Número 22

  "Los Hijos del Sol" 
Por Edmond Hamilton

Publicado en el pulp Startling Stories
en mayo de 1950

Traducción: Javier Jiménez


 

LOS HIJOS DEL SOL

Una Novela Corta del Capitán Futuro por Edmond HAMILTON

¡Curt Newton, en busca de un amigo perdido en Vulcano, se enfrenta a los más insidiosos peligros que haya conocido jamás en su larga carrera galáctica!

CAPITULO I

La Búsqueda de los Hombres del Futuro

 Una nave pequeña, oscura y compacta, se desplazaba a toda velocidad por el Sistema Solar. Mostraba un aspecto un tanto maltrecho, con las planchas de su casco quemadas por extrañas radiaciones, melladas por diminutos meteoros, y tostadas por atmósferas alienígenas.
 Pues aquella nave había viajado muy lejos. En sus tiempos, se había aventurado hasta los rincones más remotos del infinito, transportando a su pequeña tripulación de cuatro individuos en una odisea sin parangón en los anales de la humanidad. Les había llevado a través de toda clase de peligros a lo largo y ancho del universo... y siempre les había conducido de vuelta a casa.
 Pero, ni siquiera el hombre que, en esos momentos, se sentaba ante los mandos, podría imaginarse que allí, en el interior del Sistema conocido, le conducía hasta la más extraña y escalofriante de todas sus experiencias...
 Curt Newton estaba preocupado, pero no por las premoniciones, sino debido a cierto sentimiento de culpa. La profunda preocupación que sentía, se mostraba en la sobriedad de su rostro, en la tensión de su esbelto cuerpo. Su cabello rojo estaba inclinado hacia delante, y sus ojos grises escrutaban ansiosamente las soleadas corrientes del espacio que se extendían ante él.
 La pequeña nave se hallaba en el interior de la órbita de Mercurio. La totalidad del cielo que se alzaba ante ella, estaba dominada por la monstruosa masa incandescente del Sol. Ardía como si fuera un universo de llamas, rematado por la espantosa radiación de su corona, mientras extendía poderosos y ciegos tentáculos de fuego. Newton recorrió con la vista la region cercana a la influencia del gran orbe. La impaciencia que le había espoleado a cruzar más de la mitad del Sistema, creció hasta convertirse en una tensión casi intolerable.
 Casi con furia, dijo:
 --¿Por qué no podía Carlin dejar las cosas como estaban? ¿Por qué tuvo que ir hasta Vulcano?
 --Por la misma razón, -respondió una voz precisa y metálica desde detrás de su hombro-, que tu viajaste hasta Andrómeda. Le impulsa su necesidad de conocimiento.
 --No lo habría hecho si yo hubiera llegado a hablarle sobre Vulcano. Es culpa mia, Simon.
 Curt Newton miró a su compañero. No vio nada extraño en aquel pequeño tanque cuadrado, que flotaba sobre rayos de tracción... el increiblemente intricado tanque de suero que albergaba el cerebro viviente de aquel que antaño había sido Simon Wright, un hombre. Aquella voz artificial había sido la que le había enseñado sus primeras palabras, y aquellos ojos artificiales y lenticulares que le miraban, habían vigilado hace años sus primeros intentos de andar; y aquellos oídos microfónicos habían escuchado sus primeros balbuceos de bebé.
 --Simon... ¿Crees que Carlin está muerto?
 --La especulación es bastante inútil, Curtis. Lo único que podemos hacer es intentar encontrarle.
 --Tenemos que encontrarle, -dijo Newton, con sombría determinación-. Él nos ayudó cuando necesitábamos ayuda. Y además, era nuestro amigo.
 Amigo. Este hombre, al que todo el Sistema conocía con el nombre de Capitán Futuro, tenía muy pocos amigos íntimos humanos. Siempre se había mantenido en la sombra de una soledad, que era la ineludible herencia de su extraña infancia.
 Huérfano casi desde su nacimiento se había criado hasta la madurez en la solitaria Luna, sin conocer a una sola criatura viviente, excepto a sus tres inhumanos Hombres del Futuro. Ellos habían sido sus compañeros de juegos, sus profesores, sus compañeros inseparables. Inevitablemente, aquella peculiar crianza le había mantenido apartado de los de su propia especie. Pocas personas habían conseguido penetrar tras aquella barrera de reserva. Philip Carlin había sido uno de ellos. Y ahora, Carlin, había desaparecido, envuelto en una bruma de misterio.
 --De haber estado yo aquí, -estalló Newton-, no le habría dejado que se fuera.

 Siendo como era un brillante científico, Carlin se había dedicado al estudio del extraño mundo en el interior de Vulcano, que habían descubierto los Hombres del Futuro. Había adquirido una nave de carga, con un potente equipo anti calorífico, para que le llevara a Vulcano, arreglándolo para que volviera a recogerle pasados seis meses. Pero cuando la nave regresó, no halló rastro alguno de Carlin en la ciudad en ruinas que le había servido como base de operaciones. Tras una búsqueda infructuosa, había regresado con la noticia de su desaparición.
 Todo esto había ocurrido antes del regreso de los hombres del Futuro de su ancestral viaje a la galaxia de Andrómeda. Y ahora, Curt Newton se dirigía hacia el sol, hacia el planeta Vulcano, para resolver el misterio de la desaparición de Carlin.
 Abruptamente, desde el otro lado de la robusta puerta del puente de mando, dos voces, una de ellas profunda y atronadora, y la otra más suave, y tocada con un extraño deje sibilino, se alzaron en sonora discusión.
 Newton se giró airado.
 --¡Dejaos de tonterías! Más os vale que prestéis atención a los escudos de refrigeración si no queréis que nos friamos aquí dentro.
  La puerta se deslizó a un lado, abriéndose, y los miembros restantes del cuarteto entraron en el puesto de mando. Uno de ellos, al primer vistazo, parecía enteramente humano... de figura esbelta, y rasgos finamente perfilados. Y aún así, en su rostro blanco y afilado y en sus brillantes e irónicos ojos, moraba una cierta extrañeza intranquilizadora. Era un hombre, pero no un pariente de los hijos de Adán. Era un androide, una creación perfecta de la sabiduría y el genio cientícifo... la suya era una humanidad llevada a la más alta instancia, pero no era del todo humano. Llevaba esa diferencia con cierto aire de suficiencia, pero Curt Newton temía que Otho sufriera una soledad mucho mayor de la que él mismo pudiera sentir.
 El androide dijo tranquilamente:
 --Tómalo con calma, Curt. Las unidades de refrigeración ya están funcionando.
 Miró a través de la ventana, a la resplandeciente visión del espacio, y pareció tener un escalofrío.
 --No resulta demasiado tranquilizador, eso de viajar tan cerca del Sol.
 Newton asintió. Otho tenía razón. Una cosa era ir y venir entre los diferentes planetas, o incluso entre las estrellas. Pero atreverse a acercarse tanto al Sol era algo muy diferente.
 La órbita de Mercurio era una frontera, un límite. Cualquier nave que fuera más allá, estaba desafiando el espantoso poder del colosal orbe solar. Tan sólo las naves equipadas con los dispositivos anti-caloríficos se atrevían a entrar en aquella zona de terribles fuerzas cósmicas... y aún así corrían un grave riesgo. Tan sólo el cuarto Hombre del Futuro parecía despreocupado. Se acercó hasta la ventana, asomando su colosal masa metálica. El mismo genio científico que había creado al androide, había dado también forma a aquel gigantesco humanoide de metal, dotándole de una inteligencia igual a la de un ser humano y de una fuerza mucho más allá de la de cualquier humano.
 Los ojos fotoeléctricos de Grag lanzaron una mirada relajada desde su extraño rostro de metal, observando el colosal resplandor que les envolvía.
 --No sé por qué estáis tan alterados, -dijo-. A mi el Sol no me preocupa ni un poco. -Flexionó sus enormes y brillantes brazos-. Me hace sentir bien.
 --Deja ya de darte importancia, -dijo amargamente Otho-. Tus circuitos también se pueden quemar, y nosotros estaremos demasiado ocupados, como para perder tiempo tirando tu carcasa por la exclusa de desperdicios.
 El androide se giró hacia el Capitán Futuro.
 --¿No has avistado aún Vulcano?
 Newton sacudió la cabeza.
 --Aún no.
 Poco rato después, una débil aura de fuerza comenzó a rodear la pequeña nave, mientras avanzaba a toda velocidad... las unidades de blindaje anti-calor estaban funcionando a pleno rendimiento.
 El terrible calor del Sol era capaz de viajar por el espacio por medio de vibraciones radiantes. El aura generada por las unidades de refrigeración actuaba como un escudo, que detenía y refractaba la mayor parte de dicho calor radiante.
 Newton tocó un botón. Otro filtro traslúcido, aún más denso que el anterior, cubrió la ventana frontal. Aún así, la cálida radiación del Sol penetraba hasta el interior de la nave.
 La temperatura interna del vehículo espacial estaba empezando a subir rápidamente. Los blindajes de refrigeración no podían frenar todo el calor radiante del Sol. Tan sólo entraba una pequeña fracción, pero era suficiente para hacer que el puente de mando comenzara a parecerse a un horno.
 Los Hombres del Futuro guardaron un respetuoso silencio mientras observaban la poderosa estrella, que abarcaba casi todo el firmamento que se alzaba ante ellos. No era la primera vez que estaban tan cerca del Sol, pero ninguna experiencia previa podía disminuir el impacto que suponía.
 "Uno no puede decir que ha visto el Sol, hasta que no se ha acercado a él", pensó Newton. Los habitantes ordinarios de los planetas pensaban en él como en un astro dorado beneficioso, que les proporcionaba calor, luz y vida. Pero ahora veían el Sol, tal y como realmente era, un colosal y pulsante núcleo de fuerza cósmica, absolutamente indiferente a esos pedazos de ceniza que eran los planetas, y a las motas minúsculas que moraban en esos pedazos de ceniza.
 A aquella distancia, ya podían ver con detalle los gigantescos ciclones de fuego, que recorrían la superficie del poderoso orbe. La Tierra entera podía haber cabido en el interior de uno de aquellos vórtices de fuego, alrededor de los cuales estallaban llameantes burbujas, de un tamaño tal que podrían carbonizar cualquier planeta.
 La amargura comenzó a abandonar poco a poco el rostro de Curt Newton, y comenzó a costarle respirar.
 --¿Temperatura, Otho? -Preguntó, sin volver la cabeza.
 --Tan sólo cincuenta grados Fahrenheit por debajo del límite de seguridad, y los escudos anti-caloríficos funcionan a pleno rendimiento, -dijo el androide-. Si nos hemos equivocado al trazar el rumbo...
 --No lo hemos hecho, -dijo el Capitán Futuro-. Ahí lo tenemos: Vulcano.
 El planetoide, ese extraño y solitario satélite solar, acababa de aparecer en la pantalla, como si fuera un punto oscuro que pendiera del ubícuo Sol.
 Entonces, Newton aceleró los motores del "Cometa" en dirección al planeta. Cada momento que volaran en las cercanías del Sol resultaba peligroso. Si los escudos anti-caloríficos se apagaban aunque fuera un minuto, el metal se reblandecería hasta el punto de fusión, y la carne se ennegrecería y moriría.
 De repente, Otho levantó una mano para señalar hacia delante, mientras exclamaba:
 --¡Mirad! ¡Hijos del Sol!
 Todos habían oido hablar de los legendarios "Hijos del Sol" de boca de los nativos de Vulcano, que decían haber visto algunos en la lejanía. Pero estos dos estaban muy cerca. Protegiéndose los ojos contra el resplandor solar, Newton pudo contemplarles a duras penas... dos pequeñas y ondeantes formas de fuego, moviéndose velozmente a través de la cegadora radiación de la corona solar.
 Entonces, aquellas dos lenguas de fuego desaparecieron por entre el vasto resplandor. Los ojos de los presentes las buscaron en vano.
 --Sigo pensando, -comentó Simon-, que no son más que proyectiles de hidrógeno inflamado, que son expulsados por el Sol, para luego volver a caer en su interior.
 --Pero los Vulcanianos dicen de ellos que, en ocasiones, descienden hasta Vulcano, -objetó Otho-. ¿Cómo podría hacer algo así una llamarada de gas?

