Número 21 "El Regreso del Capitán Futuro"
Por Edmond HamiltonPublicado en el pulp Startling Stories
en enero de 1950Traducción: Javier Jiménez
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EL REGRESO DEL CAPITAN FUTURO Una novela corta de Curt Newton por EDMOND HAMILTON
¡El Hombre del Mañana se enzarza en un fiero combate con el enemigo más letal de la humanidad... Los Linidos!
CAPITULO I
En el laboratorio de la Luna
--Eran cuatro, aunque tan sólo uno de ellos era humano. Uno de ellos había sido un hombre hace años, pero sólo su mente y su cerebro le habían sobrevivido. Otro de ellos parecía ser un hombre, pero no había nacido de mujer alguna. Y uno de ellos era poderoso, metálico, y tan sólo vagamente humanoide.
"Eran cuatro... el hombre, el cerebro, el androide y el robot. Y aquel extraño cuarteto de camaradas inseparables, dejó atrás una estela que nuestro Sistema no olvidará jamás. En sus tiempos, sacudieron al mundo. Fueron pioneros en los viajes a lsa estrellas. Y, entonces, osaron aventurarse más allá de las estrellas, viajando hasta la oscuridad exterior... y nunca regresaron."
La voz del presentador de televisión estaba impregnada de un arduo dramatismo, que no iba más allá de sus propios labios. Para él, aquella no era más que otra historia, para ser explotada y olvidada tan pronto como fuera contada.
Pero, para Joan Randall, sentada a solas en una oficina de la Base de la Patrulla Planetaria en Nueva York, aquellas palabras tenían la gélida determinación de un Requiem. Con un gesto de rechazo, su mano se movió para apagar el dispositivo televisor. Aunque se detuvo un instante, como si ansiara escuchar de nuevo el nombre que estaba a punto de sonar.
--Hoy hace tres largos años, desde que partieron en dirección a la oscuridad más allá de la galaxia... los cuatro individuos a los que nuestro Sistema conocía como Capitán Futuro y los Hombres del Futuro. Nadie sabe aún qué propósito perseguían en su búsqueda, excepto los dos miembros de la Patrulla en quien depositaban su más absoluta confianza. Pero se sabe que prometieron regresar en menos de un año.
"Pero no volvieron. No volvieron jamás. ¿Acaso Curtis Newton y sus tres extraños camaradas, en algún lugar del vacío exterior, se toparon por fín con un adversario demasiado formidable, incluso para ellos? ¿Habrán muerto ahí afuera, hallando una tumba en el espacio infinito, en el que...?"
--¡No! -Exclamó la joven, desconectando el aparato. La habitación quedó en silencio, pero el eco de las últimas palabras del presentador aún se escuchaba en su mente, preguntando: "¿Habrán muerto...? ¿Habrán muerto...? Y la joven no se veía con fuerzas para responder a esa pregunta.
Se puso en pie, y caminó intranquila hacia unas ventanas alargadas, que se abrían a un estrecho balcón. A continuación, la muchacha salió al exterior, y permaneció allí, mirando sin ver el oscuro cielo nocturno; tan sólo veía la negra eternidad del espacio, y la nave que se sumergió allí para siempre, tan ligera y silenciosa como el mismísimo vacío espacial.
Sus dedos aferraron con fuerza la barandilla de metal, mientras dijo una vez más, hablando para el universo entero:
--¡No!
El universo no respondió. No existía respuesta alguna. Y, mientras la joven permanecía allí, la luna salió, como burlándose de ella.
El sonido de la puerta de su oficina, hizo que volviera en sí. Se dio la vuelta y saludó al recién llegado.
--¡Ezra!
El hombre que acababa de entrar, dijo:
--Hola, Joan. -Se dejó caer en una silla y, con la mirada entristecida, la observó acercarse a él. Se trataba de un hombre robusto, curtido y modelado por sus muchos años de servicio. Era el Sheriff Ezra Gurney, de la Patrulla Planetaria, y en ese momento, era, además, un hombre cansado y abatido.
--He hablado con ellos, Joan, -dijo-. He llevado el asunto a las más altas esferas. Incluso he recurrido al Presidente.
--¿Y qué te han dicho?
La contestación del hombre fue brutal, porque aquellas palabras también le herían a él.
--Dicen que, tanto Curt Newton como los Hombres del Futuro están muertos. En ese punto han sido muy claros. Entienden como me siento. Pero no pueden permitir que el Gobierno se deje influir por el sentimentalismo. La votación ya ha tenido lugar, y no piensan cambiar el resultado. Van a demoler el laboratorio de la Luna.
Su voz era curiosamente inexpresiva. Intentaba no mirar a Joan a los ojos.
--He hecho todo lo que he podido, Joan. Pero ya no me escucharán.
--Creía que esperarían. Aunque fuera sólo un poco más. -Dijo la joven.
--Ya han esperado. Dos años es el límite legal para los hombres perdidos en el espacio. Y han esperado tres.
--¡Pero Curt es distinto! -Estalló ella-. Él no es como otros hombres. ¿Y qué pasa con Grag, con Otho, y con Simon Wright? -Se inclinó sobre el viejo Sheriff, obligándole a que la mirara-. ¿Tu también lo crees, Ezra? ¿Crees que volverán?
Gurney encongió sus enormes hombros. de repente, parecía hundido, y aparentaba toda su edad. De nuevo, intentó evitar mirarla a los ojos.
--Fueron demasiado lejos, Joan, -musitó-. Intentaron superar unas barreras que nadie debería desafiar jamás, en ese intento suyo de alcanzar la galaxia de Andrómeda. No deberíamos haber dejado que se fueran.
--¡Yo intenté detenerles! -Exclamó la chica-. ¡Pero sabes perfectamente que no pude hacer nada!
¡Lo cierto es que bien poco podía hacer! El Capitan Futuro, y Simon Wright, el Cerebro, estaban demasiado ansiosos por resolver el enigma del posible pasado galáctico de la humanidad. Durante largos años, habían ido sumergiéndose más y más profundamente en ese pasado, descubriendo la historia de los Antiguos, la gran civilización humana que gobernara la estrellas hace un millón de años. Incluso habían descubierto vagos rastros de las razas pre-humanas que los precedieron, los legendarios Línidos, y los demás.
Curt Newton y el Cerebro estaban ávidos por descubrir el resto de la historia. Habían llegado a la conclusión de que los primeros humanos del Imperio Antiguo habían venido de la galaxia de Andrómeda. Resultaba inevitable que intentaran viajar hasta allí, para seguir el rastro de los secretos cósmicos que envolvían al origen del hombre.
--¡Pero, ningún peligro que pudiera esperarles, incluso allí afuera, podría ser tan grande como para derrotar a los Hombres del Futuro! -Exclamó Joan.
El viejo Sherif habló con voz lenta y espesa.
--Los Hombres del Futuro eran mortales a fín de cuentas, Joan.
Cuando volvió a levantar la mirada hacia ella, el rostro del hombre parecía gris y enfermizo.
--Nosotros también deberíamos afrontarlo. Deberíamos dejar de alimentar vanas esperanzas. Si fueran a regresar, ya lo habrían hecho hace tiempo.
La joven le miró, llena de tristeza. El viejo veterano del espacio la observaba fijamente, y la compasión que transmitían sus ojos era dura de asimilar.
--Tu también lo piensas, Joan. Sabes que es así.
El rostro de la muchacha pareció perder toda su vitalidad.
--Si, -susurró con tristeza. Se dio la vuelta y apoyó la frente contra la fría ventana-. Si, yo también pienso igual. Los hemos perdido. Y yo... le he perdido...
La joven sintió la encallecida mano del hombre apoyándose en su hombro.
--Nunca le tuviste, Joan. Jamás perteneció a nadie... no, tratándose de un hombre como Curt Newton, que fue educado por un Cerebro, un robot y un androide, y que nunca llegó a atarse a nadie.
--Lo sé, -susurró ella-. Pero no podía evitar pensar que, algún día...
Dejó de hablar, y no volvió a articular palabra durante algún tiempo. La luna brillaba, pálida y fría en el cielo nocturno. Joan la contempló, y, al rato, dijo:
--De modo que ahora van a destruir lo último que queda de él. Su lugar de nacimiento, su hogar... el trabajo que realizó, los hallazgos que él y los demás desarrollaron con tanto esfuerzo para ayudar a la humanidad. No quedará de él, ni siquiera ese recuerdo.
Ezra respondió secamente:
--Procura no mirarlo de ese modo. No les queda más remedio, Joan. Lo que hay en ese laboratorio de la Luna es demasiado peligroso como para permitirnos correr ningún riesgo. En más de una ocasión, varios criminales han intentado burlar sus defensas para robar los secretos de los Hombres del Futuro. Uno de ellos podría llegar a conseguirlo. Y el conocimiento que hay allí guardado debería conservarse a salvo, aunque fuera en otra parte, y no perderse.
Joan asintió.
