha pasado por aquí, -declaró Wright.
 Curt emitió una exclamación de impaciencia.
 --Quería salir ahora mismo para Jungletown. Ahora tendremos que esperar a ese androide loco, que seguramente debe de estar muy ocupado buscándose problemas.
 Concisamente, narró a Simon Wright todo lo que había ocurrido; mientras, Grag no perdía detalle.
 --De modo que creo, -concluyó Curt-, que el Emperador del Espacio ha descubierto el secreto de conseguir que la materia se vuelva temporalmente inmaterial, mediante un ajuste en su vibración atómica. Algo así podría ser posible, ¿No crees, Simon?
 --Es posible teóricamente, aunque no existe un solo científico que conozcamos que lo haya logrado, -carraspeó el Cerebro-. Y para colmo, ninguno de tus sospechosos es un científico.
 --¡Lo sé! -Exclamó Curt-. Y eso es lo que me hace pensar que el Emperador del Espacio ha descubierto los secretos científicos de la raza desaparecida de este mundo. El secreto del ajuste de vibración atómica debe ser, probablemente, uno de ellos, y el arma de regresión evolutiva otro.
 "Y lo que es más, -continuó Curt-. Creo que ese tal Kenneth Lester, el arqueólogo desaparecido, está relaccionado con todo esto de alguna manera. Ese Lester, según dijo Quale, estaba completamente seguro de que podría encontrar los secretos de la raza desaparecida. Luego desapareció.
 Grag había escuchado con atención, intentando seguir la explicación de Curt. Entonces, el enorme robot hizo una pregunta:
 --Si el Emperador del Espacio puede hacerse inmaterial siempre que lo desee... ¿Cómo le atraparemos, jefe?
 --No podemos atraparle si está inmaterial, esa es la parte más endiablada de todo esto, -contestó el Capitán Futuro-. Nuestra única posibilidad es atraparle mientras está en su estado normal.
 Se volvió hacia el Cerebro.
 --Quiero investigar antes de nada a ese tal Lucas Brewer. Tan pronto como regrese Otho, saldremos para Jungletown, y veremos si podemos averiguar algo acerca de ese especulador gordo. Mientras esperamos a Otho -continuó-, podemos empezar a estudiar a esta víctima de regresión que me he traido conmigo. Es urgente que encontremos una cura para esta epidemia lo antes posible, o toda la colonia podría verse afectada.
 Grag hizo descender una mesa metálica adosada a la pared del pequeño laboratorio, que abarcaba casi toda la parte central del Cometa. El robot depositó sobre la mesa al hombre inconsciente.
 El Capitán Futuro proyectó la luz de una curiosa lámpara sobre la drogada víctima. Se trataba de un largo tubo cilíndrico de cristal, que podía proyectar rayos X en distintas frecuencias, haciendo que resultaran visibles los huesos, o bien la sangre, los músculos o los nervios, según lo desearan.
 Curt ajustó los rayos para que hicieran invisible la piel del sujeto, y comenzó a examinar su cráneo. Luego se puso unas gafas fluoroscópicas, que eran parte del equipo, y colocó unas similares sobre los ojos lenticulares de Simon Wright.
 Ahora podían ver el interior de la cabeza de la víctima, como si esta fuera semitransparente.
 --Creo, -dijo Curt, muy tenso-, que este brote regresivo está causado por un cambio radical en sus glándulas. Sabemos que una ligera disfunción en la glándula pituitaria puede llegar a producir acromegalia, un síndrome con el cual la víctima se embrutece en cuerpo y mente. Supongamos que la pituitaria es en realidad el mecanismo secreto de control de nuestra evolución física...
 --Entiendo, -dijo Simon, con sus lentes parpadeando-. Crees que la acromegalia, que siempre se ha considerado una mera enfermedad, es en realidad un caso muy suave de regresión...
 Curt asintió con su cabellera pelirroja.
 --Eso es, Simon. Y si un hombre encontrara la manera de paralizar completamente la glándula pituitaria, entonces la regresión resultante podría no ser tan suave, y empeoraría a cada día que pasara... ¡Hasta que la víctima se convirtiera en una bestia!
 --Echemos un vistazo a su glándula pituitaria, a ver qué encontramos, -dijo Simon Wright.
 Con gran atención, examinaron la enorme glándula, que estaba unida a la base del cerebro de la víctima mediante una conexión delgada.
 --¡Observa su color oscuro! -Exclamó el Capitán Futuro-. Es totalmente anormal... ¡La pituitaria de este hombre ha sido sometida a alguna especie de radiación paralizadora!
 Enderezó su corpulenta figura y, tras quitarse las gafas fluoroscópicas, sus ojos grises brillaron de un modo especial.
 --Lo que tenemos que hacer es idear algún modo de reactivar las pituitarias paralizadas de este hombre, -dijo-. ¿Crees que podríamos encontrar algún tipo de radiación inversa que pudiera lograrlo?
 --Lo dudo, muchacho, -murmuró Simon Wright-. Me parece que nuestra mejor opción es desarrollar alguna fórmula química que pueda ser inyectada directamente en el torrete sanguíneo de la víctima, para que pueda alcanzar sus glándulas desde allí.
 --Pues entonces intentaremos diferentes fórmulas con este sujeto... -comenzó a decir Curt, pero se detuvo de repente.
 Su atento oido acababa de escuchar el débil zumbido de su teleemisor de bolsillo. Extrajo el pequeño instrumento y apretó el botón de llamada para escuchar a señal.
 --¡Al habla Otho! -Susurró una voz familiar, al otro lado-. Viajo con los Jovianos hacia el norte. Van a encontrarse con el Emperador del Espacio en...
 De repente, el susurro del androide se interrumpió. Curt aguardó, con su bronceado rostro un poco alarmado.
 No se atrevía a devolver la llamada al androide, sin saber antes lo que podía haber sucedido. Pasaron varios minutos en silencio. Después de un cuarto de hora, la susurrante voz de Otho volvió a escucharse, esta vez un poco más alta.
 --Uno de esos Jovianos casi me sorprende mientras os llamaba, pero he logrado convencerle de que sólo estaba hablando conmigo mismo, -se burló Otho.
 --¡Ten cuidado, imprudente! -Dijo irritado el Capitán Futuro-. ¿Acaso quieres que te maten? De todos modos... ¿Qué diablos estás haciendo allí arriba?
 --Voy a permanecer junto a estos Jovianos hasta descubrir dónde piensa el Emperador del Espacio aparecerse ante ellos, -le respondió Otho-. El encuentro tendrá lugar mañana por la noche, en algún punto llamado el Lugar de los Muertos, en las junglas del norte. Tan pronto como averigue dónde está ese lugar, volveré y os lo diré.
 --Llevaremos al Cometa a Jungletown, -dijo Curt, hablando a su tele-emisor-. Partimos de inmediato.
 --Dadle recuerdos a Grag, y decidle que lamento que tenga que estar en la nave, sentadito sin hacer nada, -se burló la voz de Otho, antes de cortar la comunicación.
 Grag movió furioso su cabeza metálica.
 --¿Acaso es culpa mia el que haya tenido que quedarme aquí? -Tronó el robot-. Yo quería ir con vosotros, pero te le llevaste a él...
 Con afecto, Curt empujó al robot hacia la sala de control.
 --¡Métete ahí dentro, arranca los motores y deja de quejarte, si no quieres que desconecte su dispositivo de habla! -Amenazó a Grag-. Salimos para el norte, hacia Jungletown. Y rápido.
 --¿Qué pasa con nuestro paciente...? ¿Nos lo llevamos también? -Preguntó el robot.
 Curt asintió.
 --Simon puede seguir buscando una cura, y probar diferentes fórmulas en ese pobre sujeto. Yo deberé encargarme de un asunto más acuciante.
 Mientras se volvía a mirar al Cerebro, sus ojos grises brillaron de expectación.
 --Así que el Emperador del Espacio piensa dejarse ver mañana por la noche en las junglas del norte, ¿Eh? Y Lucas brewer ha tenido que volar también al norte esta misma noche... ¡La pista apunta hacia Brewer, Simon!
 
 

CAPITULO X
Bajo las Lunas Jovianas



 Aquella noche, bajo la luz de las dos brillantes lunas, Jungletown rugía llena de vida. Ni siquiera la espantosa sombra del horror que ya afectaba a varios centenares, o el conocimiento de que las hordas de aborígenes Jovianos estaban revueltas podían afectar al agotador ritmo de vida de aquella salvaje ciudad nueva.
 Se trataba de la típica ciudad planetaria de explotación de recursos, similar a otras tantas que se levantaban de la noche a la mañana allí donde se encontraba algún tipo de recurso o riqueza, ya fuera en los desiertos de Marte, en las montañas de Urano o en el helado Plutón. Aquellas ciudades relámpago albergaban a aventureros Terrícolas de todo el sistema: mineros, jugadores, comerciantes, criminales, ingenieros, traficantes de drogas, soñadores, oportunistas y estúpidos.
 El rico yacimiento de uranio y radium que se extendía por todo el norte, había sido el responsable del nacimiento de Jungletown. Había crecido con la velocidad de un champiñón, y en la actualidad era una bulliciosa masa de varios miles de edificios de metaleación, apiñados en medio del enorme claro que previamente se había abierto entre la poderosa jungla de helechos, a base de rayos de fuego.
 El Capitán Futuro observó la ciudad con atención, desde el punto en que él y sus camaradas habían depositado el Cometa. Habían aterrizado la nave sin ser vistos, al borde de la oscura jungla.
 --Los casos de regresión no parecen haber disminuido el ritmo de la ciudad, -murmuró Curt mientras observaba.
 --A estas ciudades relámpago les da igual el hombre, el bien, o el mismísimo diablo, -carraspeó agriamente Simon Wright-. El robo y el asesinato conviven en ellas mano a mano. ¿Recuerdas aquella, en esa luna de Neptuno?
 --¿La de aquellos criminales que nos prepararon una trampa atómica? -Dijo Curt, riendo suavemente-. ¡Claro que la recuerdo!
 --¿Has oido ese extraño murmullo, Jefe? -Tronó Grag, dirigiéndose a Curt.
 El Capitán Futuro y sus compañeros tenían a sus espaldas la solemne y murmurante jungla. Procedente de ella, podían oler el hedor de la vegetación en descomposición, y los picantes aromas de las flores.
 Desde sus profundidades les llegaban sonidos de pasos de animales, y el agitar de varios "árboles-pulpo". Las bestias-balón flotaban por encima, bajo la luz de la luna, con el membranoso saco de gas que las elevaba del suelo, brillando claramente. Las pequeñas moscas succionadoras revoloteaban viciosamente a su alrededor, mientras que enormes polillas de la muerte flotaban en su extraño y agonizante vuelo finaL, que podía durar días.
 En frente de ellos, más allá de los oscuros campos, se alzaban los tejados metálicos y las deslumbrantes y ruidosas calles de la ciudad. Incluso desde allí podía escucharse la vibración de la música de viento. Y, por encima de la ciudad, todo el firmamento de la parte norte parecía centellear, de un ardiente carmesí, debido al impresionante resplandor despedido por el poderoso Mar de Fuego que había más allá.
 Curt escuchó con atención. Luego captó el sonido que los oidos artificiales robot habían detectado antes que ellos. Se trataba de un golpeteo bajo y profundo, que provenía de las oscuras junglas al noroeste de la ciudad, y que podía sentirse, más que escucharse. Parecía manar de la tierra misma, y se mantenía constante, retumbando con un ritmo denso.
 --Son tambores de tierra Jovianos, -carraspeó Simon Wright.
 Curt asintió.
 --No cabe duda. Están ahí fuera, en algún punto al noroeste de la ciudad.
 El Capitán Futuro había oido ante esos "tambores de tierra"... eran unos instrumentos desconocidos mediante los cuales los aborígenes Jovianos provocaban una vibración percusiva en la tierra, que podía ser oida a grandes distancias.
 --Eso significa problemas, muchacho, -dijo ásperamente el Cerebro-. Por lo general, los Jovianos no utilizan los "tambores de tierra" en ningún lugar en el que los Terrícolas puedan escucharlos.
 --Voy a la ciudad, a ver si localizo a Ezra Gurney, el sheriff local de la Policía Planetaria, -dijo Curt-. Tu quédate aquí, y sigue trabajando en el antídoto para la regresión, Simon.
 --Por supuesto, -carraspeó el Cerebro.
 --¿Puedo ir contigo en esta ocasión, Jefe? -Preguntó ansioso Grag.
 --No Grag, en la ciudad atraerías demasiado la atención, -dijo el Capitán Futuro-. Te llamaré si te necesito.
 Entonces, Curt comenzó a cruzar los oscuros campos, en dirección a la ciudad. Las dos lunas iluminaban su musculosa figura y el resplandor del Mar de Fuego teñía de rojo su rostro.
 Curt entró por la calle principal de Jungletown, una vía estrecha y sin pavimentar flanqueada a ambos lados por edificios de metaleación construidos apresuradamente. Garitos de juego, licorerías, albergues de dudosa apariencia, todo ello convivía en medio del resplandor de las bombillas de uranita. Salía música de muchos locales, y una algarabía de voces que confundía los sentidos.
 Se abrió paso por entre una muchedumbre que se agolpaba en la calle. Había allí rudos mineros con sus trajes de faena, medigos espaciales, sin afeitar y pidiendo limosna, jugadores interplanetarios de mirada fría, astutos ingenieros de botas altas y pistolas preparadas, y bronceados marinos espaciales, que habían subido desde Jovópolis para visitar la ciudad fronteriza más salvaje de todo el sistema.
 Curt se dio cuenta de que en la calle tan sólo había unos pocos Jovianos. Los nativos no parecían quejarse cuando los Terrícolas, borrachos, les empujaban a un lado, pero su silencio resultaba bastante amenazador.
 --¿Alguien quiere comprar un "charlatán" Saturniano? -Gritaba un corpulento marino espacial, que tenía en el hombro un ave de lo más extraña, que recordaba a un mochuelo.
 --¿Alguien quiere comprar un charlatán Saturniano? -Repitió el pájaro, imitando a la perfección la voz de su dueño.
 --¡El Bar más grande de todo Júpiter! -Exclamaba un altavoz en el exterior de un atestado local de bebidas-. Vino dorado de Marte, agua de los sueños de Mercurio... ¡Todas las bebidas de todos los planetas!
 Mientras Curt cruzaba el umbral de un ruidoso garito de juego llamado "Las Ruedas Cuánticas", una mano agarró la suya. Un nativo Marciano, de piel roja y constitución esbelta, cuyo aliento apestaba a brandy Joviano, se dirigió a Curt con voz chillona.
 --¡Ayúdame a irme de aquí, Terrícola! -Imploró-. ¡Llevo varado aquí ya un año, y tengo que regresar a Marte con mi familia!
 Curt se rió.
 --No llevas más de un mes en Júpiter, porque tu piel aún no se ha blanqueado. Y no tienes familia, porque perteneces al pueblo Syrtis de Marte, en el que los niños se crían de manera comunal. Pero ten algo para una bebida.
 El Marciano, asombrado, aceptó la moneda, y se alejó a tropezones del enorme pelirrojo.
 Entonces, cuando Curt pasaba junto a una taberna de la cual salía la vertiginosa y silbante música del doble ritmo Venusiano, escuchó de repente una reyerta que acababa de formarse en su interior.
 --¡Me da igual que seas un Sheriff! ¡No puedes decirle a Jon Daumer lo que tiene que hacer! -Rugió la voz de un Terrícola.
 --Pues te lo estoy diciendo, y no pienso repetirlo otra vez, -respondió una voz acerada-. Tu y tus amigos tenéis que salir de la ciudad, y tenéis que hacerlo ahora mismo.
 El Capitán Futuro reconoció aquella segunda voz. Entró velozmente en la taberna.
 El interior era una resplandeciente sala de metal, nublada con el humo acre del tabaco de los pantanos Venusianos. El lugar estaba repleto de una curiosa mezcla de gentes. Había mineros, jugadores e ingenieros, algunos de los cuales bebían junto a la larga barra de glasita; otros, en cambio, estaban bailando con las jóvenes, de rostros amargados y pintarrajeados.
 Todos los ojos se posaban ahora en el tenso drama que tenía lugar. Un Terrícola de gran tamaño, con un traje blanco, junto a otros tres mirones, se enfrentaba a un sujeto que parecía un oso esculpido en acero, que vestía el uniforme negro de la Patrulla Planetaria y una placa de Sheriff.
 Ezra Gurney, el Sheriff de cabello canoso, miraba sombríamente al cuarteto que le hacía frente.
 --Os doy a ti y a tus tres compinches sólo una hora para salir de Jungletown, Daumer, -avisó.
 Curt vio que Daumer estaba rojo de furor.
 --¡No tienes pruebas de que hayamos quebrantado ninguna ley! -Aulló el hombre a Gurney.
 --No necesito más pruebas que las que tengo, -dijo Ezra Gurney-. Sé que vosotros cuatro habéis estado emborrachando a los mineros, para robarles su radium. ¡Fuera de aquí!
 El rostro de Daumer se endureció aún más. Él y sus compañeros echaron mano de sus pistolas.
 --No pensamos irnos, Gurney, -dijo en tono amenazador.
 De repente, Curt Newton se colocó al lado de Gurney. Su figura alta y pelirroja se enfrentó a Daumer y a sus compañeros.
 --Apartad vuestras manos de esas armas, y salid de la ciudad, tal como dice el Sheriff Gurney, -ordenó fríamente a los cuatro hombres.
 Al principio, Daumer se quedó perplejo por la audacia del recién llegado. Luego emitió una risa desagradable, que fue respaldada por la muchedumbre.
 --¡Escuchad a este don nadie diciéndome lo que tengo que hacer! -Exclamó.
 La muchedumbre rió, apreciando la ironía.
 --¡Capitán Futuro! -Exclamó Ezra Gurney, al reconocer la cara de Curt.
 --¿Capitán Futuro? -Repitió Daumer, empalideciendo rápidamente. Sus ojos se posaron en el gran anillo que Curt llevaba en el dedo-. ¡Es él! -Susurró entre dientes.
 Las risas de la muchedumbre se detuvieron al instante. Miraron a Curt, en medio de un gélido e incómodo silencio.
 El más grande aventurero en toda la historia del Sistema Solar, la misteriosa e increible figura cuya leyenda dominaba los nueve mundos, estaba frente a ellos. Cuando asimilaron ese hecho, tan sólo fueron capaces de mirar rígidamente a aquel individuo pelirrojo, cuya fama era conocida en todo el Sistema.
 --Ya nos... vamos, Capitán Futuro, -dijo Daumer con rudeza. Su rostro brutal estaba lívido.
 --Ya podéis hacer lo posible por tomar la primera nave que salga de Júpiter, -espetó Curt, mientras sus ojos grises perforaban con la mirada a los cuatro hombres.
 Daumer y sus compañeros salieron al momento de aquel lugar. Curt y Ezra Gurney les siguieron.
 No hubo un solo hombre o mujer en el local que se moviera, mientras el Capitán Futuro y el Sheriff de cabello plateado salían a la calle. Pero, cuando alcanzaron la bulliciosa avenida, escucharon tras de sí una algarabía de voces excitadas, en el interior de la taberna.
 --Gracias por echarme una mano, Capitán Futuro, aunque me has estropeado una lucha interesante, -dijo Ezra Gurney a modo de tanteo.
 Curt sonrió.
 --Ya veo que estás tan sediento de sangre como siempre, Sheriff. Suponía que, al omejor, aquel fracaso en el cuartel de los seres del pantano, en Venus, hace dos años, te habría tranquilizado un poco.
 Gurney le miró con ojos de complicidad.
 --¿Qué te trae a Júpiter? Son esos casos de regresión, ¿Verdad?
 Curt sonrió torvamente.
 --Eso es. ¿Qué sabes de ello, Ezra?
 --Lo único que sé es que es el golpe maestro del peor de los diablos, -dijo Ezra Gurney, agriando la expresión-. Capitán Futuro, llevo trabajando cuarenta años en las fronteras planetarias. En ese tiempo he podido ver muchas cosas malvadas en los nueve planetas. Pero nunca antes había visto algo semejante a esto.
 Su pétreo rostro pareció afectado.
 --Esta ciudad está sentada al borde del infierno, y nadie se va a dar cuenta hasta que todo salte por los aires. Los casos de regresión aumentan a diario, y los Jovianos se comportan de un modo cada vez más raro.
 --¿Llamaste a Quale esta noche para decirle que el malestar de los Jovianos va en aumento? -Dijo Curt, y Ezra Gurney asintió con énfasis.
 --Si. Le dije a Quale la verdad. Que los Jovianos se están preparando para algo grande. En este mismo instante, se pueden oir en la jungla sus tambores de tierra.
 Se apartaron de la concurrida calle, y entraron en el pequeño edificio de metaleación que albergaba el Cuartel General de la Policía Planetaria.
 --Ezra, ¿Qué sabes sobre la mina de radium de Lucas Brewer? -Preguntó el Capitán Futuro.
 Gurney le miró con astucia.
 --Hay algo muy raro en ella. Brewer es el único que consigue que los Jovianos trabajen para él, algo que nadie había podido lograr. Eso le da una gran ventaja, teniendo en cuenta lo caro que se paga aquí el trabajo. Se está haciendo rico a base de extraer radium.
 --¿Y cómo explica el hecho de que los Jovianos trabajen para él y para nadie más? -Quiso saber Curt.
 --Dice que les trata bien, -respondió escéptico Ezra Gurney-. Sé que les paga en bienes de consumo... a su mina no paran de llegar cargamentos, en todo momento. Pero esos bichos verdes no trabajan para nadie más, les ofrezca lo que les ofrezca.
 El aventurero pelirrojo consideró ese punto, mientras su rostro quedaba pensativo. Luego hizo otra pregunta.
 --¿Sabes algo acerca de la desaparición en la jungla de Kenneth Lester, un joven arqueólogo planetario?
 --Ni idea, -confesó Ezra-. Partió hacia la jungla hace semanas. Luego regresó aquí brevemente para enviar una carta, y volvió a salir para el norte. No se ha vuelto a saber nada de él, y nadie le ha encontrado.
 --Me gustaría hacer una investigación secreta en la mina de Lucas Brewer, -declaró el Capitán Futuro-. ¿Me dejas una nave cohete?
 La cara de Gurney mostró cierta ansiedad.
 --Ese lugar es muy peligroso para rondar a su alrededor. Brewer ha apostado guardias en todo el perímetro de la mina. Dice que tiene miedo de los ladrones de radium.
 Curt sonrió, y el saludable rostro del joven aventurero no mostró la menor señal de alarma.
 --Creo que correré el riesgo, Ezra. ¿Qué pasa con esa nave cohete?
 Diez minutos después, en una pequeña nave de la Policía Planetaria con forma de torpedo, Curt voló por encima de las tumultuosas calles de Jungletown, dirigiéndose hacia el norte.
 Frente a él, se alzaba la jungla oscura e impenetrable, como un manto de negra tiniebla. Más adelante, el cielo resplandecía con un color rojo, debido a los reflejos del Mar de Fuego.
 A lo lejos se apreciaban pequeñas formaciones de montañas bajas, alzándose negras contra aquella aurora carmesí.
 Curt canturreó una tonadilla Venusiana mientras pilotaba la nave; sus ojos observaban con atención la jungla. Sentía que estaba sobre la pista del Emperador del Espacio, y el pensamiento de que a lo mejor podía echarle el guante a su terrible adversario aportaba un brillo de alegría a sus ojos.
 Al cabo de un rato, vio lo que estaba buscando... un pequeño conjunto de luces, abajo, un poco más allá. Al momento, hizo descender la nave, flotando en horizontal sobre el denso suelo de la jungla, hasta posarse sobre un pequeño claro.
 En pocos minutos, Curt se deslizaba con sigilo por la selva de helechos gigantes, en dirección a las luces.
 Varios árboles-pulpo se agitaban en frente suyo. Las bulbosas bestias-globo flotaban lentamente por las copas del follaje. En una ocasión, el pie del Capitán Futuro estuvo a punto de meterse en la boca de un túnel subterraneo, construido por "cavadores". Se trataba de descomunales gusanos excavadores, espantosamente voraces, que rara vez salían a la superficie.
 Las moscas succionadoras revoloteaban a su alrededor, intentando inyectarle, en vano, pequeñas gotas de anestésico con su aguijón. Y, en una ocasión, a Curt le pareció escuchar el sonido deslizante de los pasos de un "reptante", una de las bestias Jovianas más extrañas y temidas.
 Por fín, llegó hasta el borde del claro, en el que habían situado la mina. Aquí y allá, había partidas de Jovianos, ataviados con trajes protectores de plomo, excavando en los yacimientos de radium, trabajando bajo la luz de las bombillas de uranita, y supervisados por encargados Terrícolas.
 Más allá se hallaba el área de oficinas de la mina, el almacén, las trituradoras de mineral, y toda clase de edificios. Todas las ventanas estaban iluminadas.
 --Parece bastante inocente, -musitó el Capitán Futuro-. Pero hay algo aquí que me resulta condenadamente raro. ¿Donde se ha visto que un Joviano realice labores peligrosas para un Terrícola?
 Aflojó la pistolera de su arma de protones.
 --Creo que iré a ver si el corpulento señor Brewer está allí o no. Pero primero, le echaré un vistazo a uno de esos almacenes...
 Curt se mantuvo al borde del claro, ocultándose bajo las sombras de la jungla. No había avanzado más que un par de decenas de metros cuando un sonido a sus espaldas le hizo darse la vuelta.
 Un guardia Terrícola de rostro oscuro salió de la jungla, pistola en mano, apuntando a Curt a la cabeza.
 --Con que espiando, ¿Eh? -Carraspeó el guardia-. ¡Estás listo, muchacho!
 Y su pistola disparó un rayo de fuego, directamente hacia la cara de Curt.
 