 CURT NEWTON apenas les escuchaba. Ya estaba maniobrando la nave para situarla en óbita a Vulcano, empleando un rumbo en espiral al que pocos hombres del espacio se abrían arriesgado. Mientras los cohetes de frenado comenzaban a rugir, empezó a descender sobre la superficie del pequeño planeta.
 Toda la superficie esta compuesta de roca a medio fundir. El calor que emanaba del colosal vecino del planetoide, mantenía toda su corteza externa en un contínuo estado de semi fusión. La lava burbujeaba en grandes estanques, auténticas lagunas infernales rodeadas de montañas de rocas humeantes. El fuego ardía a partir de las rocas, como si éstas pretendieran emular al cercano Sol.
 Grag fue el primero en avistar lo que estaban buscando... un descomunal agujero en el lado soleado del planetoide. Al momento, el Capitán Futuro hizo que el "Cometa" se desplazara con los cohetes laterales en dirección a aquella enorme cavidad. Luego soltó el pedal de la energía, y la pequeña nave cayó directamente al interior del enorme pozo.
 Aquella cavidad era el único punto de entrada a la parte hueca interior del satélite. Al formarse el planetoide, los gases que había atrapados en su interior provocaron que adquiriera la forma de una carcasa hueca. Dichos gases, finalmente, habían explotado al incrementarse la presión, abriendo aquella entrada desde la superficie exterior.
 La nave descendió lentamente por la hendidura. La cavidad estaba bien iluminada, pues aquel era el lado que Vulcano mostraba al Sol en aquellos instantes, y un enorme haz de luz penetraba en su interior.
 Hasta que, finalmente, la hendidura les condujo a un vasto espacio, vagamente iluminado por aquel haz de luz... el interior del mundo hueco de Vulcano.
 --Guau, me alegro de estar aquí dentro, a salvo de toda esa radiación solar, -suspiró Otho-. Y ahora ¿A donde...?
 --Había unas ruinas cerca del Lago Amarillo, ¿No es así? -Preguntó Newton.
 --Si, -respondió la voz metálica del Cerebro-. Allí es donde la nave dejó a Carlin, y allí es donde tenía que recogerle.
 Los Hombres del Futuro ya habían estado en otra ocasión en el interior de Vulcano. Aún así, volvieron a sentirse maravillados al contemplar el mundo más extraño de todo el Sistema, mientras el "Cometa" sobrevolaba su superficie interna.
 Por debajo de la nave avistaron un curioso paisaje de selvas de helechos. Se extendía por toda la línea del horizonte, un horizonte curvo, que se perdía de vista en una curva cóncava. Ahora, sobre sus cabezas, contemplaban el extraño "cielo" del centro del hueco planetoide, iluminado por la tremenda espada luminosa del gigantesco rayo de sol que proporcionaba luz a aquel mundo interior.
 Mientras su nave descendía sobre la jungla de helechos, en dirección a su destino, Curt newton se vio embargado por el pesimismo.
 Habían pasado varios meses desde que Philip Carlin desapareciera allí. ¿Podría el científico haber sobrevivido tanto tiempo en aquel mundo salvaje? Una ciudad, erosionada por el tiempo, yacía debajo de ellos, casi cubierta del todo por los gigantescos helechos. Tras impensables Eras, tan sólo habían sobrevivido algunos sillares dispersos, de dimensiones titánicas. Parecían los restos de alguna nave perdida, flotando aún desde épocas remotas.
 El "Cometa" se posó sobre un llano agrietado, rodeado por gigantescos monolitos medio destruidos. Los Hombres del Futuro salieron a la vaporosa atmósfera.
 --Aquí es donde Carlin debía encontrarse con la nave cuando ésta regresara, -dijo el Capitán Futuro-. Pero no estaba aquí. -Hablaba en voz baja. El impresionante silencio de aquel lugar, recuerdo de una grandeza perdida, ejercía un frío hechizo sobre todos ellos.
 Aquellos enormes sillares, rotos y dispersos, eran todo lo que quedaba de una ciudad que había pertenecido al Imperio Antiguo, la poderosa civilización galáctica que la humanidad había poseido hacía ya tanto tiempo. Habían erigido ciudades y monumentos en los mundos de todas las estrellas, y luego se habían desvanecido... desapareciendo de un modo tan absoluto, que los hombres no tenían recuerdos de ellos, hasta que los Hombres del Futuro probaron su existencia en la Historia Cósmica.
 Largo tiempo atrás, las poderosas naves del Imperio conquistador de estrellas habían llegado a colonizar incluso el hueco Vulcano. Hombres y mujeres, dotados del poder de una ciencia brillante, y orgullosos por las leyendas de victoriosas conquistas cósmicas que les precedían, habían vivido, habían amado, y habían muerto allí. Pero el Imperio había caido, sus ciudades habían perecido, y los descendientes de su pueblo habían caido en la barbarie.
 --Lo primero que hay que hacer, -dijo Newton-, es tomar contacto con los Vulcanianos y averiguar si saben algo de Carlin.
 Grag permaneció inmóvil, con su cabeza metálica lanzando destellos mientras observaba las ruinas.
 --Aquí no hay rastro de ellos. Pero esos hombres primitivos suelen ser bastante tímidos.
 --Entonces miraremos primero, a ver si hay por quí algún rastro de Carlin, -decidió Newton.
 El cuarteto comenzó a rebuscar por entre las ruinas... el hombre, el poderoso robot metálico, el escurridizo androide y el Cerebro flotante.
 Newton sintió con más fuerza la opresiva solemnidad de aquel lugar de glorias perdidas, mientras observaba las incripciones, realizadas en el lenguaje antiguo, que se hallaban profundamente grabadas en los titánicos sillares. Podía descrifrar aquella antigua escritura, y, al hacerlo, aquellas orgullosas leyendas de triunfos, largo tiempo sumergidos en el olvido, le hicieron sentir la demoledora tristeza de la mayor de todas las tragedias galácticas: la caída del Imperio Antiguo.
 La voz cortante y metálica de Simon sonó llena de preocupación:
 --¡Curtis! ¡Mira esto!
 Al instante, el Capitán Futuro se precipitó hacia el lugar en el que flotaba el Cerebro, junto a uno de los colosales monolitos.
 --¿Has encontrado algún rastro, Simon?
 --¡Mira esta inscripción! Está hecha en el lenguaje antiguo... ¡Pero ha sido tallada recientemente!
 Los ojos de Newton se abrieron de asombro. Era cierto. En aquel monolito, a un metro por encima del suelo, había un texto grabado en aquel idioma que no había sido empleado desde hacía eones. Y, aún así, los caracteres nos estaban gastados, sino que aparecían con los bordes cortantes, casi recientes.
 --¡Ha sido grabada hace menos de un año! -Exclamó. Su pulso se aceleró de repente-. ¡Oye Simon, Carlin conocía la antigua lengua! ¡Recuerda que me obligó a enseñársela!
 --¿Quieres decir... que Carlin grabó ese mensaje? -Exclamó Otho.
 --¡Leela! -Exclamó Grag.
 Curt Newton leyó en voz alta:
 --A los hombres del Futuro, si alguna vez vienen por aquí... He descubierto un secreto increible: la forma de vida más extraña con la que haya soñado jamás. Las implicaciones de dicho secreto son tan tremendas que pienso investigarlas de primera mano. Si no regresara, tened presente que la vieja ciudadela que hay más allá del Cinturón, contiene la clave de un poder descomunal.
 