--Supongo que tienes razón. -De repente frunció el ceño-. ¿Secretos? Ezra, allí hay algunas cosas que Curt no querría que nadie poseyera, ni siquiera el Gobierno. Cosas que serían peligrosas aunque fueran los mejores científicos los que experimentaran con ellas. ¡No podemos permitir que se apoderen de ellas!
Ezra la miró fijamente.
--Tienes razón, Joan. Recuerdo algunas de las cosas que nos enseñó, y algunas de las que sólo se atrevió a insinuarnos.
Meditó en silencio unos instantes, ponderando las diferentes implicaciones. Finalmente, dijo:
--Si. Aún tenemos tiempo. No demasiado, pero será suficiente si nos damos prisa.
De repente, Joan y Ezra parecían ser casi los mismos de siempre. Tenían algo que llevar a cabo, una acción concreta, que aliviaría sus mentes de esa callada resignación que comenzaba a hacer mella en ellos, y que resultaba tan difícil de soportar.
--Nos llevaremos esas cosas lejos del laboratorio de la Luna, -dijo Joan-. Las esconderemos en algún lugar en el que estén a salvo. Y entonces, si alguna vez... -Se detuvo unos instantes, pero consiguió recuperar el habla, aunque débilmente-, ...si alguna vez resulta seguro revelar esos secretos, sabremos donde se encuentran.
--A Curt le gustaría que así fuera, -dijo Gurney. Sonrió y se giró hacia la puerta-. ¡Si nos descubren, nos formarán un consejo de guerra, ¡Pero somos ya demasiado resabidos como para que nos atrapen! Vamos.Nadie osó hacerle preguntas al Sheriff Gurney y a la Agente Especial Joan Randall. La Patrulla se limitó a despejarles el camino con rápida eficacia, y, en cuestión de una hora, la pequeña nave de Gurney había despegado con destino a la Luna.
Ninguno de los dos habló demasiado. Joan observó cómo se alejaban del gran orbe blanco de la Tierra, y luego miró por la exclusa delantera, en dirección a su destino. Pensó en la cantidad de veces que el Capitán Futuro había venido de allí, partiendo desde su hogar.
Su hogar... el hogar de Curt. Y su lugar de nacimiento. ¡Un extraño sitio para criar a un bebé, aquella luna increible y desprovista de vida! Y, de igual modo, aquel niño había sido cuidado por unos ojos muy extraños, y servido por extrañas manos.
Sus padres habían sido humanos, si... un científico de la Tierra y su mujer, que habían viajado a la Luna junto con un compañero científico, para llevar a cabo una investigación secreta. Y ese otro científico, que antaño había sido el doctor Simon Wright, se había convertido en el Cerebro.
En el labrotario que construyeron en la Luna, su habilidad científica creó a Grag, el robot, y a Otho, el androide. De modo que, después de la trágica muerte de sus padres... ¡Habían sido ese Cerebro, ese robot y ese androide, los que se encargaron de criar al bebé!
Joan volvió a imaginar, como hiciera tantas veces en el pasado, cómo debió ser para Curt el hecho de crecer allí arriba, el contemplar la Tierra, por primera vez, desde el gran techo de glasita del laboratorio, el escuchar sus primeras palabras, pronunciadas por las extrañas bocas de Grag, Otho, y Simon Wright, y el jugar, de un lado a otro de los oscuros pasillos del laboratorio bajo el cráter Tycho, teniendo a un robot, a un androide y a un Cerebro viviente como compañeros de juegos.
Imaginó en su mente a un niño pequeño, con el pelo rojo, observando los ásperos picos de la luna, y las implacables llanuras rocosas, y pensó en lo profundamente solo que debía haberse sentido. La joven derramó lágrimas, no por el niño, sino por el hombre en el que se había convertido. Pues la soledad había sido la herencia de Curt, y había estampado en él un sello sutil que le hacía diferente del resto de los hombres. En concordancia, resultaba lógico que, si tenía que morir, Curt Newton lo hiciera también rodeado de una vasta soledad, alejado del resto de los hombres, viajando lejos junto a sus tres camaradas, en dirección a nuevas estrellas más allá del conocimiento humano.
La superficie de la Luna, que parecía atraerles, se fue convirtiendo en una terrible desolación en blanco y negro. Los escarpados picos del cráter Tycho se cernían sobre el cielo desprovisto de aire como si fueran unas fauces hambrientas. La pequeña nave pasó por encima de ellos, y se sumergió hasta el fondo del cráter, empleando los cohetes inferiores.
En silencio, Joan y Ezra se calzaron sendos trajes espaciales, y salieron de la nave, caminando sobre la superficie de la Luna.
Ya habían estado allí anteriormente. Conocían el camino. Encontraron sin problemas la entrada oculta, y Ezra, con suma cautela, accionó los controles que hacían que la puerta se abriera. Una muerte rápida y terrible esperaba a aquellos hombres que no conocieran la combinación. Los Hombres del Futuro guardaban bien sus secretos.
Una sección de roca lunar se deslizó a un lado, revelando una oscura escalinata. Descendieron por ella, y la roca volvió a cerrarse por encima de sus cabezas.
Continuaron descendiendo, hasta llegar a la exclusa de aire. Sus controles automáticos funcionaron con suavidad. Joan y Ezra esperaron hasta que los instrumentos mostraron que la cámara intermedia se había llenado de aire. Entonces se quitaron los trajes espaciales y se dirigieron hacia las puertas que llevaban al interior.
Por primera vez, a Joan le fallaron las fuerzas.
--No creo que vaya a ser capaz de hacerlo, -susurró-. Entrar ahí dentro, sabiendo que él no está, y que jamás regresará... Contemplar su hogar. La mesa en la que trabajaba, la cama en la que dormía, los pequeños detalles que dejó atrás, para siempre...
Se apoyó en Ezra, sollozando, y el hombre la rodeó los brazos con su grandes manazas.
--Vamos, -murmuró-. A Curt no le gustaría verte llorar.
La joven suspiró profundamente.
--Me pregunto... -dijo, con un súbito arranque de ira ante la crueldad del destino que la había hecho enamorarse de ese hombre-. ¡Me pregunto si a él le importaría lo más mínimo si yo lloro o no!
Sacudió la cabeza, y se dispuso a atravesar la exclusa interior. Ezra la seguía de cerca. Más allá, la escalera se hallaba a oscuras. Comenzaron a descender por ella, conscientes de que sus botas se escuchaban claramente en aquella bóveda rocosa, conscientes del silencio que había reinado en aquel lugar, de ser dos intrusos en un lugar desierto, en un mundo sin vida.
Bajaron tres escalones. Cuatro. Cinco. Joan gritó. El grito arrancó ecos de las paredes de roca muerta, y Ezra gritó también, un aullido áspero y profundo.
Les habían atrapado. Habían sido hechos prisioneros. Desde ninguna parte, en medio del silencio y la oscuridad, una enorme mano de hierro les había alcanzado y agarrado. Y, de repente, hubo luz.
Joan giró la cabeza.
Detrás de ella se cernía una sombra de una altura colosal, una sombra monstruosa e inhumana con un rostro de metal, extraño y carente de expresión. La fuerza de los brazos metálicos que la sujetaban contra su poderoso cuerpo metálico, era de un poder incomensurable, del cual no había escape posible.
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Ezra Gurney emitió un extraño sonido con la garganta. Joan dejó de debatirse. Su cuerpo se quedó lacio, y una niebla repentina cubrió su mirada. Su boca formó una palabra, que casi no era tal, pues la pronunció entre lágrimas y gozosa angustia. Las paredes de roca hicieron eco de esa palabra una y otra vez. Se trataba de un nombre... ¡Y el nombre que repetían las paredes era Grag! ¡Grag! ¡Grag! CAPITULO II
El Regreso de los Hombres del Futuro
GRAG. ¡Grag el robot, el gigante metálico de los Hombres del Futuro!
Joan sintió que la depositaban en el suelo con suma delicadeza. Escuchó varias voces. Grag, con su atronadora voz metálica, estaba diciendo, en tono de disculpa:
--¡Joan! ¡Ezra! No sabía que érais vosotros. Sonó la alarma, pero no había manera de saber quién había entrado.
Otra voz, sedosa y sibilina, decía con enfado:
--¡Menudo pedazo de chatarra estás hecho! ¡Le has dado a Joan un susto de muerte! ¡Mira, está a punto de desmayarse!
En efecto, la joven se desvaneció.
Luces, oscuridad, confusión. Una vaga sensación de ser transportada. Luego, sintió que yacía en algún lugar, como en el Vórtice de un remolino nebuloso.Un hombre en un cubo pequeño y transparente, que flotaba sobre el suelo... algo muy extraño, pero a la vez muy familiar. Pues ese cubo era el "cuerpo" artificial que cobijaba el cerebro viviente de Simon Wright.
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Varias formas se movían a su alrededor. Eran terriblemente indefinidas. Ezra. El metálico busto de Grag. Y otro rostro, de piel blanca, curiosamente esbelto y afilado, que la miraba con ojos brillantes, pronunciando su nombre, y al que ella respondió:
--¡Otho!