 

CAPITULO XI
Cerebro y Robot



 Grag estaba preocupado. El enorme robot caminaba incansablemente de un lado a otro del Cometa, dando tremendas zancadas. Cada pocos minutos se asomaba a la puerta y miraba al exterior.
 Habían dejado la nave en las afueras de Jungletown. La bulliciosa ciudad fronteriza se veía a lo lejos, bañada por la débil luz rojiza del sol poniente. Sus luces comenzaban a encenderse una vez más, preparándose para una nueva y bulliciosa noche.
 --Al Jefe ha debido sucederle algo, -tronó el robot mientras regresaba de mirar por la portilla por milésima vez-. Dijo que no tardaría mucho en volver, y eso fue la pasada noche. Ha pasado un día entero y no ha regresado.
 Los ojos lenticulares de Simon Wright se posaron irritados en el robot.
 --¿Quieres dejar ya de preocuparte? -Demandó el Cerebro-. Curtis ya no es ningún muchacho. Puede cuidar de si mismo mucho mejor que cualquier otro hombre del Sistema. Parece como si creyeras que aún eres su guardián y su niñera.
 Grag respondió:
 --Creo que tu te preocupas por él tanto como yo.
 El micrófono del Cerebro dejó escapar algo parecido a una risa carraspeante.
 --Tienes razón, Grag. Los tres nos preocupamos por él: Otho tu y yo. No somos capaces de olvidar todos estos años en la Luna, durante su niñez y juventud, cuando sólo nos tenía a nosotros para protegerle.
 "Pero en realidad, ahora no hay por qué preocuparse, -continuó Simon-. No me cabe duda de que no tardará en volver. Y, mientras tanto, no voy a ser capaz de sintetizar esta nueva fórmula sin tu ayuda.
 --Lo siento. Te ayudaré, -se limitó a decir Grag.
 Simon estaba a punto de preparar una nueva fórmula, con la que esperaba poder reactivar las paralizadas glándulas pituitarias de las víctimas de regresión, provocando su recuperación. Ya había probado numerosas fórmulas sobre la víctima, que aún yacía drogado en la mesa metálica, pero sin haber sufrido el menor cambio.
 Ahora, desde el pedestal en el que descansaba su tanque de cromium, Simon fue enumerando las medidas exactas y las acciones que debían combinarse, mientras que Grag las ejecutaba con una exactitud de la que sólo un robot sería capaz, escanciando, mezclando, pesando y calentando, mientras el Cerebro le dirigía.

 Simon y Grag habían trabajado de ese modo durante muchos años. Otho era demasiado nervioso e impaciente para resultar un compañero perfecto del Cerebro. Pero Grag, con su precisión y su paciencia sobrehumanas, era el ayudante ideal.
 Por fín, la fórmula estuvo lista. Para entonces, había vuelto a anochecer. Simon dirigió al robot, para que éste inyectara el fluido rosáceo en las venas del Terrícola drogado.
 Entonces, tras varios minutos de espera, el Cerebro hizo que Grag proyectara sobre el paciente la lámpara de rayos X, y observó durante varios minutos el cráneo de la víctima, por medio de las gafas fluoroscópicas.
 --¡Funciona! -Carraspeó finalmente-. ¡Hemos encontrado una cura, Grag!
 --Pero el hombre parece estar igual, -objetó el robot, mirando lleno de dudas a la embrutecida víctima.
 --Por supuesto... no querrás que se recupere en sólo un minuto, -espetó Simon-. Pero ahora que su glándula pituitaria ha vuelto a funcionar, su cuerpo y su mente volverán a adoptar forma humana en pocos días.
 Grag volvió a acercarse a la puerta, y miró al exterior. El resplandor de luces y el bullicio de la rugiente Jungletown rivalizaban incluso con el reflejo del cercano Mar de Fuego.
 Había tres lunas en el cielo, y la cuarta estaba saliendo. Pero su luz no mostraba la visión que ansiaba el robot: su joven amigo pelirrojo.
 --El Jefe sigue sin venir, -tronó-. Y tampoco Otho ha dado señales de vida. Algo ha sucedido.
 --Empiezo a pensar que tengas razón, -murmuró Simon-. Curtis no emplearía tanto tiempo en ir a esa mina y volver.
 --Quizás no haya ido allí, -sugirió Grag-. Quizás haya paritdo para otro lugar...
 Simon no sabía qué pensar.
 --Será mejor que le busquemos, -declaró finalmente el Cerebro-. Curtis fue a la ciudad para ver al Sheriff Ezra Gurney, de modo que Gurney debería saber a donde ha ido.
 "Llévame, Grag, -continuó el Cerebro-. Vamos a visitar al Sheriff.
 Rápidamente, el robot agarró con sus dedos metálicos el asa del tanque transparente que albergaba al Cerebro. Luego salió del Cometa y avanzó a grandes zancadas por los campos iluminados por las lunas, en dirección a la ruidosa ciudad.
 Desde las calles, les llegaba el sonido de voces agudas y graves, charlando y riendo. Esa noche, el profundo son de los tambores Jovianos parecía escucharse más alto.
 --Evita las calles, -ordenó Simon al robot que lo llevaba-. Mantente a la sombra de los edificios hasta que veamos a Gurney.
 Grag obedeció, ocultándose tras las columnas de metaleación, deteniéndose en los cruces de calles, de modo que Simon y él pudieran examinar las concurridas calles, en busca del Sheriff.
 Pero ni el Cerebro ni el robot pudieron divisar al veterano agente de la ley. Mientras continuaban su búsqueda, un Terrícola, completamente borracho, avanzó a trompicones hacia el porche en sombras desde el cual observaban Simon y Grag. Se detuvo sobresaltado, mirándoles directamente.
 El borracho se rascó la cabeza, y miró hacia arriba, con los ojos como platos, contemplando el rostro de metal y los brillantes ojos fotoeléctricos del enorme robot.
 --Desapareced, -balbuceó torpemente-. Ya sé que no sois reales.
 --¿Hago que se calle, Simon? -Preguntó Grag con su voz profunda.
 --No, sólo es un estúpido, que está borracho, -carraspeó el Cerebro.
 Cuando el beodo escuchó las voces del robot y del tanque transparente con un cerebro dentro, emitió un chillido de pánico.
 --¡Son reales!
 Y, con ese aullido, salió a trompicones del porche, internándose en la calle.
 --¡Policía! -Gimió-. ¿Donde está la Policía Planetaria?
 En respuesta a su petición de auxilio, Ezra Gurney apareció rápidamente en medio de la calle, y el borracho le agarró del brazo.
 --Hay un par de... monstruos... ahí detrás, -balbuceó febrilmente, señalando hacia el porche.
 Gurney estaba a punto de contestarle mal, cuando escuchó la carraspeante voz de Simon Wright.
 --¡Sheriff Gurney! ¡Por aquí!
 Gurney se sobresaltó al escuchar aquella voz metálica, emujó a un lado al borracho y se dirigió hacia el porche en sombras. Cuando observó al descomunal robot, y el Cerebro que llevaba consigo, emitió una exclamación de asombro, aunque no de miedo. Conocía bien a los ayudantes del Capitán Futuro.
 --¡Simon Wright! ¡Y Grag! -Exclamó-. ¿Ha ocurrido algo malo?
 --Curtis no ha vuelto aún, -dijo Simon rápidamente-. ¿Donde fue la pasada noche? ¿A la mina de Brewer?
 --Al menos ahí es a donde dijo que iba, -declaró Gurney-. ¿Y dices que aún no ha vuelto? Eso no tiene buena pinta.
 --¿Está ahora Brewer en la ciudad, o ha salido a su mina? -Quiso saber Simon.
 --No lo sé, pero no tardaremos en saberlo, -respondió el Sheriff-. Las oficinas de su compañía están en la siguiente calle. Si está en la ciudad, estará allí.
 Se mantuvieron en las sombras, apartándose de la luz de los cuatro satélites plateados y dirigiéndose a la siguiente calle.
 Las oficinas se hallaban en un edificio de aspecto sobrio, teniendo en cuenta el aspecto carnavalesco de todo lo que lo rodeaba. Para acceder a él, había que pasar por una pequeña oficina de metaleacIón, cuyas ventanas estaban iluminadas.
 Cuando Gurney penetró en el interior, seguido del enorme robot y del Cerebro, el hombre que guardaba la oficina emitió un grito de terror.
 --¡Buen Dios! ¿Qué son esas criaturas?
 Se trataba de Mark Canning. Sus ojos parecían arder mientras observaba con atención a Grag y a Simon Wright.
 --Son los camaradas del Capitán Futuro, -contestó Gurney en tono cortante-. ¿Está Brewer aquí?
 --No... no sé donde está, -respondió Canning incómodo.
 El nerviosismo del joven capataz no escapó a los agudos ojos lenticulares de Simon Wright. Entonces, el Cerebro vislumbró algo que estaba caido en el suelo, junto a la pared.
 --Recoge eso, Grag, -ordenó rápidamente, señalando con sus lentes.
 Grag obedeció, y le acercó el pequeño objeto, para que el Cerebro pudiera examinarlo de cerca.
 Era una pequeña placa con las letras "P.P.", y un número grabado.
 --Es un emblema de agente secreto de la Policía Planetaria, -dijo Gurney en tono cortante-. Y ese número corresponde al de Joan Randall.
 Se volvió hacia Canning.
 --¿Cuando ha estado ella aquí?
 Canning se encogió de hombros, incómodo.
 --No sé si habrá estado aquí o no. Yo acabo de llegar.
 --Llama al hospital y pregunta si está allí, Sheriff, -sugirió rápidamente Simon Wright.
 Gurney se dirigió a la tele pantalla del escritorio y realizó la llamada. Cuando se dio la vuelta, su rostro estaba muy serio.
 --Se fue del hospital hace un hora, y no ha vuelto todavía. No saben dónde está, ni por qué se fue.
 --¡Yo tampoco sé dónde está! -Exclamó Canning-. No sé nada de todo este asunto.
 --En otras palabras, no sabes nada, -dijo Ezra Gurney con sarcasmo.
 Escucharon pasos apresurados, y una figura entró a la carrera. Se trataba de un Joviano verde, que se movía con extraordinaria rapidez, y cuyos ojos centelleaban.
 --Fuera de aquí, verdoso, -ordenó el Sheriff-. Estamos ocupados.
 --Usted no está más ocupado de lo que he estado yo, -respondió el Joviano con una voz susurrante y familiar-. Y tengo noticias.
 --¡Otho! -exclamó Simon al instante, nada más reconocer la voz del androide a pesar de su disfraz-. ¿Qué has descubierto?
 --¡He averiguado el lugar exacto en el que el Emperador del Espacio se va a aparecer a los rebeldes Jovianos! ¡Va a ser esta noche, justo dentro de una hora! -Declaró Otho-. Se supone que yo tendría que estar allí, con ellos, pero me he escabullido para informar al Capitán Futuro.
 Recorrió la estancia con la mirada.
 --Pero... ¿Donde está el Capitán Futuro?
 --¡No lo sabemos! -Exclamó Simon Wright-. ¡Me empieza a parecer que le ha debido de ocurrir algo malo, y también a Joan Randall!
 
 

CAPITULO XII
El Secreto de la Mina



 Los reflejos físicos y mentales de Curt Newton eran increiblemente superiores a los de cualquier otro hombre del Sistema. No podía competir en rapidez con el androide que le había entrenado, pero sus reacciones eran casi igual de instantáneas. Mientras el guardia Terrícola disparaba a bocajarro al Capitán Futuro, éste se lanzó al suelo con rapidez cegadora. Curt había iniciado ese movimiento en el mismo instante en que vio que el guardia comenzaba a apretar el gatillo.
 Giró la pierna, golpeando al guardia en el pie y haciendo que cayera al suelo. Antes de que el sujeto pudiera emitir el menor grito, Curt le lanzó un demoledor puñetazo en la mandíbula. La cabeza del guardia cayó hacia atrás, y quedó totalmente lacio, y sin sentido.
 El Capitán Futuro se incorporó, escuchando tensamente. El fogonazo del arma no parecía haber sido detectado por los trabajadores Jovianos ni por sus supervisores.
 Pero se acercaba el amanecer. El cielo comenzaba a adquirir un matiz rojizo. Velozmente, Curt arrastró al guardia sin sentido hasta el interior de la jungla, y le ató de pies y manos con tiras de su camisa.
 --Debería deshacerte de tu pistola de fuego, -dijo plácidamente el Capitán Futuro al hombre, que aún estaba medio grogui-. Uno de estos días podrías llegar a herir a alguien.
 El guardia despertó, y, al mirar al enorme joven pelirrojo que le sonreía tranquilo, pronunció un insulto de los peores.
 --¡Menudo lenguaje! -Le reprochó Curt-. Por cierto, no intentes gritar o tendré que volverte a dejar k.o.
 --¿Qué estás haciendo aquí? -Le preguntó el guarda.
 --Quiero saber qué es lo que el honrado señor Brewer está mandando traer a esta mina, -le dijo el Capitán Futuro-. En este lugar pasan cosas raras, y creo que tu me lo podrías aclarar.
 --Puedo, pero no lo haré, -declaró el guarda-. ¿Y tu qué eres? ¿Un agente de la Policía Planetaria?
 Curt levantó la mano, de modo que el hombre pudiera observar su extraño y voluminoso anillo.
 --¡El Capitán Futuro! -Observó el hombre apabullado. Miró a su captor lleno de pánico. Apretó los labios-. De todos modos, a mi no me sacarás nada.
 --Así que no quieres hablar, ¿Eh? -Dijo Curt suavemente-. Muy bien, pues entonces me encargaré de que no hables, y de que tampoco puedas gritar.
 Y con fría eficiencia amordazó a conciencia al sujeto, empleando más tiras de la camisa del guardia.
 Para aquel entonces, el día Joviano acababa de comenzar, y el sol proyectaba una brillante cascada de luz sobre el claro de la mina. Desde su escondite, al borde de la densa jungla, Curt estudió el lugar.
 Al momento, se dio cuenta de que no podía aventurarse a salir a plena luz del día. Las partidas de Jovianos seguían trabajando en los yacimientos; y, junto a ellos, había media docena o más de hombres armados.
 --Voy a tener que esperar hasta la noche, -se dijo Curt-. Menos mal que, en Júpiter, los días son muy cortos.
 Curt se puso cómodo para la espera. El grandullón pelirrojo había aprendido de Grag a tener paciencia, y ahora ponía en práctica dicha lección. Mientras aguardaba las cinco horas que dura el día Joviano, observó todos y cada uno de los movimientos de la mina.
 No vio ni a Lucas Brewer ni a Mark Canning. Pero el trabajo continuaba, bajo la supervisión de los guardias armados. Hora tras hora, los Jovianos extraían las rocas ricas en radium, y las cargaban en enorme contenedores para llevarlas a las machacadoras.
 A Curt le hubiera gustado llamar a Simon Wright con su tele emisor de bolsillo, para decirle dónde estaba y qué estaba haciendo. Pero temía que su llamada pudiera ser interceptada por cualquier persona de las oficinas de la mina, que empleara una telepantalla en dicha frecuencia, y decidió no arriesgarse.
 Por fín, la noche volvió a caer... esa noche Joviana que desciende con tan dramática presteza, dedicando tan sólo unos pocos instantes al atardecer. Callisto, Europa y Ganímedes aparecieron en el firmamento, moviéndose hacia la conjunción, mientras Io intentaba unirse a ellas.
 Curt se aseguró de que el guardia estuviera bien atado, y entonces se puso en pie, para aventurarse a cruzar el claro. Se detuvo un momento, observándolo todo.
 --¿Qué pasa ahora? -murmuró para si-. ¿Están parando para comer?
 Los Jovianos, que llevaban ya diez horas trabajando, noche y día, estaban arrojando sus herramientas, y se dirigían, junto a sus supervisores, a las oficinas de la mina.
 Los nativos verdes se quitaban los trajes protectores de plomo, mientras abandonaban los yacimientos. Se agruparon en el exterior de las oficinas, bajo la luz de las lunas.
 El Capitán Futuro se movió rápidamente por el borde del claro, hasta quedar detrás de un pequeño almacén, que se interponía entre él y las oficinas. Se movía tan silencioso como una sombra.
 Ya a la sombra del pequeño almacén, observó cómo los supervisores distruían entre los Jovianos algunos objetos que extraían de grandes cajas. Los Jovianos se agolpaban ansiosos por conseguir su paga.
 --Les están pagando en bienes de consumo, -se dijo Curt-. Pero... ¿Qué bienes son esos...?
 Entonces, su aguda mirada se fijó en qué era lo que los terrícolas les estaban dando a los Jovianos. Y su enorme figura, que estaba agachada, se enderezó de repente, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
 --¡De modo que así es como Brewer consigue que los Jovianos trabajen para él!, -murmuró, con la mirada ardiente.
 Los objetos que los supervisores repartían entre los nativos verdes, como recompensa por su trabajo, no eran otra cosa que... armas de rayos.
 ¡Armas! ¡Era la única cosa que los Terrícolas tenían absolutamente prohibido venderle a los nativos planetarios! Las estrictas leyes lo prohibían en todos los mundos del Sistema.
 El Capitán Futuro sintió un impulso incontenible de detener la distribución de armas. No obstante, se dio cuenta que intentarlo sería suicida. Todos aquellos Jovianos, armados con las terribles armas de rayos de fuego, destruirían a cualquier hombre que intentara arrebatárselas.
 --Tengo que esperar, -se dijo Curt, fieramente-. Pero, en nombre del Cielo, Brewer va a tener que pagar por muchas cosas.
 Mientras los Jovianos recibían las armas, iban saliendo de la mina en enormes grupos, en dirección a la jungla que se alzaba al este. Era precisamente desde esa parte de la jungla, iluminada por las lunas, desde donde habían comenzado a sonar los tambores de tierra. Su ritmo, pulsante y profundo, ahora llegaba con más fuerza a los oidos de Curt, como si ahora resonara más cerca.
 Finalmente, una vez que todos los Jovianos hubieron recibido su paga, se dispersaron por la descomunal selva de helechos gigantes. Los supervisores regresaron a las oficinas.
 Curt empuñó su pistola de protones, y se lanzó hacia delante. No tardó en llegar junto a la puerta de metal opaco de las oficinas, y se detuvo a escuchar.
 --No me gusta nada eso de darles armas a esos malditos verdosos, -decía uno de los Terrícolas, en el interior-. Parecen demasiado ansiosos por conseguirlas.
 --¿Y eso a nosotros qué más nos dá? -Preguntó otro-. Por lo que dice Brewer, sólo quieren las armas para emplearlas en una guerra contra otra tribu.
 --Eso es lo que dice Brewer, -musitó el primer hombre-. Pero yo no estoy tan seguro de ello.
 --Ni yo tampoco, caballeros, -dijo una nueva voz, desde el umbral de entrada.
 Los seis Terrícolas se dieron la vuelta, perplejos. En la puerta se alzaba Curt Newton, una figura enorme, de hombros anchos y cabello rojo, con una fría sonrisa en los labios y una pistola de protones apuntando hacia ellos.
 Con un gemido de angustia, uno de los Terrícolas llegó a alcanzar el arma de rayos que llevaba en el cinto. El rayo de protones del Capitán Futuro le dio de lleno, y el hombre cayó al suelo paralizado.
 --Con este rayo puedo mataros con la misma facilidad con la que os paralizo, -dijo Curt con tono cordial-. No me obliguéis a hacerlo.
 --¡Es el Capitán Futuro! -Exclamó uno de los hombres, empalideciendo al reconocer el anillo especial que llevaba Curt.
 --¡Vosotros, muchachos, -dijo Curt-, vais a pasar una larga temporada en la prisión lunar de Plutón, por violar las leyes interplanetarias! Suministrar armas a los nativos es un negocio muy arriesgado.
 --¡Yo no quería hacerlo! -Se defendió desesperadamente el primero de los supervisores, el que Curt había escuchado desde el exterior-. Brewer nos obligó. Se ha estado haciendo rico de ese modo, porque los verdosos son capaces de hacer, a cambio de las armas, lo que no harían por nadie.
 --¿Como os las arreglásteis para traer las armas desde Jovópolis sin ser detectados? -Quiso saber el Capitán Futuro.
 --Son empaquetadas como bienes de consumo, -explicó el hombre-. Pero todas las cajas tienen un doble fondo, en el que van escondidas las armas.
 --Cuando llegue el momento, tendrás ocasión de testificar todo eso en un tribunal, -dijo Curt, con voz seria-. Mientras tanto, caballeros, debo pediros que os sentéis en esas sillas, y mantengáis las manos en alto. Voy a asegurarme de que os quedáis aquí quietecitos, mientras yo estoy ocupado en otro sitio.
 Indefensos, los hombres tomaron asiento, con las manos levantadas. Curt arrancó los cordeles de metal flexible de las cortinas de las ventanas, y, con presteza, los empleó para atar a aquellos hombres a las sillas.
 Trabajó con la pistola en una mano, manteniéndose detrás de los supervisores. En pocos minutos, todos estaban firmemente atados.
 --Estad tranquilos y quedaos aquí hasta que regrese, muchachos, -les dijo, sonriente, y entonces comenzó a llevar a cabo un rápido registro de la oficina y los edificios aledaños.
 Esperaba encontrar alguna evidencia que demostrara definitivamente si Lucas Brewer era o no el Emperador del Espacio. Pero no fue capaz de encontrar nada.
 El tiempo volaba. El retumbar de los tambores de tierra, en las junglas del oeste, se escuchaba cada vez más alto. Curt tomó una rápida decisión.
 --Según dijo Otho, el Emperador del Espacio va a aparecerse a los nativos esta noche, en la selva, -se dijo-. De modo que ahí es a donde han debido de ir todos esos Jovianos.
 Salió al exterior a la carrera, y comenzó a avanzar hacia la jungla, en la dirección tomada por los nativos.
 --Si puedo lograr estar presente cuando aparezca el Emperador del espacio, y me las arreglo para atraparle mientras no está en estado inmaterial...
 Se sumergió en la jungla, siguiendo el rastro de los Jovianos a través de senderos casi invisibles; mientras ganaba terreno, llegó a escuchar a lo lejos sus voces, excitadas. Aligeró el paso.
 Sabía que, más adelante, en alguna parte, se hallaba el punto que Otho había mencionado, y que los Jovianos llamaban el lugar de los Muertos. Los tambores debían estar sonando desde allí. Y allí, si había suerte, se las vería con el tenebroso archi-criminal que estaba aterrorizando a todo un mundo.
 