 

CAPITULO II

La Ciudadela del Misterio





 Mientras se esfumaba el eco de la voz de Curt Newton, los cuatro compañeros se miraron unos a otros, llenos de asombro y maravilla. Los gigantescos helechos colgaban perezosos ante la extraña media luz, por encima de las arcadas rotas y las columnadas caidas. En algún punto de la selva, una bestia aulló ásperamente, con un sonido similar a una risa.
 Finalmente, Otho rompió el silencio.
 --¿Qué pudo ser lo que encontró Carlin?
 --Algo importante, -dijo lentamente el Capitán Futuro-. Tanto que tenía miedo de que alguien más pudiera encontrarlo. Por eso escribió el mensaje en el idioma del Imperio Antiguo, que nadie más puede leer, excepto Simon o yo mismo.
 Práctico, como siempre, Simon dijo:
 --El Cinturón es el nombre que le dan los nativos a la franja de tierra que resulta quemada por el haz solar, ¿No es así? Bueno... no creo que resulte difícil encontrarlo.
 --¿No llevamos la nave?
 Newton sacudió la cabeza.
 --Resulta demasiado arriesgado navegar aquí dentro. El Cinturón no está muy lejos de aquí.
 Grag flexionó sus poderosos miembros de metal.
 --¿A qué estamos esperando?
 Poco tiempo despues, el cuarteto se movía a través de la selva de helechos gigantes. Todo a su alrededor estaba en silencio, mientras se abrían paso en aquel extraño crepúsculo. La brillante espada luminosa del Haz de luz, se estaba extinguiendo, curvándose y haciéndose más fina, mientras la apertura en la corteza de Vulcano se iba apartando del Sol, por el movimiento de rotación del planetoide. Newton conocía la ubicación del llamado "Cinturón", una franja de terreno ennegrecida, en la que el terrible calor que emanaba del único rayo de Sol, no permitía que creciera ningún tipo de vida. Dirigió la marcha para que rodearan uno de los extremos de dicho Cinturón.
 Una vez más, desde la lejanía, les llegó el aullido de una bestia. No se parecía a ningún otro sonido de los que provenían de aquella selva de helechos. Poco después, el Cerebro habló suavemente.
 --Nos están siguiendo, -anunció.
 Curt Newton asintió. Los oidos microfónicos de Simon, mucho más sensibles que el sistema auditivo de cualquier humano, habían percibido débiles movimientos por detrás de los helechos. Ahora que él también podía oirlos, Newton escuchó sigilosas pisadas de múltiples pies desnudos, moviéndose con infinita cautela.
 --No lo comprendo, -murmuró-. Esos nativos Vulcanianos eran amistosos la última vez que estuvimos aquí. Ese comportamiento tan furtivo...
 --¿Nos detenemos y les hacemos frente? -Preguntó Otho.
 --No, dejémoslo estar. Tenemos que encontrar esa ciudadela antes de que anochezca. Pero estad alertas... un lanza bien arrojada puede ser tan letal como un disparo de un arma de rayos.
 --Para mi no, -comentó Grag.
 --Curt no se refería a ti... se refería a nosotros, los seres humanos, -chinchó Otho.
 --Escucha, muñequito de plástico, -empezó Grag, lleno de ira-. Soy dos veces más humano que tu, y...
 --Basta ya, -zanjó Newton-. Ya seguiréis con esa vieja discusión en otro momento.
 Continuaron avanzando, y su escolta invisible siguió junto a ellos. Poco después, llegaron a uno de los extremos del Cinturón.
 El suelo estaba ennegrecido y calcinado, las rocas humeaban, del mismo suelo emanaba una oleada de calor, procedente del Sol, de aquel único y enorme rayo que, una vez al día, viajaba por esa franja del interior de Vulcano.
 Esa visión provocó que, una vez más, el Capitán Futuro sintiera el terrible poder del gigantesco orbe solar, tan cercano que, una mínima porción de su fuerza, penetrando a través de un pequeño aagujero, podía crear una llameante devastación en todo lo que tocara.
 Atravesaron el extremo de aquella franja ennegrecida; Curt y Otho se apresuraron a cruzar las rocas candentes, mientras Grag paseaba sobre ellas con tranquilidad, y Simon flotaba, cerrando la marcha.
 Ante ellos, la selva de helechos cubría las montañas de un color aceitunado, que se iba oscureciendo conforme la luz se iba retirando del interior del planetoide. Casi al momento, Newton notó algo peculiar en la ladera de la montaña más cercana. Se trataba de una cortante hendidura en la formación rocosa, provocada por un reciente desprendimiento de tierras.
 --¡Simon, mira ese desprendimiento de tierra! ¿Notas algo?
 El Cerebro flotó en el aire, mientras sus ojos lenticulares escrutaban la sombría ladera de la montaña.
 --Si. Sus formas son, desde luego, completamente antinaturales.
 También Otho y Grag lo observaron con atención.
 --Pues yo no veo nada antinatural en ese desprendimiento, -tronó el gigante de metal.
 --Ha sepultado parcialmente un edificio que había en la ladera de esa montaña, -le informó Newton-. Observa la simetría de formas: se perciben aunque esté en parte sepultado... la cúpula central, y las dos naves laterales.
 Los ojos de Otho lanzaron destellos de asombro.
 --¿Podría ser la ciudadela que mencionó Carlin?
 --Quizás. Echemos un vistazo.
 Se pusieron en camino. Poco después, estaban ascendiendo por la ladera de aquella gran cicatriz de terreno fresco.
 Newton miró hacia atrás, en dirección a la jungla. No parecía haberles seguido nadie hasta la ladera descubierta. Los helechos gigantes se extendían hasta la lejanía, y, en el remoto atardecer, se podía percibir el distante resplandor del Lago Amarillo.
 El Cinturón atravesaba aquella jungla, partiéndola en dos, como si fuera el río Estigio, de un color negro profundo. En el interior de aquella franja de ébano no se veía ningún edificio, ni ruina de ninguna clase. Entonces, volvió la mirada a la ladera desprendida.
 --Esta debe ser la ciudadela a la que se refería Carlin, -dijo-. Aparentemente, un desprendimiento de tierra ha terminado por sepultarla. Tendremos que cavar para poder acceder a su interior.
 En el terreno sueltod e la ladera, encontraron algunas piedras de formas planas. Empleándolas como palas de mano, Newton, el androide y el robot, comenzaron a echar a un lado la tierra que cubría la cúpula del edificio enterrado.
 A la luz del atardecer, algo centelleó y siseó de repente. Curt Newton se hizo a un lado. Un larga lanza se clavó en la ladera, a poca distancia por debajo de ellos.
 --¡Yo creía que los nativos eran pacíficos! -Musitó Otho.
 Newton habló con calma:
 --Quedaos quietos. Dejad que hable con ellos.
 Descendió por la ladera, en dirección a la selva de helechos. Comenzó a hablar, en la lengua que había aprendido en su primera visita a aquel mundo perdido... una forma degenerada del que, antaño, había sido el hermoso lenguaje del Imperio Antiguo, pero que había caido en la barbarie, al igual que los hombres que lo hablaban.
 --¡Mostradnos vuestros rostros, hermanos! ¡Venimos como amigos, y nuestras manos están vacías de muerte!
 Absoluto silencio. En la distancia, el último rayo de sol se estaba esfumando, como una espada luminosa que estuviera siendo envainada. La densa jungla que se extendía allí abajo no mostró ningún tipo de movimiento, ni siquiera el provocado por el viento. Incluso las bestias guardaron silencio ante la fuerte voz de aquel ser humano, que hablaba a través de un terreno desolado.
 Newton no volvió a hablar. Esperó. Parecía tener una paciencia inagotable, y una seguridad absoluta. Después de un tiempo, de un modo un tanto furtivo, y, aún así, con un curioso toque de orgullo, un hombre salió de la jungla y les miró de frente.
 Vestía un atuendo de cuero blanco, su piel era clara, su melena de espeso cabello era de un color blanquecino, y sus ojos eran tan pálidos como la niebla. Sus únicas armas eran un cuchillo y una lanza.
 En su constitución, y en el fino modelado de su cabeza, Newton pudo percibir los rasgos distintivos de la herencia que le había dado, a los hombres del Imperio Antiguo, una absoluta supremacía sobre dos galaxias. Por tanto, resultaba de lo más triste que, aquel hombre, le mirara con la feral y temerosa desconfianza de un animal salvaje. Con gran calma, Simon Wright dijo:
 --¿Le reconoces, Curtis?
 --Claro que si. -Y, en el dialecto Vulcaniano, Newton añadió-, ¿Acaso es tan corta la memoria de Kah, que no reconoce a sus hermanos?
 Ya habían tenido tratos con Kah anteriormente. Gobernaba alrededor de la tercera parte de las tribus de Vulcano, y había probado ser un hombre de palabra, ayudando de diferentes formas a los Hombres del Futuro. Pero ahora, aquellos ojos gatunos, llenos de sospecha, les estudiaban, sin mostrar ningún tipo de afecto o cordialidad.
 --Kah os recuerda, -dijo el hombre con suavidad-. El nombre de ese tan grande es Grag... y tu, el del pelo en llamas, eres el que da las órdenes.
 Detrás de él, en grupos de dos y tres personas, sus hombres avanzaron en silencio hacia los pies de la ladera.
 Todos tenían el mismo aspecto: altos, de pelo cano, vestimenta de cuero blanco y afiladas lanzas. Parecían observarles con gran respeto, y Newton se dio cuenta de que sus ojos se posaban maravillados en el gigantesco Grag. Entonces recordó que, anteriormente, ya se habían mostrado bastante impresionados por Grag.
 Abruptamente, Kah dijo:
 --Hemos sido amigos y hermanos, y por ese motivo he refrenado mi mano. Este lugar es sagrado, y está prohibido. Abandonadlo mientras aún estáis con vida.
 Newton le respondió con firmeza.
 --No podemos irnos. Buscamos a un amigo que entró aquí, y se ha perdido.
 El caudillo Vulcaniano emitió un largo y áspero "¡Aaahh!", y todos los hombres que les rodeaban levantaron las lanzas y le corearon.
 --Ese hombre entró en el lugar prohibido, -dijo Kah-, y se ha ido.
 --¿Se ha ido? ¿Quieres decir que está muerto?
 Las manos de Kah se curvaron en un ancestral gesto ritual. Newton se dio cuenta de que temblaban. El Vulcaniano se giró, y señaló al haz de luz solar, que desaparecía poco a poco, y que, para él, era un símbolo del poder divino.
 --Ese hombre vino hasta aquí, -susurró Kah-, siguiendo el camino de la luz. Y Luego siguió la senda de los Seres Luminosos, y esos no vuelven jamás.
 --¡No te comprendo, Kah! -dijo Newton, irritado-. ¿Es que está enterrado aquí el cuerpo de mi amigo? ¿Qué ocurrió? Habla más claro.
 --No, ya he hablado demasiado de cosas prohibidas. -Kah levantó su lanza-. ¡Ahora idos! Idos... ¡Pues no albergo deseo alguno de haceros daño!
 --No podrías hacernos daño, Kah, pues tus lanzas no nos alcanzarían desde tan lejos. Y ese tan grande, el que se llama Grag, será como un muro, y frenará vuestra llegada.
 Rápidamente, en voz baja, Newton se dirigió al robot.
 --¡No dejes que avancen, Grag! No pueden hacerte daño alguno, y eso nos dejará a los demás libertad para seguir cavando.