La niebla volvió a rodearla. Desesperada, enferma, buscaba con todo su corazón un medio de zafarse de ellas, pero seguía siendo incapaz de ver con claridad... Otra forma pareció perfilarse.
Simon lo sabría. Debía preguntarle a él. Pero no podía...
En algún lugar, en otro universo, una voz pronunció su nombre. No era como las demás voces.
--¡Joan! ¡Joan! -Decía, y la mente y el corazón de la joven la impulsaron a avanzar, dejando atrás las nieblas que la envolvían.
Sintió el destello de una luz, notó que la incorporaban, y allí estaba él, inclinado sobre ella; sus ojos grises mostraban una expresión ansiosa, y sus rasgos firmes se habían suavizado, en una expresión que casi rozaba la ternura.
--Curt, -susurró la muchacha-. Estás vivo. Estás a salvo.
Joan comenzó a sollozar. Curt Newton la besó, y ella se abrazó a él, cerrando los ojos.
Entonces, de repente, se enderezó, apartando de sí a Curt Newton. Le miró fijamente, con los ojos brillando de lágrimas y furia.
--¿Por qué no nos lo dijiste? -Exclamó-. ¿Por qué dejaste que creyéramos que habíais muerto? ¿Es que no tenéis corazón?
Miró a los demás, a Grag, Otho y el Cerebro. Los Hombres del Futuro evitaron su mirada, avergonzados.El grandullón Grag, que por lo general era capaz de mostrar una inmovilidad inhumana, no paraba de moverse, nervioso. Y el androide, el más humanoide de los tres, humano en todo menos en su origen, apartaba a un lado su mirada, por lo general irónica.
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Incluso Simon, el Cerebro, que antaño había vivido en el cráneo de un ser humano, pero que ahora sobrevivía en un tanque cúbico, con suero en lugar de sangre, y una bomba de suero en lugar de corazón, incluso él accionó incómodo los invisibles rayos magnéticos que le servían para moverse, y apartó sus lentes para evitar mirarla.
--Seguro que sabíais cómo nos sentíamos, -les acusó-. ¿Cuanto hace que regresásteis? ¿Semanas? ¿Meses? Conseguísteis regresar a salvo... ¡Y no os habéis molestado en decírnoslo!
Comenzó a temblar. Se volvió hacia Curt Newton casi como si tuviera intención de golpearle.
--Lo siento de veras, Joan. -El Capitán Futuro retrocedió un paso, mirando hacia otro lado-. Yo... nosotros sabemos cómo te sientes. Pero no podíamos decírselo a nadie. Todavía no.
Bajo la áspera luz de la cúpula del techo, su rostro parecía más anguloso y cansado. De algún modo, se había endurecido, había cambiado. Era el rostro de un hombre impulsado por algún férreo propósito, y sus ojos mostraban la sombra de algo oscuro y extraño.
Ezra Gurney le miró intensamente.
--Tenéis que haber tenido un motivo. Un buen motivo. -Siendo como era un veterano, le resultaba más sencillo reprimir su rabia y su dolor. Pero, al continuar, su voz se tiñó de ansiedad.
--¿Conseguísteis llegar a la galaxia de Andrómeda, Curt?
El Capitán Futuro le respondió brevemente:
--Lo conseguimos.
Incluso Joan olvidó sus emociones ante el asombro que le ocasionaron esas dos palabras.
--Alcanzásteis Andrómeda, -susurró.
Entonces se reclinó, aún sentada, invadida por el asombro. La galaxia de Andrómeda. Un continente alienígena plagado de soles, barrido por las mareas más rápidas del espacio. Un viaje magnífico e increible.
Curt Newton había tenido un sueño, y lo había hecho realidad.
--¿Encontraste lo que estabas buscando? -Preguntó Ezra-. ¿El secreto del origen de la raza humana?
Curt sacudió la cabeza, y dijo, de un modo poco directo:
--Ocurrieron muchas cosas. Tuvimos problemas, y casi nos estrellamos... los riegos habituales. Hemos sido muy afortunados de poder regresar.
De repente sonrió. La suya era una sonrisa que pretendía ser natural, pero no lo era.
--¿Confiais en mi? Hay algo que tengo que hacer, y me gustaría que regresárais a la Tierra ahora mismo. Cuando haya terminado, iré a veros, y entonces os contaré todo lo que queréis saber.
Joan se levantó. Aferró a Curt del brazo y le miró directamente a los ojos.
--Estás preocupado, -dijo-. Preocupado por mi, por nosotros, si nos quedamos aquí. ¿Por qué?
--Qué tontería. -Por algún motivo, sus palabras no resultaban convincentes, como si no las dijera de corazón-. Ahora, vete, Joan. -Miró a Ezra por encima del hombro. La suya fue una mirada dura, y cargada de significado-. ¿Te la llevas de vuelta, Ezra?
Entonces habló el Cerebro, con su voz seca y mecánica.
--Curt tiene razón, Joan. Tenemos mucho que hacer, con los especímenes que nos hemos traído. Sólo serías un estorbo.
--Desde luego, -tronó el vozarrón de Grag-. Sólo te ibas a aburrir, mirando todas esas rocas viejas y demás.
--¡Dejad de mentirme, todos vosotros! -Exclamó Joan, muy enfadada. Les miró a todos ellos. Al Capitán Futuro y a su increible trio de camaradas. Y vio que incluso los brillantes ojos burlones de Otho estaban nublados por la preocupación.
--Estáis asustados. Todos vosotros. Teneís miedo por Ezra y por mi, o no insistiríais tanto en que nos marcháramos. Os habéis traido algo, ¡Eso es! Os habéis traido algo aquí, y tenéis miedo de ello. Os da tanto miedo que no os habeis atrevido a que nadie supiera que habiais regresado.
Nadie la respondió. Y, en el incómodo silencio de aquel laboratorio bajo el cráter Tycho, un hálito de miedo invadió a Joan y a Ezra Gurney... un hálito de terror, gélido y oscuro, procedente de los abismos intergalácticos.
Ezra rompió el silencio, preguntándoles a todos:
--¿Qué encontrásteis ahí fuera?
Curt Newton respondió lentamente.Pero encontramos muchos mundos en los que habían vivido. Mundos cubiertos por ciudades desiertas y silenciosas. Mundos de muerte y misterio.
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--Encontramos algo de la historia de la Raza de los Antiguos, los humanos ancestrales. Esperábamos encontranos con ellos, pero no lo hicimos. Se habían ido hace ya mucho tiempo, a las partes más remotas del universo. El Imperio Antiguo fue retrocediendo hasta su centro desconocido, al igual que Roma se replegó antes de caer.
El Cerebro dijo, con su peculiar voz precisa y carente de emociones:
--Encontramos muchos registros e inscripciones, redactados en la lengua del Imperio Antiguo... el llamado idioma Denebiano, que ya podemos traducir. Por entonces, ya se encontraban en decadencia, medio en ruinas, por el paso del tiempo. Pero, incluso esos registros, medio borrados, nos contaron una historia extraña y grandiosa.
Como un hombre hechizado por un sueño mucho más grande que sí mismo, Curt Newton comenzó a narrarles aquella historia. Con su cabellera roja desordenada, y sus ojos, como mirando más allá del tiempo y el espacio, comenzó a hablar.
--Algunas de estas cosas ya las sabéis. Nos ayudásteis a seguirle el rastro al misterio de la humanidad por todos los mundos estelares de nuestra propia galaxia, hasta que descubrimos que la respuesta estaba aún más lejos, más allá de los letales golfos del espacio exterior. Pues bien, ahora sabemos que esas respuestas están incluso más lejos que la galaxia de Andrómeda. Pero hemos aprendido mucho.
"Sabemos cómo la raza humana, la Raza Antigua, llegó desde un desconocido lugar de origen, y se esparció por todo el universa. El Imperio Antiguo, que abarcaba galaxias enteras, como el nuestro abarca planetas. Incluso conocemos algunos detalles... sobre cómo la Raza Antigua luchó por su supervivencia contra los imperios alienígenas pre-humanos, como por ejemplo los Línidos. -Los músculos de su boca se tensaron. Repitió ese nombre, con gran suavidad-. Los Línidos. Esas criaturas sabias y letales que ya existían antes de la llegada del hombre, y que tan cerca estuvieron de detener la marcha del imperio... tan cerca que casi destruyeron a toda la raza humana. Eran grandes y orgullosos, los Línidos. Poseyeron galaxias enteras durante Eras, antes de la aparición de los primeros bípedos. Y no les gustó su llegada."
"Ahí fuera, en la galaxia de Andrómeda, hace largas Eras, se luchó la última batalla entre los Linidos y los hombres. Y nuestros remotos antepasados la ganaron. Eso es lo que descubrimos en aquellos registros medio borrados, las crónicas medio destruidas de aquella guerra luchada hace eones. Eso, y unas cuantas pistas crípticas que tan sólo profundizaban un poco en el misterio de nuestros orígenes raciales."Curt Newton quedó unos instantes en silencio, abrumado por la pasión de su sueño. Sus tres extraños camaradas le miraban, también, en silencio.