 

CAPITULO XIII
El Lugar de los Muertos


 ¡Boom! ¡Boom! Bajo las junglas Jovianas, iluminadas por las lunas, aquella impresionante vibración sónica se sentía, en lugar de escucharse.
 ¡Los tambores de tierra de los nativos retumbaban en la noche, como si fueran el corazón del Júpiter más salvaje! ¡Boom! ¡Boom! ¡Boom!
 En tensión, el Capitán Futuro levantó la mirada, observando el firmamento que podía observarse por encima de las copas de los árboles. Callisto, Ganímedes, Europa e Io Comenzaban a converger hasta su cénit: cuatro resplandecientes lunas se aproximaban a una extraordinaria conjunción.
 --El momento de la conjunción de las cuatro lunas debe ser la hora fijada para el encuentro, -murmuró para si mismo.
 Un momento después, su poderosa figura se tensó, mientras avanzaba por la senda medio oculta que cruzaba la jungla.
 --¿Qué es eso?
 El sonido profundo y vago de unos cánticos atravesaba la selva en una extraña ola, que se alzaba y volvía a menguar en la noche.
 Durante más de una hora, Curt había seguido a los Jovianos por aquella agreste vegetación. Los nativos verdes habían avanzado a una velocidad extenuante, seguramente temerosos de llegar tarde al gran encuentro de esa noche.
 Sin dudar, habían seguido estrechas sendas que rodeaban los enromes troncos de helecho de un modo sinuoso. En todo momento, habían mantenido a su derecha el furioso resplandor rojizo del Mar de Fuego.
 ¡Aquella noche, la jungla tenía un aspecto macabro! La fantasmagórica radiación de las cuatro lunas la convertía en un extraño país de las hadas, lleno de profundas sombras que contrastaban con otras, bañadas en una luz plateada. Por encima de su cabeza se alzaban las grandes masas de las copas de los helechos, que acababan en una especie de hojas, con forma de pluma, y repletas de esporas. Los árboles de cobre, por su parte, se elevaban brillantes a la luz de las lunas. Las ciegas y monstruosas viñas-serpiente tanteaban visiblemente a su alrededor, colgando de las ramas.
 En los espacios abiertos entre los diferentes troncos de los helechos, florecían las increiblemente hermosas flores del sueño, tentadoras, con bellísimos pétalos, listas para descargar sobre todo el que las tocara sin querer, un agijón que descargaba un shock eléctrico adormecedor, procedente de la batería bioquímica que tenían alojada en el interior de su cáliz. Gigantescos lirios nocturnos florecían en las sombras, y sus enormes pétalos blancos de varios metros se abrían y cerraban. La brisa arrastraba nubes de esporas, que caían desde lo alto de los helechos, cubriéndolo todo.
 Curt pudo avistar varios de los iridiscentes murciélagos lunares, que flotaban con alas inmóviles por encima de las copas de los helechos, así como algunas bestias globo, flotando lentamente. En más de una ocasión, escuchó bajo sus pies el contínuo excavar de los "cavadores". No había señal de los temidos "reptantes", y el grandullón pelirrojo se sintió agradecido por ello.
 --Ya debo de estar muy cerca, -se dijo, mientras los cánticos comenzaban a escucharse cada vez más alto.
 Mientras se apresuraba aún más, el Capitán Futuro sintió una tensión mayor de la que estaba acostumbrado a sobrellevar. Se sentía al borde de tener un segundo encuentro con el Emperador del Espacio.
 Pero ¿Cual sería el resultado? ¿Sería capaz de sorprender al Emperador del Espacio con la guardia baja, antes de que se hiciera inmaterial? ¿O no tendría ocasión de intentarlo?
 --Ya casi estoy, -murmuró Curt-. Tranquilo, chico...
 ¡Boom! ¡Boom! Los tambores de tierra retumbaban tan cerca que podía sentir su vibración justo debajo de sus pies. Comenzó a agacharse.
 La jungla comenzaba a abrirse frente a él. Un momento después, se detuvo, y se lanzó al suelo, camuflado junto a un grupo de flores del sueño.
 El Capitán Futuro contempló entonces una escena increible. Había un claro en plena selva que debería medir al menos dos kilómetros de diámetro, y que tan sólo tenía unos pocos helechos y viñas-serpiente, bastante aislados unos de otros.
 En aquel claro, bañadas por el resplandor plateado de las cuatro lunas, se hallaban las decrépitas ruinas de lo que, en otro tiempo, fue una ciudad impresionante.
 ¡Era aquella una ciudad del inescrutable pasado de Júpiter, una misteriosa metrópolis que hace mucho, mucho tiempo, había terminado por abandonarse, cayendo presa de la jungla! Ciclópeas masas de sillares de piedra negra, de grotesca arquitectura, se elevaban solemnemente por encima de los árboles dispersos.
 Por lo que Curt pudo ver, allí hubo una vez calles pavimentadas, así como plazas, pero ahora se hallaban cubiertas de musgo y hongos. Antaño debió de haber paseos de columnatas curvas, pero ahora sólo quedaban unos pocos pilares rotos y solitarios, construidos en piedra negra.
 --El Lugar de los Muertos, -susurró para sí-. Desde luego, el nombre le casa muy bien.
 El Capitán Futuro había visto anteriormente numerosas ciudades muertas en los diferentes planetas. Había contemplado la maravillosa ciudad perdida de Tethys, en la luna de Saturno, cuya historia nadie conocía. Estaba familiarizado con todas esas villas misteriosas que se encuentran en todas partes por los desiertos de Marte.
 Pero sintió que jamás en su vida había visto un lugar más sombrío, con una presencia más oscura, que aquella olvidada metrópolis en ruinas, que parecía renacer a la luz plateada de las lunas de Júpiter. Emanaba de ella el espíritu de un pasado glorioso, que le atenazaba a uno el corazón, con gélidos dedos.
 El Capitán Futuro observó que, a lo lejos, en el centro de la ciudad en ruinas, había una enorme plaza circular, en la que se había reunidos varios miles de Jovianos, formando una masa compacta. Casi todos ellos parecían portar pistolas de rayos. Todos miraban hacia delante, a un edificio bajo de color negro, bien conservado, que quedaba parcialmente oculto para Curt. Desde allí emanaba el profundo retumbar de los tambores de tierra.
 --Voy a tener que acercarme más, -musitó Curt-. Si el Emperador del Espacio ya está allí...
 Con gran sigilo, se deslizó fuera de la jungla, internándose en el vasto dédalo de ruinas. Avanzó como una sombra en dirección al edificio de piedra negra, que se encontraba entre la plaza y los Jovianos congregados.
 Manteniéndose siempre en las sombras de las ciclópeas masas de sillería negra, moviéndose siempre en absoluto silencio sobre el pavimento destrozado, el Capitán Futuro continuó su avance. Tras alcanzar las sombras del edificio negro, respiró aliviado. En la plaza, al otro lado del edificio, sonaba atronador el profundo retumbar de los tambores de tierra, y el canto monótono de millares de voces Jovianas.
 ¡Boom! ¡Boom! ¡Boom! Resonaban las profundas vibraciones, haciendo temblar la tierra a su alrededor.
 Repleto de un profundo fanatismo, tocado de una extraña nota de desesperación y tristeza, el cántico de los nativos aumentaba a un ritmo frenético.
 Curt conocía bien el idioma Joviano, pero, aparentemente, la letra de aquel cántico hablaba en una forma arcáica, que era incapaz de comprender.
 Se tendió de plano sobre el pavimento y avanzó arrastrándose para poder divisar la plaza, iluminada por las lunas, desde la esquina del negro edificio en ruinas. Sus ojos abarcaron en un segundo la extraña escena que tenía lugar frente a él.
 Directamente en frente de las ruinas bajo las que se agazapaba, había dos enormes tambores de tierra. Consistían en profundos pozos, excavados por los Jovianos en el negro suelo hasta una profundidad de nueve metros, y con forma de cono, cuyo vértice estaba a la altura del suelo.
 En cada pozo, un grupo de Jovianos sostenía un pesado tronco de helecho, con la base plana, que levantaban un poco y dejaban caer pesadamente, produciendo un impacto en el fondo del pozo que provocaba las vibraciones.
 El Capitán Futuro vio que, entre los tambores, había una gran piedra negra con forma de esfera, sobre la que estaban talladas las líneas de los mares y continentes. Estaba adornada con estrellas plateadas que, de inmediato, supuso que debían indicar la localización de otras ciudades de los Antiguos. Vio algo más en la superficie de la esfera, que le hizo estremecerse. Miró con más detenimiento.
 --Si eso es lo que yo creo... -susurró para sí; pero olvidó su descubrimiento al escuchar un sonido.
 Se trataba del lejano sonido, casi inaudible, de una nave cohete aterrizando. Aparentemente, los Jovianos no la habían escuchado, debido al retumbar de los tambores, y a los cánticos, pero el agudo oido de Curt lo detectó.
 Esperó, pistola en mano. Tras pocos minutos, mientras las cuatro lunas se unían en un cegador conjunto, los cánticos cesaron, y los troncos de helecho fueron extraidos de los pozos de los tambores. Un aire de tensa expectación pareció sacudir a los varios millares de hombres verdes.
 --La hora cero, -pensó Curt-. ¡Las cuatro lunas han entrado en conjunción!
 
 

CAPITULO XIV
El último Antiguo


 Un escalofrío sacudió a la hueste de Jovianos, y se produjo un movimiento cerca del extremo más alejado de la muchedumbre.
 --¡Ya viene! ¡Viene el Ultimo Antiguo! -Aullaron los Jovianos.
 --¿El Ultimo Antiguo? -Se extrañó Curt-. ¿De modo que es así como se hace llamar?
 En aquella oscura plaza, en medio de la jungla, en el otro extremo de la ciudad, se estaba formando una forma oscura.
 Curt levantó su pistola de protones. Si pudiera alcanzar al Emperador del Espacio antes de que se volviera inmaterial...
 Comprobó que, efectivamente, se trataba del Emperador del Espacio, la misma figura que había visto en Jovópolis, en el apartamento de Orris. Una forma grotesca, con traje oscuro y unas extrañas aperturas oculares.
 Al momento, Curt se dio cuenta de que el Emperador del Espacio era material, ya que llevaba a rastras a alguien... la figura de una joven atada, con un uniforme blanco de seda sintética, y cuyo ondulado cabello negro caía hacia un lado de su rostro blanco, iluminado por la luna.
 --¡Joan Randall! -Musitó el Capitán Futuro, tragando saliva-. ¡Ese demonio la ha capturado, y la ha traído hasta aquí por alguna razón!
 Todo el plan de acción de Curt acababa de desmoronarse ante aquella desastrosa sorpresa. Sabía muy bien que el Emperador del Espacio estaba en estado material, y era, por tanto, vulnerable. Pero no podía dispararle mientras sujetara a Joan Randall.
 El Emperador del Espacio pronunció varias palabras con voz profunda. En obediencia, dos nativos verdes salieron de entre la multitud de adoradores Jovianos. Al momento, se hicieron cargo de la joven maniatada.
 Mientras los Jovianos retrocedían, llevando a Joan, Curt apuntó su pistola para acabar con el super criminal. Pero, mientras los Jovianos se alejaban, el Emperador del Espacio había tocado un botón de su cinturón, y al momento avanzó hacia ellos, pasando a través de ambos Jovianos.
 --¡Demasiado tarde! -Susurró el Capitán Futuro, con un sentimiento de ira ciega.
 ¡Demasiado tarde! El Emperador del Espacio se había vuelto inmaterial, y no había rayo de protones que pudiera herirle.
 De entre la horda Joviana se levantó un gran clamor, cuando vieron a la oscura figura pasando a través de sus camaradas, como si fuera un fantasma irreal. Aquel fue un grito de adoración fanática.
 El Emperador del Espacio se deslizó hacia delante, hasta alcanzar la zona de pavimento que había entre los tambores de tierra. Una vez allí, se giró para encararse con la muchedumbre de Jovianos, dando la espalda al Capitán Futuro.
 Curt pudo distinguir que, cuando estaba en estado inmaterial, el criminal se desplazaba gracias al poder de impulso de unos tubos de fuerza, que llevaba fijados al cinturón. Junto a ellos habïa un pequeño interruptor, que supuso debía ser el mecanismo de control del ingenio desmaterializador del Emperador del Espacio. Aparentemente, el mecanismo que podía devolverle a un estado normal, también se había desmaterializado.
 Los dos Jovianos tendieron en el suelo la pequeña e indefensa figura de Joan Randall, junto al Emperador del Espacio. Luego, regresaron de vuelta a la multitud.
 La voz profunda y pesada de la figura negra se dejó escuchar, dirigiéndose a los Jovianos en su propio idioma.
 --Os transmito una vez más las órdenes de los grandes Antiguos, de quienes soy su último representante vivo, -reverberó su voz.
 Un suspiro de asombrada maravilla recorrió las filas de los nativos.
 --Ya sabéis que los espíritus de los Antiguos están furiosos con los Terrícolas, que han sometido este mundo, -continuó la figura negra-. Ya habéis vistó cómo caía sobre muchos de ellos nuestra maldición, convirtiéndoles en bestias.
 --Lo hemos visto, Señor, -fue la respuesta a gritos de los Jovianos.
 --Ha sido la maldición de nuestra ira la que ha provocado tales cambios, -continuó el Emperador del Espacio-. Antes de que os vayáis de aquí, veréis cómo lanzo dicha maldición sobre esta joven Terrícola.
 El gran corpachón del Capitán Futuro se puso rígido. Aquel maldito intrigante pensaba usar en Joan su terrible arma de regresión...
 --Casi ha llegado la hora, -decía en voz alta el criminal de negro-, en la que deberéis rebelaros, para expulsar a los Terrícolas de este mundo, y apaciguar la ira de los Antiguos. ¿Estáis preparados para ello?
 --¡Estamos listos, Señor! -Respondió fervientemente un enorme Joviano por entre la multitud-. Hemos obtenido muchas armas Terrícolas en la mina de radium, a cambio de nuestro trabajo. Ahora, a lo largo de toda la jungla, las aldeas de nuestro pueblo sólo aguardan la gran señal de los tambores de tierra, para atacar a los Terrícolas.
 --Esa señal os será dada muy pronto... ¡En pocas horas, quizás! -Declaró el Emperador del Espacio-. Cuando llegue el momento, yo os guiaré, y golpearemos a los Terrícolas en la ciudad que ellos llaman Jungletown, y de ahí pasaremos a otras ciudades, hasta que todas sean tomadas. Entonces, YO, el último de los Antiguos, gobernaré en este mundo para vuestro provecho.
 --¡Gobernarás, oh Señor! -Respondieron los Jovianos en un coro ferviente y ensordecedor.
 El Capitán Futuro rebuscó en su cinturón, intentando sacar algo de un delgado contenedor de tungstita.
 --Sólo tengo una posibilidad de llevarme a Joan antes de que ese demonio la contagie con el brote de regresión, -susurró para sí mismo-. La carga de invisibilidad...
 El Capitán Futuro extrajo de su cinturón el pequeño mecanismo que había estado buscando. Se trataba de un aparato con forma de disco, que era uno de los mayores secretos de Curt y Simon Wright.
 Lo presionó, y se lo colocó en lo alto de la cabeza. Sintió la fuerza invisible que manaba desde arriba, bañando todas las fibras de su cuerpo, con una extraña comezón.
 El pequeño instrumento podía bañar cualquier materia con una carga de fuerza, que provocaba que la luz fuera refractada a su través, haciendo que fuera invisible. Pero la carga era sólo temporal, y duraba unos diez minutos. Cuando dicha carga se disipaba, la materia volvía a ser visible.
 El Capitán Futuro, mientre iba volviéndose invisible, sintió cómo una obscuridad absoluta se cernía a su alrededor. Dado que toda la luz era refractada alrededor suya, se hallaba ahora en completa oscuridad. ¡No veía nada! Cuando sus ojos no fueron capaces de distinguir luz alguna, supo, finalmente, que se había vuelto completamente invisible.
 Sin hacer el menor ruido, Curt empezó a moverse por la esquina del edificio en ruinas, desplazándose en medio de la negrura absoluta.
 El Capitán Futuro era capaz de moverse en aquellas tinieblas que le rodeaban casi tan bien como si pudiera ver. Su afinado sentido del oido y el tacto, junto con su larga práctica, le permitían hacer lo que ningún hombre había sido capaz de llevar a cabo.
 Se deslizó a tientas por las ruinas. Sabía que, de ser visible, ahora estaría siendo percibido por varios miles de Jovianos. Podía escuchar al Emperador del Espacio, que seguía hablando con su voz profunda, distorsionada por su casco, exhortando a los nativos verdes.
 Curt se arrastró hacia aquella voz. Moviéndose con absoluto cuidado, siguió avanzando hasta acercarse a Joan. Podía escuchar su respiración asustada y entrecortada. Con su mano invisible, le tapó la boca, y notó cómo el cuerpo de la joven se agita con súbita alarma.
 --Soy yo... el Capitán Futuro, -murmuró en el oido de la joven, susurrando muy bajo-. Quédate quieta y te desataré.
 Sintió cómo Joan se tensaba, y luego se relajaba. Tanteó entonces sus ataduras, y descubrió que se trataba de gruesas cuerdas de metal.
 Curt no podía desatar esas cuerdas, ni tampoco romperlas. Frenéticamente, tanteó en su cinturón, hasta extraer un pequeño instrumento cortante. Lentamente, para no provocar ningún sonido, fue cortando los alambres.
 --No te incorpores, -murmuró a la joven-. Yo te arrastraré lentamente hacia las ruinas. Si los Jovianos se dan cuenta, tendremos que echar a correr.
 Agarró a Joan con firmeza, asiéndola de los hombros. Entonces, con infinito cuidado, para no hacer ruido, fue alejando a la joven del Emperador del Espacio.
 Envuelto en la oscuridad, Curt escuchaba, en tensión, esperando oir alguna señal de que habían sido descubiertos. Pero no escuchó ningún sonido de alarma de la horda Joviana. Al estar escuchando con tanta adoración a su líder, Curt supuso que no prestaban atención a la medio oculta figura de la muchacha.
 El Capitán Futuro comenzaba a ver cumplidas sus esperanzas, cuando escuchó un grito salvaje de uno de los Jovianos de la multitud.
 --¡Mirad! ¡Un espíritu de los Antiguos se nos está apareciendo!
 En ese mismo instante, algunos rayos de luz empezaron a penetrar en la absoluta oscuridad en la que se movía Curt.
 Miró hacia abajo y vió su propio cuerpo. Sus diez minutos de invisibilidad habían concluido. ¡Se estaba volviendo visible de nuevo!
 


