Número 23 "Los arpistas de Titán"
Por Edmond HamiltonPublicado en el pulp Startling Stories
en septiembre de 1950Traducción: Pedro Cañas Navarro
LOS ARPISTAS DE TITÁN
Una Novela corta del Capitán Futuro
por Edmond Hamilton
CAPÍTULO I
La Luna Oscura
Su nombre era Simón Wright y en otros tiempos había sido un hombre como los demás. Ahora ya no era un hombre, sino un cerebro viviente, alojado en una caja de metal, alimentado por suero en vez de por sangre y provisto con sentidos y medios de movimiento artificiales.
El cuerpo de Simón Wright, que había conocido los placeres y las enfermedades de una existencia física, hace mucho que se había mezclado con el polvo; pero su mente seguía viviendo, brillante y sin igual.
La elevación del terreno se extendía, rocosa y desvaída a lo largo del límite del bosque de líquenes, los gigantescos vegetales llegaban hasta la misma elevación y hacia abajo, siguiendo la pendiente más lejana hasta el valle.
Aquí y allá había claros, en los que antiguamente, quizá, se elevó un templo, hace largo tiempo convertido en ruinas. Las grandes masas confusas de los líquenes se extendían por encima, encogidas, destrozadas por el viento y tristes. De vez en cuando una brisa los removía levantando un polvo mohoso y produciendo un sonido parecido a un llanto.
Simón Wright estaba cansado de la elevación del terreno y del bosque grisáceo, cansado de esperar. Tres noches de Titán habían transcurrido desde que el Grag, Otho y Curt Newton, a quien el Sistema conocía como el Capitán Futuro, habían ocultado su nave en el bosque de líquenes y esperado aquí a un hombre que no había venido.
Fue la cuarta noche de espera bajo la increíble gloria del cielo de Titán; sin embargo incluso el brillante espectáculo de Saturno rodeado por sus asombrosos anillos y su enjambre de lunas, fueron incapaces de elevar el ánimo de Simón. En alguna forma, la belleza que había en las alturas contribuía a aumentar la tristeza que existía abajo.
Curt Newton dijo de forma cortante,
--Si Keogh no viene esta noche, iré allá abajo a buscarle
Miró, a través de un hueco entre los líquenes, hacia el valle donde se encontraba Moneb, una ciudad que no se alcanzaba a distinguir a causa de la noche y de la distancia, observándose únicamente puntos dispersos de luz procedentes de sus antorchas.La forma de metal de Grag, semejante a un hombre, se movió impaciente entre las sombras con un aburrido sonido metálico, su voz de trueno se oyó en la soledad de la noche.
Simón habló. Su voz era precisa y metálica a través de su resonador artificial.
--El mensaje de Keogh nos decía que en modo alguno fuéramos a la ciudad. Curtis estate tranquilo, vendrá.Otho asintió con la cabeza. Otho el androide delgado y ágil, que era tan parecido a un ser humano que sólo el aspecto extraño de su cara puntiaguda y ojos verdes y brillantes traicionaban su condición.
--A lo que se ve, -Dijo Otho-, hay un lío terrible en Moneb y nosotros lo empeoraremos si empezamos a enredar antes de saber qué está pasando.
--Pienso como Curt, -dijo-. Estoy cansado de esperar.
--Estamos cansados, -dijo Simón-, pero debemos esperar, viendo el mensaje de Keogh pienso que no es ni un cobarde ni un tonto, sino que conoce la situación, nosotros no, no debemos ponerlo en peligro por nuestra impaciencia.
Cut suspiró,
--Lo sé, -y recostó la espalda sobre el bloque de piedra en el que estaba sentado-, Sólo espero que venga pronto, estos líquenes infernales me están poniendo nervioso.
Balanceándose sin esfuerzo, sobre los dos rayos magnéticos invisibles que actuaban como sus piernas, Simón observaba y meditaba. Sólo de forma objetiva podía apreciar la imagen que él presentaba a los demás -un pequeña caja cuadrada de metal, con una extraña cara de lentes artificiales, que servían como ojos y un resonador que actuaba como una boca, flotando en la oscuridad.
El mismo, se consideraba casi como un yo desencarnado, no podía ver su extraño cuerpo, pero era consciente de las continuas y rítmicas pulsaciones de la bomba de suero que le servía de corazón, así como de las sensaciones visuales y auditivas que le proporcionaban sus sentidos artificiales.
Sus ojos, formados por lentes, eran capaces de proporcionar una visión mejor que la del ojo humano, bajo cualquier condición. Pero aun así, no podía penetrar en las oscuras sombras del valle, que seguía siendo un misterio tejido con luz de luna, niebla y oscuridad.
Todo parecía tranquilo, sin embargo, el mensaje de este extraño, Keogh, solicitaba ayuda contra un mal demasiado grande para que él pudiera luchar sólo.
Simón era muy consciente del monótono susurro de los líquenes, su sistema auditivo, constituido por micrófonos, podía oír y distinguir las notas demasiado débiles para los oídos normales, de forma que el susurro se transformaba en olas de sonidos distinguibles, como si voces fantasmales susurraran - una especie de sinfonía de la desesperanza.