Ezra Gurney volvió a sentir la fortaleza del vínculo que unía a los Hombres del Futuro. Ni él ni Joan podrían jamás, por más afecto que les tuvieran, llegar a penetrar en ese vículo formado por los cuatro. En cierto modo, ella y él siempre serían unos extraños.
Joan dijo con suavidad:
--Pero encontráteis algo más ahí fuera. Algo más que conocimiento. Vas a tener que decírmelo, Curt. Porque no pienso irme de aquí.
--NO. -Dijo Ezra-. Ni yo tampoco. Jamás nos hemos echado atrás por el peligro.
Los ojos del Capitán Futuro buscaron la mirada de Simon Wright.
--¿Qué puedo hacer, Simon?
El Cerebro le respondió:
--Ya han tomado su decisión. Es lo que ellos quieren.
--Muy bien, -dijo Curt. Puso sus manos sobre los hombros de Joan y Ezra, apretándolas con afecto. Sonrió, y en esta ocasión, la sonrisa, aunque triste, no era en absoluto forzada-. Debí haberlo sabido, -dijo.
Entonces, les guió por la gran zona de paso central del laboratorio, un vasto espacio circular excavado en la roca lunar, atestado de aparatos de todo tipo. A partir de la habitacIón principal, se abrían salas más pequeñas, y numerosos pasillos. Dependencias habitables, camaras con suministros, y el gran pasillo que conducía al hangar de su nave, el Cometa.
Dos bestias extrañas y diminutas, completamente diferentes una de la otra, vinieron trotando hacia Joan y Ezra, y saltaron frenéticas alrededor de sus piernas. El endurecido rostro de Ezra mostró una breve sonrisa.
--Veo que tu y Grag aún conserváis a vuestras mascotas, Otho.
Joan no fue capaz de detenerles. Tanto Eek, el ratón marciano gris, de morro afilado, que se alimentaba de metal, como Oog, la pequeña y gordezuela bestia mimética, le habían sido siempre muy queridos. Pero ni siquiera el alboroto que formaron pudo apartar de ella esa sensación de amenaza que empezaba a crecer en su interior.
Y las dos bestezuelas se apartaron de ella, cuando vieron la puerta a la que Curt Newton se dirigía, la puerta de una de las cámaras más pequeñas. Cuando abrió la puerta, las mascotas se dieron la vuelta, como si tuvieran miedo.
--Ahí dentro, -dijo el Capitán Futuro.
Joan y Ezra se quedaron inmóviles, mirando el interior. En el centro de aquella sala excavada en la roca, había una máquina. Un artefacto similar a una caja fuerte, rodeada de cristales y cables resplandecientes. Parecía demasiado frágil para contener lo que fuera que había en su interior. Latía con un ritmo débil y constante, que se dejaba notar en sus aristas y cables, haciendo que los cristales brillaran con diamantinos puntos de luz.
--Ese artefacto, -dijo el Cerebro-, crea un campo completo de éxtasis en su interior. En el interior de esa caja, que parece tan sencilla, el tiempo, la entropía, el movimiento, no pueden existir.
Joan había retrocedido hasta acercarse a Curt. Los ojos de la joven estaban fijos en lo que había alí dentro, inmóvil en el interior del artefacto.
Aquel ser tenía un núcleo central de una materia densa y oscura, cubierto por numerosas capas y velos de algo oscuro. Y, aunque dichas capas y velos parecían sólidos, tangibles... no se parecían en nada a la carne.
El diseño y función de aquella criatura era tan absolutamente ajeno a la escala evolutiva conocida, que los ojos del ser humano no eran capaces de comprender su forma. Y, aún así, había algo en la helada inmovilidad de ese extraño ser, y los velos flotantes que le rodeaban le otorgaban algo parecido a una forma definida.
Incluso ahora, sin vida y sin sentidos como estaba, aquella forma emanaba una desagradable sensación de poder. Joan sintió que se le ponía la piel de gallina, con una repugnancia instintiva, y notó en su corazón como si una marea, negra y helada, fluyera desde esa cosa, una sensación de horror, de pertenecer a algo totalmente en conflicto con la vida, tal como ella la concebía.
--¿Qué es esa cosa? -Susurró.
--Es uno de los primitivos señores de las galaxias, -respondió Newton-. Un Línido.
De algún modo, saber que eso tenía un nombre, lo hacía menos impactante. Joan se obligó a si misma a mirarlo otra vez.
--Lo encontramos, -dijo Otho lentamente-, ahí fuera, en una de las ciudades muertas de la antigua raza humana.
--Fui yo el que lo encontró, -le corrigió Grag-. Fui yo el que abrió aquella cripta, bajo el Salón de los Noventa Soles. Si no hubiera sido por mi, tu no habrías podido mover esa puerta.
--Fuertes espaldas, -dijo Otho-, y mente débil. -Pero no puso demasiado empeño en lanzar aquella puya. El oscuro durmiente les tenía a todos maravillados, y a la vez preocupados.
--¿Quieres decir que, hace millones de años, Cosas como ésta fueron los Señores de la creación? -Dijo Ezra, incrédulo.
Curt asintió muy serio.
--Si. Las galaxias fueron suyas antes de la llegada del ser humano. Combatieron con el hombre, con la Antigua Raza. Pero no fue sólo el hombre quién acabó con ellos. Todas las especies tienen su momento, y el de ellos se terminó. Desaparecieron, al igual que otras muchas grandes especies, en parte debido a un cambio en las condiciones naturales. Creemos, por lo que hemos descubierto, que en el caso de los Línidos, ese cambio fatal fue el de la entropía. De algún modo, el incremento de la radiación cósmica acabó por afectar a su extraña forma de vida.
--¡Esa Cosa, -suspiró Joan-, muerta y perfectamente conservada después de todas estas Eras!
Los ojos del Capitán Futuro tenían una extraña mirada.
--De eso se trata precisamente, Joan. Eso no está muerto.
Las palabras arrancaron ecos en la habitación de roca, como la voz viviente del peligro.
Como por instinto, todos se alejaron de la puerta. Durante un tiempo, nadie habló. Entonces, Simon Wright ofreció una explicación.
--Los registros nos informaron de que la Antigua Raza ganó la guerra galáctica contra los Línidos... pero que no llegaron a destruirles. Los Línidos eran una forma de vida demasiado diferente, como para que la ciencia humana pudiera destruirla. Tan sólo podían apresarles, empleando un campo de éxtasis como este de aquí.
"Había una advertencia. Si el campo de éxtasis era desactivado, el Línido recobraría la vida y la consciencia. Sería como si todos estos eones nunca hubieran pasado. Recuperaría todo su poder... y los registros avisaban a todo el que los leyera, que los Línidos poseían un poder terrible... el poder de la posesión absoluta, contra el que sólo las Joyas de Fuerza servían de protección."
--"Si el campo de éxtasis era desactivado..." -Dijo Joan-. ¡No! Curt, no irás a...
Su voz se fue apagando al no recibir respuesta. El rostro de Curt parecía como tallado en granito.
--Vamos a levantar el campo... sólo un poco. Lo suficiente como para revivirlo, pero no tanto como para no mantenerle prisionero. Estamos seguros de que podemos comunicarnos con él por medio de la telepatía. -Estaba lívido por la tensión. Su preocupación combatía con una fiera emoción-. Sabemos que vamos a correr un gran riesgo. ¡Pero tenemos que hacerlo! Este superviviente de eones olvidados, puede contarnos cosas acerca de el pasado que nunca habríamos podido saber. Pero tu no deberías correr ese riesgo, Joan. Tu y Ezra debéis iros.
Ambos respondieron al unísono:
--No.
Y Ezra añadió:
--Por el aspecto que tiene esa cosa, es posible que vayáis a necesitar toda la ayuda posible.
Curt suspiró.
--Está bien. No vamos a meternos en esto completamente desprovistos de defensas. En el Salón de los Noventa Soles encontramos también varias Joyas de Fuerza. La Antigua Raza debió usar ese lugar como una especie de punto de reunión con los Línidos, donde parlamentar acerca del gobierno de Andrómeda. También nos las hemos traido.
Procedió a sacarlas de una caja cerrada. No se parecían a ninguna joya normal. Eran grandes y redondas, y de un color negro, con la misma absoluta oscuridad insondable propia de los Línidos. Cada joya estaba engarzada en el centro de una diadema de metal.
En medio de un silencio plagado de tensión, los seis tomaron una diadema y se la colocaron en la cabeza. Incluso el Cerebro colocó una por encima de su caja transparente.
--No sabemos muy bien cómo funcionarán estas joyas, -musitó Otho-. Es de suponer que serán eficaces.
Simon Wright dijo secamente:
--Creo que podemos confiar en la Antigua Raza. ¿Estás listo, Curtis?
--Si.
--Pues vamos allá.