CAPITULO XV
La Perdición de un Terrícola


 Se produjo un sielcio incómodo en la pequeña oficina de las minas Jovianas, mientras Simon Wright, Grag, y el disfrazado Otho se daban cuenta de la situación.
 Mark Canning se hallaba ante el increible trío de compañeros, y sus ojos evidenciaba el miedo que le inspiraban. El rostro del joven capataz de minas estaba contorsionado, como si luchara por reprimir una fuerte emoción.
 --Estoy seguro de que sabes lo que le ha pasado a Joan, Canning, -carraspeó el Cerebro-. Será mejor que nos lo digas rápidamente.
 --Les digo que no sé nada, -aseguró Canning desesperado, con voz ronca y pastosa.
 --¡Sabes que podemos hacerte hablar! -susurró Otho con tono amenazador y unos ojos que parecían arder-. ¿Donde está la chica? ¿Donde está el Capitán Futuro?
 Grag avanzó un paso con estruendo, acercándose al joven y levantando una de sus enormes manazas de metal.
 --¿Le saco la verdad como tú ya sabes, Simon? -Tronó el gran robot.
 Mark Canning apeló desesperado a Ezra Gurney, que se encontraba junto al trío inhumano.
 --¡Sheriff Gurney! ¡No puede permitirles que me hagan daño! -Gritó con voz roca el aterrorizado joven.
 El rostro ajado de Ezra Gurney estaba muy serio, y sus ojos azules le miraron con frialdad.
 --En esto, estoy de acuerdo con ellos, Canning, -dijo, sin comprometerse-. Algo le ha sucedido a la muchacha, y tú vas a decirnos qué.
 Canning se giró hacia la puerta, pero antes de que pudiera acercarse a ella, Otho le interceptó con cegadora rapidez.
 El androide le arrastró de vuelta a su sitio, a pesar de las protestas del joven.
 --¡Es tan culpable como el mismísimo diablo, o no hubiera intentado escaparse de ese modo! -Exclamó Ezra Gurney.
 --¿Qué está pasando aquí? -Quiso saber una nueva y asombrada voz, desde la puerta.
 Ante ellos se hallaba Sylvanus Quale, y junto a él se encontraba el vice-gobernador, Eldred Kells. El rostro macilento del Gobernador observaba, asombrado, el extraño retablo que representaban el Cerebro, el robot, el androide y los dos Terrícolas.
 Quale y Kells entraron al momento, y Canning no perdió tiempo a la hora de apelar al Gobernador.
 --¡Los camaradas del Capitán Futuro planeaban torturarme! -Exclamó.
 --No habría sido tan mala idea, -dijo Gurney.
 El Sheriff le contó al Gobernador todo lo sucedido, y le mostró la insignia de policía que habían encontrado en el suelo.
 --¿El Capitán Futuro y Joan desaparecidos? -Exclamó Quale. Su rostro adoptó una expresión extraña-. Ya me temía yo que había problemas, aquí, en Jungletown. Por ese motivo hemos volado hasta aquí, a comprobarlo en persona.
 --¿Creen que Canning pudiera ser el Emperador del Espacio? -Exclamó excitado Eldred Kells.
 --¡No lo soy... no lo soy! -Aulló Canning. Su rostro estaba contorsionado, y su voz casi resultaba irreconocible.
 --¿Donde está Lucas Brewer, -quiso saber Quale, pero no recibió respuesta.
 --Brewer puede estar en la mina, o bien puede hallarse por ahí, tendido, en cualquier parte de Jungletown, -respondió Gurney-. Me da la sensación de que esta noche se va a desencadenar un infierno.
 --¡Y mientras tanto, nosotros aquí, perdiendo el tiempo! -Siseó Otho fieramente.
 --Será mejor que hables rápido, Canning, -carraspeó Simon Wright presionando al joven capataz-. Grag y Otho te harán cosas muy desagradables si no lo haces.
 Canning perdió completamente la compostura. Comenzó a balbucear con voz ronca:
 --¡Les diré lo que sé! No sé nada sobre el paradero del Capitán Futuro, pero, esta noche, a Joan se la llevó de aquí el Emperador del Espacio, porque nos vio hablar.
 --¿Entonces eres cómplice del criminal? -Insistió Simon al momento.
 Mark Canning asintió lentamente, como atontado.
 --Si, -musitó-. No tiene sentido negarlo.
 --¿Quién es el Emperador del Espacio, Canning? -Quiso saber el Cerebro.
 --No lo sé, -cloqueó Canning-. Nunca llegué a saber quién era.
 --¡Dinos la verdad! -Siseó Otho con voz amenazante.
 --¡Estoy diciendo la verdad! -Farfulló Canning, aturdido-. Yo no era más que un peón para el Emperador del Espacio, al igual que Orris, Skeel y tantos otros. El Emperador del Espacio nunca se aparecIó ante mi sin llevar encima su traje, que le ocultaba. Y siempre permanecía inmaterial. No corría ningún riesgo.
 Canning parecía esforzarse por encontrar las palabras. Su mirada se volvió un poco más salvaje, y cuando siguió hablando, su voz pareció más pastosa y balbuceante.
 --Me dijo que no tardaría en hacerse con el poder supremo, aquí, en Júpiter, y que yo compartiría dicho poder si le ayudaba. Y yo accedí, como un estúpido. Luego, cuando comenzaron los casos de atavismo, me di cuenta de que era él el que provocaba ese horror.
 "Me dijo que había encontrado poderes que iban más allá de la ciencia Terrícola, y que uno de ellos era la fuerza que causaba la regresión. La estaba empleando con los Terrícolas, al azar, para provocar horror, desmoralización, y para influir en los supersticiosos Jovianos, mediante los cuales espera conseguir el dominio de todo el planeta. Provoca la enfermedad regresiva mediante un rayo invisible. En ese momento, sus víctimas no notan nada, pero, pocos días después, comienza el horrible cambio.
 --¿Y usted le estaba ayudando? -Exclamó Eldred Kells, mirando al joven con asco.
 --Tenía que obedecerle. ¡Me daba miedo! -Gritó Canning con voz ronca-. Ese diablo negro me amenazaba cada vez más, debido a mis protestas ante el horror que estaba provocando.
 --Te dijo exactamente cuándo pensaba liderar a los Jovianos contra las ciudades Terícolas? -Quiso saber Simon Wright.
 Mark Canning asintió aturdido.
 --Si, dijo que...
 Canning se detuvo, incapaz de emitir más palabras, y con sus ojos brillando de un modo extraño. Incómodo, e intranquilo, se pasó una mano por la cara.
 --Dijo que... -comenzó de nuevo, con voz temblorosa.
 Pero, una vez más, su voz pastosa se interrumpió. Comenzó a mirarles, con los ojos vacíos, carentes de expresión.
 --Pero... -dijo con voz ronca-. Me siento...
 --¡Cuidado! -Aulló Ezra Gurney en ese instante.
 El contorsionado rostro de Mark Canning adoptó de repente una mueca animal. Sus labios se contrajeron, mostrando los dientes, mientras sus ojos brillaban con una nueva luz, con un brillo bestial.
 Gruñendo como una fiera rabiosa, se liberó de la presa de Otho con un sobrehumano acceso de fuerza, y se arrojó a la garganta de Sylvanus Quale.
 --¡Grag... agárrale! -Exclamó Simon Wright.
 El robot asió al enloquecido Canning y le apartó de Quale. El enfermo forcejeó ferozmente, mordiéndose los labios, hasta que el puño metálico de Grag le dejó sin sentido.
 Canning cayó al suelo inconsciente. Incluso en plena inconsciencia, su rostro mostraba unos rasgos bestiales.
 --¡Buen Dios! -Murmuró Ezra Gurney-. ¡Ha contraido la enfermedad!
 Durante un momento, se produjo un incómodo silencio. Y, en medio de aquel silencio, les llegó, desde el norte, el persistente retumbar de los tambores de tierra Jovianos.
 ¡Boom! ¡Boom! Tronaban en la lejanía, una vibración amenazante que más que oirse se sentía.
 --Canning dijo que últimamente le daba miedo el Emperador del Espacio, -carraspeó Simon-. Tenía motivos para estar asustado. Sus protestas contra el horror atávico debieron hacer que ese demonio negro sospechara de él, y le aplicara el mismo tratamiento.
 --¡Y no tenía ni idea de que tenía dentro ese veneno... hasta ahora mismo! -Exclamó Ezra Gurney visiblemente impresionado.
 --Pero ¿Qué pasa con el jefe, Simon? -Preguntó Grag, con ansiedad.
 La inquebrantable devoción que el robot profesaba al Capitán Futuro, quedaba, como siempre, de manifiesto.
 --Vamos a buscar a Curtis, -declaró Simon-. Primero miraremos en la mina de Brewer, que es donde tu dijiste que había ido, Ezra.
 --¡Voy con vosotros! -Declaró Ezra Gurney al instante.
 --Ustedes pueden llevar a Canning al hospital, -sugirió el Cerebro a los atónitos Quale y Kells-. Y cuando estén allí, díganles que ahora contamos con una cura contra las regresiones, que emplearemos en las víctimas en cuanto volvamos.
 --¿Una cura? -Repitió Quale sin dar crédito a sus oidos.
 --Vamos... ¿A qué estamos esperando? -Interrumpió Otho-. Salgamos de aquí.

 Los tres compañeros inhumanos y Ezra Gurney avanzaron en la noche. Caminaron por calles traseras, envueltos en las sombras, hasta llegar al borde de la ciudad, donde les esperaba El Cometa.
 Poco después, con Grag a los controles, la pequeña nave con forma de gota se dirigía hacia el norte, sobre la jungla iluminada por las lunas. Otho aprovechó esa pausa para quitarse el disfraz de Joviano.
 Gurney fue guiando el camino. La pequeña concentración de luces de la mina de Brewer no tardó en hacerse visible, y, con un sonido apagado, el Cometa aterrizó frente a las oficinas iluminadas.
 Al entrar en el edificio de oficinas se encontraron a media docena de hombres atados a las sillas. Los sujetos, rendidos ya a lo inevitable, y con la esperanza de obtener un trato de favor en su juicio, les hablaron de la visita del Capitán Futuro, y de cómo habían traficado con armas con los nativos.
 --¡Les han dado armas a los Jovianos! -Gritó airado Ezra Gurney-. ¡En el nombre del Cielo, por este crimen, Brewer pasará el resto de su vida en la prisión de Cerbero!
 Se acercó a la telepantalla y llamó al Cuartel General de la Policía Planetaria, en Jungletown.
 --Mandad aquí una nave, para recoger a varios prisioneros. Os esperaré aquí, -dijo el Sheriff-. ¡Y si por casualidad os topáis con Lucas Brewer, arrestadle de inmediato!
 --Nosotros no nos quedaremos aquí, -dijo Simon al Sheriff-. Si Curtis no está aquí, eso significa que ha acudido al encuentro de los Jovianos con el Emperador del Espacio... ese encuentro del que Otho nos traía noticias.
 --¡El lugar se halla tan sólo un poco al oeste de aquí! -Exclamó Otho-. Son unas ruinas, que los jovianos llaman el Lugar de los Muertos.
 --Pues entonces, vamos allá. -Tronó Grag.
 --Id pues... os veré en cuanto haya llevado a estos tipos a Jungletown, -dijo Gurney-. ¡Y salvad a la chica, si podéis!

 El Cometa se elevó en la noche joviana, con tan sólo sus tres insólitos tripulantes. Cruzó la oscuridad como una estrella fugaz, sobrevolando la jungla e dirección oeste.
 El tañido de los tambores de tierra había cesado para entonces, y aquel hecho ominoso puso en guardia al extraño trío.
 --¡Allí está el lugar! -Exclamó Otho, mirando hacia delante con sus brillantes ojos verdes-. Ese gran claro de ahí...
 El siniestro destello de un rayo mortal se dejó ver entre un grupo de figuras, que parecían pelear entre las ruinas iluminadas por la luna.
 
 

CAPITULO XVI
La mazmorra más profunda


 El Capitán Futuro se dió cuenta de que su camuflaje había desaparecido. La carga de invisibilidad se estaba disipando por momentos, y ya casi era visible del todo.
 La horda de Jovianos emitió un coro de gritos y avanzó hacia él. La oscura forma del Emperador del Espacio se había dado la vuelta, y el misterioso villano exclamó en voz baja, asombrado:
 --¡El Capitán Futuro... aquí!
 Luego, el Emperador del Espacio gritó en voz alta a los Jovianos:
 --¡Apresad al espía Terrícola!
 Incitados por aquella orden, los nativos verdes se lanzaron contra él, aullando de rabia.
 Curt se incorporó del todo, empuñó su pistola y disparó contra la siniestra figura de negro. Ahora que había sido descubierto, no perdía nada con realizar otro intento de destruir al oscuro villano.
 Pero aquel intento resultó tan futil como había supuesto. El rayo de protones atravesó la figura inmaterial del Emperador del Espacio sin causarle el menor daño.
 --¡Corre! -urgió Curt a Joan Randall, mientras disparaba-. ¡Yo les contendré...!
 El rayo blanquecino de su pistola se movía como algo vivo, derribando a un Joviano tras otro. El arma estaba ajustada para aturdir, tan sólo. Incluso en aquella situación desesperada, Curt no deseaba matar a aquellos nativos, tan hábilmente engañados.
 Joan se había puesto en pie, pero la joven no intentó escapar.
 --¡No pienso abandonarte, Capitán Futuro! -Exclamó tercamente.
 --¡No seas estúpida! -Gritó Curt, con sus ojos grises ardiendo de furia-. No puedes...
 --¡Capitán Futuro! -Avisó la joven-. Detrás tuyo...
 Curt se dio la vuelta, pero ya era demasiado tarde. Un grupo de Jovianos, que había rodeado a la pareja, se abalanzaron sobre él.
 Durante unos instantes, Curt permaneció erguido, debatiéndose con una fuerza sobrehumana, con el rostro tan rojo como su cabello, alzándose por encima de los hombres verdes que trataban de derribarle. Su pistola de protones le había sido arrebatada, pero sus grandes puños dejaban tatuajes indelebles en las caras de los nativos.
 Pero era aquella una lucha sin esperanza. No tardó en verse deoblgado ante la imparable masa de enemigos. Le arrebataron entonces su cinturón, echándolo a un lado, junto a su pistola.
 En ese momento, le hicieron caer de rodillas, sujeto por tantos Jovianos que la huida resultaba imposible. Contempló a Joan, junto a él, e igualmente apresada.
 --¿Por qué demonios no te fuiste cuando aún tenías una posibilidad? -Increpó Curt a la joven-. Ahora nos va a pasar lo mismo a los dos.
 El Emperador del Espacio, una figura oscura y misteriosa avanzó deslizándose hasta situarse frente a Curt y Joan.
 --Así que, por fín, el famoso Capitán Futuro ha conocido la derrota, -se burló el misterioso criminal.
 Curt se sintió cercano a la desesperación. Aún así, el gran pelirrojo no mostró rastro de ella en su cara, ni tampoco en su voz tranquila, mientras miraba con desdén a la figura de negro.
 --Exactamente... ¿Quién hay bajo ese traje? -Quiso saber-. ¿Quale? ¿Kells? ¿Lucas Brewer?
 El Emperador del Espacio retrocedió, como asombrado por las suposiciones del Capitán Futuro.
 --¡Nunca lo sabrás, Capitán Futuro! -Declaró-. Vas a morir. Y no será una muerte rápida o fácil, sino la más horrible que un hombre pueda imaginar.
 El extraño criminal levantó la voz, en una orden dirigida a los Jovianos que sujetaban al hombre y la mujer.
 --¡Arrojadles en uno de los pozos de los tambores de tierra! -Ordenó.
 El Capitán Futuro se debatió de repente, empleando todos y cada uno de los trucos de super jiu-jitsu que el androide le enseñara. Pero era inútil.
 Él y Joan fueron arrastrados hasta uno de los pozos que habían sido usados para los tambores de tierra. Los Jovianos les asomaron al borde, y luego les dejaron caer.
 Curt cayó durante seis largos metros, estrellándose contra el suelo de tierra. Joan cayó a su lado.
 --No estoy herida, -dijo ella. Entonces, sus ojos reflejaron horror-. ¿Acaso nos va a dejar aquí hasta que nos muramos de hambre?
 --Me temo que esto va a ser mucho peor y más diabólico que morirse de hambre, -respondió el gran pelirrojo.
 Miró hacia arriba. Las paredes de tierra del pozo se iban estrechando conforme el agujero subia, y en la pequeña abertura de lo alto pudo ver a varios Jovianos, armados con rifles de rayos, mirando hacia abajo.
El casco negro del Último Antiguo se asomó por el borde de la sima, perfilándose contra el brillo de la luz de las lunas. El Archi-criminal se inclinó hacia abajo, mirándoles directamente.
 Curt vio que el Emperador del Espacio era, de nuevo, material, ya que, en la mano, llevaba un objeto pequeño y plano, similar a una linterna, con una gran lente traslúcida en una de sus caras.
 --Querías saber cómo produzco ese efecto de regresión evolutiva, Capitán Futuro, -se mofó el villano-. Pues ahora vas a ver satisfecha tu curiosidad.
 Mientras hablaba, levantó el pequeño instrumento.
 --Este aparato produce una vibración ultra-sónica que paraliza la pituitaria de cualquier ser vivo, provocando la reacción de atavismo, -murmuró la figura de negro-. Permíteme que te haga una demostración.
 --¡Atrás, Joan! -Aulló el Capitán Futuro, empujando a la joven contra la pared y protegiéndola con su propio cuerpo.
 Pero era demasiado tarde. Las lentes del aparato que sostenía el Emperador del Espacio se iluminaron por un instante, y un rayo pálido, casi invisible, bañó las cabeza de Curt y Joan. Ambos notaron una momentánea sensación de frío.
 Joan gritó horrorizada. Curt sintió una furia ciega y rugiente. Lo único que había notado había sido aquella sensación temporal de frío, pero sabía que el mal ya estaba hecho. Su pituitaria y la de Joan estaban paralizadas, e, inevitablemente, ambos iban a sufrir la regresión...
 --¡Ahora tu también sufrirás el cambio, Capitán Futuro! -Se burló la siniestra figura negra-. En el fondo de esa sima, tu y la chica os iréis volviendo cada vez más monstruosos conforme pasen los días. Y pienso dejar a quí a unos cuantos de mis fieles Jovianos, para que se aseguren de que permanecéis ahí abajo, sufriendo.
 Curt logró mantener la voz firme, haciendo un esfuerzo supremo, mientras miraba hacia arriba, a la burlona figura de su enemigo.
 --Jamás le he prometido la muerte a un hombre sin cumplir, tarde o temprano, mi promesa, -dijo en voz alta-. Y ahora, te prometo que te mataré.
 No dijo más. Pero hubo algo letal en su tono de voz, que provocó un estremecimiento en el Emperador del Espacio.
 --No hay un sólo Terrícola, ni siquiera tu, que pueda hacerme daño, protegido como estoy por la inmaterialidad, -se regocijó el criminal-. ¡Y me parece que olvidas que, tanto tu como la chica, no tardaréis en convertiros en unas bestias repugnantes!
 El Emperador del Espacio se retiró. Escucharon cómo los Jovianos recibían las órdenes del villano, y se marchaban. No obstante, algunos pocos se quedaron de guardia, en lo alto del pozo. Desde el fondo, se escuchaban sus voces excitadas.
 Joan Randall miraba al Capitán Futuro con sus ojos oscuros bañados de horror y perplejidad. Era como si la joven aún intentara asimilar lo que había sucedido.
 --Nos... vamos a convertir en bestias aquí abajo, -musitó con voz ronca-. A cada día que pase... cambiaremos más y más...
 La corpulenta figura de Curt se acercó a ella, agarrándola por los hombros y sacudiéndola.
 --¡Joan, haz el favor de sobreponerte! -Ordenó bruscamente-. No tenemos tiempo de ponernos histéricos. Estamos en un apuro de mil demonios, y vamos a necesitar de todo nuestro ingenio y sangre fría para salir de él.
 --¡Pero si NO podemos salir! -Sollozó la joven-. Esos Jovianos de ahí arriba nos matarían si, por casualidad, lográramos salir de este pozo. Y aunque lo consiguiéramos, cambiaríamos más y más... como esos horrores que vimos en el hospital...
 La muchacha enterró el rostro entre sus manos. Curt la abrazó y le habló con tono tranquilizador.
 --Tenemos muchas probabilidades de escapar al cambio regresivo si logramos escapar de aquí, y regresar rápidamente a Jungletown, -le dijo-. A estas alturas, Simon Wright ya debe de haber encontrado una cura. Estaba trabajando en ella cuando me marché.
 La muchacha levantó el rostro, mojado de lágrimas.
 --Lo... siento, -dijo, algo incómoda-. No es que tenga miedo a la muerte, pero esa transformación...
 --¡No vamos a morir ni a transformarnos! -Declaró Curt con energía-. Harán falta muchas horas, puede que días, para que la parálisis de nuestras pituitarias comience a afectarnos un poco. Eso nos concede un tiempo bastante razonable para intentar salir de aquí.
 Guardó silencio unos instantes. Entonces, sus ojos brillaron con un destello, y añadió:
 --Además, tenemos que conseguirlo, no sólo por nuestro propio bien, sino también para evitar que ocurra algo terrible. ¡Ese demonio negro está incitando a los Jovianos para que ataquen todos los asentamientos Terrícolas, y ese ataque se va a llevar a cabo en pocas horas!
 Apretó los puños con rabia.
 --Ahora tengo una idea de cómo derrotar al Emperador del Espacio... es el único modo. Pero no voy a poder hacer nada si sigo aquí, atrapado.
 --No estarías en esta situación si no hubieras intentado rescatarme, -dijo Joan, con un claro sentimiento de culpa.
 --Joan, ¿Por qué motivo te secuestró el Emperador del Espacio? -Preguntó el Capitán Futuro-. ¿Llegaste a ver quién es realmente?
 --No sé quién puede ser, -replicó la temblorosa joven-. Pero sé de alguien que creo que lo sabe.
 Comenzó a explicarse, algo insegura todavía.
 --Nada más caer la noche, me escabullí del hospital de Jungletown, y fui a vigilar a Lucas Brewer y Mark Canning en su oficina. Me asomé a una ventana.
 "¡Vi a Mark Canning, en la oficina, hablando con el Emperador del Espacio! Era tal como lo habías descrito, con ese traje negro que lo ocultaba. Entonces, mientras yo miraba, Canning me descubrió en la ventana, y se hizo a un lado. Intenté escapar, pero algo me golpeó en la cabeza, y caí inconsciente. Cuando desperté, estaba maniatada, y volaba en la nave del Emperador del Espacio.
 A Curt Newton se le erizó el cabello.
 --¡Entonces Mark Canning es cómplice del Emperador del Espacio!
 Entrecerró los ojos.
 --Al menos, eso elimina a Canning de mi lista de cuatro sospechosos. Pero los otros tres...
 --Capitán Futuro, ¿De verdad crees que tenemos alguna esperanza de salir de aquí? -Le interrumpió Joan-. ¿Podemos cavar escalones y trepar hasta lo alto de esta sima?
 --Eso no nos ayudaría demasiado, teniendo en cuenta a esos Jovianos que hay en lo alto, -dijo Curt. Examinó con atención las paredes de tierra oscura del pozo-. Pero debe de haber algún modo.
 Curt se había visto reducido a la sola fuerza de sus manos. Privado de su pistola y de su cinturón, había sido desprovisto de todos los instrumentos que habría podido emplear para escapar. Hasta le habían quitado su telepantalla de bolsillo.
 Joan se sentó en el suelo de tierra.
 --Nunca podremos salir, -dijo, vencida por la desesperanza-. Nos convertiremos en bestias inmundas, y moriremos aquí abajo.
 --¡Al diablo con eso! -Declaró el Capitán Futuro-. Yo he estado encadenado a una roca, en el lado caliente de Mercurio, abandonado allí para morir abrasado. Y no morí.
 Su aguda mente trabajaba a toda velocidad para encontrar algún modo de salir de aquella trampa. Paseó alrededor del oscuro pozo, inspeccionando detenidamente las paredes de tierra.
 De repente, Curt se detuvo a escuchar. Su oido había detectado un débil sonido, que resultaba casi inaudible. Velozmente, aplicó su oreja a la pared de tierra. Ahora podía oirlo con más claridad... era un sonido como de algo que se arrastrara... como de algo que royera...
 --¡Es un "cavador"! -Exclamó en voz baja, dirigiéndose a la joven-. No creo que esté a más de unas pocas decenas de metros de nosotros, al otro lado de esta pared.
 Joan se estremeció ante la mención de los horripilantes moradores subterráneos que poblaban el suelo bajo las junglas Jovianas.
 --Espero que no venga hacia nosotros, -dijo, temerosa.
 --¡Por el contrario, nos interesa que venga hacia nosotros! -Dijo el Capitán Futuro-. ¿No lo entiendes? Los túneles de los cavadores están conectados unos con otros, y se abren en muchos lugares hasta llegar a la superficie. ¡Podría ofrecernos un modo de salir de aquí!
 --Pero si la criatura entra en el pozo nos atacaría... -comenzó a decir la joven, aterrorizada.
 --Podré encargarme de ella, -dijo Curt-. Lo que tenemos que hacer ahora, es atraer a la bestia, para que se dirija hacia nosotros.
 El traje espacial de Curt contaba con una ingeniosa cremallera metálica. Con rapidez, descosió una parte de la cremallera, y, con ella, se hizo un corte en la muñeca.
 Cuando la sangre comenzó a manar del corte, Curt la fue restregando sobre la pared de la sima. Luego, rápidamente, se vendó la muñeca con una tira de tela de su traje.
 --Esas criaturas pueden sentir la sangre a cientos de metros de suelo sólido, -dijo a la muchacha-. Creo que esto le atraerá hacia aquí.
 Un momento después, escuchó que el sonido producido por el "cavador" se hacía cada vez más cercano y audible.
 --¡Ya viene! -Exclamó.
 Joan se apretó contra la pared del otro extremo del pozo.
 El Capitán Futuro, velozmente, se dedicó a arrancar la mayor parte de los cierres de cremallera de su traje. Cuando hubo conseguido varios metros del material metálico, se dedicó a anudarlos, y confeccionó un lazo con un nudo corredizo.
 Para entonces, el sonido de tierra raída provocado por el "cavador" se había vuelto intranquilizadoramente audible, y algunos montones de tierra comenzaban a removerse en un punto de la pared. Curt aguardó junto a aquel lugar, con el lazo corredizo listo en una mano.
 --¡Ya lo tenemos aquí... no hagas ningún sonido! -murmuró.
 Joan emitió un aterrorizado murmullo un momento después. Desde la pared, había caido al suelo un gran montón de tierra, y, a través de la abertura producida, se observaba el hocico y las mandíbulas de una criatura extraña y amenazadora.
 El cavador parecía una mezcla entre un gusano y una rata gigante de dos metros, con una cara ancha y plana, que se abría en unas tremendas mandíbulas, desde las que unas fauces planas y descomunales se encargaban de abrir el camino, excarvando.
 Sus ojillos rojos se posaron en Joan Randall, y saltó al pozo, en dirección a la muchacha. Curt arrojó su lazo con destreza.
 El lazo se anudó alrededor de la enorme cabeza peluda de la bestia, y Curt lo apretó cruelmente a la altura del cuello. Con un bestial quejido de dolor, la criatura se dio la vuelta. Pero el Capitán Futuro se hizo a un lado, evitando su acometida.
 Se produjo entonces una confrontación extraña, brutal y casi inaudible, mientras la criatura se esforzaba por alcanzar al hombre. Poco después, sus movimientos se hicieron más lentos, y terminó cayendo hacia un lado, inmóvil.
 --¡Ya está listo! -Exclamó Curt-. Vamos... salgamos de aquí, antes de que el tunel se desplome.
 Se arrastró hasta el interior del recién creado pasadizo, que acababa de ser excavado por la feroz bestia. Estaba repleto de tierra suelta, pero el Capitán Futuro avanzó ciegamente, envuelto en la oscuridad, mientras Joan, con valentía, se arrastraba detrás de él.
 Poco después, la estrecha senda se abrió hasta un túnel más amplio, en el que podían andar ligeramente agachados.
 --Este es un túnel regular de los cavadores, -dijo Curt-. Puede que conduzca a la superficie.
 Siguieron avanzando, casi sofocados por la opresiva atmósfera del interior de la tierra. Las esperanzas del Capitán Futuro comenzaron a aumentar cuando el túnel empezó a ascender ligeramente. La oscuridad era absoluta.
 En pocos minutos, emergieron de súbito en una estancia mucho más grande que el pequeño túnel. Ya podían permanecer totalmente erguidos. Pero también allí, el aire estaba viciado, y apestaba con el hedor de los huesos putrefactos de animales muertos.
 --¿Donde estamos? -Preguntó Joan intranquila-. Yo creía...
 --¡Silencio! -Susurró el Capitán Futuro-. Mira... ¡Esos ojos...!
 En medio de aquella oscuridad absoluta, una docena de pares de ojos rojos, que brillaban con una fosforescencia antinatural, les observaban atentamente.
 --¡Hemos caido en medio de un nido de cavadores! -Susurró Curt-. ¡Y nos han visto!
 