Pura fantasía y Simón Wright no era muy aficionado a las fantasías, sin embargo, en estas noches de espera, había desarrollado un cierto sentido de clarividencia. En este momento razonó que el triste susurro del bosque, era una interpretación de su cerebro, reaccionando ante el estímulo de un repetido patrón de sonido.
Como Curt, esperaba que Keogh viviera pronto.Luego, de forma abrupta, se escuchó un sonido diferente de los demás sonidos. Simón lo oyó, escuchó y tras un momento dijo:
El tiempo pasaba, Los Anillos llenaron el cielo con fuego sobrenatural, y las lunas aparecieron recorriendo espléndidamente su eterno camino. Los líquenes, bañados en el lechoso brillo de Saturno, no cesaban en su monótono llanto. De vez en cuando, Curt Newton se levantaba y daba vueltas en el claro, Otho le observaba permaneciendo sentado rígidamente, su delgado cuerpo doblado como una hoja de acero. Grag permanecía donde estaba, un gigante oscuro e inmóvil en las sombras que empequeñecía la altura del mismo Newton.
--Hay dos hombres, subiendo la cuesta desde el valle, que vienen por este camino.
Otho se puso de pié de un salto, Curt lanzó un corto y agudo “¡Ah!” y dijo:
--Mejor ocultémonos hasta que estemos seguros.
Los cuatro se perdieron en la oscuridad.Simón estaba tan cerca de los extraños que podría haber extendido sus rayos de fuerza y haberlos tocado. Salieron al claro, jadeando por la larga subida, mirando ansiosamente a su alrededor. Uno de ellos era un hombre alto, muy alto, estrecho de hombros y con una cabeza delgada; el otro era más bajo, más corpulento y se movía como un oso. Ambos eran terrestres, llevando la marca inconfundible de los hombres de la frontera y de la dureza del trabajo físico que realizaban. Ambos iban armados.
Se pararon, la espera había terminado para ellos, el alto dijo con tono desesperado.
--Nos han fallado, no han venido. Dan, no han venido.
El alto casi lloró
--Pienso que no les llegó tu mensaje, -dijo el otro hombre. Su voz era también triste-. Lo sé Keogh, no se que vamos a hacer ahora. Pienso que lo mejor que podemos hacer es volver.
Curt Newton gritó desde la oscuridad
--Esperad un momento, todo va bien.
Curt salió al claro, su cara delgada y su pelo rojo visibles a la luz de la luna.
--Es él -dijo el hombre corpulento-, es el Capitán Futuro. -Su voz ponía de manifiesto el alivio que sentía.
Keogh sonrió, una sonrisa sin mucho humor.
--Pensabas que podía estar muerto y algún otro podía acudir a la cita, no se trataba de una suposición muy equivocada. He sido observado de una forma tan persistente que no me he atrevido a venir antes, sólo podía esta noche.
Se detuvo, observando como Grag venía dando zancadas, retumbando el suelo con sus pasos. Otho se movió detrás, ligero como una hoja. Simón se les unió deslizándose silenciosamente en medio de las sombras.
Keogh rió, con un ligero temblor.
--Estoy contento de veros, de verdad, si supierais lo contento que estoy de veros a todos.
--Yo también, -dijo el hombre corpulento y añadió- Soy Harker.
--Mi amigo, -dijo Keogh a los Hombres del Futuro-. Mi amigo desde hace muchos años. -Luego dudó, mirando ansiosamente a Curt-. ¿Me ayudarás?. He vivido mucho tiempo aquí en Moneb. He mantenido a la gente tranquila, he procurado darles valor cuando lo necesitaban, pero no soy más que un hombre, soy una percha muy frágil para colgar el destino de una ciudad.
Curt asintió con gravedad.
--Hicimos todo lo que pudimos. Otho, Grag, haced guardia, ahora mismo.
Otho y Grag desaparecieron de nuevo. Curt miró con esperanza a Keogh y a Harker. La brisa se había ido convirtiendo en un viento fuerte y Simón estaba convencido de que se produciría un nuevo y más conmovedor llanto de los líquenes.
Keogh se sentó sobre un bloque de piedra y comenzó a hablar. Flotando cerca de él Simón escuchaba, observando la cara de Keogh. Simón pensó: "Es un sabio y además fuerte, pero ahora se encuentra agotado por el esfuerzo y el miedo largo tiempo soportado".
Keogh dijo:
--Fui el primer terrestre en venir al valle hace muchos años, me gustaban los habitantes de Moneb y yo les gustaba a ellos. Cuando los mineros comenzaron a venir, procuré que no hubiera problemas entre ellos y los nativos. Me casé con una chica de Moneb, hija de uno de sus prohombres. Ahora ella está muerta, pero tengo un hijo aquí. Además soy uno de los consejeros de la ciudad, el único de sangre extranjera que es tolerado en la Ciudad Interior.
“Así que ya ves, he conseguido una cierta posición que he empleado en mantener la paz entre nativos y extranjeros. ¡ Pero ahora!”.
Movió su cabeza. “Siempre ha habido personas en Moneb a los que desagradaba ver terrestres e intentaban minimizar la influencia de la civilización de la Tierra”. Siempre han odiado a los terrestres que viven en la Ciudad Nueva y trabajan en las minas. Han procurado, desde hace tiempo, presionarles para que se fueran y si por ellos fuera habrían metido a Moneb en una lucha sin esperanza siempre que se hubieran atrevido a desafiar la tradición y emplear la única arma posible. Ahora son más decididos y están planeando emplear este arma.