Volvieron a pentrar en la sala en la que dormía aquel ser informe. Entonces, Joan y Ezra pudieron observar, junto a la máquina de éxtasis, un aparato grande, similar a una caja, con un altavoz ordinario montado en una de sus caras.
--Eso de ahí es un intérprete mecánico telepático que hemos construido, -les dijo Otho.
Simon Wright explicó:
--Las joyas nos protegen contra los ataques mentales, cerrando el camino a todo impulso telepático alienígena. Podemos proyectar nuestros pensamientos, pero no podemos escuchar las respuestas telepáticas. Pero ese aparato absorberá los impulsos del pensamiento del Línido, y los traducirá electrónicamente hasta un lenguaje audible, para que podamos comunicarnos con él sin peligro alguno.
Miró al Capitán Futuro. Y Curt, tras accionar el interruptor del intérprete, lo acercó más al artefacto latiente.
Tocó el artefacto de éxtasis. Con gran cuidado, con infinita cautela, movió un resorte, un dial... dos... El resplandor pulsante se fue apagando ligeramente en los cristales. Los diferentes cables disminuyeron su luminescencia.
Y entonces, la vaga forma oscura se movió. Curt retrocedió de la máquina.
No obstante, ninguno de ellos habló ni se movió.
Las capas y los velos del Línido ondearon lánguidamente alrededor de su núcleo central. Y un súbito escalofrío golpeó la mente de Curt, aún a pesar de la barrera que le proporcionaba la joya... un vago atisbo de horror.
El Línido había despertado.
CAPITULOIII
El Enemigo Alienígena
CURT NEWTON era remotamente consciente de la pétrea inmovilidad que experimentaba su propio cuerpo, con los músculos tan tensos que casi parecían a punto de quebrarse. En algún lugar en su interior yacía un miedo como jamás había conocido en su larga vida de aventuras, un horror atávico que por lo general sólo se muestra en una pesadilla. El corazón le latía con tal excitación que casi encontraba difícil respirar.
Los velos oscuros ondeban de un lado a otro, en el interior de la caja de cristal. Lentamente, debatiéndose contra el éxtasis parcial que aún lo contenía, aquella cosa informe extendió sus ondeantes miembros, explorando, probando, tocando. Las capas y los velos hicieron contacto en los cristales resplandecientes. Retrocedieron, y se quedaron inmóviles, pero no como lo habían estado anteriormente. Ahora estaban vivos. Vibraban con una terrible fuerza contenida. Estaban agazapados, esperando su momento.
Curt sabía que el Línido le estaba observando. Podía ver cómo le vigilaba. El núcleo central de oscuridad que asomaba tras los velos había adoptado un vago resplandor, que le hizo pensar en el corazón de las oscuras nebulosas que había visto en el espacio, en los sectores de soles emergentes. Miró en dirección a aquel núcleo sentiente, y notó inteligencia, sabiduría... una ferza primigenia, y tan implacable como la muerte.
Una fuerza que adelantó unos dedos sutiles hasta su mente, y que luego retrocedió, tal como había hecho antes su cuerpo físico. Las joyas habían reaccionado ante el estímulo adecuado. El Capitán futuro vio que, tanto él como los demás, estaban rodeados por una extraña aura que les cubría de la cabeza a los pies. Supuso entonces que las "joyas" no eran sino intrincados receptores y transformadores, que atrapaban la fuerza telepática de la mente del Línido, amplificádola, y empleándola como escudo defensivo. ¡Una aplicación avanzada del viejo y tosco principio de luchar contra un adversario son sus propias armas!
De repente, Curt se sintió apasionadamente agradecido por aquellas Joyas de Fuerza. Aquel débil contacto de la mente del Línido contra la suya había sido más que suficiente. Había sido como el toque de esa frialdad espantosa que habita en las grandes profundidades del espacio, en las que no ha habido vida jamás.
Curt habló, formando claramente las palabras en su mente, para que también los demás pudieran escucharlas y comprenderlas. Esa era la prueba. Si el Línido era de verdad telépata, de lo cual estaban convencidos, las arenas del tiempo que habían ido cubriendo la historia del cosmos podrían ser echadas a un lado.
Pensó con fuerza. Con claridad. Proyectó sus pensamientos hacia el exterior del aura que había formado la joya. ¡Hace eones, en el Salón de los Noventa Soles, debió de haber comunicación entre el hombre y el Línido!
--¿Puedes oir mis pensamientos? ¿Puedes oirme?
Esperó, pero no hubo respuesta. La criatura la observaba, esperando.
Curt dio un respingo. ¿Acaso habían entendido mal los registros de la Antigua Raza? No, eso no se lo creía.
--¡Respóndeme! ¿Puedes oir mis pensamientos?
Silencio. Los tejidos oscuros se movían, y detrás de ellos, el núcleo oscuro palpitaba, pero no había ningún sonido en el intérprete telepático. Sin ser consciente de cómo lo sabía, el Capitán Futuro sintió que la criatura se estaba burlando de él con su silencio.
Dio un paso adelante, y una ira naciente le inundó, nacida, en parte, del miedo.
--De modo que no puedes oirme, -dijo de un modo salvaje-. No puedes hablar. Muy bien. Volveremos a dormirte.
Extendió la mano hacia los controles. Los velos se agitaron con fuerza, y el oscuro núcleo emitió un brillo de amargura. De un modo abrupto, sorprendentemente alto, en medio de la atmósfera cargada de tensión, la voz átona y metálica del intérprete mecánico dijo:
--¡Te escucho, humano!
Las cinco figuras expectantes emitieron un susurro bajo, cargado de emoción. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Curt. Lo había conseguido.
Pero no apartó la mano del artefacto. La posó en los controles, mirando directamente al corazón del ser alienígena, y emitió un pensamiento rudo y dominante.
--¡Sabes que no puedes escapar! Sabes que, con un sólo movimiento de mi mano, volverás a sumergirte de nuevo, indefenso, en la más absoluta inconsciencia.
Una vez más, no hubo respuesta. La voz de Curt, recalcando el pensamiento que estaba proyectando, restalló de súbito:
--Lo sabes, ¿No es así?
En esta ocasión, la voz átona y mecánica respondió con deliberada lentitud.
--Lo sé.
La frente del Capitán Futuro estaba surcada de arrugas. Estaba intentando ganar una autoridad psicológica sobre una mente tan vasta y extraña que jamás podría llegar a comprenderla.
¡Y aún así, aquella mente era capaz de compreder su poder para encadenarla de nuevo en un éxtasis frío e inconsciente! Curt contaba con eso como su arma, para conseguir que el Línido le dijera lo que deseaba saber.
Y lo que deseaba saber era el secreto de la historia de las galaxias, del origen de la humanidad... ¡Nada menos que eso! Una tensIón sobrehumana creció en el interior de Curt Newton, al verse ante el último umbral del misterio que, tanto él como los Hombres del Futuro, habían investigado a través del tiempo y el espacio.
Habló con voz dura.
--Línido, hay algo que puedo ofrecerte. Y también hay algo que tu puedes ofrecerme a mi... ¡Conocimiento!
--¿Conocimiento? -Se burló la voz metálica-. Darle conocimiento a los Señores Galácticos humanos, para que puedan usarlo contra nosotros...
--No me refiero a ese tipo de conocimiento, -dijo Curt rápidamente-. No deseo saber nada acerca de armas o ejércitos. Lo que deseo saber es el pasado de la galaxia, el pasado de tu raza, y el de mi gente.
--¿Acaso debo mostrale la sabiduría de los Línidos a las reptantes y vermiformes hordas del hombre? Humano... no lo haré.
Curt ya esperaba esa respuesta. Habló en tono concilador.
--Recuerda que hay algo que yo puedo ofrecerte a cambio.
--¿Qué me darás a cambio, humano?
--¡La libertad! ¡Estarás libre de este campo de éxtasis que te aprisiona!
Con esas palabras captó la atención del Línido. Lo supo al instante por el súbito remolino de sus velos y capas, y por el latido de movimiento que invadió todo el extraño cuerpo de aquel ser embozado.
La voz de Joan le interrumpió. La joven tenía la cara pálida, embargada por el dolor.
--Curt, aún a cambio de conocimiento ¿Liberarías a esa Cosa?
--¡Sería un suicidio! ¡Una locura! -Exclamó Ezra, fuera de si.
Curt no se dio la vuelta, pero les respondió. Sus pensamientos hablaban al Línido al mismo tiempo que sus palabras se dirigían a ellos.
--No temáis, no voy a liberarlo aquí. Una pequeña nave robot se lo llevará, aún inmerso en su campo de éxtasis, hasta lo más lejano de los abismos galácticos. Y, ya en el otro extremo del universo, unos controles automáticos desactivarán el éxtasis. Tardará mucho tiempo en ocurrir... pero el tiempo no es nada para esta criatura.
Se detuvo un instante, y volvió a hablar, dirigiéndose en esta ocasión a su cautivo.