CAPITULO XVII
La Cámara de los Horrores


 Joan emitió un grito de horror. Tras escuchar aquel sonido, los fosforescentes ojos rojos de las bestias comenzaron a avanzar hacia ellos.
 El Capitán Futuro empujó a la joven detrás suyo, contra la pared de tierra de aquella caverna subteránea, y esperó el ataque de las bestias carnívoras.
 --¿No podemos escapar retrocediendo por el túnel? -Susurró frenéticamente Joan, en la oscuridad.
 --Nos alcanzarían en menos de un minuto, y en ese pasaje tan estrecho no podríamos darnos la vuelta para luchar, -evaluó Curt-. Aquí, al menos podremos presentarles batalla.
 La escena bastaba para afectar los templados nervios del Capitán Futuro. Tinieblas absolutas. Una atmósfera sofocante repleta de un hedor espantoso, y aquellos ojos rojos avanzando implacables.
 Apretó los puños, sabiendo bien que le iban a resultar inútiles contra las fauces de todas aquellas bestias. Y, aún así, no pensaba caer sin luchar. Lucharía... igual que había hecho en otras ocasiones, en las que parecía no haber esperanza, desde Mercurio hasta Plutón.
 Curiosamente, en aquel momento, la emoció básica que Curt sentía era la ira. Le llenaba de ira pensar que el Emperador del Espacio continuaría, impune, con su insano plan, y que Júpiter se volvería un infierno de horror, para satisfacer las ambiciones de un loco.
 --¡Mira! -Exclamó Joan de repente-. ¿Qué es eso?
 El Capitán Futuro lo vio al instante. Era algo que parecía deslizarse hacia abajo, hasta el nido de cavadores, desde uno de los túneles que allí confluían. Era algo vagamente líquido y brillante.
 Parecía una marea viscosa de una gelatina extrañamente resplandeciente, que se deslizaba suavemente hacia abajo, por la pared de tierra. Su visión provocó en Curt un estremecimiento de terror.
 --¡Es un "reptante"! -Exclamó con voz ronca.
 --¿Un reptante? -La voz de Joan se quebró ante la sola mención de la más temida de todas las bestias de Júpiter.
 Pues los reptantes eran, casi, la forma de vida más peligrosa de aquel planeta. Se trataba de enormes masas viscosas de protoplasma, que se arrastraban por el suelo, en una especie de flujo contínuo, y que hacían presa de sus víctimas mediante pseudópodos, que extendían hasta dar con ellas. Al principio, los exploradores Terrícolas los habían considerado una forma de vida poco evolucionada.
 Pero ahora se sabía que los reptantes poseían un tipo de inteligencia muy alta, y misteriosa. Todas las criaturas de Júpiter se asustaban a su paso. Y, ahora, Curt tenía una prueba visual de que podían descender por los túneles de los cavadores, para buscar nuevas presas.
 Los cavadores que avanzaban hacia Curt y Joan no habían visto la deslizante amenaza que acababa de entrar detrás de ellos, pues sus ojos se hallaban aún posados en el hombre y la muchacha. Entonces, Curt vio cómo la criatura viscosa y resplandeciente alargaba un pseudópodo, y agarraba con él a uno de los cavadores.
 El aire se llenó de chillidos, y los cavadores se dispersaron en todas las direcciones, en un esfuerzo salvaje por escapar por los túneles.
 Mientras, el reptante, con dos ojos enormes brillando fríamente en medio de su cuerpo sin forma, se irguió, y lanzó otro pseudópodo en dirección a otra de las bestias ratunas y vermiformes.
 --¡Salgamos de aquí antes de que esa cosa nos atrape también a nosotros! -Exclamó el Capitán Futuro-. Rápido, por el túnel por el que ha bajado...
 Asió a Joan de la mano y corrió por la caverna de tierra, que se había convertido en una cámara de los horrores.
 El reptante, intentando atrapar todas las bestias que le fuera posible, no reparó en la presencia del hombre y la muchacha, hasta que penetraron por el túnel por el que él mismo había bajado.
 Entonces, mientras Curt empujaba a la joven hacia arriba, vió cómo el reptante volvía hacia ellos los enormes ojos de su masa viscosa, y les lanzaba un veloz pseudópodo.
 Por medio de la fuerza bruta, el Capitán Futuro lanzó a la joven agente secreto a lo largo del túnel, en un poderosísimo empujón. El pseudópodo de líquido resplandeciente se estrelló en la pared de tierra, justo detrás de ellos.
 Pero ya estaban fuera de su alcance. El brazo viscoso retrocedió. Curt y Joan pudieron oir los chillidos de los cavadores, mientras el monstruo los arrastraba hacia él y los fagocitaba.
 --¡Rápido!- Urgió Curt a la joven-. ¡Esa cosa podría seguirnos! Este túnel debe conducir a la superficie, ya que descendió por aquí.
 Después de unos minutos de precipitada ascensión, trepando por la galería de tierra, vislumbraron encima suyo un círculo de brillante luz.
 Un momento más tarde, salían al exterior, a la brillante luz de las cuatro lunas. Joan se derrumbó, y Curt la sujetó.
 Velozmente, miró a su alrededor. Estaban en la jungla, pero podía avistar las ciclópeas masas de mampostería negra del Lugar de los Muertos, a varios cientos de metros de distancia.
 --Tengo que volver allí, -Dijo rápidamente el Capitán Futuro-. He de encontrar mi pistola y mi cinturón.
 --Pero esos Jovianos que guardan el pozo en el que nos encerraron... -comenzó a decir la joven, llena de pavor.
 --Creo que podré ocuparme de ellos, -dijo él-. Quédate detrás de mi, y no hagas ningún ruido.
 Silenciosamente, con sigilo, avanzó a través de la jungla, en dirección al borde del gran círculo de ruinas.
 Agazapándose al llegar al comienzo de la ciudad en ruinas, miró hacia delante.
 Las ruinas se hallaban desiertas, a excepción de seis Jovianos, que, armados con fusiles de rayos, se sentaban alrededor del pozo de los tambores de tierra, en el que se suponía que Joan y el Capitán Futuro seguían confinados.
 Los ojos de Curt recorrieron el suelo de esa zona, y, por fín, descubrieron lo que estaba buscando. ¡Su cinturón de tugstita y su pistola! Estaban tirados cerca del pozo, en el mismo lugar al que lo habían arrojado los Jovianos, que lo habían reducido por orden del Emperador del Espacio.
 Mediante señas, Curt indicó a la joven que permaneciera escondida, mientras él comenzaba a arrastrarse sigilosamente. Se hallaba sólo a unos metros del cinturón y la pistola, cuando un Joviano lo detectó. El hombre verde dió un alarido y se puso en pie. El Capitán Futuro se lanzó desesperadamente en dirección al arma.
 La alcanzó y apretó el gatillo en el mismo movimiento. Emitió un rayo blanquecino, que alcanzó a los Jovianos mientras éstos levantaban sus propias armas, y les derribó al suelo inconscientes.
 --¡Capitán Futuro, alguien viene! -Gritó Joan Randall, mientras corría por el claro hacia él.
 La luz de la luna dejó entrever una masa oscura, que flotaba en dirección a ellos. Curt levantó velozmente su pistola, pero volvió a bajarla, con una sensación de alivio y alegría.
 --¡Es el Cometa! -Exclamó.
 Corrió hacia la nave con forma de gota, que estaba tomando tierra. De su interior salieron Grag y Otho.
 El gran robot rugió de alegría, y palmeó los hombros de Curt con sus enormes manazas de metal. Otho cargaba con el tanque tetraédrico de Simon Wright.
 --Simon, ¿Has perfeccionado ya la fórmula de la cura para la regresión? -Preguntó muy tenso el Capitán Futuro.
 --Si, muchacho... ¿Por qué lo preguntas? -Dijo rápidamente el Cerebro.
 Curt se lo explicó. Y, al escucharle, Otho dejó escapar un grito de rabia.
 --¡Se ha atrevido a volver ese artefacto contra ti! -Siseó el androide con fiereza.
 Entonces, Grag habló solemnemente.
 --Por haber osado hacer algo así, yo mismo me encargaré, personalmente, de matar al Emperador del Espacio.
 --Llevad dentro a la chica, -dijo el Cerebro rápidamente, dirigiéndose a Curt-. Puedo suministraros al momento una inyección a ella y a ti. ¡Adentro ahora mismo!

 Ya en el laboratorio del Cometa, el Cerebro le dio a Curt las indicaciones oportunas. Al poco rato, las venas del Capitán Futuro y las de la joven, recibieron sendas inyecciones de la fórmula rosada.
 --No me noto diferente, -dijo Joan, dubitativa.
 --Puede que no, pero ahora, ambos estáis a salvo de la regresión, -dijo Simon-. La parálisis de vuestras glándulas ha cesado, antes de que pudiera haber tenido algún efecto sobre vosotros.
 --¿Y ahora qué, muchacho? -Preguntó el Cerebro a Curt.
 --Simon, este asunto se aproxima cada vez más a su climax, -dijo Curt con vehemencia-. El Emperador del Espacio planea conducir a las hordas Jovianas en un ataque contra todos los asentamientos Terrícolas, quizás esta misma noche. La única cosa que detendría a los Jovianos sería la destrucción de ese diablo negro, al que siguen y adoran.
 "No hay ni una sola probabilidad de que podamos hacerle daño al Emperador del Espacio mientras pueda hacerse inmaterial con ese artefacto que tiene para ajustar su vibración atómica. Tenemos que hacernos, también nosotros, con esa tecnología, antes de pensar en ir a enfrentarnos con él.
 --¿Tienes un plan? -Preguntó el Cerebro con gran interés.
 --El único plan posible, y su posibilidad depende de algo que acerté a vislumbrar en esas ruinas, -respondió Curt-. Venid conmigo.
 Volvió a salir al exterior, guiando el camino, y avanzó hacia la gran piedra negra, con forma de esfera, que se alzaba junto a los dos pozos de los tambores de tierra.
 Sobre su superficie, tal como había notado anteriormente, había grabadas las líneas de los continentes y los mares de Júpiter. Contenía incrustaciones plateadas, que había supuesto que bien podrían indicar la localización de las largo tiempo abandonadas ciudades de los Antiguos. Había formado dicha suposición al descubrir que una de esas estrellitas plateadas marcaba la localización exacta del lugar en el que ahora se encontraban.
 El Capitán Futuro volvió a localizar dicha estrellita, que ya antes llamara su atención cuando se encontraba escondido, y tendido en el suelo. A partir de aquella estrella, que marcaba aquella ciudad muerta en la que estaban, se había dibujado una línea con lápiz blanco... una línea que conducía hacia el norte.
 --Estas líneas de rumbos las ha dibujado un Terrícola, -dijo Curt a los demás-. Y el único que tiene probabilidades de haberlo hecho es Kenneth Lester, el joven arqueólogo que desapareció por aquí, hace semanas.
 La línea marcada con lápiz subía derecha hacia el norte, en dirección a otra estrellita plateada, envuelta en un círculo, que estaba situada en el borde sur del grán óvalo rojo, que marcaba con precisión la localización del Mar de Fuego.
 --A partir de esta ciudad en ruinas, Lester dedujo la dirección que le conduciría a otra ciudad de los Antiguos, que se encuentra al norte de aquí, en la orilla del Mar de Fuego, -declaró Curt-. De modo que es ahí donde Lester debió dirigirse.
 --¡Pero no puede haber ninguna ciudad en las orillas del Mar de Fuego! -Objetó Joan-. ¡Pero si nadie podría vivir tan cerca de ese horrible océano llameante!
 --Los Antiguos debían tener allí una ciudad de alguna clase, -insistió el Capitán Futuro-. Aunque, de algún modo, debía de tratarse de un tipo de ciudad diferente, ya que la marcaron con un círculo plateado que rodeaba la estrella que marca su situación.
 --Entonces, tu crees que ahí arriba debe de haber una especie de almacén de conocimientos, en el cual el Emperador del Espacio descubrió los secretos científicos de los Antiguos... ¿No es así? -Preguntó Simon Wright.
 Curt asintió rápidamente con su cabellera pelirroja.
 --Si, eso creo. Y creo también que allí podré conseguir para nosotros el secreto de la desmaterialización, para ppoder luchar con ese diablo en igualdad de condiciones, antes de que pueda llevar a cabo el alzamiento.
 --Es una probabilidad algo remota, muchacho, -murmuró el Cerebro-. Tal como dice Joan, resulta algo difícil creer que pueda haber existido una ciudad de alguna clase en las orillas de ese espantoso mar de llamas.
 --Pues es la única probabilidad que tenemos para detener al Emperador del Espacio, -le avisó Curt-. De modo que tendremos que intentarlo. Salimos para allá ahora mismo, y haré que Grag me acompañe. Podemos ir en la nave cohete que dejé en la mina de radium.
 "Mientras, Otho os conducirá a Joan y a ti de regreso a Jungletown, Simon, -continuó-. Es importante que tu cura para la regresión empiece a funcionar en las víctimas que abarrotan el hospital.
 --¿No podría ir yo contigo, en lugar de Grag? -Objetó Otho en voz alta.
 Curt le silenció de modo terminante.
 --Alguien tiene que llevar de vuelta a Simon y Joan. Y la fuerza de Grag me puede resultar más útil que cualquier otra cosa. ¡Haz lo que se te dice, Otho!
 Refunfuñando, el androide cedió. Luego entraron todos en el Cometa.
 --Déjanos a Grag y a mi en la mina, y allí usaremos la nave cohete, -ordenó Curt.
 Mientras volaban hacia el este, por encima de la jungla de helechos, la mente de Curt trabajaba con una actividad febril. Sentía que, por fín, tenía una posibilidad de igualar las tornas con el siniestro criminal que, hasta el momento, se le había escapado de las manos como si fuera una sombra.
 La pequeña nave con forma de gota aterrizó en el claro de la mina en cuestión de minutos. Ezra Gurney y los prisioneros ya se habían ido. Evidentemente, una nave de la policía debía de habérselos llevado a Jungletown.
 --Ten mucho cuidado ahí arriba, muchacho, -rogó Simon Wright mientras se separaban-. Sabes que sumergirse en ese océano de fuego significa la muerte.
 --Yo cuidaré del jefe, -anunció Grag, henchido de orgullo por haber sido escogido para acompañar al Capitán Futuro.
 El Cometa volvió a despegar, alejándose en dirección sur, hacia Jungletown. Curt y el robot avanzaron hasta dar con la nave cohete, que el primero había dejado al borde de la jungla.
 En pocos minutos, la pequeña nave con forma de torpedo volvía a elevarse sobre la jungla, y se encaminaba hacia el norte, a la máxima velocidad posible.
 Frente a ellos, todo el cielo nocturno estaba invadido por un vívido resplandor escarlata, un brillo cegador de rayos carmesí. Perfilándose negras contra dicho resplandor, se alzaban las escarpadas montañas que bordeaban la orilla sur del Mar de Fuego.
 Al acercarse a las montañas, el resplandor se hizo tan intenso que difícilmente se podía ver lo que había delante. Grag, ligeramente incómodo, se volvió para mirar al Capitán Futuro.
 --¿Sigo acercándome al Mar de Fuego, jefe, o sobrevuelo las montañas? -Preguntó.
 --Mantente sobre las montañas... vamos a hacer un reconocimiento de la costa, -dijo Curt. Y, con una mueca burlona, añadió- ¿No estarás asustado por un poco de lava, no, Grag?
 --Si fuera sólo un poco de lava no me asustaría, -respondió Grag, muy serio-, pero es que en ese océano hay una buena cantidad de ella, jefe.
 Curt se rió.
 --Lo cierto es que si. Pero no creo que llegue a afectarnos... ¡Espero!
 El motor de la nave comenzaba a toser y a quejarse, a pesar de la potencia de sus turbinas: las corrientes eran demasiado fuertes, y las temperaturas del océano llameante demasiado elevadas. El cielo entero se había convertido en un reflejo escarlata del mar de lava fundida.
 Curt sintió que sus músculos se ponían en tensión. Sabía que se dirigían hacia una de las maravillas naturales del Sistema Solar más extraordinarias y peligrosas... una que había reclamado las vidas de casi todos los Terrícolas que se habían aventurado a explorar sus orillas.
 Las llamaradas y los remolinos de humo rodeaban ahora a la veloz nave, mientras volaba sobre las rocosas montañas, en dirección al temido océano de fuego. ¿Serían capaces de sobrevivir a los peligros de aquel fiero mar? El Capitán Futuro comenzó a preguntárselo, temiendo que no fuera así.
 