Curt Newton le miró fijamente,
--Keogh,¿qué es ese arma?
La respuesta de Keogh fue una nueva pregunta.
--Vosotros, los Hombres del Futuro conocéis bien estos mundos. Supongo que habréis oído hablar de los arpistas.
De repente, Simón Wrigth sufrió una sorpresa y vio el asombro y la incredulidad dibujarse en el rostro de Curt Newton.
--No querrás decir que los descontentos de tu ciudad planean emplear a los arpistas como un arma.
Keogh asintió de forma sombría.
--Efectivamente.
Los recuerdos de los antiguos días en Titán recorrieron la mente de Simón. La extrañísima forma de vida que habitaba en lo más profundo de los grandes bosques, la belleza más inolvidable aparejada el peligro más terrible.
--Ciertamente, los arpistas pueden convertirse en un arma, -dijo al cabo de un instante-. Pero este arma matará a aquellos que la empuñen, salvo que estén protegidos.
Keogh respondió:
--Hace mucho tiempo, los hombres de Moneb, tenían esta protección; entonces utilizaban a los arpistas, pero su uso fue tan desastroso que fue prohibido y puesto bajo tabú.
“Ahora, los que quieren expulsar de aquí a los terrestres, tienen un plan para romper este tabú. Quieren traer a los arpistas y utilizarlos.
Harker añadió:
--Las cosas iban bien, hasta que el viejo rey murió. Era un hombre de verdad. Su hijo es un inútil. Los fanáticos contra la civilización extranjera lo han convencido y ahora tiene miedo de su propia sombra. Keogh lo está sosteniendo contra estos fanáticos.
Simón vio una confianza casi religiosa en los ojos de Harker cuando miraba a su amigo.
--Por supuesto, han procurado matar a Keogh, -dijo Harker-. Con él muerto no habría líder que se les opusiera. -La voz de Keogh se elevó, para oírse por encima del murmullo de los líquenes.
--Se ha convocado a todo el Consejo para dentro de dos días. Este será el momento de decidir quien gobernará Moneb, si nosotros o los rompedores del tabú. Estoy seguro que alguna trampa se ha preparado para mí.
“Por esto necesito vuestra ayuda de forma desesperada, Hombres del Futuro. Pero no debéis ser vistos en la ciudad. Cualquier extranjero puede levantar sospechas, además vosotros sois bien conocidos y... -luego miró a Simón y añadió como si pidiera disculpas ”especiales”.
Hizo una pausa en su discurso; durante esta pausa, el rumor y el fuerte sonido de los líquenes era semejante al despliegue de grandes velas ante el viento; así, Simón no pudo oír, detrás de él, un pequeño sonido furtivo hasta que fue tarde... un segundo demasiado tarde.
Un hombre saltó en el claro. Simón vislumbró por un instante unas piernas de color dorado cobrizo y una cara de asesino, levantó un arma extraña. Simón dio la alarma pero el pequeño dardo brillante ya había sido disparado.
En el mismo instante, Curt se giró, empuño su arma y disparó. El hombre cayó, desde las sombras otra pistola disparó y se oyó el fiero grito de Otho.
Durante un instante intemporal nadie se movió, luego Otho volvió al claro.
--Pienso que sólo eran dos.
--Nos siguieron, -exclamó Harker-, Nos siguieron aquí para...
Se había estado girando mientras hablaba, de repente se calló y a continuación empezó a gritar el nombre de Keogh.
Keogh yacía con la cara pegada al polvo. En su mejilla se percibía el pequeño dardo bronceado, poco más largo que una aguja, donde perforaba la carne aparecía una gota de sangre oscura.
Simón revoloteó bajo sobre el terrestre, su rayos sensitivos le tocaron la garganta, el pecho, le levantaron un párpado.
Simón dijo sin esperanza.
--Todavía vive.
CAPÍTULO II
Una estratagema sobrenatural.
Curt le dijo:
Grag llevó a Keogh a través del bosque y aunque era un hombre alto, parecía un niño en los poderosos brazos del robot. El viento aullaba y los líquenes susurraban y gritaban cada vez más conforme iba oscureciendo.
-Deprisa, -dijo Harker-. Deprisa, aun puede haber alguna oportunidad.
Su rostro se había quedado pálido, lo que había visto le había supuesto una profunda impresión. Simón todavía estaba emocionado... con emociones más definidas y profundas que las que antes pensaba podía padecer, ya que se encontraba divorciado de la carne y de sus confusiones químicas. Ahora sentía una profunda lástima por Harker.
--El "Cometa" está justo ahí delante.
En ese mismo instante vieron la nave. Una sombría masa de metal oculta ente las grandes plantas. Rápidamente introdujeron a Keogh y Grag le dejó cuidadosamente en la mesa del pequeño laboratorio. Todavía respiraba, pero Simón sabía que no lo haría por mucho tiempo.
El laboratorio del Cometa, a pesar de su pequeño tamaño, estaba equipado con material médico comparable al de la mayor parte de los hospitales y en su mayor parte diseñado, para su empleo específico, por Simón y Curt Newton. Anteriormente había sido empleado muchas veces para salvar vidas. Ahora Simón y Curt trabajaban enfebrecidamente para salvar a Keogh.