 Descendiendo la cuesta con parsimonia, y ofreciendo un aspecto terrorífico y gigantesco, a la débil luz del atardecer, Grag avanzó hacia los Vulcanianos. Y Newton exclamó, dirigiéndose a Kah:
 --¡No abandonaremos este lugar hasta que hallamos encontrado a nuestro amigo!
 Kah arrojó su lanza. Se quedó corta por menos de un metro, pero Newton no se movió ni un milímetro. Los Vulcanianos retrocedían lentamente ante la llegada de Grag, que extendía sus poderosos brazos, mientras rugía, y hacía temblar la tierra bajo sus pies.
 --¡Grandísimo patán! -Susurró Otho-. Se lo está pasando en grande.
  Hubo movimiento entre las filas de los nativos. Un cortina de lanzas voló por los aires en dirección a la ladera, y algunas de las puntas de obsidiana rebotaron en el cuerpo metálico de Grag, provocando un tintineante sonido. Grag rió, con una risa atronadora. Agarró un trozo de roca, los partió entre sus manos, en pequeños fragmentos, y los arrojó en dirección a los nativos.
 --Esto es el colmo, -dijo Otho, muy disgustado-. Creo que me estoy poniendo enfermo.
 De repente, Kah exclamó:
 --¡Caerá una maldición sobre vosotros, igual que cayó sobre el otro hombre que penetró ahí dentro! ¡También vosotros os alejaréis con el Rayo, y desapareceréis para siempre de la vista de los hombres!
 Entonces se dio la vuelta, y desapareció en el interior de la jungla.
 --He estado analizando este desprendimiento de tierra, -dijo Simon Wright de un modo irrelevante-. Creo que fue provocado artificialmente por los nativos, para sellar este lugar, después de que Carlin entrara en él.
 --Es muy posible, -respondió el Capitán Futuro. Por un instante, quedó sumido en profundos pensamientos-. Me pregunto qué quería decir Kah con eso de que 'los Seres luminosos no vuelven jamás'.
 --Probablemente es un eufemismo para hacer referencia a la muerte, -dijo Otho, con pesimismo-. No tardaremos en saberlo cuando encontremos un modo de entrar.
 Se dieron la vuelta, y comenzaron a cavar de nuevo. La ciudadela se alzaba en una especie de promontorio, parcialmente bloqueado por el corrimiento de tierra, de manera que los nativos sólo podían llegar hasta ellos subiendo por la ladera, y Grag guardaba ese camino con gran eficacia. Una y otra vez, las lanzas silbaron en el aire, hundiéndose inofensivas en el suelo, pero no hubo ataque alguno. Los últimos remanentes del Rayo solar se fueron esfumando, hasta desaparecer por completo. Una oscuridad absoluta descendió sobre el mundo oculto de Vulcano. Newton y Otho continuaron trabajando, merced a la luz de las linternas de sus cinturones. Tras llegar hasta la roca sólida del edificio, el trabajo comenzó a cundir más. Pocos minutos después, Otho exclamó:
 --¡Aquí hay una apertura!
 Echaron a un lado sus palas improvisadas. La tierra suelta se les escurrió por entre las manos, y, poco después, habían dejado al descubierto las arcadas superiores de una ventana triple. A partir de allí, el camino era fácil.
 Curt Newton fue el primero en entrar. Una gran cantidad de tierra suelta había penetrado por las arcadas abiertas, pero la mayor parte de aquel nivel superior estaba despejado. Otho se deslizó ágilmente junto a él, seguido del Cerebro.
 Las linternas les mostraron una amplia galería circular, situada por debajo de la cúpula central. Por debajo de ella, observaron una rampa circular, vacía. Newton escrutó el nivel inferior, asomándose por la barandilla baja de piedra labrada. Abajo, en las profundidades de aquel oscuro abismo, pudo percibir un suave atisbo de luz, una luminescencia constante pero débil, como si fuera la luz del sol, espectralmente velada por la bruma. La fuente de aquella luz no le resultaba visible, pues otras galerías inferiores interrumpían su visión.
 El lugar estaba cubierto por un mortal silencio de Eras olvidadas, y por un olor, que mezclaba el de la tierra recientemente desprendida con el de un lugar cerrado durante muchos siglos. Newton lideró la marcha por la galería circular, y sus pisadas sonaban huecas bajo aquella bóveda de piedra. Encontró una estrecha escalera de caracol, que descendía.
 De modo que descendieron por ella, accediendo a los niveles y galerías inferiores, hasta llegar a una pequeña cámara. Tenía una puerta, que antaño había dado al exterior, una descomunal puerta metálica, desgastada por los años, que, de algún modo, parecía haberse combado por la presión del terreno, permitiendo que parte de las tierras desprendidads penetraran por sus grietas. En el lado opuesto de aquella puerta, había una abertura baja y cuadrada en la pared de piedra. Encima de aquella apertura había una inscripción. Mientras mantenía en alto su lámpara, Curt Newton la leyó lentamente:
 --He aquí el lugar de origen de los Hijos del Sol.
 
 