CAPITULO XVIII
El Durmiente en la Caverna


 ¡El Mar de Fuego de Júpiter! ¡El punto más extraordinario, y a la vez más peligroso del descomunal planeta, del cual se hablaba con respeto desde Mercurio hasta Plutón!
 En aquellos instantes se alzaba ante ellos: un vasto océano de roja lava fundida que se extendía hacia el difuso horizonte y más allá, durante doce mil incontables kilómetros, y, hacia el este y el oeste, el triple de esa distancia. Un océano llameante en un estado líquido permanente, debido al calor radioactivo de su interior.
 La superficie de aquel infernal océano al rojo vivo estaba cubierta de pequeñas olas, y de remolinos hirvientes. Sobre ella, como si fueran genios, danzaban los fuegos fatuos, pequeñas llamaradas aisladas, así como remolinos de humo sulfuroso. El calor que irradiaba resultaba apabullante, incluso a través de los filtros de las ventanas de la nave cohete.
 El Capitán Futuro quedó impresionado al contemplar, (aunque no por primera vez), aquel abismo increiblemente fiero en el que podría caber la Tierra entera.
 --No te acerques más al océano, Grag, -dijo al robot-. Las corrientes de aire caliente podrían atrapar a la nave. Sigue avanzando a lo largo de la costa.
 --Si, jefe, -tronó el robot, girando levemente el rumbo de la nave, en dirección este. Luego añadió- No me gusta nada este lugar.
 --Hasta yo mismo prefiero los campos helados de Plutón, -admitió Curt.
 --No veo nada a lo largo de la orilla, jefe, -dijo Grag.
 --Yo tampoco, -admitió Curt-. Pero debe de haber algo en alguna parte.
 Bajo ellos se extendía la orilla sur del Mar de Fuego. Las olas de lava fundida del llameante océano golpeaban directamente contra los costados de la descomunal formación de roca negra, que hacía las funciones de dique, para mantenerlas en su sitio.
 Las rocosas laderas de las montañas poseían una gruesa costra de lava solidificada, que mostraba las marcas de la marea, así como hasta donde había llegado la lava. Pero no había nada más que ver en aquella costa infernal, y, lo cierto es que parecía imposible que algún otro ser vivo hubiera llegado a poner sus pies allí.
 El Capitán Futuro observaba con suma atención, mientras la nave volaba en dirección este, por encima de la línea de costa. Estaba seguro de que allí debía haber algún tipo de ruinas, o algún vestigio que pudiera señalar el punto que, antaño, había sido frecuentado por los Antiguos.
 La duda comenzó a abrirse paso en la mente de Curt, mientras los kilómetros se sucedían, sin ofrecer ninguna señal visible. Después de todo, se dijo a sí mismo, la única evidencia que habían tenido sobre el asunto, se limitaba al mapa tallado de los Antiguos, que habían consultado en el Lugar de los Muertos.
 Pasó una hora, durante la cual recorrieron lentamente la costa llameante. Curt tomó una repentina decisión.
 --Da la vuelta y vuela hacia el oeste por la costa, Grag, -ordenó-. Puede que sea en esa dirección.
 El robot obedeció, y la nave, a toda velocidad, retrocedió sobre el terreno que ya habían explorado, moviéndose por la costa en dirección contraria.

 Una vez más, observaron con la mayor atención. Aún así, seguía sin haber nada que ver, a excepción de las laderas cubiertas de lava, y el diabólico resplandor rojizo del océano de lava fundida, que se extendía a su derecha.
 Hálitos de aire sulfuroso y aullantes corrientes de gases hiper calientes aullaban a su alrededor. La pequeña nave cohete se zarandeaba incómoda, pero Grag la obligaba a mantenerse firme, sobrevolando aquella terrible costa.
 --¡Aminora! -Exclamó de repente el Capitán Futuro, tensando su corpulenta figura.
 Había creido ver algo un poco más adelante... una extraña abertura en la orilla de roca, al borde del mar de lava.
 La examinaron de cerca, flotando inmóviles sobre aquel lugar. Curt Newton dejó escapar una exclamación.
 --¡Este podría ser el lugar que estamos buscando, Grag! -Declaró.
 --Pero si yo no veo nada, jefe... como no sea un agujero redondo en plena ladera, por el cual está penetrando la lava fundida, -tronó el robot, extrañado.
 Bajo ellos había una enorme abertura circular, que se adentraba en el interior de la ladera de las montañas, y que comenzaba justo en el punto en que la lava golpeaba contra la roca.
 Como resultado de ello, la lava penetraba en una marea incesante por la parte baja de la apertura, provocando un sonido que recordaba a la reberberación de un trueno.
 --Allí abajo, en la roca, debe haber un gran espacio cavernoso de alguna clase, -declaró el Capitán Futuro-. Y esa apertura circular que conduce a su interior, es demasiado redonda como para ser natural. Parece como si hubiera sido realizada de forma artificial, en un pasado lejano.
 --¿Crees que el lugar de los Antiguos que estamos buscando está dentro de ese agujero? -Preguntó Grag incrédulo.
 --Es una posibilidad, -dijo Curt-. No hemos visto hasta ahora ningún lugar que pudiera parecerse a lo que estamos buscando. Investigaremos éste.
 --Pero ¿Cómo bajaremos hasta allí? -Tronó Grag intrigado-. No parece que haya ninguna otra apertura excepto esa, y por allí está entrando la lava, jefe.
 Curt sonrió al enorme robot.
 --Cuando sólo hay una puerta para entrar, uno no puede equivocarse, Grag. Entraremos por allí.
 Grag estaba perplejo.
 --¿Vamos a bajar hacia esa apertura y penetrar por ella junto a la lava fundida? Casi no hay sitio para que entre la nave, sin quedar atrapada por las llamas y la roca fundida.
 --El sitio justo es tanto como un año luz, -dijo Curt, encogiéndose de hombros-. Desciende, Grag.
 Curt dio aquella orden con frialdad, pues conocía muy bien la naturaleza peligrosa del descenso que estaban a punto de intentar.
 Él mismo se habría encargado de los controles, de no haber sabido que aquello sería interpretado por el robot como una falta de confianza por su parte. Y tenía una fé absoluta en la habilidad de Grag.
 Grag movió los controles con delicadeza, mientras sus ojos fotoeléctricos miraban hacia abajo. La pequeña nave cohete descendió suavemente hacia la oscura y estrecha abertura, a través de la cual manaba, en el fondo, un río de lava.
 La nave continuó descendiendo, haciendo uso de sus turbinas laterales. La catarata y el río de lava se encontraban a menos de cien metros de ellos, y el estruendo que provocaban resultaba ensordecedor.
 Las fortísimas corrientes de aire caliente golpearon el casco de la nave, mientras ésta descendía lentamente. La parte superior de la proa arañó ominosamente la cara superior de la apertura rocosa, amenazando con lanzar hacia abajo a la nave, sumergiéndola en la lava.
 Pero Grag enderezó el aparato, obligándole a avanzar con firmeza. Un momento después, habían penetrado en un túnel subterráneo, iluminado por el rojizo resplandor de la lava del fondo.
 --Adéntrate más en la caverna, Grag, y busquemos un lugar para aterrizar, -ordenó excitado el Capitán Futuro.
 Se hallaban flotando sobre el extremo norte de un enorme espacio subterráneo. Se extendía hacia el sur... una caverna de trescientos metros de ancho, cuya longitud resultaba inexcrutable.
 La lava fundida se concentraba en un llameante estanque, y luego seguía circulando hacia el interior de la caverna, en un ardiente canal de viscosa lava roja.
 Grag posó la nave sobre el suelo de roca de la caverna, cerca de aquel río infernal. Un momento después, Curt y su compañero salían al exterior.
 --Este lugar es increible, -declaró Curt, alzando la voz para que resultara audible a través del atronador sonido de las cascadas de lava.
 --¡Ni siquiera las cavernas de Urano son comparables a ESTO! -Admitió Grag, mirando con asombro.
 El Capitán Futuro sintió una punzada de excitación, que aumentaba por momentos.
 --¡Este es el lugar de los Antiguos que estábamos buscando! -Exclamó-. ¡Mira!
 Un poco más allá de donde se encontraban, a cada lado del río de llameante lava, se alzaban dos extrañas estatuas de un metal plateado.
 Representaban unas criaturas casi exactamente igual a los Jovianos: unos bípedos erectos con cabezas redondas... con rasgos inhumanos, pero extrañamente nobles, y unos miembros que terminaban en pies y manos similares a aletas.
 Las figuras de metal se alzaban, cada una de ellas, con un brazo extendido, como avisando al Capitán Futuro y al robot de que retrocedieran. Sobre el pedestal de cada estatua había una larga inscripción, realizada con extraños caracteres cuneiformes.
 --¿Son los Antiguos? -Preguntó Grag maravillado, mientras se detenían junto a una de las estatuas-. Si parecen iguales a los Jovianos.
 --Si, -el Capitán Futuro asintió, mientras sus ojos brillaban de interés-. Creo que los grandes Antiguos no fueron sino Jovianos, iguales a los que habitan este mundo hoy en día.
 El gran robot miró a Curt, mientras su sencilla mente intentaba asimilar aquella afirmación.
 --Pero los Jovianos de hoy en día no costruyen grandes ciudades, estatuas o maquinaria, -objetó Grag-. No saben hacer las cosas que se supone que los Antiguos sí sabían.
 --Lo sé, -dijo Curt pensativo, más para sí mismo que para el robot-. Aunque, parece evidente que los Jovianos son, sencillamente, los descendientes directos de esos misteriosos Antiguos, de los cuales narran tantas leyendas.... es decir, que la gran raza de los Antiguos tuvo que colapsarse, debido a alguna catástrofe descomunal.
 "Si tengo razón, -continuó Curt-, los actuales Jovianos ni siquiera sospechan que esos Antiguos a quienes reverencian, no fueron sino sus antepasados. Todo lo que tienen son vagas leyendas, distorsionadas por el tiempo.
 --Parece como si quisieran avisarnos para que nos quedáramos aquí fuera, -dijo Grag, observando las solemnes estatuas.
 --Pues vamos a continuar, -dijo el Capitán Futuro, caminando con paso firme, animado con una férrea determinación.
 Dejaron atrás las figuras plateadas y avanzaron junto a la orilla de lava, cuyas danzantes llamaradas iluminaban la caverna de un modo fantasmal.
 El humo sulfuroso de la lava manaba a su alrededor, y su calor les golpeaba en el rostro. Desde atrás les llegaba, ya más mitigado, el sonido atronador del río principal, y las grandes cascadas de lava.
 --¡Mira, jefe! -Avisó Grag, señalando hacia delante con su brazo de metal-. ¡Máquinas!
 Unas formas altas, de metal, se elevaban vagamente, en la penumbra del fondo. Se trataba de unos mecanismos enormes, con un diseño tan ajeno y poco familiar, que su propósito resultaba indescifrable.
 Una de ellas era una miríada de bielas de metal plateado, adosadas a un brazo deslizante, cuyo extremo parecía sugerir el cañón de un arma. La otra era un enorme bulbo metálico, que, en apariencia, recordaba a un ciclotrón.
 Sobre la base de cada máquina había una larga inscripción, realizada con los caracteres extraños y cuneiformes de los Antiguos.
 --¡Si pudiera leerlos! -Exclamó el Capitán Futuro-. Aquí, por alguna misteriosa razón, fueron almacenadas todas las armas y el poder de aquella raza extinta. ¡Y no soy capaz de traducir la clave de este acertijo, para descubrir dicho poder!
 --Quizás, con el tiempo, puedas descifrar esos caracteres, jefe, -sugirió Grag.
 --¿Tiempo? ¡Ahora no tenemos ese tiempo! -Exclamó Curt-. ¡A menos que encontremos de inmediato las fuerzas que necesitamos para derrotar al Emperador del Espacio, y regresemos con ellas al momento, los Jovianos borrarán del mapa Jungletown, y el resto de los asentamientos Terrícolas!
 Curt estaba bajo la tensión de una aprensión agónica. El hecho de saber que, al sur, en alguna parte, el oscuro malvado estaba hostigando a los Jovianos para que atacaran, era como una herida en su mente.
 --Pero no podemos descifrar esas inscripciones en un instante. Nadie podría hacer algo así, -admitió, totalmente desesperado.
 --Acabo de escuchar a alguien, -dijo Grag, de repente-. ¡Alguien vivo!
 --Silencio. Escuchemos, -ordenó el Capitán Futuro-. Tus oidos son más agudos que los míos, Grag.
 La mano de Curt descendió hasta su pistola de protones. Se quedó inmóvil, escuchando con atención, mientras miraba a su alrededor.
 No veía nada, a excepción de los silenciosos mecanismos que se alzaban ante él, iluminados por el resplandor rojizo. La caverna, en penumbra, se extendía hacia el sur. Tampoco pudo oir nada, excepto la atronadora reberberación de la cascada de lava.
 --He vuelto a oirlo, -aseguró Grag al momento-. Alguien se mueve...
 --¡Ahora yo también lo escucho! -Exclamó Curt. Su afinado oido había captado un sonido suave, a través del rugido atronador-. Procede del fondo de la caverna.
 Empuñó su pistola con presteza, y Grag le imitó a su vez.
 --Vamos, -musitó Curt-. Aquí dentro hay alguien más. Si se trata del Emperador del Espacio...
 Su pulso aumentó ante aquella idea, pues sabía que su siguiente encuentro con el misterioso villano bien podía ser el último.
 Avanzaron con sigilo, pues el enorme Grag era capaz de moverse en silencio gracias a la suela de caucho de sus pies. Rodearon enormes máquinas, llenas de polvo, siguiendo el curso del estrecho río llameante, y adentrándose en la gran caverna.
 --¡Allí... un Terrícola! -Tronó Grag, señalando con su brazo de metal.
 Un poco más adelante, una figura delgada, ataviada con un mono marrón, yacía sobre el suelo rocoso de la caverna. Junto a él había una mesa, en la que había una lámpara de argón apagada, así como innumerables papeles, cubiertos de la extraña escritura cuneiforme.
 --Está inconsciente o dormido, jefe, -dijo el robot.
 El Capitán Futuro observó que los miembros del hombre se movían sin fuerza, como si estuviera durmiendo. Al hacerlo, provocaban el ligero sonido que Grag había escuchado.
 Curt se inclinó sobre el hombre, y, al hacerlo, percibió un olor acre, inconfundible.
 --Este hombre ha sido drogado, -declaró-. Le han dado una dosis de somnal, la droga del sueño Mercuriana.
 Dio la vuelta al hombre hasta apoyarlo sobre la espalda. El rostro del durmiente quedó expuesto al resplandor rojizo del río de fuego.
 Era un rostro joven, pero serio y fatigado; denotaba inteligencia, y llevaba anteojos... Curt ya había visto esa cara. El aventurero pelirrojo miró hacia abajo, completamente perplejo.
 Entonces observó unas iniciales en la parte superior del mono de seda sintética. Las letras eran "KL".
 --¡Kenneth Lester! -Exclamó Curt-. ¡Se trata de él... el arqueólogo desaparecido!
 