--¡La libertad! -Repitió de nuevo a aquel ser embozado-. No será inmediata, pero terminarás teniéndola. Eso es lo que yo te ofrezco.
--Mis hermanos me la darán, cuando vengan por fín a destruiros a todos los humanos, -se regocijó la voz átona.
Curt se sorprendió. ¿De modo que el Línido ni siquiera sospechaba cuantos eones había permanecido inconsciente... ni todas las cosas que habían pasado desde entonces? Aunque, después de todo, la criatura no tenía modo de saberlo.
Pero él no se lo diría. El Línido no le creería. Estaba seguro de ello. Y no habría manera alguna de convencerle
--¿Y por qué no han venido ya tus hermanos? -Le pinchó Curt-. ¿Por qué no aparecieron mientras yacías congelado bajo el Salón de los Noventa Soles?
El Línido se refugió en un silencio plagado de dudas. Entonces, finalmente, llegó la pregunta crucial.
--¿Qué garantías tengo de que cumplirás con tu parte del trato, humano?
La mente del Capitán Futuro se llenó de satisfacción. Estaba ganando.
--Ninguna garantía, excepto mi promesa, -respondió llanamente-. No tienes otra alternativa.
--Todo el universo sabe que el hombre es la única criatura que miente, -fueron las amargas palabras del Línido-. Pero... si he de estar libre otra vez, deberé confiar en un humano. Te daré el conocimiento que pueda, a cambio de la libertad.
Otho emitió un suspiro siseante.
--¡Le tenemos!
--Entonces responde a esto, -dijo Curt Newton-. ¿De donde vino nuestra raza en un principio?
La pregunta pareció extrañar al Línido.
--¿Acaso no lo sabes?
--Si lo supiera, ¿Te lo preguntaría? -Le respondió Curt salvajemente-. ¡Responde, Línido!
--Ciertamente, los hijos del hombre no son más que un gusano reptante recién llegado al universo... ¡Mira que no conocer a vuestros propios padres! -Dijo la voz mecánica.
Curt ignoró aquella burla.
--¿Quienes fueron los padres del hombre? ¿De donde nació el ser humano?
El ser embozado se agitó, mientras sus velos y capas ondeaban sin parar. Finalmente, la voz átona del intérprete volvió a hablar.
--Humanos, sois unos novatos en el universo. Ignoráis todo su esplendoroso pasado, incluso vuestro propio pasado. Pues, ¿Como podrías, -siendo como sois una patética semilla de carne, que muere casi al poco de nacer-, conocer la grandeza de los ciclos muertos?
"Nosotros, los Línidos, lo sabemos. No somos de una carne como la vuestra, ni vivimos una vida como la vuestra. Pues no somos hijos de la luz pasajera, sino de la eterna oscuridad. ¡Si, hijos de las nebulosas oscuras, no de las brillantes galaxias! Y no estamos limitados por las rígidas ataduras del hueso y la carne, que no tardan en corromperse y morir, sino que nuestro cuerpo se asemeja a las siempre cambiantes nubes negras en las que estamos envueltos."
El Capitán Futuro recordó algo de repente. Rememoró cómo la primera visión que tuvo del Línido le había recordado irresistiblemente al eterno bullir de las nebulosas oscuras de más allá de la galaxia.
La voz átona y metálica pareció crecer, hacerse más altiva, más orgullosa... una ilusión provocada por las palabras que decía.
--¡Hace largas Eras, nosotros, los Línidos, partimos orgullosos de nuestro oscuro hogar, nosotros, que podemos volar por el espacio directamente, sin necesidad de toscas naves mecánicas! Nos esparcimos orgullosos por innumerables galaxias, conquistándolas y sometiéndolas a nuestra raza.
"¡La gloria de los Línidos! ¡La sabiduría y el poder que hicieron que grandes reinos estelares se postraran ante nosotros! ¡La de guerras que luchamos a través de los abismos espaciales, con las demás razas poderosas, que osaron desafiarnos y a las que derrotamos y destruimos!
--¡A todas, excepto a la raza de los hombres! -Le recordó Curt Newton nervioso-. ¿De donde vinieron?
--Si... el hombre. -La voz del intérprete reprodujo las palabras llanamente, aunque parecía transmitir un deje de odio y amargura-. ¡Una criatura más baja que el mismísimo polvo, que fue creado por los Primogénitos como un último intento de desafiarnos!
Newton estaba rígido, mientras los mismísimos portales del pasado cósmico, perdidos hace eones, se abrían tangiblemente ante él.
--¿Los Primogénitos? ¿Quienes eran, Línido? ¿Quienes eran?
--Estaban allí antes que los Línidos, -replicó lentamente la voz-. No eran como nosotros, ni como ninguna de las otras razas, ni como vosotros, humanos, según dicen las leyendas.
"Eran sabios y poderosos... todo el universo lo sabía. Pero también eran unos locos. Unos soñadores. Soñaron con un universo completa y absolutamente regido por la justicia. E intentaron llevar a cabo ese sueño."
"¡Pero no lo lograron! ¡Ellos, los Primogénitos, a quienes todo el universo había temido durante eones, no pudieron derrotarnos a nosotros, los Línidos, al igual que todas nuestras razas rivales! ¡Regresaron derrotados a sus mundos secretos, en el otro extremo del universo!"
"Entonces dijeron ellos, los Primogénitos: 'Hemos fallado en llevar la ley al universo porque, aunque es grande nuestra sabiduría, no somos física ni psíquicamente adaptables a todos los diferentes mundos del universo. Nuestro sueño está muerto, y con él se ha extinguido nuestra razón de vivir, de modo que nos iremos para no volver. Pero, antes de partir, dejad que creemos una nueva raza, que será lo bastante hábil y adaptable como para triunfar algún día allí donde nosotros hemos fracasado.' "
"¿Y, con qué herencia, crearon los Primogénitos al... hombre? ¡Con la de los monos que se arrastran, la de las sucias hordas parloteantes de los mundos lejanos, la herencia de los mentirosos, de los tramposos, los impuros! Y dijeron: 'Aunque el hombre es todas esas cosas, en él está la semilla del poder, de un poder que algún día podría unir el universo bajo la ley y la justicia, tal como soñamos hacer nosotros.' "
"Y así, a partir de los ruidosos simios, los Primogénitos desarrollaron vuestra raza, humano! Una raza que carece de los atributos de las grandes razas galácticas, que no tiene nada, excepto curiosidad... una curiosidad que desencadena poderes que habría que estar loco para usar. ¡De modo que vuestra raza fue esparcida por todo el universo, hace eones, por los Primogénitos, antes de que éstos desaparecieran!"
Cuando la voz mecánica se detuvo, el Capitán Futuro permaneció con los nervios en tensión. Al fín había resuelto un misterio cósmico... ¡Pero más allá aparecía un misterio aún más antiguo!
--¡Así que ese es el secreto del origen cósmico del hombre! -Suspiró Joan.
--Aunque, según dicen los científicos, en la Tierra, el hombre evolucionó del mono, -musitó Ezra intrigado.
El Línido le respondió con tono burlón.
--Así fue en todos los mundos. Los humanos, a quienes los Primogénitos hicieron evolucionar a partir de los simios, regresan de vez en cuando a su estado de bestias, y luego tienen que esforzarse por volverse civilizados.
--¿Pero dónde hicieron todo eso los Primogénitos? -Presionó Curt Newton-. ¿En qué lugar de las galaxias estaba su hogar?
--Ni siquiera los Línidos sabemos eso, -fue la respuesta del intérprete mecánico-. Aunque hay ciertas leyendas...
La voz átona y traducida de la criatura se detuvo de improviso. Una extraña tensión había inmovilizado sus ondeantes capas y velos.
--¿Qué leyendas? -Presionó agriamente el Capitán Futuro-. ¡Habla, si quieres que al final te libere! -Pero, mientras hablaba, no era consciente de una pequeña forma gris que había entrado en silencio en la habitación.
La voz traducida del Línido, habló, de repente, con gran rapidez.
--Os diré todo lo que sé. Quizás eso responda a vuestras preguntas. Escuchad atentamente...
Todos se inclinaron hacia delante, ansiosos por escuchar todas y cada una de las palabras. Y entonces, por el rabillo del ojo, Curt Newton vio movimiento... y, al mirar, vio a Eek, el ratoncillo lunar, que se avanzaba a toda velocidad, pero con gran sigilo, en dirección a Joan.
Con un escalofrío, se dio cuenta de lo que estaba a punto de suceder. Saltó hacia delante, lanzando un grito de aviso, aunque, mientras lo hacía, sabía que ya era demasiado tarde, y que había cometido un error fatal. Se había olvidado de Eek. Había olvidado que la mente del pequeño ratón lunar era extremadamente sensible a los impulsos telepáticos. Y el Línido había dado con él, y había topado con una posible herramienta receptiva e indefensa. Sus últimas palabras precipitadas, aquella promesa de una última porción de conocimiento, habían sido para distraer su atención.