Curt giró una magnífica y compacta adaptación de la unidad Fraser para colocarla en posición. En unos segundos los tubos fueron conectados en las arterias de Keogh y las bombas comenzaron a trabajar, manteniendo el flujo normal de sangre e introduciendo una disolución estimulante directamente en el corazón. La unidad de oxígeno estaba funcionando.
En su momento Curt asintió y dijo:
--Pulso y respiración normal. Vamos a echar ahora un vistazo al cerebro.
Colocó el ultrafluroscopio en posición y lo encendió. Simón observó la pantalla, flotando junto al hombro de Curt.
--El lóbulo frontal está destrozado sin remedio, -luego añadió-, ¿Veo pequeñas puntas en el dardo?. El deterioro de las células ya ha comenzado.
Harker habló desde el umbral de la puerta:
--¿No puedes hacer algo?, ¿No puedes salvarle?. -Por un instante miró a la cara de Curtis, luego abatió su cabeza y dijo tristemente-. No, por supuesto que no puedes, lo se desde que fue herido.
Parecía que estaba perdiendo toda su fuerza, se apoyó en la puerta, era un hombre cansado, destrozado y triste, más allá de lo que podía soportar.
--Es bastante malo perder un amigo, pero hora también se ha perdido todo aquello por lo que luchó. Los fanáticos vencerán y liberarán cosas que destruirán, no sólo a los terrestres de aquí, sino, a largo plazo, a toda la población de Moneb.
Las lágrimas comenzaron a fluir lentamente por las mejillas de Harker. No parecía que se diera cuenta de la existencia de los demás. Dijo, a nadie, a todo el Universo:
--¿Por qué no lo habría visto en el momento adecuado?, ¿Por qué no lo mataría en el momento adecuado?
Por un momento largo, largo, Simón miró a Harker. Luego miró otra vez a la pantalla y luego a su lado a Curt, quien asintió y lentamente apagó. Curt comenzó a desenganchar los tubos de la unidad Fraser de las muñecas de Keogh.
Simón dijo:
--Espera Curtis, déjalos como están.
Curt puso de manifiesto una cierta extrañeza en su mirada. Simón se deslizó a donde estaba Harker, más pálido y atontado que el muerto de la mesa.
Simón lo llamó por su nombre tres veces antes que le respondiera.
--¿Si?
--¿Cuánto valor tienes, Harker?, ¿Tanto como Keogh?,¿ Tanto como yo?
Harker negó con su cabeza
--Hay ocasiones en que el valor no ayuda nada.
--¡Escúchame Harker!, ¿Tienes el valor de volver a Moneb, andando junto con Keogh, sabiendo que está muerto?
Los ojos del hombre corpulento se ensancharon. Curt Newton se aproximó a Simón y le dijo con una voz extraña:
--¿En qué estás pensando?
--Estoy pensando en un valiente que murió buscando nuestra ayuda. Estoy pensando en muchos inocentes, hombres y mujeres, que morirán salvo que... Harker, ¿Es verdad o no que el éxito de nuestra lucha depende de Keogh?
La mirada de Harker se posó sobre el cuerpo extendido en la mesa... un cuerpo que respiraba y cuyo corazón latía con una apariencia de vida, producida por las bombas a las que estaba conectado.
--Es verdad, -dijo-. Por eso le mataron. Era el líder. Con él muerto... -Las grandes manos de Harker hicieron un gesto elocuente.
--En ese caso nadie debe saber que Keogh está muerto.
Curt dijo enfadado:
--No, Simón no puedes hacer eso.
--¿Por qué no Curtis?, tu eres perfectamente capaz de concluir la operación.
--Han matado a un hombre una vez, volverán a hacerlo nuevamente. Simón, no puedes arriesgarte, aunque pueda realizar la operación, no debes.
Una extraña súplica llegó a los ojos grises de Curt:
--Este trabajo es adecuado para mí, Simón, para mí, para Otho y para Grag, déjanos hacerlo.
--¿Y cómo lo harás?. -Preguntó Simón-, ¿Por la fuerza?, ¿Razonando con ellos?, Curtis tu no eres omnipotente, ni lo es Grag ni Otho. Los tres iríais a una muerte segura y a una derrota aún más segura. Te conozco, iré yo.
Simón hizo una pausa, parecía de repente se había vuelto loco, que debía estar loco para plantearse lo que iba a hacer. Y sin embargo era la única manera, la única oportunidad de prevenir un desastre irreparable.
Simón sabía lo que los arpistas podían hacer si se encontraban en malas manos, sabía lo que les podía suceder a los terrestres en la Ciudad Nueva y sabía el castigo que sufrirían, tanto los habitantes de Moneb que no tenían culpa de nada como el puñado de culpables.
Miró detrás de Harker y vio a Grag de pié allí y a Otho junto a él, sus ojos verdes brillantes. Simón pensó: "les fabriqué a los dos, Roger Newton y yo, Les proporcioné corazones, mentes y valor. Algún día perecerán, pero no será porque yo les falle".
Además estaba Curt, testarudo, sin descanso, dirigido por el demonio de su soledad, un amargado buscador del conocimiento, un extraño a los de su pueblo.