CAPITULO XIX
La épica de los eones


 El pulso del Capitán Futuro latió de excitación mientras incorporaba al hombre drogado, hasta una posición sedente.
 De algún modo, le había dado la sensación de que ese Kenneth Lester debía ser la clave de aquel complot planetario a gran escala. Y ahora, por fín, había dado con el joven arqueólogo.
 --Le han drogado más de una vez, -tronó el robot-. Mira cuántos pinchazos tiene en la muñeca.
 --Creo que puedo despertarle, -musitó Curt.
 Rebuscó en su cinturón, hasta extraer su kit médico. No era mucho más largo que su propio dedo, pero, en su interior, había innumerables tubos de ensayo, diminutos, con las drogas más poderosas de todo el Sistema Solar.
 El Capitán Futuro aplicó una aguja esterilizada a uno de esos tubitos, e inyectó su contenido en las venas de Kenneth Lester.
 Mientras la minúscula gota del superpoderoso anti-narcótico recorría el torrente sanguíneo del joven arqueólogo, éste comenzó a desperezarse. Un momento más tarde, abría unos sorprendidos ojos oscuros. Parecía exhausto y fatigado.
 --¿Por qué no me matas de una vez, y acabas con todo? -Preguntó con voz ronca, mirando hacia arriba sin llegar a ver del todo-. Esta existencia horrible...
 Entonces, mientras la visión de Lester se aclaraba, y contemplaba al Capitán Futuro y su enorme robot, inclinados ambos sobre él, emitió un grito de asombro.
 --¿Quién...? ¿Qué...?
 --Yo soy el Capitán Futuro, -dijo Curt rápidamente-. Puede que haya oido hablar de mi.
 --¿El Capitán Futuro? -Exclamó Lester incrédulo.
 El joven arqueólogo conocía ese nombre, al igual que todo el mundo en el Sistema Solar. Mientras su obnubilada mente lo asimilaba, en su rostro fatigado asomó una expresión de alivio.
 --¡Gracias a Dios que está usted aquí! -Sollozó-. Estas últimas semanas han sido un infierno, una muerte en vida. El Emperador del Espacio...
 --¿Quién es el Emperador del Espacio? -Preguntó Curt rápidamente, ansioso por una respuesta.
 Pero, una vez más, estaba condenado a seguir con la incógnita.
 --¡No lo sé! -Exclamó el joven Lester. Luego añadió, rabioso- ¡Quienquiera que sea, es el mismísimo diablo! No sé cuántas semanas me habrá mantenido aquí... me ha forzado a descifrar, para él, esas antiguas inscripciones Jovianas, y me dejaba drogado cuando se marchaba.
 --Usted fue el primero que encontró este lugar, ¿No es así? -Preguntó Curt.
 Estaba seguro de ello, desde el principio. Y, ahora, descubrió que su razonamiento había sido correcto.
 --Si, -asintió Lester débilmente-. Yo lo descubrí, y creí haber realizado el mayor descubrimiento arqueológico de toda la historia del Sistema Solar.
 Se incorporó un poco, ya sentado, y habló con una rapidez febril, mientras miraba la bronceada cara del Capitán Futuro.
 --Vine a Júpiter porque había oido hablar de las leyendas Jovianas, que hablaban sobre una gran raza que, una vez, habitó este planeta. Estaba convencido de que debía de haber alguna base para dichas leyendas, y estaba decidido a rastrearla.
 "Salí de Jungletown, marchando hacia el Norte, y, allí, intenté aprender más acerca de los Jovianos, pero esas criaturas primitivas guardaron un silencio lleno de sospechas en cuanto mencioné las leyendas de los Antiguos. Descubrí que se reunían de tanto en tanto, para llevar a cabo extrañas ceremonias, en un sitio al que llamaban el Lugar de los Muertos, de modo que les seguí hasta allí, y me topé con una ciudad en ruinas de los Antiguos.
 "Allí había una esfera, que era un mapa-mundi de todo el orbe, realizado por los Antiguos. Mostraba la situación de todas sus ciudades. Pero había un lugar que estaba marcado de un modo distinto que los demás, y supuse que debería ser más importante. Estaba situado en la orilla del Mar de Fuego, en un punto en el que no podía haber una ciudad ordinaria.
 "De modo que viajé solo, en dirección norte, con mi pequeña nave-cohete, y rastreé las orillas del Mar de Fuego hasta que dí con la abertura que conduce a este lugar. Descendí con la nave... y descubrí que se trataba de un maravilloso almacén, que contenía todos los logros y la tecnología de los Antiguos.
 El agotado rostro de Kenneth Lester se iluminó unos instantes, debido a la pasión científica. Luego continuó:
 --Conseguí descifrar algunas de las inscripciones, y averigüé algo acerca de la historia de esos grandes Antiguos. Descubría que, hace eras, habían poseído una poderosa civilización, tan elevada, o más que la que posee la Tierra hoy en día. En ciertos aspectos de la ciencia habían ido aún más lejos que nosotros.
 "Habían logrado solucionar muchos de los problemas que llevan siglos intrigando a los físicos de la Tierra. Habían desarrollado la tecnología intra-atómica, siendo capaces de perfeccionar la manera de hacer que la materia se volviera inmaterial, causando una variación de la frecuencia atómica, que permitía que dicha materia atravesara libremente a otras materias, como si éstas no existieran. Este proceso de desmaterialización lo habían empleado para explorar los lugares más inaccesibles del planeta.
 "Además, sus biólogos habían encontrado un método para provocar a voluntad una regresión atávica, que les permitía estudiar la evolución de su propia especie, así como la de otras razas. El método se basaba en el hecho de que todo organismo vivo poseía unos órganos glandulares que eran el auténtico control de sus características físicas y mentales. Según ésto, si se paralizaba o atrofiaba dichos órganos, el sujeto degeneraba rápidamente a las formas pasadas, a partir de las cuales su raza había evolucionado.
 "Los Antiguos habían realizado todos estos logros, pero, aparentemente, no habían conseguido dejar atrás sus emociones y pasiones. Finalmente, se produjo una guerra civil entre todas sus ciudades. Se comabtió con una ferocidad increible, y dejó en ruinas su poderosa civilización.
 "Finalmente, cuando tan sólo quedaron unos pocos Antiguos que retuvieran los abandonados conocimientos científicos, -pues el resto se habían convertido en tribus medio salvajes que vagabundeaban por las ruinas de las antiguas ciudades-, esos pocos iluminados que aún quedaban decidieron preservar los triunfos de su raza. Esperando que llegaría un día en el que su gente consiguiera olvidar la guerra, y levantara de nuevo una civilización pacífica, esos pocos Antiguos atiborraron esta caverna secreta con todos los instrumentos y logros científicos que pudieron recolectar, para evitar que se perdieran para siempre.
 Los suaves rasgos de Kenneth Lester mostraron una emoción profunda y amarga, cuando añadió:
 --Como digo, todo esto lo aprendía tras descifrar algunas de las inscripciones de esta caverna. Me di cuenta de que se trataba de un maravilloso almacén de secretos científicos, que sólo las autoridades competentes deberían llegar a conocer, y que había que evitar que cayeran en malas manos.
 "De manera que escribí un informe de mi descubrimiento, dirigido al Gobernador Quale. Volé de vuelta a Jungletown y se lo remití, y entonces regresé hacia aquí a toda prisa, para vigilar mi descubrimiento. Confiaba en que el Gobernador no tardaría en aparecer.
 "Pero dos noches más tarde, mientras dormía aquí tendido, me desperté atado y con una venda en los ojos. Alguien se había enterado de mi informe, y había venido hasta aquí para hacerse con los secretos científicos de los cuales había informado. Y esa persona me torturó, para que le confesara hasta qué punto había avanzado en mi investigación.
 "Así fue cómo se enteró, por mi culpa, del secreto de la desmaterialización. La utilizó al momento, para hacerse inmaterial, y también descubrió el secreto del arma de regresión, y se llevó uno de los instrumentos que la producían.
 "Este hombre, cuya identidad desconozco, y que se hace llamar el Emperador del Espacio, ha regresado aquí varias veces desde entonces. En cada ocasión, me ha obligado, bajo la amenaza de una muerte instantánea, a que le descifrara más secretos de los Antiguos. Cada vez que se iba, me dejaba drogado, para que no pudiera escapar mientras él estaba fuera.
 Mientras terminaba su relato, los ojos de Lester brillaron con un miedo salvaje.
 --¡El Emperador del Espacio se jactaba ante mi de lo que estaba haciendo con sus nuevos poderes, Capitán Futuro! Me ha contado que ha usado sobre Terrícolas el arma de regresión, para convencer a los Jovianos de que los Terrícolas están malditos. ¡Está intentando usar a los Jovianos para establecer su dominio sobre este planeta!
 El Capitán Futuro asintió seriamente, moviendo su cabellera pelirroja.
 --Si. Eso es lo que ha estado haciendo ese diablo negro. Y sus planes se acercan al climax, pues ahora mismo los Jovianos se están preparando para atacar las ciudades Terrícolas.
 El cansado rostro de Lester se quedó pálido.
 --¿No puedes detenerle de algún modo, Capitán Futuro?
 --No, hasta que también yo pueda conocer el secreto de desmaterialización que le ha protegido hasta ahora, -replicó Curt-. Por eso he venido hasta aquí: esperaba encontrar ese conocimiento. ¿Puedes revelarme ese secreto? -Preguntó, en tensión.
 Curt aguardó ansioso la respuesta. Sabía muy bien que, de ella, dependía el éxito o el fracaso de sus esfuerzos por evitar el caos que amenazaba a Júpiter.
 --Si... aún quedan por aquí algunos mecanismos de desmaterialización, -respondió rápidamente Kenneth Lester.
 El corpulento aventurero le miró expectante, con el pulso alterado.
 --Entonces, ¿Por qué no has usado uno para escapar, o para caminar a través de estas rocas? -Quiso saber.
 --¡Te olvidas de que he permanecido drogado en todo momento, excepto cuando el Emperador del Espacio estaba aquí! -Le recordó Lester-. Y cuando él se hallaba aquí, estaba listo para matarme al menor movimiento en falso. Jamás me permitió tocar ningún mecanismo. Me hacía leer y traducir las inscripciones, y luego él las hacía funcionar.
 Lester se puso en pie trabajosamente.
 --¡Pero al menos, ahora estoy despierto, y ese diablo no está aquí! Ven, y te enseñaré lo que buscas.
 Grag ayudó al tambaleante arqueólogo, para que no cayera al suelo.
 --En el extremo más alejado de la caverna, -dijo Lester muy débil-. Por aquí.
 Curt se apresuró a avanzar, ansioso, junto Lester y el robot. Caminaron por la caverna en penumbra, junto a enormes máquinas, al borde del río de llameante lava.
 El Capitán Futuro vió que se hallaban frente al final de la caverna. En su pared había una apertura a la altura del suelo, por la que el torrente de lava fundida se vertía hacia las insondables profundidades que había más allá.
 Kenneth Lester avanzó a trompicones hacia un armario metálico, atestado de instrumentos pertenecientes a los Antiguos. Había allí algunos de los mecanismos que provocaban la regresión; recordaban a pequeñas linternas planas, con lentes traslúcidas.
 Había también cierto número de cinturones, que llevaban sujeto unos instrumentos metálicos de forma semiesférica, con un sencillo interruptor.
 --Estos son los desmaterializadores, -dijo Lester, inclinándose hacia delante.
 --¡Jefe, cuidado! -Aulló Grag de repente, y echó a un lado al Capitán Futuro con un violento empujón.
 Curt se dió la vuelta, algo desequilibrado, justo a tiempo de ver lo que había sucedido.
 El Emperador del Espacio se encontraba en la parte frontal de la caverna, cerca de la nave cohete que les había traido hasta allí. Al instante, Curt supo que el malvado intrigante había descendido a través de la roca, en estado inmaterial, ya que no se veía ninguna otra nave.
 Pero en aquellos instantes, el Emperador del Espacio se había vuelto material, pues había levantado un arma de rayos, disparando una ráfaga contra la espalda de Curt. Grag había empujado al aventurero pelirrojo justo a tiempo.
 --¡El Emperador del Espacio! -Exclamó Kenneth Lester al verle.
 Curt no gastó tiempo en pronunciar palabra alguna. Empuñó su pistola en un suspiro, y apretó el gatillo.
 Pero, mientras él hacía ese movimiento, su enemigo, a su vez, hizo otro, hacia su cinturón. El rayo de protones de Curt pasó a través del oscuro criminal, sin herirle lo más mínimo.
 El Emperador del Espacio había vuelto a hacerse inmaterial, justo a tiempo. Vieron cómo se dirigía velozmente hacia la nave de Curt, y cómo entraba en ella, pasando a través del fuselaje.
 --¡Atrapémosle! -Aulló Curt, lanzándose desesperado hacia delante-. ¡Va a llevarse nuestra nave!
 Pero ya era demasiado tarde. La nave cohete ya se alzaba velozmente sobre el suelo de la caverna, y se dirigía con presteza hacia la llameante entrada.
 El Emperador del Espacio se había vuelto material una vez más, en el interior de la pequeña nave, y la estaba robando.
 El Capitán Futuro le disparó, pero aunque el rayo de protones arañó un costado de la nave fugitiva, no fue capaz de detenerla. Pasó a toda velocidad junto a la catarata de lava, y desapareció en la lejanía.
 --¡Se ha largado! -Tronó Grag furioso, regresando de su vano intento por recuperar la nave-. Jefe, ¿Cómo ha podido enterarse de que estábamos aquí?
 --Debe de haberlo sabido por boca de Joan o de los demás. Tras volver a Jungletown, habrán hablado de la búsqueda que estábamos llevando a cabo, -exclamó Curt-. De modo que regresó aquí, para dejarnos atrapados.
 Mientras hablaba, el Capitán Futuro extrajo su diminuto tele-emisor de bolsillo.
 --¡Si puedo contactar con Simon y Otho, no tardarán en venir aquí con el Cometa, para rescatarnos!
 Una y otra vez apretó el botón de llamada del pequeño aparato, pero no recibió respuesta.
 --¡Diablos! -Exclamó Curt-. Toda esta roca que tenemos sobre nosotros debe contener algún tipo de mineral pesado, que interfiere la señal de nuestro tele-emisor. ¡El Emperador del Espacio debía saberlo, maldito sea!
 --Entonces, ¿Cómo vamos a salir de aquí? -Preguntó Grag-. No podemos salir por el túnel sin sumergirnos en la lava... ni siquiera Otho podría avanzar sujeto al techo.
 --No, no podemos salir por allí... ¡Pero podemos atravesar la roca que tenemos sobre nuestras cabezas! -Exclamó el Capitán Futuro-. Contamos con varios mecanismos de desmaterialización, y Lester puede enseñarnos a utilizarlos.
 Kenneth Lester estaba tan pálido que parecía muerto. Sacudió la cabeza, lleno de desesperación.
 --No podemos hacer eso, Capitán Futuro, -dijo lentamente-. Si lo intentamos, moriremos.
 --Pero, ¿Por qué? -Quiso saber Curt, intrigado.
 Lester se encogió de hombros, sin esperanza.
 --No contamos con un traje como el que lleva el Emperador del Espacio. Nos volveríamos inmateriales, pero no tendríamos aIre para respirar mientras estuviéramos en ese estado. ¡Antes de haber avanzado menos de la mitad del camino, nos habríamos asfixiado!
 
 

CAPITULO XX
El Poder de los Antiguos


 El Capitán Futuro no mostró preocupación ante las objeciones del arqueólogo. El gran aventurero pelirrojo encogió sus anchos hombros, y su bronceado rostro mostró una expresión resuelta.
 --¡Olvidas que Grag no necesita respirar! -Exclamó-. Puede subir a través de la roca, y luego hacernos salir.
 La esperanza volvió a aparecer en los cansados ojos de Kenneth Lester.
 --Si pudiera lograrlo...
 Curt se aprestó a regresar al armario que contenía los polvorientos aparatos de los Antiguos. Volvió con dos de los cinturones, que llevaban sujetas las semi-esferas de desmaterialización.
 Anudó uno de los cintos alrededor de la cintura de Grag, y el otro alrededor de la suya propia.
 --Pero si tu no vas a necesitar uno de esos, ya que no vas a poder atravesar la roca, -dijo Lester extrañado.
 --Si salimos de aquí, necesitaré uno para hacer frente al Emperador del Espacio, -dijo Curt con sonrisa feroz-. Enséñame cómo funciona este trasto.
 Lester lo hizo.
 --Las semi-esferas son proyectores de una poderosa radiación electromagnética, cuya alteración actúa variando la vibración atómica de cualquier materia. Esta acción se limita a aquel que lleva encima el mecanismo, por medio de un control situado en la parte lateral, que limita su acción al cuerpo y las ropas del que lo lleve.
 Con gran cuidado, no sin mostrar algo de duda y ansiedad, Lester ajustó el control del que hablaba en ambos instrumentos.
 --Las semi-esferas contienen también un medio para proyectar la voz, aunque el que hable esté en estado inmaterial, -continuó-. Por lo que he llegado a comprender, esto se efectúa traduciendo las vibraciones sónicas de la voz de la persona inmaterial, y convirtiéndolas en ondas sónicas que sean similares a las de la materia que le rodea, por medio de un minúsculo transformador auxiliar que hay en el interior de la semi-esfera. Para escuchar, se emplea un proceso similar, pero en sentido inverso.
 --Ya me había preguntado yo cómo se las arreglaba el Emperador del Espacio para hablar y escuchar mientras estaba en estado inmaterial, -murmuró Curt.
 Kenneth Lester se dio la vuelta.
 --Ya está todo preparado, -dijo ansiosamente al Capitán Futuro.
 --¿Qué hago, jefe?, -Preguntó Grag, mirando a su amigo pelirrojo con una expresión de calma en sus resplandecientes ojos.
 --En primer lugar, deberás ajustar a cero tu ecualizador de gravedad, Grag, -le dijo Curt.
 El robot obedeció, accionando el control del pequeño ecualizador que llevaba sobre el pecho.
 Al ajustarlo a cero, aquello anuló cualquier tipo de atracción gravitatoria sobre su cuerpo, y el gran robot comenzó a flotar sobre el suelo, ascendiendo poco a poco con cada pequeño movimiento que hacía.
 --Toma mi pistola de protones, Grag, -dijo Curt, muy tenso, tendiendo el arma al robot-. Ahora, cuando actives el interruptor de la semi-esfera de tu cinturón, te volverás inmaterial. Si disparas hacia abajo la pistola, la reacción inversa que causará, provocará que tú subas hacia arriba.
 "Flotarás a través del techo de esta caverna. Debes esperar hasta haber alcanzado la superficie exterior, y entonces desactivarás al momento el interruptor de la semi-esfera. ¿Está claro?
 --Si, jefe, -dijo Grag con voz dubitativa-. Pero, cuando haya hecho eso, y me encuentre en el exterior, ¿Cómo haré para sacaros de aquí a vosotros dos?
 --Deberás recolectar lianas de entre la jungla, y confeccionar con ellas una soga resistente. Luego la harás descender por esa pequeña abertura por la que cae esa cascada de lava, -le dijo el Capitán Futuro-. Cuando hayamos agarrado el otro extremo, no tendrás más que tirar para hacernos subir.
 --Muy bien, jefe, -dijo el robot dócilmente-. ¿Empezamos?
 Curt asintió.
 --Cuanto antes, mejor, Grag.
 Vieron cómo Grag presionaba el interruptor del aparato semi-esférico que llevaba en el cinturón.
 No pareció haber ningún cambio inmediato en la apariencia del robot. Pero, cuando Curt extendió la mano para tocarle, ésta pasó a través del robot, como si no existiera.
 --Esto no me gusta demasiado, jefe, -tronó incómoda la gran criatura de metal-. Me hace sentir como si no fuera del todo real, como esos "Hombres de la Mente" que encontramos en Saturno.
 Curt le hizo una seña para darle prisa, y el robot apuntó hacia abajo su pistola, y abrió fuego, disparando un haz de protones.
 Al momento, como reacción al empuje del rayo, y siendo como era tan ligero, el enorme cuerpo de Grag se proyectó hacia el techo.
 Curt y el joven Lester le observaron en tensión. Las escena era insólita e increible. La enorme caverna en penumbra, atiborrada de máquinas que proyectaban misteriosas sombras, y dividida en dos por el río de llameante lava que partía del centro de la atronadora catarata; el robot, ahora inmaterial, flotando hacia arriba, hacia el techo rocoso...
 Pero la escena se volvió aún más insólita un momento después. Pues, cuando el cuerpo de Grag, que subía lentamente, alcanzó el techo de roca, la cabeza del robot desapareció en dicha roca. Luego perdieron de vista sus hombros metálicos, y, finalmente, todo su cuerpo fue engullido por el techo.
 Curt dejó escapar un largo suspiro. La visión del robot entrando en la roca sólida le había producido cierta desazón. A pesar de que comprendía el principio científico de aquel proceso, eso no hacía que resultara menos extraño de contemplar.

 --Debería llegar a la superficie en pocos minutos, -murmuró Curt-. La capa rocosa que hay por encima de esta caverna no debería tener más que unos 400 o 500 metros de espesor.
 Kenneth Lester le miró temeroso.
 --Pero ¿Y si pierde el sentido de la dirección mientras flota a ciegas por el interior de la roca sólida? ¡Podría desplazarse en la dirección equivocada y quedaría perdido para siempre en el interior de la masa rocosa del planeta!
 El Capitán Futuro ya había pensado en eso. Se limitó a endurecer los labios, y esperar.
 Pasaron los minutos. Cada minuto le parecía anormalmente largo al aventurero pelirrojo. ¿Qué estaría ocurriendo en el sur, mientras él estaba allí atrapado? ¿Qué estaría haciendo el Emperador del Espacio?
 --Vamos, Grag, -susurró entre dientes mientras esperaba-. ¡Date prisa!
 Y aún así, nada parecía indicar que el robot hubiera tenido éxito en su tentativa de fuga.
 Transcurrió una hora entera, y el rostro de Kenneth Lester pareció perder toda esperanza. El arqueólogo se sentó, como si hubiera dejado de luchar contra lo inevitable.
 --No lo ha logrado, -musitó-. Debíamos haber sabido que no podría hacerlo.
 Curt no respondió. Caminó nervioso de un lado a otro, mirando de cuando en cuando a la cascada de lava.
 De repente, gritó de emoción. Algo acababa de descender por el lado frío de la pared de la catarata... una larga soga confeccionada con lianas, cuyo extremo colgaba a menos de un metro del estanque de lava.
 --¡Grag lo ha logrado! -Exclamó Curt.
 Corrieron hacia el estanque de lava fundida, deteniéndose en el borde.
 La cuerda de lianas colgaba fuera de su alcance, en el centro del estanque... al menos a tres metros de ellos.
 Cegados por el humo y el sofocante calor de la estruendosa catarata de roca fundida, el Capitán Futuro y Lester miraron la cuerda sin saber qué hacer.
 --Yo saltaré hacia ella, y, una vez que la haya agarrado, me columpiaré hacia aquí, -dijo Curt rápidamente, alejándose del borde del estanque.
 --¡Pero si fallas el salto, caerás en medio de la lava! -Gritó Lester asustado.
 Curt le sonrió con una mueca de lobo.
 --¿Fallar un salto tan fácil como este? De ser así, Otho nunca me lo perdonaría...
 Antes de que Lester pudiera hacer más protestas, Curt corrió hacia delante. Toda la fuerza de sus soberbios músculos la puso en un salto terrible, que le envió volando por el aire sobre la burbujeante lava.
 Sus dedos agarraron la soga de lianas, y apretaron fuerte. Las lianas producieron un crujido desagradable, como si sus fribras estuvieran sufriendo debido a la tensión de su peso. Pero Grag las había anudado con gran cuidado, y la improvisada cuerda no cedió.
 Colgando por encima de la lava, Curt comenzó a columpiarse de un lado a otro, como un péndulo, ampliando su recorrido con cada nuevo impulso.
 Finalmente, su vaivén le llevó más allá de la psicina de lava, al lugar en el que esperaba Lester.
 El joven arqueólogo, a su vez, agarró la cuerda. Ambos hombres se columpiaron entonces, de regreso al estanque de lava. Velozmente, Curt dió un brusco tirón a la cuerda, para indicarle a Grag que ya estaban listos.
 Entonces, el robot comenzó a subirles. Era una situación muy peligrosa, y su dificultad se veía incrementada por la catarata de lava fundida que caía junto a ellos, hasta estrellarse, con un rugido atronador, en el estanque que tenían debajo.
 El rostro de Lester empezó a mostrar una expresión de sufrimiento.
 Tosiendo, se dirigió a gritos al Capitán Futuro, que casi no pudo entender lo que decía.
 --No puedo... sujetarme... más...
 El arqueólogo, débil como estaba tras varias semanas de cautiverio y drogas, comenzaba a soltarse de la liana.
 Curt lo agarró justo a tiempo, empleando su brazo derecho, mientras usaba el izquierdo para mantenerse sujeto a la liana. El peso combinado de ambos hombres resultaba una tensión terrible para los músculos del aventurero pelirrojo. Cualquier otro sujeto, menos perfecto físicamente, habría cedido a dicha tensión.
 Mientras tanto, Grag les subía a toda velocidad. La tremenda fuerza del robot estaba dando buenos resultados. Poco a poco, los hombres iban dejando atrás la caverna; a esas alturas, Lester había perdido la consciencia, y Curt lo agarraba con fuerza.
 Curt estaba casi sofocado por los humos de la lava que caía. Las terribles corrientes de aire ardiente les hacían moverse de un lado a otro.
 Entonces, avistó la boca de la apertura, y la luz del exterior.
 En la cara norte de la apertura, el mar de lava penetraba por ella, vertiéndose al fondo. En el lado sur, sobre una isleta de roca, se hallaba la enorme figura metálica de Grag.
 En breves instantes, Curt se hallaba sobre la roca, junto al robot. Aún era de noche, y se tendió unos instantes, bajo la luz de las tres lunas y el resplandor del Mar de Fuego.
 --¡Buen trabajo, Grag! -Exclamó el Capitán Futuro, mientras depositaba también en el suelo al desmayado arqueólogo.
 Grag estaba complacido.
 --Me llevó algo de tiempo alejarme lo suficiente del Mar de Fuego como para encontrar lianas frescas. De no ser así, no habría tardado tanto, -explicó.
 Curt volvió a extraer su tele-emisor de bolsillo. Una vez más, apretó el botón de llamada.
 --Ahora que estamos fuera de la caverna, deberíamos poder contactar con Otho y Simon, -murmuró.
 Poco después, le llegó una débil señal de respuesta de Otho.
 --¡Venid a recogernos con el Cometa! -Ordenó el Capitán Futuro-. Dejaré conectado el tele-emisor, para que su señal os lleve a nuestras coordenadas.
 Pudo escuchar la respuesta de Otho, a pesar de oirse muy debilitada por las interferencias y la distancia:
 --¡Vamos para allá!