CAPITULO III

Una Metamorfosis Espantosa





 Llenos de asombro, la atravesaron, y llegaron al interior de la cámara central de la ciudadela. Desde los niveles superior, la tierra se había ido esparciendo, cubriendo una buena parte del suelo. Newton se dio cuenta de que tan sólo la existencia de la galería superior, que había servido de contención para la presión de la tierra suelta, había salvado el interior de la ciudadela, evitando que quedara totalmente anegada de tierra.
 Trepó hasta una elevación de roca y tierra, y permaneció inmóvil, observando con perplejo asombro. Ahora veía la fuente de aquella luz, tan débil y espectral. Instalados en profundos nichos, en los lados opuestos de las paredes curvas, había sendos grupos idénticos de aparatos, que no se parecían a nada que hubiera visto antes.
 Su material básico parecía ser algún tipo de metal oscuro, impasible al paso del tiempo. Su forma era ancha y baja, y estaban separados, de modo que en su centro formaban una suerte de estrado o pedestal. Cada una de las bases soportaba dos gemas resplandecientes, que semejaban a tubos de cristal, tan altas como un hombre de gran estatura, y sujetas entre sí por un fino entramado de platino.
 Las gemas latían y brillaban con una luz brumosa... una de ellas arrojaba con fuerza un resplandor claro y dorado, mientras que la otra despedía una luz más apagada, de una tonalidad verde azulada. En el extremo opuesto al arco por el que habían entrado, había un tercer nicho, mucho más pequeño, que contenía una complicada consola llena de extraños instrumentos, y que bien podía haber sido un panel de control.
 --El Lugar de Origen de los Hijos del Sol, -dijo Otho suavemente-. Mira, Curt... allí arriba, sobre los nichos.
 Una vez más el Capitán Futuro leyó en voz alta los mensajes de advertencia que había excavados en aquellos sillares de Eras remotas, por encima del aparato de luz dorada. La inscripción rezaba:
 --Que vaya con cuidado quien se aventure más allá de este portal. ¡Pues la muerte es el precio de la vida eterna!
 Por debajo de aquella sombría advertencia, otra inscripción decía:
 --La muerte es una puerta de entrada y salida. ¿En cual de los dos lados se halla la verdadera vida?
 Simon Wright se había aproximado al nicho que imitaba el extraño resplandor del sol, y, en esos momentos, flotaba sobre el borde de una porción de terrno desprendido.
 --Curtis, -dijo-. Creo que hemos encontrado lo que andábamos buscando.
 Newton se acercó a él. Se inclinó, y levantó algo del suelo, liberándolo de la tierra suelta que lo había ocultado hasta el momento. Asintió en silencio, y le mostró el objeto a Otho. Se trataba de un atuendo, un mono, fabricado con un tosco tejido sintético, lleno de manchas y arañazos. En una etiqueta, en la parte trasera del cuello, estaba bordado el nombre de su propietario: Philip Carlin.
 --Entonces estuvo aquí, Otho.
 --Pero ¿Qué le ocurrió? ¿Por qué se quitaría la ropa...? ¡Un momento!
 Los agudos ojos del androide habían percibido un montículo de tierra, cuya forma recordaba vagamente a la de un ser humano. Juntos, él y Newton apartaron a un lado la tierra, y luego se miraron con gran alivio.
 --Son sólo su mochila y su saco de dormir, -dijo Newton agradecido.
 --Y sus botas. -Otho sacudió la cabeza, extrañado-. No acabo de entender todo esto. No hay ningún rastro de sangre en sus ropas...
 Newton observó con atención las gemas cristalinas, y el sugerente espacio que había entre ellas... tan parecido a un pedestal. Estaba muy cerca de aquello; tanto, que casi podía tocarlo.
 --Se desnudó aquí, -dijo Newton lentamente-. Dejó a un lado su ropa y su mochila y...  -Sus ojos subieron hasta la inscripción, y añadió muy suavemente-, entonces Phil Carlin atravesó el portal, sea lo que sea, y conduzca a donde conduzca.
 --Estoy de acuerdo con tus suposiciones, Curtis, -dijo Simon Wright-. Sugiero que busques entre los efectos personales de Carlin por si hubiera algún dato que pueda habernos dejado acerca de este aparato y su funcionamiento. Parece obvio que se pasó meses estudiándolo, y la existencia de un informe así resulta casi inevitable.
 Los ojos lenticulares de Simon se giraron en dirección al pequeño nicho que contenía el extraño panel de control.
 --Observad, hay un buen número de pequeñas inscripciones en esa pared, que probablemente sean instrucciones para el empleo de las máquinas. No me cabe duda de que Carlin debe tener anotada una traducción del texto.
 El Capitán Futuro ya se dirigía hacia la mochila de Carlin.
 --¡Aquí está! -Dijo, y les mostró un grueso cuaderno de notas-. Acerca más la luz, Otho.
 Pasó las páginas velozmente, hasta encontrar lo que deseaba -y rezaba por- encontrar... una sección que ponía, con la esmerada letra de Carlin: TRADUCCION DE LA FORMULA, NICHO DE CONTROL.
 --Es larga y complicada, y está profusamente anotada por Carlin, -dijo-. Nos llevará el resto de la noche desentrañar todo esto, pero sigue siendo una bendición.
 Se sentó en el suelo, con el libro abierto sobre las rodillas. Simon flotaba cerca de su hombro. Ambos estaban casi absortos con el contenido de aquellas importantísimas páginas.
 --Otho, -dijo Newton-, ¿Por qué no subes a buscar a Grag? No creo que los nativos se atrevan a seguirnos aquí dentro, en tierra prohibida.

 Y aquella fue la última vez que habló aquella noche, excepto para intercambiar unos cuantos comentarios con Simon, acerca de las intrincadas variables de alguna fórmula o ecuación.
 Grag y Otho esperaron. Tampoco pronunciaron palabra. Desde el otro lado de los altos ventanales les llegó el distante sonidode unas voces, que más parecía una amarga disputa.
 Curt Newton leía una y otra vez los informes de Carlin. Y, mientras leía, la terrible sospecha que había nacido en su mente fue tomando forma, hasta cristalizar al fín en una verdad tan horrible como ineludible.
 Pues aquellos informes eran algo más que meros datos científicos. Eran la historia de una esperanza, de un terror, de un gran sueño y de una conclusión tan aterradora, que la mente parecía resistirse a aceptarla... una conclusión que entrañaba, en si misma, un espantoso castigo.
 ¿O quizás no se trataba de un castigo, despues de todo? Curt Newton apartó el libro de su regazo. Se incorporó de un salto, y se dio cuenta de que estaba temblando, y de que su cuerpo estaba bañado en sudor.
 --¡Es aberrante, Simon! -Exclamó-. ¿Cómo pudieron permitir que semejante experimento siguiera adelante?
 Los ojos lenticulares de Simon le observaron con calma.
 --En si mismo, ningún conocimiento es erróneo... tan sólo puede serlo su aplicación. Y los hombres del Imperio Antiguo prohibieron el uso de este aparato cuando descubrieron el alcance de sus efectos. Carlin ha reproducido una inscripción que encontró en la ciudad en ruinas, y que afirma precisamente eso. Y también menciona que él mismo fue quien rompió los sellos de la gran puerta.
 --¡Que estúpido! -Exclamó Newton con un susurro-. ¡Qué estúpido y qué loco! -Observó ambos grupos de gemas, y luego miró hacia arriba, a la cúpula-. Se transformó, y salió de aquí en el Haz de luz solar. Y los nativos, horrorizados por lo que había hecho, provocaron un desprendimiento de tierras para sellar este lugar.
 --Pero Carlin no regresó, -dijo el Cerebro.
 --No, -dijo Newton con amargura-. No, no regresó. Quizás debido a alguna causa que desconocemos.
 Los brillantes ojos del androide les miraban con atención.
 --¿En qué se transformó Carlin, Curt?
 Curt Newton se giró hacia él, y dijo lentamente:
 --Se trata de una historia casi increible. Aunque Carlin ha anotado todas y cada una de las fuentes, procedentes de aquí y de la ciudad en ruinas.
 Guardó silencio unos instantes, como intentando simplificar mentalmente lo que había descubierto, y transformarlo en algo que pudieran entender.
 --En los días del imperio Antiguo, los científicos Vulcanianos sentían un interés predominante hacia el Sol. De hecho, parece que Vulcano fue colonizado por primera vez debido a que era un lugar privilegiado para el estudio de la física solar. Y, en algún momento, en el transcurso de aquella larga investigación de siglos acerca de la vida del Sol, hubo un hombre que descubrió un método para convertir la materia ordinaria del cuerpo humano, en algo vagamente parecido a la energía solar... un patrón cohesionado de fuerza viviente capaz de ir y venir a voluntad hasta el mismísimo corazón del Sol.
 "Debéis de entender que no se trataba de una destrucción del ser humano... sino de una mera conversión, desde un esqema basado en la materia, hasta hasta uno basado en la energía, pero de un funcionamiento similar. Al revertir el proceso, la materia transmutada podía regresar a su forma original. Y, dado que los centros mentales y sensoriales continuaban funcionando en el esquema alterado, también la percepción se mantenía intacta, aunque fuera algo diferente."
 "Nunca antes habían tenido tal posibilidad de descubrir hasta los más insondables secretos de la vida solar... y el estudio de los soles resultaba vital para una civilización transgaláctica como la suya. De modo que los científicos entraron en el campo de transmutación, y se convirtieron en... Hijos del Sol."
 Otho dejó escapar un silbido.
 --¡De modo que ese es el significado de la inscripción... y de la leyenda! ¿Quieres decir que esas pequeñas lenguas de fuego que vimos, fueron hombres una vez?
 Newton no respondió; en lugar de eso, miró los esbeltos cristales dorados, que parecían latir con la misma luz propia del Sol. Fue el Cerebro quién habló, secamente:
 --Curtis no os lo ha dicho todo. El embrujo de aquella vida en el Sol resultó ser demasiado para la mayoría de los hombres que habían sido transmutados. No regresaron. Y así, a partir de entonces, el uso de los transmutadores fue prohibido, y este laboratorio fue sellado... hasta que Carlin llegó y volvió a abrirlo.
 --Y ahora está ahí fuera, -dijo el Capitán Futuro, como para si mismo-. Carlin se transmutó y salió hacia allí, pero no pudo regresar. -De repente se dio la vuelta y les miró de frente. Su rostro bronceado estaba muy serio-. Y yo voy a ir detrás de él, -dijo-. Y pienso traerle de vuelta.
 OTHO exclamó:
 --¡No! ¡Curt, estás loco! ¡No puedes hacer algo así!
 --Carlin lo hizo.
 --¡Si, y puede que esté muerto, o algo peor!
 El androide agarró el brazo de Newton, implorándole.
 --Aunque pudieras ir detrás de él, ¿Cómo podrías encontrarle? Y en caso de que lo hicieras... ¿Y si te encontraras con que no podéis regresar? Estas máquinas son muy antiguas, y podrían fallar.
 --Por una vez, -dijo Grag con mucho énfasis-, estoy de acuerdo con Otho. ¡Con todo lo que ha dicho!
 --También yo estoy de acuerdo con ellos, -dijo Simon Wright-. Curtis, ese curso de acción es, además de estúpido, una verdadera locura.
 Los ojos grises de Newton brillaban con una remota frialdad que provocó que Otho retrocediera un paso. Su rostro mostraba una pétrea e inamovible determinación.
 --Carlin era nuestro amigo, -dijo con calma-. Estuvo a nuestro lado cuando le necesitamos. Tengo que ir a buscarle.
 --Muy bien, Curtis, -respondió Simon-. Pero que quede clara una cosa: no vas a hacer esto por amistad, ni para salvar a Philip Carlin. Lo vas a hacer por que quieres hacerlo.
 Newton se giró de súbito, mirando fijamente al Cerebro.
 --Y recuerda, -añadió Simon-, que si no regresas, ninguno de nosotros podrá ir a buscarte.
 La cripta de piedra quedó en silencio. En lo alto, a través del triple ventanal, apareció un rayo de luz, tan cruel y brillante como una lanza de oro. Vulcano volvía a ofrecer su cara interna hacia el Sol, y el Haz había entrado de nuevo en su interior.
 Newton dijo suavemente:
 --Volveré. Os lo prometo. Ahora, venid aquí, y estudiemos estos controles.
 Con sombrío pesimismo, Simon Wright dijo:
 --Tu avidez por explorar lo desconocido terminará por acarrearte algún desastre. Y creo que podría ser en esta ocasión.
 Pero se puso a trabajar en los controles. Resultaban bastante sencillos, y la cuidadosa traducción de las inscripciones hicieron que su funcionamiento quedara claro. Descubrieron que Carlin los había ajustado con gran precisión.
 Debería de haber vuelto. Pero no lo había hecho. ¿Por qué no? Newton no podía creer que una simple desprendimiento de tierras pudiera servir de barrera contra una entidad de energía viviente que podía penetrar en las profundidades del Sol. Entonces... ¿Por qué no había regresado Carlin? ¿Qué había ahí afuera, en la llameante y atronadora furia de aquel mundo Solar, que conseguía atrapar a todos aquellos que osaban aventurarse hasta allí?
 El Capitán Futuro recordó las inscripciones que había en la parte superior de los nichos, y las pesimistas palabras de Simon Wright, y algo en su interior le hizo estremecerse. Estuvo a punto de flaquear en aquel momento. Pero, sobre su cabeza, la luz del Haz ardía e iluminaba la estancia, y, aunque hubiera querido, ya no habría podido detenerse.
 --¿Lo comprendeis ahora? -Preguntó a sus camaradas-. Estas máquinas obtienen su poder del mismísimo campo magnetico de Vulcano, que de por sí, ya es tremendo... conectando mientras tanto con el campo magnético del Sol. De manera que nunca llegará a haber un fallo en la fuente de alimentación. Los controles están ajustados correctamente. Vuestro trabajo será velar porque no se toquen o alteren.
 Grag y Otho asintieron en silencio. Simon Wright no dijo nada. Observaba a Curt con una amarga concentración.
 Newton caminó hacia el transmutador.
 Permaneció allí, en el mismo lugar en el que había estado Carlin, y se desnudó. Luego se detuvo, mirando los esbeltos cristales, que parecían estar llenos de fuego dorado. Los nudosos músculos de su cuerpo se estremecieron, y sus ojos mostraron una mirada extraña. Subió al pedestal que se alzaba entre los dos cristales.
 Una llamarada de luz dorada le envolvió. Podía ver a sus compañeros a través de un velo llameante... el rostro afilado de Otho, lleno de miedo y pesar, mezclados con una especie de rabia, el enorme Grag mirándole de un modo casi patético, perplejo y preocupado, a juzgar por el modo en que extendía los brazos, y Simon, flotando y observándole impasible.
 Entonces la luz aumentó y se hizo más densa, y sus compañeros desaparecieron. Newton sintió el poder, sutil pero portentoso, que desprendían los brillantes cristales, los intrincados campos de fuerza que centraban su foco en la carne del hombre. Quiso gritar.
 Pero no tenía voz. Hubo un momento... una eternidad... de vértigo, de pánico, de disolución, y de cambio espantoso.
 Y entonces quedó libre.
 De un modo extraño y atenuado, fue capaz de percibir el interior de la ciudadela, los tres Hombres del Futuro, observándole en silencio, y, por encima suyo, aquel insistente rayo de luz, que parecía llamarle como si tuviera voz propia. Deseó subir hasta él, y eso fue lo que hizo, deslizándose hacia arriba con una rapidez maravillosa, que fue motivo de gozo y asombro, incluso tras la primera confusión provocada por la metamorfósis.
 Escuchó que alguien gritaba un nombre, y supo que era el suyo. No respondió. No podía hacerlo. Aún poseía vista y oído, pero funcionaban de un modo muy diferente. Ahora parecía como si absorbiera las impresiones a través de todo su ser, en lugar de estar limitado por los órganos del cuerpo humano.
 Pues ya no era un ser humano. Ahora era una llama, un núcleo de fuerza brillante, infinitamente fuerte, infinitamente libre. ¡Libre! Libre de las patéticas ataduras de la carne, una luz veloz, suave y... ¡Eterna!
 Ascendió hasta lo alto, atravesando la triple arcada, y quedando libre de su prisión de piedra. Se deslizó hacia la luz, y más arriba. Ni el espacio ni el tiempo tenían ya ningún significado para él. Con esa extraña percepción que ahora poseía, y en la que seguía pensando como si fuera su vista, miró hacia el Haz, observando toda su longitud a lo largo de la tierra ennegrecida. Se dirigió hacia el Rayo, como si fuera una pequeña estrella fugaz sobre el cielo en penumbra del interior de Vulcano.
 Igual que un chorro de agua que se incorpora a un torrente, el Hijo del Sol que antes había sido Curt Newton, se sumergió en el Haz del Rayo Solar. El cegador resplandor, el calor letal, no suponían ahora ningún motivo de temor. La estructura alienígena de su nueva esencia, parecía incluso adquirir nuevas fuerzas de dicho rayo, sumergiéndose en la energía del Haz, y fortaleciéndose en su interior.
 A lo lejos, vio el agujero que perforaba la superficie externa del planeta, permitiendo que el potente Haz penetrara en el interior. Se afanó en dirigirse hacia allí, consumido por una extraña ansiedad por salir de aquellos muros planetarios que le separaban del universo.
 Ahora, él formaba parte de todo aquello, pertenecía a la vastedad de la creación elemental. Un Hijo del Sol, y hermano de las estrellas... ansiaba sentirse libre en un espacio abierto, levantar la vista a la gloria desnuda de la que se sentía un pariente lejano. Viajó velozmente a lo largo del Haz, ávido, lleno de gozo, y, débilmente, como si fuera un eco de algún pasado olvidado, recordó las palabras de Kah. "¡Siguió la senda de los Seres Luminosos, y esos no vuelven jamás!"
 