El grito del Capitán Futuro provocó que todos se sobresaltaran. Joan se dio la vuelta. La mano de Curt aferró el pequeño cuerpecillo del roedor, pero era demasiado rápido, y demasiado escurridizo. Eek saltó, sin ser interceptado, directo al rostro de Joan.
Sus mandíbulas atraparon la Joya de Fuerza, arrebatándola de la cabeza de la joven.
Eek cayó al suelo, llevándose la joya consigo, y al instante volvió a ser dócil. En ese momento, Curt Newton se dirigió, desesperado en dirección a Joan.
Pues la joven acababa de esquivarles, en el mismo instante en que el aura protectora la había abandonado. Al momento, se lanzó en dirección a los controles del artefacto que producía el campo de éxtasis.
El Línido ya no estaba interesado en usar a Eek; ahora tenía una herramienta mejor.
Joan estaba mucho más cerca de la máquina que Curt. Habría sido necesario que él la disparara... tan sólo eso habría podido detenerla a tiempo.
En un instante, la mano de la muchacha accionó los controles para desactivar el campo de éxtasis.
Y, con una rapidez sobrenatural, el Línido salió fuera del artefacto desconectado, y se lanzó sobre ella. Los embozados velos oscuros y las capas, ondearon en remolinos, envolviendo a Joan, mientras la joven permanecía inmóvil, con los ojos en blanco. Con un fiero alarido, Curt saltó hacia delante. Grag saltó con él, emitiendo un rugido atronador, al igual que Otho, Ezra y Simon.
Pero todos ellos se detuvieron cuando vieron lo que le estaba ocurriendo a Joan. Ezra se cubrió el rostro con las manos.
¡El Línido se estaba mezclando con su cuerpo! ¡Las oscuras capas y velos, e incluso el núcleo de aquella cosa, más denso y oscuro, estaban penetrando en el interior de la carne de Joan!
"...el poder de la posesión absoluta, contra el cual, sólo las Joyas de Fuerza servían de protección."
Posesión absoluta. Ahora, Curt sabía, con una claridad espantosa, a qué se refería el aviso de la inscripción. No se trataba sólo de posesión mental, sino también de una posesión física... el cuerpo sólido del Línido entraba en el cuerpo sólido de su víctima, interconectándose con él, por medio de un poder antiterrenal de manipular los átomos de su propio cuerpo que sólo una criatura alienígena habría podido poseer.
Joan se alzó ante ellos, con el rostro oscuro, extraño, similar al de una máscara, y unos ojos convertidos en pozos de sombras, que miraban a Ezra y a los aterrados Hombres del Futuro. Unas palabras, que no provenían de ella, sonaron burlonas desde sus propios labios.
--Y ahora, humanos, ¿Por que no hablamos de mi liberación?
CAPITULO IV
El último Recurso
Mientras permanecía petrificado por el horror, Curt Newton llegó a la conclusión de que, al fin se había excedido más allá de lo razonable. Los Hombres del Futuro, durante los años en los que habían trazado su venturosa senda a través del espacio, se habían enfrentado con adversarios muy peligrosos. Les habían hecho frente, y, al final, les habían derrotado. Ahora sabía que eso les había hecho confiarse demasiado. Había provocado que se atrevieran a enfrentarse contra el enemigo más peligroso que el ser humano conociera jamás en toda su historia. Contra un monstruoso superviviente de los eones del pasados, ante el cual el hombre no era más que un niño.
--Ha atrapado a Joan, -susurró Ezra, mortalmente pálido-. Ha atrapado a Joan, y no podemos hacer nada.
¿Joan? Esa marioneta de rostro oscuro y ojos ensombrecidos que se enfrentaba a ellos, no era Joan. Ni tampoco las palabras de tanteo que les dirigió eran propias de Joan.
--¿Debo darte aún más conocimiento, eh humano? ¿Debo decirte más... antes de poder partir a reunirme con mis hermanos en su guerra contra la semilla de los hombres?
Curt sabía muy bien que el Línido tenía intención de destruirles a todos. No por malicia personal. Sino porque eran enemigos raciales. Eso significaba que, antes de irse, les destruiría a todos.
Y podría conseguirlo si empleaba a Joan como herramienta. Sólo había un modo de evitarlo, y era destruir esa herramienta.
Matar a Joan.
La atronadora voz de Grag sonó intranquila, mientras el robot permanecía rígido, pero, de algún modo, inseguro.
--Jefe... ¿Qué hacemos?
Todos ellos se daban cuenta de que estaban en tablas, y Curt lo sabía. Todos eran conscientes de que sólo una cosa podría detener al Línido, pero eso era algo que, ni siquiera la perspectiva de una muerte inminente podría obligarles a hacer.
Curt se vio invadido por una rabiosa sensación de culpabilidad. Su tozudez, su pasión desmedida por resolver el misterio cósmico, había provocado el final de los Hombres del Futuro, de Ezra, y de Joan.
No permitiría que ocurriera. No lo permitiría. Le invadió una ira fría y antigua, una emoción que no era furia humana, sino algo incansable e implacable, que había aprendido hace muchos años de sus extraños tutores.
--¡Apresúrate, humano! -Volvió a burlarse el Ser a través de los hermosos labios de Joan-. ¡Haz tus preguntas! ¡Pues mis hermanos me esperan, para continuar la guerra!
Dos pensamientos pasaron como destellos simultaneos por la mente de Curt. El primero: que el Línido volvía a hablar, una vez más, para intentar distraerles, pues, con el cuerpo de Joan, estaba avanzando sigilosamente hacia ellos, de modo que podría arrebatarles las joyas protectoras, y así tenerles a todos completamente en su poder.
El otro, fue un pensamiento que cruzó por su mente como un diminuto relámpago de loca esperanza. Aún tenía una pequeña ventaja sobre el Línido... sólo una. Pero podía usarla como arma.
No se trataba de un arma física. Ningún arma de ese tipo podría dañar al Línido sin antes matar a Joan. No, su última arma era un arma psicológica. El Línido tenía intención de destruirles. Y emplearía a Joan para hacerlo. Su única esperanza era disuadir al Línido de sus intenciones, por medio de un ataque psicológico.
Curt habló, dirigiéndose a aquello que una vez fue Joan. Dijo ásperamente:
--¡Vuelve entonces, con tus hermanos... eso si puedes encontrarlos! ¡Vuelve a Andromeda... y únete a ellos en su gran victoria sobre el hombre!
El Línido detuvo su sigilosa y sutil aproximación. Había percibido algo muy intranquilizador en el pensamiento del Capitán Futuro.
--¿Cuanto tiempo crees que has pasado congelado bajo el Salón de los Noventa Soles? -Preguntó Curt-. ¿Años? ¿Siglos? No... ¡Han sido Eras! ¿Y adonde te crees que ha ido la raza de los Línidos durante esas Eras? ¿A la victoria?
"No, ¡A la Muerte! ¡Tus hermanos perecieron hace ya largo tiempo, y ya nadie los conoce en el universo! ¡Nadie los conoce excepto tu, el último de ellos... el último!"
Se notaba una ira contenida en las palabras que pronunciaron los labios de Joan.
--¡Es mentira! ¡Vosotros, los humanos, jamás podríais haber derrotado y destruido a mi raza!
--¡No sólo fuimos los humanos... fue el letal incremento de la radiación, lo que realmente acabó con ellos! -Señaló Curt rápidamente-. ¡El fatal reloj de la entropía ha estado funcionando mientras permanecías congelado!
"¡Ni en esta galaxia, ni en Andrómeda, ni en las galaxias que hay más allá, vive ningún otro Línido a excepción de ti! Yo he contemplado... las antiquísimas inscripciones del hombre, que hablan de la caída de los Línidos. De cómo los mundos que pertenecieron a tu raza dejaron de ser suyos. ¡Los registros de la victoria final del hombre!"
--¡Es una trampa! ¡Mientes! -Exclamaron los labios de Joan-. Tengo en mi poder a esta hembra... tengo su mente en mi poder... su mente, sus recuerdos, y no veo en ellos nada de lo que tu estás diciendo.
Aquello era justo lo que el Capitán Futuro había esperado, y, al instante, reanudó su ataque, presionando aún más.
--¡Ella nunca llegó a ver esas cosas! Lo único que conoce es este pequeño Sistema solar, nada más. Pero yo si las he visto... y puebo probarlo todo.
--¡Los hijos del mono siempre se han distinguido por su falsedad! No puedes probarlo.
--¡Si que puedo! -El rostro de Curt tenía la palidez del mármol blanco-. Puedes abandonar el cuerpo de esa chica y poseerme a mi... mi mente, los recuerdos de todo cuanto he visto. ¡De ese modo podrás probar la verdad!
Aguardó la respuesta en tensión. Sabía que esa era un única posibilidad. La única posibilidad de salvar a la joven, que había puesto en peligro por su propia tozudez.
Las sombras que asomaban en los ojos en blanco de Joan parecieron girar... incómodas, molestas. Supo que había conseguido implantar una duda terrible en la mente del Línido.