--Nosotros lo hicimos así, también a él. -Pensó Simón-. Otho, Grag y yo, le educamos demasiado bien; tiene demasiado hierro, se romperá pero nunca se doblará. ¡No dejaré que se rompa por mi causa!.
Harker dijo, muy despacio:
--No me entero de nada.
Simón explicó:
--El cuerpo de Keogh está sin dañar, únicamente el cerebro está destruido. Si se proporcionara otro cerebro al cuerpo, el mío, Keogh parecería que estaba vivo de nuevo, para terminar su tarea en Moneb.
Harker permaneció un tiempo prolongado sin hablar, luego dijo con un susurro:
--¿Es posible?
--Totalmente posible. No es fácil ni seguro, pero es posible.
Las manos de Harker se cerraron formando puños. Algo, una luz que podía haber sido de esperanza, brilló en sus ojos.
--Sólo nosotros cinco, -dijo Simón-, sabemos que Keogh ha muerto. No debe haber dificultades. Yo conozco la lengua de Titán, al igual que la mayor parte de las lenguas del Sistema.
"Pero necesito ayuda, un guía que conozca la vida de Keogh y me ayude a vivirla el corto período de tiempo que sea necesario. Tu, Harker. Te aviso que no va a ser fácil.
La voz de Harker fue suave pero firme:
--Si tu puedes hacer una cosa, yo puedo hacer la otra.
Curt Newton dijo con enfado:
--Nadie va a hacer nada así, no voy a participar en este asunto.
En la cara de Curt había aparecido el aspecto tormentoso que tan bien conocía Simón. Si hubiera sido posible éste habría sonreído, en vez de hacerlo habló exactamente igual que tantas veces había hablado en el pasado, hace mucho tiempo, cuando Curt Newton era un chaval pelirrojo, que jugaba en los solitarios corredores del laboratorio oculto bajo Tycho, sin más compañeros que el robot, el androide y él mismo.
--¡Curtis, lo harás como te he dicho!. -Se volvió a los demás-. Otho, lleva al señor Harker a la cabina principal, preocúpate de que duerma, porque necesitará toda su fuerza. Otho, Curtis, necesitaré vuestra ayuda.
Otho entró y cerró la puerta. Miró primero a Simón y luego a Curt y luego al revés, sus ojos brillaban con un aire divertido. Curt permaneció donde estaba con su mandíbula rígida, sin moverse.
Simón se deslizó sobre las gradas adosadas sólidamente a la pared. Usando sus maravillosos rayos de fuerza adaptables, más habilidosamente que un hombre emplea sus manos, tomó las cosas que necesitaba, la sierra de trefina, las grapas y suturas y cuchillos de muchas formas, todas ellas delicadas y otras cosas que habían llevado las modernas técnicas de cirugía muy por delante de las primitivas técnicas del siglo XX . Los compuestos que evitaban que la sangre fluyera fuera del cuerpo, los compuestos de química orgánica que hacían que la regeneración celular fuera tan rápida y completa que una herida podía curar en horas y no dejar cicatriz. Los estimulantes y anestésicos que prevenían los shocks y los compuestos neuronales.
El tubo de rayos ultravioleta vibraba encima, esterilizando todo lo que había en el laboratorio. Simón cuya visión era mejor y su pulso más firme que el de cualquier cirujano de forma humana, hizo la incisión preliminar en el cráneo de Keogh.
Curt newton no se había movido todavía. Su rostro se mantenía firme y testarudo como antes, pero estaba pálido, con algo de desesperación.
Simón dijo con voz aguda:
--¡Curtis!
Entonces Curt se movió. Se acercó a la mesa y puso sus manos junto a la cabeza del cadáver, Simón vio que temblaba.
--No puedo, -susurró-, Simón, no puedo hacerlo, tengo miedo.
Simón le miró fijamente a los ojos:
--No tienes por qué tenerlo, no me dejarás morir.
Le ofreció un instrumento brillante. Lentamente, como en un sueño, Curt lo tomó.
La brillante mirada de Otho se suavizó. Hizo un gesto a Simón por encima del hombro de Curt y sonrió, por sus dos amigos.
Simón se ocupaba de otras cosas.
--Curtis, pon especial atención a los siguientes nervios trigémino, al glosofaríngeo, facial...
--Sé todo eso, -dijo Curt con una irritación especial.
--...pneumogástrico, espinal e hipoglosal, -terminó Simón. Se colocaron viales y jeringas en una fila muy recta-. Aquí está el anestésico que se debe introducir en mi suero. Inmediatamente después de la operación esto debe inyectarse entre la piamater y la duramater.
Curt asintió con la cabeza. Sus manos habían dejado de temblar, ahora trabajaban con rapidez, seguridad y habilidad. Su boca se había reducido a una línea triste.
Simón pensó “Lo hará. Siempre lo consigue”.
Entonces hubo un momento de espera. Simón miró el cadáver de John Keogh y sintió un miedo repentino, un profundo horror de lo que iba a hacer.Y ahora, después de todos estos años...
Estaba contento como era. Una vez, hace muchos años, había realizado su elección entre la muerte o su existencia actual. El genio del padre de Curt le había salvado, dándole una nueva vida, Simón había hecho las paces con esta vida, por extraña que fuera y le había dado un buen empleo. Había descubierto las ventajas de su nueva forma - sus habilidades mejoradas, la habilidad de pensar claramente con una mente que no estaba encadenada por los impulsos de la carne, sin uso e incontrolables. Había aprendido a estar agradecido por estas ventajas.