CAPITULO IV

Los Seres Luminosos



 Todo el firmamento estaba cubierto de fuego. Todo lo demás desapareció, y fue olvidado... las estrellas más lejanas, los diminutos mundos de los hombres. Nada de eso existía ya, salvo la rugiente belleza ígnea del Sol.
 La pequeña lengua de fuego que antes fuera un hombre permaneció inmóvil en el espacio, absorbiendo aquela suprema maravilla a través de cada átomo sentiente de su ser. Del interior del sombrío Vulcano, había emergido a la plena luz destructora, al esplendor sin velos de la estrella ardiente, que era la dueña de todos los planetas.
 Se elevó hacia ella. Al principio, velozmente, pero luego más y más lento, mientras sus nuevas percepciones, que aún no había puesto a prueba, comenzaban a transmitirle la magnitud de aquella escena. El asombro le dejó sobrecogido, y detuvo su vuelo, permaneciendo inmóvil, como drogado, intentando asimilar unas sensaciones que jamás podría llegar a sentir ninguna criatura de forma corpórea.
 Podía sentir la presión de la luz. Llegaba a él directamente, desde el hirviente caldero de la disolución cósmica, alcanzado límites no hollados en el espacio; y el que fuera Curt Newton notó que su atracción le empujaba a su interior. Partículas de cruda energía golpearon las tenues llamas de su nuevo cuerpo, con una miríada de luz y extraños impactos. Lo agradeció, y se alimentó de ellas. Y descubrió que podía escuchar al Sol. No era como el sentido del oido que antaño conociera. No existía ningún medio para que le llegaran las ondas de sonido. Era algo mucho más sutil, como una pulsación interna de su propio nuevo ser.
 Y aún así era capaz de oir... el vasto, solemne y salvaje rugido del interminable tumulto de la destrucción y el renacimiento, el siseante grito de aquellas lenguas de fuego, tan grandes como planetas, el profundo y retumbante trueno de los continentes solares y los mares de fuego, inmersos eternamente en un remolino, y eternamente expulsados, para volver a tomar una vez más una forma diferente.
 Observó la rotación del Sol sobre sus ejes. Con una percepción que notaba intensamente cada color del espectro, vio las colosales montañas, los amres y las llanuras y las tormentosas nubes de fuego, así como formas espectrales de amatista y carmesí, oro y esmeralda, acompañadas por todos los matices concebibles desde el violeta más pálido hasta el rojo más vivo.
 Gradualmente, embriagado por la maravilla de su nueva vida, la sensación de asombro se fue mitigando. Comenzó a sentir una especie de poder, como si al despojarse de sus ataduras humanas se hubiera quedado totalmente libre. Él era el vacío. Él era el Sol. Estaba más allá del sufrimiento, y del temor a la muerte. Estaba vivo, y era tan eterno como las estrellas.
 Se dirigió derecho al Sol, y los resplandecientes velos de la corona solar le recibieron como una niebla de gloria.
 No necesitaba apresurarse. El tiempo había cesado para él. Los delicados fuegos diamantinos de aquellas nieblas altas resultaban inanarrablemente hermosas. Jugó entre ellas: una dorada lengua de fuego, planeando y girando como si fuera aquel pájaro de la leyenda. Vislumbró cómo se agitaban los velos de la corona, como sometidos a grandes vientos, y cómo se replegaban hacia dentro, en densas capas de amatista, y se abrían para dejar ver la ardiente cromosfera que había debajo.
 Se sumergió en una de esas grietas, descendiendo incontables kilómetros con la velocidad de un rayo de luz, y llegó hasta la roja obscuridad de la cromosfera.
 Le pareció que allí se concentraba toda la furia del Sol. Torrentes de rugientes gases escarlata, manaban de aquí y allí en remolinos de color rojo sangre del tamaño de un continente, con sus bordes adquiriendo una cualidad ardiente cuando colisionaban con otras corrientes, y encendiendo en ocasiones una llamarada tan oscura como el cinabrio.
 Una rabia elemental, la furia de la vida... el recién nacido Hijo del Sol se deslizó por la mareas carmesí, remolineando, danzando, ascendiendo hasta lo alto de las crestas de fuego, tanteando los más oscuros rubíes de los torbellinos. Bajo él, en silencio, como una mera esfera de fuego rotante, se hallaba la fotosfera.
 Descendió aún más, y miró la superficie del Sol. Imperaban en ella un Caos y una belleza inimaginables, extraños más allá de toda creencia. Una inmensidad de fuego dorado, mucho más denso que en las capas exteriores, surgiendo, elevándose en descomunales columnas fundidas que arañaban el cielo escarlata, y luego se desplomaban en un titánico cataclismo, para perderse en la incandescente llanura de fuego. Las crestas de unas olas que habrían sepultado planetas enteros, rompían sobre la superficie del Sol, estallando en ensordecedoras avalanchas, burbujeando, expandiéndose, absolutamente cegadoras, mayestáticas, más allá de cualquier visión contemplada por el hombre.
 Observó, y sintió temblar la esencia de su nuevo ser. Su humanidad era aún demasiado reciente como para mirar aquel inimaginable mundo solar sin sentir asombro y pavor.
 Dos grandes olas, de miles de kilómetros de altura, se alzaron y cayeron a la vez, cubriendo una superficie mayor que la de la propia Tierra. Volvieron a encontrarse, y de su colisión nació una prominencia que ardió hacia arriba en un desbordante río de llamas.