¿Acaso la criatura dejaría a un lado esa duda, y rechazaría su oferta? No lo creía. Ese Ser, que había hablado con tanta pasión de sus hermanos, y con tanto orgullo racial, no podría quedarse con la duda ante la espantosa posibilidad que Curt acababa de afirmar. Curt se rió. Una risa amarga que rompió el silencio. Enderezándose, se quitó la joya de la cabeza, y la lanzó a un lado, quedándose indefenso. Volvió a reirse, haciendo frente a las profundas sombras que asomaban en los ojos de Joan.
--Te ofrezco un arma más poderosa contra mis camaradas que la que posees ahora, y aún así, tienes miedo de tomarla. ¡Te doy miedo, Línido... te da miedo la verdad!
--No, -susurró la voz alienígena desde los labios de Joan-. Mi gente jamás conoció el miedo.
Las sutiles distorsiones que envolvían el cuerpo de la joven comenzaron a manar, a fluir, con los matices de aquella extraña y obscena dualidad. La sombre velada y embozada comenzó a tomar forma a su alrededor, volviéndose sólida poco a poco. Se alzó en el aire... y Joan quedó libre.
Entonces, la joven cayó al suelo, emitiendo tan sólo un débil quejido, antes de quedar sumida en la inconsciencia. El Línido flotó en el aire, y empezó a moverse.
El airado rugido de Grag hizo temblar las rocas. El robot dio una poderosa zancada hacia delante, y Otho, con su cuerpo elástico e increiblemente ágil, listo para la acción, saltó detrás de él. Pero la incisiva voz de Simon Wright dijo en tono cortante:
--¡Deteneos! Curtis tiene que hacer esto a su manera.
Con terrible reluctancia, Grag y Otho le obedecieron. Habrían ofrecido sus vidas gustosos, pero en aquella lucha por la supremacía entre dos mentes, era muy poco lo que podían hacer para ayudar.
El Capitán Futuro observó cómo se acercaba aquella sombra de oscuridad. Y, en aquel momento, sintió un miedo que el hombre no había conocido desde las antiguas Eras, cuando esa misma batalla había sido luchada a lo largo de medio universo.
Los velos negros se volvieron más compactos. La sombra sólida le cubrió, tapando toda la luz. El núcleo central del Línido brilló, mostrando un conjunto de diminutos soles oscuros y palpitantes, cerca, muy cerca... Aquella solidez sombría se fundió alrededor suyo como una capa, como si formara parte de él...
Estaba dentro de él, en su carne, obligando a hacerse a un lado a los mismísimos átomos de su substancia, entrelazándolos con los suyos, de un modo que, de haber tenido voz, habría gritado por el dolor inhumano que le producía. Pero ya no podía articular palabra. Sus dos mentes se conectaron, y, para Curt, fue como si en su cerebro hubiera estallado una helada estrella nova. Un cosmos gélido y oscuro...
Eran uno sólo, Curt Newton y aquella criatura surgida de las arenas del tiempo.
Su mente estaba abrierta al Línido... su vida entera, todo cuanto había hecho, cuanto había visto y pensado, olvidado y recordado. Y la mente del Línido, por aquella misma unidad tan aberrante, estaba también abierta a él.
Aunque no toda. Una gran parte de ella resultaba incomprensible para cualquier ser humano. Era una mente tremendamente antigua y fuerte... tanto que Curt sintió una extraña sensación de asombro y maravilla ante su presencia. No era una mente malvada. Sólo era... diferente.
Entonces compartió con él algunos de sus recuerdos. Los veloces vuelos en libertad junto a las orillas de las nebulosas oscuras, sus inmersiones en las inmensidades de ébano, más allá del conocimiento humano. Su lugar natal, los nublados mundos de bruma y fuego frío, que se alzaban adustos y mayestáticos a lo largo de todo el universo, extranjeros oscuros incluso en su propio cosmos.
Las delicias del pensamiento, la fuerza desmesurada, la habilidad de cruzar los espacios intergalácticos sólo y desnudo, alcanzando la paz, y una gloria hermética de aquella hermandad que le unía con las estrellas. Y, por encima de todo, el orgullo y el poder que llevaba a aquella raza a dominar a todos los seres vivos de un centenar de lejanos continentes de soles alienígenas.
Tan sólo fueron destellos, retazos de información. Pero fueron suficientes como para hacer que el corazón humano de Curt casi se detuviera por el asombro. Y entonces contempló sus propios recuerdos, que llegaban a él a través de la mente del Línido, mientras éste registraba incansablemente, en busca de la verdad. Los mundos muertos y vacíos, las ciudades sin luces ni sonidos, las estrellas desiertas. El Salón de los Noventa Soles, una llama olvidada de la gloria desvanecida, con sus inscripciones, que hablaban solemnemente de una guerra, y de unas especies que se habían extinguido largo tiempo atrás. Registros de muerte, de derrota, el Epitafio de aquel imperio pre-humano.
El Línido los vio, y los leyó.
CURT sintió la amarga decepción de aquella lectura. El orgullo, la confianza del poder, se desmoronaron más y más a cada nueva pieza de conocimiento que arrebataba de la mente, que aquella insignificante criatura humana le ofrecía por su propia voluntad. Notó cómo, inexorablemente, llegaba a una terrible y cruel conclusión... la agónica revelación de una verdad, a partir de un hecho olvidado desde Eras inmemoriales, y recuperado por alguien que era casi un recién nacido, en aquella hora final. Los Línidos habían gobernado, habían sido grandes. Pero ya no. Los Línidos se habían ido, y ni siquiera su nombre se recordaba ya. Curt notó el momento exacto en el que la criatura dejó de tener esperanza.
--Soy el último... ¡Mi raza ha muerto, y soy el último!
El terrible candado que apresaba la mente de Curt pareció abrirse. La hiriente presencia alienígena emergió del interior de su carne, aún aturdida por la envergadura de aquella revelación. Era casi como si la criatura hubiera muerto.
Curt compartió su soledad, y su absoluta desolación. Después, se produjo una pausa casi interminable, antes de que el Línido volviera a moverse. Lenta, muy lentamente, como alguien tocado por la mano de la muerte, la substancia de la criatura abandonó el cuerpo y la mente del hombre.
Le abandonó, flotando libre, y sus nebulosos velos recordaron a mortajas funerarias, ondeando tristemente alrededor de su corazón.
Con un último destello de su antiguo orgullo, el Línido habló, y sus palabras llegaron con fuerza desde la garganta mecánica del intérprete.
--¡Fue el tiempo, no el hombre, el que nos derrotó!
Los miembros de Curt estaban lacios. Curiosamente, había dejado de sentir miedo u odio hacia el Línido. Tan sólo le inspiraba una extraña compasión.
--La batalla ha terminado, -dijo la voz átona. Ahora sugería una curiosa ilusión de distancia, de rendición. Todo ha terminado. Y yo soy el último de mi raza.
Los velos oscuros parecieron plegarse, embozando el núcleo de la criatura. Pareció mirar a su alrededor, no a Curt, ni tampoco a Joan, Ezra o los Hombres del Futuro, sino a algo que había más allá. El Capitán Futuro sintió que ellos, junto con toda la raza humana, habían dejado de ser importantes para ese Ser.
--Regresaré al lugar de nacimiento de mi gente... volveré a la oscura nebulosa que nos dio la vida. Parece lo más conveniente, que el último de nosotros encuentre allí la muerte.
La forma embozada pasó junto a ellos, moviéndose con la solemne seguridad del destino, sin inmutarse, sin apresurarse, hasta abandonar la estancia.
Curt y los demás observaron su partida. Cruzó la gran sala central del laboratorio, y se perdió de vista en el corredor que conducía, cuesta arriba, hasta la superficie de la Luna.
Escucharon atentamente, pero no alcanzaron a escuchar ningún sonido de puertas.
De repente, Joan, a la que Grag había cogido en brazos, aún pálida y conmocionada, señaló hacia arriba.
--Mirad, -susurró-. Está ahí arriba, junto a las estrellas...
Miraron al otro lado de la gran cúpula de glasita. Y Curt lo vio: la orgullosa criatura que había asistido al nacimiento de tantos imperios, y que había compartido el gobierno de un millar de soles.
Lenta, mayestáticamente, haciendo ondear sus velos como si fueran alas, en la estática bóveda del espacio, el Línido se elevó, viajando hasta algún lugar desconocido por el hombre. Una forma oscura y solitaria frente a todo el infinito.
Curt dijo, solemne:
--En alguna parte, allí afuera, más allá del universo conocido, se encuentra el mundo de los Primogénitos, que ahora sabemos que fue el planeta natal del hombre... un mundo que no veremos jamás. Y aún así, ahora lo conocemos.
Permanecieron allí, los seis, demasiado inmersos en sus pensamientos como para articular palabra, expectantes. Observando.
Una oscuridad envolvió a la otra. Y, al final, la bóveda celeste quedó vacía.
FIN
Traducido en abril del 2004
por Javier Jiménez BarcoRegresar a la Biblioteca online del Capitán Futuro
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