Pensó: "Después de todo, no puedo hacer esto; yo también tengo miedo; no de morir, sino de vivir.
Sin embargo, debajo de este miedo se encontraba la añoranza, un deseo que Simón había considerado agradablemente desaparecido por muchos años.
La añoranza de ser nuevamente un hombre, un ser humano cubierto de carne.
La clara y fría mente de Simón Wright, la mente precisa, lógica y que nunca titubeaba bajo el impacto de los miedos y los deseos. Éstos aparecieron con toda su potencia saliendo de sus tumbas en el inconsciente. Se sorprendió de que pudiera ser pesa de la emoción y su mente le gritó ¡No puedo hacer esto, no puedo!.
Curt dijo tranquilamente:
--Todo listo Simón.
Lentamente, muy lentamente, Simón se desplazó hasta situarse junto a John Keogh. Vió a Otho observándole, con una mirada de dolor y comprensión y, sí, de envidia. No siendo humano, Otho sabía lo que otros sólo podían adivinar.
El rostro de Curt parecía tallado en piedra. La bomba de suero detuvo su rítmico pulsar. Simón Wright se deslizó silenciosamente en la oscuridad.CAPÍTULO III
Una vez nacido de la carne
Lo primero que volvió fue el oído. Una lejana confusión de sonidos, mezclados e ininteligibles. La primera idea de Simón fue que algo se había estropeado en su mecanismo auditivo. Luego recordó lo que había sucedido y tuvo un escalofrío, su despertar fue acompañado de miedo y del sentimiento de que algo iba mal.
Estaba oscuro ¿Por qué estaba tan oscuro en el "Cometa"?.
¿Ojos?
Nuevamente sintió el terror sombrío y aun no totalmente definido. Su mente estaba atontada, rehusaba funcionar el sonido pulsante de la bomba de suero había desaparecido.
Simón pensó: "La bomba de suero se ha parado, ¡Me estoy muriendo!"
Debía pedir ayuda, esto ya le había ocurrido una vez anteriormente y Curt le había salvado. Gritó “¡Curtis, se ha parado la bomba de suero!”.
La voz que se oyó no era la suya, además se oyó extraña.
--Estoy aquí Simón; abre tus ojos. -Una serie de impulsos motores, a los que no estaba acostumbrado, se produjeron en el cerebro de Simón para cumplir la orden. Sin ningún impulso consciente levantó los párpados, los párpados de alguien, desde luego no los suyos, el no había tenido párpados por muchos años.
Vio
La visión fue como el oído, oscura y confusa, el familiar laboratorio le pareció que oscilaba y brillaba. Vio el rostro de Curt, el de Otho, encima de ellos aparecía la forma de Grag y un desconocido...Bueno, no era un desconocido, tenía un nombre y Simón lo sabía - Harker.
El nombre fue el comienzo de la cadena que permitió a Simón recordar. La memoria pesaba sobre él, le preocupó y le desgarró, ahora podía sentir miedo - angustia física, el sudor, el latido acelerado del corazón, la dolorosa contracción de los grandes ganglios del cuerpo.
--Simón levanta tu mano, tu mano derecha. -Había un extraño tono en la voz de Curt. Simón comprendió que Curt tenía miedo de no haber hecho bien las cosas.
Titubeando, como un niño que todavía está aprendiendo a coordinar sus miembros, Simón levantó su mano derecha, luego la izquierda, miró a todos durante un instante sin fin y luego las dejó caer. Gotas de disolución salina cayeron de sus ojos y el recordó, recordó las lágrimas.
--Todo está bien, -dijo alegremente Curt. Le ayudó a levantar su cabeza y le colocó un baso en los labios-. -¿Puedes beberte esto? Te quitará la niebla y te fortalecerá.
Simón bebió, y este acto le maravilló.
La poción hizo desaparecer los efectos restantes del analgésico, la vista y el oído se aclararon y nuevamente tuvo su mente bajo control. Siguió rígido durante un tiempo, procurando acostumbrarse a todas las olvidadas sensaciones de la carne.
Las cosas pequeñas, el roce de la sábana con la piel, el calor, el placer de los labios relajados. El recuerdo del sueño.
Miró y este acto también le pareció maravilloso.
--Curtis, dame la mano, me voy a levantar.
Curt se colocó a un lado, Otho al otro, ayudándole. Y Simón Wright, en el cuerpo de John Keogh, se levantó de la mesa de operaciones donde yacía y se colocó de pié. Un hombre completo.
En la puerta, Harker cayó al suelo desmayado.
Simón le miró, el hombre fuerte y recio caído en el suelo, su rostro grisáceo y enfermo. Dijo, con un raro sentimiento de lástima por toda la Humanidad.
--Le dije que no iba a ser fácil.
Pero ni Simón se imaginaba cómo iba a ser de duro.
Había muchas cosas que era necesario volver a aprender. Se había acostumbrado desde hacía mucho tiempo a estar sin peso, a moverse fácilmente y sin esfuerzo. El cuerpo que ahora habitaba parecía pesado, torpe y dolorosamente lento. Tenía grandes dificultades en controlarlo. Al principio sus intentos de hacerle caminar se tradujeron en una marcha tambaleante, teniendo continuamente que sujetarse a cualquier cosa para evitar caerse.