 CURT NEWTON se sintió atrapado en aquella titánica corriente. Luchó contra ella, descubriendo que podía resistirla, y disfrutando de la gloria de su nueva fortaleza. Le embriagó una especie de éxtasis. Se dejó llevar, y la corriente le llevó hacia arriba, casi tan veloz como la misma luz, más allá de la cromosfera, más allá de la corona, hacia el vacío del espacio. Cabalgó sobre la llama con alegría salvaje.
 Emergió de la prominencia, describiendo un gran círculo, echando un breve vistazo a los distantes planetas a los que llegaba la luz, y entonces recordó la misión que le había llevado allí, y por qué había abandonado su envoltura humana, para realizar ese peregrinaje hasta el Sol.
 Con mayor seriedad ahora, volvió a internarse en las débiles nieblas, y en las mareas carmesís, hasta flotar sobre la fotosfera, buscando a otros de su misma especie.
 A través de distancias inimaginables, busco sin encontrar a nadie. Una soledad terrible se abatió sobre él. Penetró en un área de tormentas, en la que los grandes vórtices de las manchas solares giraban y retumbaban en un torbellino de corrientes eléctricas.
 Huyó de ellas, asustado, sobrecogido, y se encontró gritando desesperadamente:
 --¡Carlin! ¡Carlin! ¿Donde estás? -No poseía lengua o voz para gritar, sino que lo hacía con el poder de su mente. Y cuendo comprendió que podía hablar de ese modo, comenzó a llamar una y otra vez, mientras avanzaba por los océanos en llamas, junto a las vastas explosiones de las tormentas solares.
 --¡Carlin! ¡Carlin!
 Y alguien le respondió. Escuchó la voz en su mente, o en aquella parte de su nuevo ser que resultaba sensible a la recepción del pensamiento.
 --¿A quién llamas, pequeño hermano?
 Por encima de él percibió una llama dorada contra el rojo intenso de la cromosfera, y vio que algo se acercaba hacia él: uno de los Hijos del Sol.
 Avanzó para encontrarse con el extraño. Deslizándose y bailando, como dos increibles mariposas de fuego, flotaron por encima de un río de llamas que recorría la superficie del Sol. Y entonces hablaron.
 --¿Eres tu... fuiste Philip Carlin?
 --¿Philip Carlin? No. En mi vida humana fui Thardis, físico jefe de Fer Roga, Señor de Vulcano. Pero eso fue hace mucho tiempo.
 Silencio, excepto por el retumbante trueno del Sol.
 --Dime, pequeño hermano. ¿Eres nuevo aquí?
 --Si.
 --Entonces, ¿Siguen viniendo aún los Luminosos? ¿Continúa abierto el portal?
 --Se perdió y fue olvidado durante muchas Eras. Y entonces él lo encontró, ese que fue mi amigo... y lo atravesó. ¿Le conoces, Thardis? ¿Has oido hablar de Philip Carlin?
 --No. Mis estudios me mantienen en soledad la mayoría del tiempo. ¿Sabes, pequeño hermano, que casi me he liberado de las ataduras del pensamiento puro? Las mayores mentes del Imperio decían que algo así era imposible. ¡Pero estoy a punto de lograrlo!
 Eran dos lenguas de fuego viviente, agitándose, ondeando a merced de los vientos solares, en un río en llamas. Y Thardis dijo:
 --¿Que ha sido del Imperio? ¿Qué ha sido de Vulcano? ¿Fue prohibido el portal y nuestros científicos lo olvidaron?
 -Fue prohibido, -respondió Newton-. Y entonces... -Lentamente, le contó a Thardis cómo el Imperio Antiguo se había desmoronado y desaparecido, cómo sus avanzados y cultos integrantes habían degenerado hasta la barbarie, y cómo ayer mismo, mientras el tiempo discurría en el universo, habían vuelto a recuperar aquel camino hacia el conocimiento. Le contó a Thardis muchas cosas, y la mayoría eran tristes y amargas. Pero, mientras lo hacía, se dio cuenta de que, para el otro, eran algo menos que sueños. Había llegado demasiado lejos, distanciándose demasiado de su antiguo ser.
 --Así que todo ha terminado, -musitó Thardis-. Los mundos Estelares, los capitanes, los reyes de múltiples tronos. Es la ley del universo. Aquí lo aprenderás todo, pequeño hermano. Observarás el ciclo... nacimiento, muerte y eternidad... repetidos para siempre en el corazón del Sol.
 Su tenue cuerpo se agitó, disponiéndose a volar.
 --Adios, pequeño hermano. Quizás volvamos a vernos alguna vez.
 --¡Espera! ¡Espera! -Exclamó Newton-. No lo comprendes. No puedo permanecer aquí. Debo encontrar a mi amigo, y traerle de vuelta conmigo.
 --¿De vuelta? -Repitió Thardis-. ¡Ah, claro, eres nuevo! Recuerdo que yo, una vez, me propuse regresar.
 Sus pensamientos quedaron en silencio durante un largo rato, y entonces volvieron a llegarle, con una especie de triste resignación.
 --¡El pequeño Hijo del Sol, que acaba de llegar aquí! Ven, entonces. Te ayudaré a encontrar a tu amigo.
 Le condujo a través de las móviles montañas del Sol, y a través de los mares ardientes. Newton le siguió, mientras Thardis efectuaba una llamada. Y, poco después, de entre los velos y nubes de fuego, aparecieron dos nuevas lenguas de fuego, y se unieron a ellos.
 Thardis preguntó:
 --¿Conocéis a uno llamado Carlin ? Es nuevo.
 Uno de ellos no le conocía, pero el otro respondió:
 --Yo le conozco. Se ha adentrado en las profundidades de los fuegos internos, para estudiar la vida del Sol.
 --Te llevaré hasta allí, -dijo Thardis a Newton-. Ven.
Se arrojó velozmente hacia un furioso infierno de llamas. Y Newton tuvo miedo de seguirle.
 Entonces se sintió avergonzado. Si Carlin había seguido ese camino, él también podría hacerlo. Se arrojó sin reservas, en pos de Thardis.
 Las rugientes olas del holocausto se alzaron para recibirle y enterrarle en sus profundidades de humo dorado, explosionando en infinitas formas de brillantes colores. Penetraron en una región compuesta por una materia más densa, y, para Newton, fue como si nadara a través de aguas turbulentas, sensible como era a la presión y a los espantosos torbellinos, y mezclando su propia substancia con el medio que le rodeaba.
 Fue acercándose a Thardis. Gradualmente, mientras se sumergían más y más profundamente bajo la superficie, las doradas profundidades comenzaron a calmarse, y los centelleantes colores se fueron suavizando. Las corrientes internas circulaban furiosas, como ríos bajo el mar. Thardis entró en una de ellas, resistiendo la poderosa fuerza de succión como un hombre que paseara contra el viento, obteniendo un alegre placer en la batalla.
 Newton se unió a él, y sintió, con gozosa alegría, cómo surgía su propia fuerza. Los tonos dorados comenzaron a apagarse, y los colores diamantinos se atenuaron, aclarándose. Newton fue consciente de un resplandor que crecía delante de ellos, mucho más terrible que todos los fuegos que había visto hasta el momento... un blancura sobrenatural, de una intensidad tan resplandeciente que incluso sus nuevos sentidos la encontraban difícil de percibir. El esquema de energía de su nuevo cuerpo flamígero fue sacudido por oleadas de una fuerza espantosa. Ya antes había sentido miedo. Pero ahora se hallaba más allá del terror. Se arrastró detrás de Thardis como un niño se arrastraría a los pies de la Creación. Pudo haberse detenido entonces, pero Thardis le guió hasta el interior del horno solar, hasta el corazón viviente del Sol.
 Y aquel que antaño fuera Philip Carlin estaba allí, inmóvil y silencioso, observando las terribles fuerzas místicas que producían las inimaginables energías que hacían morir y renacer a la materia.
 En aquel momento, Newton no dedicó a Carlin ni un solo pensamiento. Las descomunales voces de la creación martilleaban en sus sentidos, deslumbrándolos y nublándolos. Se estremeció ante aquella furia sonora, más propia de los dioses. Los átomos, sueltos y desnudos estaballaban por doquier, aturdiéndole con un dolor exultante. También él permaneció observando, completamente absorto en su propio asombro cósmico.
 Los cambios atómicos explotaban allí sin cesar, tronando y retumbando... el hidrógeno centelleaba en medio de todas las increibles transformaciones del ciclo carbono-nitrógeno, hasta convertirse en helio, cuya energía residual estallaba cegadoramente, con un poder devastador. Newton comenzó a ser consciente del peligro que corría. Y supo que si se quedaba allí demasiado tiempo, ya nunca volvería a irse. Él era un científico, y aquel lugar era el corazón mismo del aprendizaje. Podría quedarse allí, absorto y fascinado con aquella inmensidad de conocimientos, con esa vida increible que era capaz de existir en medio de aquella vorágine de energía. Podía quedarse allí para siempre, junto a los demás Hijos del Sol. La tentación le susurró:
 --¿Por qué debería regresar? ¿Por qué no quedarme aquí, como una llama pura, eterna, libre para aprender, libre para vivir...?
 Recordó entonces a los tres que le esperaban en la ciudadela, y la promesa que les había hecho. Y, haciendo un amargo esfuerzo, se obligó a sí mismo a hablar.
 --¡Carlin! ¡Philip Carlin!
 El otro Hijo del Sol se estremeció y preguntó:
 --¿Quién me llama? -Y al contemplarle, su embriagada mente pareció despertar emocionada-. ¿Curt Newton? ¿Qué haces tu aquí? Casi te había olvidado.
 ¡Fue un encuentro muy extraño, el de aquellos dos amigos que habían dejado de ser humanos, en medio de los atronadores fuegos solares! Newton se obligó a sí mismo a pensar en su único propósito.
 --¡He venido a buscarte, Carlin! ¡Te he seguido para traerte de vuelta!
 La respuesta del otro fue fiera e instintiva.
 --¡No! ¡No pienso volver!
 Al rato, el pensamiento de Carlin añadió con ansiedad:
 --Mira... ¡Mira a tu alrededor! ¿Cómo podría abandonar todo esto? Quizás dentro de uno o dos millones de años, cuando haya aprendido todo lo que me sea posible... No, Curt. ¡Ningún científico podría dejar esto!
 Newton sintió la fuerza fatal de aquel argumento. Tambien él sentía la irresistible atracción de aquella vida sin final, que había atrapado a hombres allí desde hacía un millón de años.
 La sentía... ¡Con demasiada fuerza! Y sabía desesperadamente que terminaría sucumbiendo, a menos que consiguiera marcharse rápidamente. El conocimiento le inspiró el único argumento que podría lograr convencer a Carlin para marcharse.
 --¡Pero si te quedas aquí, todo el conocimiento que has adquirido aquí, se perderá para siempre! ¡Los secretos del Sol, la llave de todos los misterios del universo se quedará aquí, atrapada en tu interior, y no se sabrá jamás!
 Había acertado. Ese era el único argumento que podría espolear a aquel hombre, que había dedicado toda su vida a la búsqueda y el intercambio de conocimientos. Sintió la duda y la turbación que nacían en la mente de Carlin. Los impulsos inconscientes, pero fuertes a pesar de todo, provocados por los hábitos de toda una vida.
 Los truenos del corazón del Sol rugían a su alrededor, mientras Newton aguardaba con ansiedad. Y al final, casi de mala gana, Carlin dijo:
 --Si. Si, debo comunicar todo lo que he aprendido. Y aún así... -Añadió amarga y apasionadamente-, ¡Sólo de pensar en que voy a dejar todo esto...!
 --¡Debes hacerlo, Carlin!
 Hubo otra pausa. Y entonces:
 --¡Si hemos de irnos, hagámoslo ya, Curt!
 Entonces, Newton fue consciente de que Thardis aún flotaba junto a ellos. Y Thardis les dijo:
 --Venid, os guiaré.
 Los tres comenzaron a ascender desde las profundidades del Sol... atravesaron velozmente la dorada fotosfera, pasaron las rabiosas mareas carmesí, y ascendieron, más y más, dejando atrás los ardientes velos de la corona, hasta el vacío del espacio.
 Aún aturdido, con sus nuevos sentidos sobreestimulados, Newton percibió a través del espacio la masa semi fundida de Vulcano. Se dirigió hacia ella, sabiendo que si desfallecía ahora, estaba perdido.
 Thardis dijo:
 --Debéis ser veloces, pequeños hermanos. Lo sé muy bien. También yo, una vez, emprendí el camino de regreso.
 --¡Vamos! -Exclamó Newton desperadamente. Se dio impulso a través del vacío, tan veloz como una estrella fugaz, y sólo con la fuerza de su mente consiguió arrastrar junto a él al ondulante Carlin.
 Ocurrieron demasiadas cosas, demasiadas como para reparar en todas ellas. La mente de Newton estaba nublada, dividida entre la exaltación y el dolor de la pérdida, y deslumbradada por visiones y sonidos que iban más allá de la capacidad humana. Volaron hacia Vulcano en un estado casi cercano al del los sueños.
 Descendiendo por el Rayo hasta el interior del mundo hueco, repararon vagamente en la selva, las montañas y la ciudadela. Pasaron juntos a través de la triple arcada, y descendieron hasta el pavimento sobre el que esperaban los Hombres del Futuro.
 Carlin fue el primero en colocarse en el espacio que había entre los dos cristales. Newton observó cómo entraba en el campo de fuerza, como una tenue lengua de fuego, y se transformaba de nuevo en un hombre... un hombre deslumbrado e inconsciente. Otho le agarró para evitar que cayera al suelo. Entonces, Curt Newton tomó su lugar bajo la luz verde azulada, y no tardó en perder la consciencia.
 Cuando despertó, estaba sentado en el suelo, incorporado, sujeto por el enorme brazo de Grag. Ahora el cuerpo le pesaba como si fuera de plomo, y sus sentidos le resultaban extraños. Su nueva vida comenzaba a resurgir.
 Otho estaba gritándole, y el vozarrón de Grag tronó en su oido:
 --¡Curt, has vuelto! Y le has traido contigo...
 La voz metálica de Simon Wright exclamó, interrumpiendo aquel excitado balbuceo:
 --¡Carlin!
 Newton se dio la vuelta. Philip Carlin había recuperado la consciencia. Permanecía inmóvil en el centro de la cámara. No les miraba a ellos, sino a su propio cuerpo, levantando los brazos lentamente, y observándolos.
 Y su rostro reflejó tal miseria como Newton no había visto jamás en la cara de ningún hombre.
 --No puedo, -susurró Carlin, con una voz ronca, casi un graznido-. No puedo aguantar estar así otra vez, aprisionado por mi carne. ¡No! -Tras aquella exclamación, se desplazó, con increible rapidez hacia los resplandecientes cristales dorados del otro transmutador.
 Newton saltó tembloroso para interceptarle, pero le fallaron las piernas y cayó de rodillas.
 --¡Carlin, espera!
 El científico giró la cabeza, mostrando un rostro transfigurado por la agonía de la determinación.
 --Tu no has estado allí tanto tiempo como yo, Curt. No sabes por qué tengo que regresar a esa otra vida, a esa vida real. Pero algún día lo entenderás. Te acordarás de aquello, y puede que algún día...
 Avanzó hasta colocarse en el pedestal, y desapareció en medio de un destello de luz amarilla. Una pequeña estrella brillante ascendió reluciente hacia la triple arcada... una estrella viviente, veloz, libre y gozosa, en busca del Rayo, y del camino de vuelta al Sol.
 Y bajo la arcada, en el oscuro suelo de la ciudadela, Curt Newton bajó la cabeza, y ocultó la cara tras sus manos.