 Mientras esperaban, Curt examinó a Lester a conciencia. El joven arqueólogo seguía inconsciente.
 --Está muy maltrecho, pero se repondrá, con algo de descanso y tratamiento médico, -declaró Curt.
 --¡Jefe, ya viene el Cometa! -Avisó Grag poco después.
 Desde el sur, como si fuera una estrella fugaz, apareció la nave con forma de gota. Se dirigió hacia ellos, aminorando su velocidad, y produciendo un sonido chirriante, y terminó posándose en la isleta de roca.
 Curt se precipitó al interior, seguido por Grag, que llevaba en brazos al inconsciente arqueólogo.
 --¡Tengo los desmaterializadores, Simon! -Gritó Curt, dirigiéndose al Cerebro-. ¡Ahora podré ir a por el Emperador del Espacio, y hacerle frente en igualdad de condiciones!
 --¡Demasiado tarde para eso, muchacho! -Carraspeó Simon Wright-. Los Jovianos ya están de camino para atacar Jungletown. Avanzan en oleadas sobre las ciudades, desde todas sus aldeas... son millares. ¡A estas horas ya deben de estar allí!
 El Capitán Futuro se sintió sobrecogido por la información del Cerebro. Mientras, Otho comenzó a decir:
 --¡Y además, los casos de regresión del hospital de Jungletown han sido soltados! -Siseó el androide-. Creemos que han sido liberados a propósito, por el Emperador del Espacio, para que aumente el pánico.
 --Dirígete a la ciudad, a toda velocidad, -tronó la voz de Curt-. Puede que aún estemos a tiempo.
 El Cometa se elevó hacia el cielo, volando hacia el sur, por encima de las junglas iluminadas por las lunas.
 La noche poseía un cierto aire salvaje. La plateada radiación luminosa de Callisto, Europa y Ganímedes parecía atenuarse ante el formidable resplandor rojizo del Mar de Fuego que dejaban atrás.
 Como un meteoro, la nave con forma de gota surcó los cielos de Júpiter. Curt miraba por la ventanilla, con una tensión sobrehumana, esperando avistar las luces de Jungletown. Si las hordas de Jovianos embaucados del Emperador del Espacio habían llegado ya a ella...
 A lo lejos, más allá de la jungla iluminada por las lunas, aparecieron las luces de la ciudad. Parecían avanzar hacia Curt, mientras Otho, sin perder un momento, elegía una calle amplia para aterrizar la nave.
 --¡Los Jovianos no han llegado aún! -Gritó el Capitán Futuro en cuanto salió al exterior-. Aún hay tiempo...
 Entonces, un segundo después, su rostro se paralizó, incrédulo, por el horror, mientras exclamaba:
 --¡Este lugar se ha convertido en un infierno!
 Jungletown, bajo la luz de las tres grandes lunas, y el parpadeante resplandor rojizo del norte, se había, de hecho, convertido en un verdadero infierno.
 Hombres y monstruos combatían en las calles. Monstruos... que una vez habían sido hombres.
 Bestias simiescas y peludas, feroces criaturas que caminaban a cuatro patas, reptiles con escamas que peleaban y mordían.
 El Capitán Futuro empuñó su pistola y su haz de protones paralizó a una critura simiesca que avanzaba rugiendo hacia él.
 --¡Vamos... tenemos que encontrar a Gurney! -Exclamó.
 La cabeza del aventurero pelirrojo se alzaba sobre el salvaje tumulto, mientras se abría paso a empujones a través de las calles. Grag y Otho avanzaban pegados a su costado; el androide llevaba el cubo que contenía a Simon Wright.
 Aquel lugar era una verdadera pesadilla terrorífica.
 Con el caos y el pánico reinante, y las monstruosas bestias rugiendo por sus calles, Jungletown parecía una ciudad en la que sus habitantes estuvieran convirtiéndose en bestias.
 ¡Boom! ¡Boom! Los tambores de tierra, ocultos en la jungla, tronaban ahora de un modo incesante, en un crescendo de fiera excitación.
 --¡Los Jovianos ya deben estar muy cerca! -Exclamó Curt. Luego gritó-. ¡Gurney! ¡Ezra Gurney!
 El Sheriff estaba dando una batida por la calle, liderando a un reducido grupo de personas que combatían contra los monstruos con armas de rayos.
 --¡Capitán Futuro, parece que esto es el fina de todos nosotros! -Exclamó Gurney, con una mirada salvaje-. No se puede organizar ninguna defensa, con este desorden, y los Jovianos casi han llegado.
 --Yo me encargaré de los Jovianos, -exclamó Curt-. El Emperador del Espacio estará con ellos, y destruirle será lo único que detendrá todo esto.
 Joan Randall, con el rostro mortalmente pálido a la luz de las lunas, salIó de detrás del Sheriff y agarró el brazo de Curt.
 --¡No vayas! -Le rogó-. Eldred Kells salió para intentar parlamentar con los Jovianos, y convencerles de que hubiera paz, y no ha regresado. ¡Y el Gobernador Quale salió después de él, y tampoco ha vuelto!
 --Hemos atrapado a Lucas Brewer, por cierto, -dijo con voz ronca Ezra Gurney-. Le encontramos oculto en la ciudad. Aunque ahora, supongo que poco importa.
 --Voy a ir, -les dijo Curt-. Otho, tu, Grag y Simon quedaos aquí. Esto es...
 --¡Mirad! -Aulló Otho, señalando con el dedo mientras sus ojos ardían-. ¡Ya vienen!
 El profundo rugido de millares de gargantas Jovianas entonó un grito de guerra que recorrió el aire en ese instante.
 Saliendo de la jungla e irrumpiendo en el claro que rodeaba Jungletown, manó una densa masa de Jovianos, a pie y montados en lopers.
 En sus manos, amenazadoras, brillaban las armas de rayos.
 Y, en la vanguardia de la hueste, se movía, deslizante, una figura oscura... ¡El Emperador del Espacio!
 


CAPITULO XXI
¡Desenmascarado!


 Durante unos segundos, el pequeño grupo que rodeaba al Capitán Futuro pareció quedar congelado ante la visión de aquella horda fiera y aullante.
 --¡Es el final! -Exclamó Ezra Gurney-. Hay millares de esos bichos.
 --Aún se puede detener a los Jovianos, -espetó Curt Newton-. ¡Esperad aquí... todos vosotros!.
 --¡Pero ahora nada puede detenerles! -Clamó Ezra Gurney con voz ronca.
       Pero la enorme figura del Capitán Futuro ya corría por la explanada iluminada por la luna, en dirección a la horda.
       La hueste de Jovianos aún seguía manando de la jungla, como una masa sólida. Llevados a un fanatismo enloquecido, por la manipulación que el Emperador del Espacio había realizado de sus supersticiones, estaban convencidos de que debían destruir a los Terrícolas... Avanzaban como una enorme ola oscura, detrás de la siniestra y deslizante figura de su líder.
       El Capitán Futuro quedó a la vista de toda la hueste. Su figura lanzaba destellos a la luz de la luna, mientras hacía frente al Emperador del Espacio y sus seguidores.
       El Emperador del Espacio se detuvo, aparentemente, presa de la confusión. Y los Jovianos que le seguían, también se detuvieron. Durante unos segundos, tanto la horda como su misterioso líder, plantaron cara al Capitán Futuro.
       Entonces, Curt Newton se dirigió en voz alta a las huestes Jovianas, hablándoles en su propio idioma.
       --¿Por qué venís aquí a atacar a los Terrícolas? -Gritó-. Nunca os han hecho daño. Habéis dejado que éste Terrícola os empuje a cometer un crimen terrible.
       --¡Él no es un Terrícola! -Gritaron decenas de airadas voces Jovianas-. Es el Último Antiguo, el último que queda de la gran raza de los Antiguos, el que nos ha ordenado que ataquemos a los Terrícolas.
       --Estáis equivocados, y os lo voy a demostrar, -exclamó Curt, y llevó a cabo un salto increible, precipitándose sobre la perpleja figura de negro.
       Mientras Curt surcaba el aire, su mano descansaba sobre los interruptores de su ecualizador de gravedad, y en el mecanismo semi-esférico de su cinturón.
       Colocó en cero el ecualizador. Mientras, su otra mano apretó el interruptor del desmaterializador... sintió un escalofrío, mientras una violenta fuerza recorría todas las fibras de su ser.
       Aquella fue la única sensación que notó. Pero sabía que ya era inmaterial, al igual que debía serlo el Emperador del Espacio. Y, entonces, colisionó con el Emperador... DE UN MODO SÓLIDO.
       Tanto Curt como el siniestro villano, al ser ahora inmateriales con respecto a la materia ordinaria, se hallaban en condiciones de igualdad. Sus cuerpos habían recibido el mismo ajuste en su vibración atómica, de modo que resultaban tangibles y sólidos el uno para el otro.
       Pero Curt carecía de aire para respirar, como el que que el Emperador del Espacio llevaba en el interior de su traje. Mientras agarraba al supercriminal, notó como sus pulmones empezaban a quejarse, en una dolorosa agonía.
       El Emperador del Espacio y él forcejearon salvajemente. y, mientras se debatían, ambos flotaban por el aire, pasando a través de los Jovianos, que se habían congregado a su alrededor. Los nativos verdes estaban horrorizados.
       Curt sabía que no podría aguantar más que unos pocos segundos, sin aire para respirar. La cabeza le rugía. Hizo lo que pudo por alcanzar el interruptor del desmaterializador del Emperador del Espacio. Su enemigo, mientras tanto, intentaba evitárselo desesperadamente.
       La mente de CUrt comenzó a rondar la inconsciencia. Vagamente, creyó ver a Grag y a Otho, que intentaban ayudarle, pero que eran incapaces de tocar a ninguno de los dos antagonistas.

       Curt hizo un último y salvaje esfuerzo, poniendo en él todas las fuerzas que le quedaban. Su mano agarró el interruptor del mecanismo de su enemigo. Lo pulsó...
       Y el Emperador del Espacio se convirtió en un fantasma en sus brazos, tenue e irreal. El oscuro criminal había vuelto de nuevo al estado normal... mientras que Curt seguía en estado inmaterial.
       Fugazmente, creyó ver cómo el enorme puño de Grag se estrellaba contra el casco del Emperador del Espacio. Mientras, sus propios pulmones echaban fuego, el mundo se oscurecía a su alrededor, y supo que debía intentar desactivar también su desmaterializador. Finalmente, el aparato pareció ceder a la presión de sus dedos...
sintió de nuevo aquella sensación extraña...
       El Capitán Futuro se encontró tendido en el suelo... en un suelo sólido... mientras reajustaba su ecualizador de gravedad.
       --¡El Emperador del Espacio! -Exclamó, tosiendo-. ¿Se ha escapado?
       --¡No, jefe! -Tronó Grag.
       Curt miró hacia un lado. La descomunal fuerza del puño del robot había destrozado por completo toda la parte superior del casco del Emperador del Espacio.
       La desesperada lucha que habían tenido, sólo había durado unos segundos. La horda de Jovianos había estado observando, perpleja por el asombro. Ahora, con un furioso aullido de rabia, se prepararon para atacar.
       --¡Esperad! -Aulló el Capitán Futuro con toda la fuerza de su garganta-. ¡Mirad!
       Y, con dedos frenéticos, le arrebató al siniestro villano el oscuro traje flexible.
       ¡Allí, bajo la luz de las lunas, quedó revelado el cuerpo de un Terrícola! Se trataba del cuerpo de un hombre alto, cuya cabeza rubia había sido aplastada por el demoledor golpe del puño de Grag. Y su rostro era el de...
       --¡Eldred Kells! -Exclamó Ezra Gurney.
       Era el rostro de Kells, que yacía muerto a la luz de las lunas. Kells... ¡El Emperador del Espacio!
       Curt Newton se encaró con los Jovianos. Habían vuelto a quedarse perplejos. Sus caras mostraban horror e incredulidad.
       --¡Ya lo veis! -Les gritó el Capitán Futuro-. El Último Antiguo era un impostor, que os engañó a todos. No era uno de los grandes Antiguos, sino tan sólo un Terrícola, como yo.
       --Es cierto, -dijo un Joviano, dirigiéndose a la estupefacta hueste-. Nos han engañado.
       --Regresad a vuestras aldeas, y olvidad esta guerra de locos contra los Terrícolas, -dijo Curt con voz clara-. En este gran planeta hay espacio de sobra para que los Jovianos y los Terrícolas vivan en paz. ¿No es así?
       Se produjo un breve y tenso silencio, antes de que el gran Joviano, que parecía ser el portavoz, respondiera:
       --Es cierto... hay sitio de sobra para las dos razas, -respondió lentamente el Joviano-. Tan sólo nos preparamos para la guerra contra vosotros porque pensábamos que los espíritus de los Antiguos así lo deseaban.
       Lentamente, en medio de un silencio mortal, los Jovianos se dieron la vuelta, y comenzaron a retroceder hacia la jungla.
       Ninguno dijo una sola palabra. Curt Newton les observó marcharse, con su apuesto rostro teñido por la compasión. Sabía que, para ellos, debía de haber sido un shock tremendo percatarse de que les habían estado engañando.
       Otho y Grag permanecían a su lado. Ezra Gurney, Joan Randall y los demás, corrían hacia ellos.
       Gurney miró el rostro muerto de Eldred Kells, como si no fuera capaz de creer lo que veían sus ojos.
       --¡No puede ser cierto! -murmuró el Sheriff.
       De repente, Joan Randall exclamó:
       --¡Allí viene el Gobernador Quale! -Anunció.

       Un maltrecho Quale avanzaba a trompicones desde el borde de la jungla. Caminó hacia ellos, con el rostro pálido.
       --Los Jovianos me capturaron cuando fui a buscar a Kells, -dijo con voz ronca-. Acaban de soltarme ahora mismo, y supuse que habían pospuesto el ataque...
       Se quedó sin habla al contemplar el cadáver del Vice-Gobernador, medio ataviado aún con su traje negro. Levantó la mirada, en muda interrogación.
       --Si, -dijo pesadamente el Capitán Futuro-. Kells era el Emperador del Espacio. Lo suponía desde hace tiempo.
       --¿Cómo podías saberlo? -Exclamó Quale con incredulidad.
       --Sabía que el Emperador del Espacio había de ser uno de los cuatro hombres que habían tenido ocasión de atraparme cuando estaba con Joan en el hospital de Jovópolis, -replicó Curt-. Esos cuatro hombres eran usted, Kells, Brewer y Canning.
       "A usted le eliminé, Gobernador Quale, porque, en el momento en que fui atrapado, usted hablaba con el Sheriff Gurney por la telepantalla. Ya ve que hice que Gurney confirmara su versión, así como la hora exacta de su comunicación.
       "Brewer, -añadió Curt-, me pareció entonces el sospechoso más lógico. Según descubrí, estaba proporcionando armas a los Jovianos. Pero cuando me enteré de que lo hacía para que éstos minaran más radium, me dio la sensación de que no podría ser el Emperador del Espacio. ¡No le habría venido nada bien una rebelión planetaria, cuando su único deseo era enriquecerse lo más posible con su mina! Lo habría perdido todo.
       "Canning, -Concluyó el Capitán Futuro-, había sido visto por Joan junto al Emperador del Espacio, con lo cual no podía ser el villano. Eso nos dejaba únicamente con Eldred Kells, eliminados los otros tres sospechosos originales.
       --¡Aún no puedo creer esto de Kells! -Exclamó Quale-. Era un hombre tan capaz, eficiente y ambicioso...
       --Demasiado ambicioso. Ese era el problema, -dijo sombrío el Capitán Futuro-. Le fustraba ser solamente Vice-gobernador, y, cuando leyó el informe enviado por Kenneth Lester, relativo a su prodigioso descubrimiento, Kells vio su oportunidad de ascender al poder absoluto en el planeta.
       "Se vió a sí mismo como el amo de Júpiter... e incluso como Emperador de otros mundos... si podía hacer uso de los grandes secretos y armas de los Antiguos. ¡De haber tenido más suerte, podría haberlo logrado!
       --Si, -carraspeó Simon Wright, mientras sus ojos lenticulares examinaban el cadáver-. Esa es la maldición de los seres humanos... el ansia de poder. Ha acarreado la muerte sobre incontables humanos, y seguirá haciéndolo.
 


CAPITULO XXII
La senda del Capitán Futuro


       El Capitán Futuro permanecía inmóvil, bañado en la cálida luz del sol, junto a la puerta del COmeta, con Grag, Otho y Simon Wright. La pequeña nave se hallaba posada en la explanada, al borde de la espesura que rodeaba Jungletown.
       El aventurero pelirrojo se despedía de tres personas... Joan Randall, Sylvanus Quale y Ezra Gurney.
       --¿Está seguro de que debe dejar Júpiter? -Preguntaba apenado Quale.
       Curt sonrió.
       --Ahora que todo acabó, esto se está poniendo aburrido.
       Había transcurrido una semana Joviana. Esa semana había traído consigo la completa restauración del orden en la desmoralizada colonia.
       Las víctimas de regresión, lentamente, estaban volviendo a la normalidad, tras ser tratados con la fórmula que había diseñado Simon Wright. Los Jovianos volían a estar en términos amistosos con los Terrícolas, y parecía no haber dudas de que así seguirían.
       La Tierra había enviado una comisión científica, para entrevistarse con Kenneth Lester e investigar los secretos de los Antiguos, que se hallaban almacenados en la caverna junto al Mar de Fuego. Mientras tanto, el lugar estaba acordonado.
       --Todo ha quedado resuelto por aquí, -dijo Curt-. Hoy hablé por telepantalla con el Presidente Carthew, y le informé de todo, de modo que, me parece que todo este asunto no llegará a hacerse público.
       Joan Randall habló impulsivamente:
       --Entonces, las gentes del Sistema nunca llegarán a saber lo que has hecho por ellos.
       Curt se rió.
       --¿Y por qué habrían de saberlo? No tengo deseos de convertirme en un héroe.
       --Pues eres un héroe para todos los hombres y mujeres de los nueve planetas, -dijo Joan con vehemencia.
       El suave rostro de la joven pareció emocionarse, mientras miraba a los ojos grises del fornido aventurero.
       --Y ahora regresas a ese solitario hogar tuyo, en la Luna de la Tierra, para seguir viviendo sin ningún ser humano cerca de ti...
       --Vuelvo a casa, y mis camaradas vienen conmigo, -se defendió Curt.
       --Capitán Futuro, ¿Acaso llevarás siempre esta vida tan dura y llena de peligros? -Preguntó la joven, apenada.
       El rostro de Curt adquirió una expresión sombría. Con voz solemne, y la mirada perdida en la lejanía, respondió:
       --Hace mucho tiempo, decidí dedicar mi vida a una tarea, -dijo-. Hasta que esa tarea no haya terminado, deberé seguir siendo... El Capitán Futuro.
       Asió unos segundos la mano de la joven, y sus ojos grises volvieron a sonreirla.
       --Adios, Joan, -dijo-. Volveremos a vernos.
       Se volvió a Gurney, sonriendo.
       --En cuanto a ti, estoy seguro de que te encontraré siempre en aquellos lugares del Sistema en los que haya más problemas.
       Los ojos de la joven se humedecieron al ver cómo Curt entraba en la pequeña nave.
       Los ciclotrones de los motores rugieron, y el Cometa salió disparado hacia arriba, bajo la pálida luz del atardecer. Ascendió desde la superficie de Júpiter, atravesando su densa atmósfera, hasta que el enorme planeta quedó convertido en una vasta esfera, tras la nave, que se alejaba cada vez más en el espacio estrellado.
       La nave puso rumbo a la Tierra, y a su pequeño satélite grisáceo.
       Curt Newton tenía la mirada extrañamente perdida, mientras se sentaba en los mandos. Lentamente, se dirigió al Cerebro.
       --Esa chica es increible, Simon, -dijo. Luego añadió, rápidamente-. No es que signifique nada para mi, ya me entiendes.
       --Claro, muchacho, te entiendo perfectamente, -respondió el Cerebro-. Ya sabes que también yo, una vez, fui humano.
       --¿Regresamos a la Luna, jefe? -Dijo Grag muy complacido-. Me encanta estar en la Luna.
       --¿Y qué tiene de bueno la Luna? -Siseó Otho de mal humor-. Allí no hay acción, ni emociones, ni nada que hacer...
       Curt dedicó una sonrisa al descontento androide.
       --Tarde o temprano, recibiremos otra llamada desde la Tierra, y entonces, espero que haya acción suficiente para ti, cabeza loca.
       Si. Tarde o temprano, una emergencia haría peligrar una vez más a los nueve planetas, y, de nuevo, se lanzaría una señal luminosa sobre el Polo Norte.
       ¡y cuando llegara la llamada, el Capitán Futuro respondería!
 
 

FIN


Traducido de septiembre-noviembre del 2004 y de febrero-abril del 2005
por Javier Jiménez Barco

 
 
Regresar a la Biblioteca online del Capitán Futuro
Ir al indice de Los pulps de Ciencia Ficción
Regresar a la pagina principal