Su sentido del equilibrio había emprendido un reajuste completo, la torpeza de su vista y oído le molestaban. Esta molestia provenía de la comparación, sabía que la vista y el oído de Keogh habían sido excelentes, para lo que es normal entre los humanos, pero les faltaba la precisión, selectividad y claridad a los que Simón se hallaba acostumbrado. Sentía como si sus sentidos estuvieran amortiguados, como por un velo.
Era algo extraño, cuando tropezaba o hacía un movimiento brusco sentir, nuevamente, el dolor.
Pero había comenzado a recuperar el control sobre aquella complicada masa de músculo y nervio. Simón se encontró, a sí mismo, disfrutando con ello. La variedad infinita de impresiones táctiles y sensoriales, el sentimiento de la vida, de sangre caliente fluyendo, el conocimiento del calor y del frío y del hambre era fascinante.
Otra vez nacido de la carne, pensó y se apretó las manos.
--¿Qué he hecho?, ¿Qué locura he hecho?.
No debía pensar en esto ni en sí mismo, no debía pensar nada más que en la misión que debía ser cumplida en nombre de John Keogh, que estaba muerto.
Harker se recobró de su desmayo.
--Lo siento, -murmuró-. Sólo le... te... vi levantarte y ponerte en pié, esto... -no terminó-. Ahora estoy bien, no tenéis que preocuparos.
Simón se dio cuenta de que apartaba sus ojos tanto como era posible para no verlo. Pero su aspecto indicaba que lo que decía era verdad.
Harker dijo:
--Debemos volver tan pronto como puedas, nosotros, Keogh y yo hemos ido demasiado lejos en este asunto. -Y añadió:- Sólo falta una cosa, ¿Qué hay sobre Dion?.
--¿Dion?
--El hijo de Keogh
Lentamente Simón dijo:
--No hace falta que se lo digamos al muchacho, podía no comprenderlo y esto sería una tortura para él.
Pensó que, misericordiosamente, sería poco tiempo, pero habría deseado que Keogh no tuviera un hijo.
Curt interrumpió:
--Simón, he estado hablando con Harker. El consejo es esta noche, dentro de unas pocas horas, tendrás que entrar sólo en la Ciudad Interior, ya que a Harker no se le permite la entrada.
--Otho y yo vamos a procurar ir Moneb y luego, secretamente, llegar al Salón del Consejo. Harker me dijo que esta era la idea de Keogh y me parece una buena idea - si es que funciona. Grag permanecerá en la nave para llamarlo en caso necesario.
Entregó a Simón dos objetos, un pequeño transmisor receptor de audio monoonda, en forma de disco y una pesada caja de metal de sólo cuatro pulgadas cuadradas.
--Bien, estaremos en contacto con los audios -dijo-. Lo otro es una adaptación, hecha a toda prisa, del campo repulsivo del Cometa, pero sintonizada para vibraciones sónicas, ha tenido que robar dos de las unidades de bobina. ¿Qué piensas de esto?.
Simón examinó la pequeña caja, la compacta e ingeniosa disposición de osciladores, la cápsula de la unidad de potencia y las cuatro complicadas rejillas.
--Curtis, el diseño se podía haber simplificado más, pero dadas las circunstancias es un buen trabajo, servirá muy bien, en caso de necesidad.
Curtis dijo con sentimiento:
--Esperemos que no haga falta. -Miró a Simón y sonrió. Sus ojos ponían de manifiesto un profundo orgullo y admiración.
--Buena suerte.
Simón levantó su mano, hacía mucho tiempo que no había hecho esto. Se sorprendió al sentir su voz intranquila.
--Tened cuidado, todos vosotros.
Giró y salió, estando todavía un poco inseguro, detrás oyó a Curt decir en voz baja y salvaje a Harker.
--Si dejas que le pase algo te mataré con mis propias manos.
Simón sonrióHarker se le unió, y se fueron juntos a través del bosque de líquenes, fantasmal bajo el Sol tenue y lejano. Los gigantescos vegetales estaban silenciosos ahora que el viento había parado. Mientras caminaban, Harker hablaba de Moneb y de los hombres y mujeres que allí habitaban. Simón escuchaba, sabiendo que su vida dependía de recordar lo que oía.
Pero, incluso esta necesidad, no ocupaba más que una pequeña parte de su mente. El resto estaba ocupada en otras cosas - el amargo olor del polvo, el frío mordiente del aire en los lugares sombreados, el calor del sol en los claros, el complicado juego de los músculos preciso para dar un paso, el roce de las frondas de los líquenes sobre la piel desnuda, el milagro de respirar, de sudar, de coger un objeto con cinco dedos de carne.
Las pequeñas cosas que la gente considera como dadas, las pequeñas, y milagrosas cosas, que nadie percibe hasta que se pierden.
Anteriormente, había visto el bosque de color monocromo gris parduzco, lo había oído como un conjunto de susurros, pero sin temperatura, olor o sentimiento. Ahora tenía todas estas cosas y estaba sobrecargado con el flujo de impresiones, casi más allá de lo que podía soportar.