* * * * *

 El Cometa despegó sobre sus rugientes cohetes de popa, fue ganando velocidad y navegó, siguiendo el oscuro cinturón de tierra carbonizada, en dirección al agujero en la corteza de Vulcano. Curt Newton estaba sentado ante los controles. Él, que había volado por el Rayo, libre de toda atadura, maniobraba ahora aquella nave construida por el hombre, a lo largo de aquella misma senda. Su rostro estaba crispado por la tensión, y sus ojos mostraban una expresión extraña y ausente.
 Los tres seres que le acompañaban en la cabina de control, se mantenían en silencio, como por tácito acuerdo, mientras la pequeña nave avanzaba velozmente a través de la apertura, hasta el desnudo resplandor del Sol.
 Los ojos de Newton quedaron deslumbrados, pero no apartó la mirada de aquel poderoso orbe en llamas.
 Y entonces recordó.
 ¿Sería capaz de recordar para siempre cómo había mirado en las profundidades del Sol, y cómo había escuchado el latido de su núcleo? ¿Volvería a sentir la angustia que sentía ahora, rememorando aquella inmensa sensación de fortaleza y libertad? ¿Regresaría algún día, él sólo, a aquella ciudadela enterrada, que contenía el secreto de la vida y de la muerte?
 Como queriendo negar esa última pregunta, apretó con fuerza el botón de la energía. El Cometa salió disparado hacia delante, dejando atrás a Vulcano hasta casi perderlo de vista: una pequeña motade materia, sometida a los fuegos eternos del Sol.

FIN


Traducido en mayo-junio del 2004
por Javier Jiménez Barco

 
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