Conforme avanzaba, iba reuniendo fuerza y seguridad en sí mismo, cuando tubo que subir jadeando la cresta, pudo encontrar placer en la dificultad de la escalada, arrastrándose sobre las traicioneras pendientes llenas de arena, sofocándose y tosiendo cuando el polvo acre le invadía los pulmones.
Harker juró, moviéndose como un oso al subir la cuesta, entre los líquenes. De repente Simón rió, no sabía decir que le había hecho reír, pero era bueno reír otra vez.
De común acuerdo evitaron el claro del bosque, Harker dirigía la marcha, bajando cada vez más desde la cresta, finalmente llegaron a un terreno despejado, allí Simón quedó sorprendido, más allá de cualquier medida, al comprobar que tenía sombra.
Pararon para poder respirar, Harker miró, de lado, a Simón, con los ojos llenos de una extraña curiosidad.
--¿Cómo te sientes?, -preguntó- ¿Cómo te sientes siendo nuevamente un hombre?
Simón no respondió, no podía, no había palabras para hacerlo, miró más allá de Harker, al valle que permanecía tranquilo bajo el sombrío Sol. Estaba lleno de una extraña excitación, que le hacía temblar.
Como asustado de repente, por lo que había dicho y por todos los aspectos implícitos en su pregunta, Harker se volvió rápidamente y comenzó a bajar la cuesta, casi corriendo, Simón le siguió. Una vez se cayó y se golpeó produciéndose una herida en su mano, con una roca. Se quedó quieto, observando con ojos maravillados, el lento fluir de las pequeñas gotas rojas que manaban del corte, hasta que Harker le llamó, por tres veces, con el nombre de Keogh y una vez más por su nombre.Evitaron la Ciudad Nueva.
--No tiene sentido buscar problemas, -dijo Harker y lo guió por un camino, que bajaba por un barranco. Vieron, a distancia, una población de casas de metalloy construidas a un lado de la cuesta, bajo la negra boca de las minas. Simón pensó que la ciudad estaba extrañamente tranquila.
Harker preguntó:
--¿Ves los cierres de las ventanas?¿Ves las barricadas en las calles? Están esperando lo que ocurra esta noche.
No habló nuevamente. A los pies de la cuesta llegaron ante un terreno abierto, punteado con grupos de arbustos grisáceos, Comenzaron a cruzarlo hacia los bordes de la ciudad.
Cuando se aproximaban a Moneb, un grupo de hombres vinieron corriendo a encontrarse con ellos. A su cabeza, Simón vio joven alto y moreno.
--Es tu hijo, -dijo Harker.
Su piel era de un dorado tenue, su cara era una combinación de la cara de Keogh y algo de una suave belleza, sus ojos eran francos y orgullosos. Dion era lo que Simón había esperado que fuera.
Cuando saludó al muchacho por su nombre, sintió un sentimiento de culpa, mezclado con un extraño sentimiento de orgullo. De repente pensó, quisiera haber tenido in hijo como éste, en los viejos tiempos, antes de que cambiara.
Y luego, desesperadamente sintió “¡No debo pensar estas cosas, la atracción de la carne me está haciendo retroceder!”.
Dion estaba sin aliento por la carrera, su rostro mostraba señales de falta de sueño y preocupación.
--Padre, hemos explorado el valle buscándote ¿Dónde has estado?.
Simón comenzó a dar la explicación que había preparado con Harker, pero el muchacho le cortó, pasando de una cuestión a otra con un montón de preguntas.
--No venías y teníamos miedo de que te hubiera pasado algo, mientras tu no estabas, adelantaron la hora del consejo, esperaban que tu no volvieras nunca, pero si volvías intentarían asegurarse de que fuera demasiado tarde.
La fuerte y joven mano de Dion apretó el brazo de Simon.
--Ya están reunidos en el salón del consejo. Vamos, todavía podemos estar a tiempo, pero debemos apresurarnos.
Harker miró tristemente a Simón, por encima de la cabeza del muchacho,
--Vamos ya.
Junto con el impaciente hijo de Keogh y los hombres que lo acompañaban, se introdujeron corriendo en la ciudad.
Casas de ladrillo de barro, antiguas de generaciones y sobre ellos la muralla que rodeaba la Ciudad Interior, sobre esta, los tejados y las cuadradas y masivas torres de los palacios y templos, todo recubierto con una especie de cal y pintado de ocre y carmesí.
El aire estaba lleno de olores - de alimento y de los fuegos de las cocinas, acre y dulce, del polvo, de los cuerpos humanos frotados con aceite, el olor a almizcle de los viejos ladrillos expuestos al sol, de animales en sus establos, de especias desconocidas. Simón respiró profundamente y escuchó el eco de sus pisadas producido en la muralla. Sintió la brisa fría en su rostro que estaba empapado en sudor. Nuevamente le inundó la excitación, y con ella sintió un respeto por la magnificencia de las sensaciones humanas.
Pensó que había olvidado tanto, pero ¿Cómo era posible olvidar esto?
Pasó por las calles de Moneb, dando las largas zancadas que puede dar un hombre alto, con su cabeza erguida y un orgulloso fuego en los ojos. La gente morena, con piel de color cobre dorado le observaban desde los portales y susurraban el nombre de Keogh por todos callejones y callejas retorcidas.
Simón se dio cuenta de que había otra cosa en el aire de Moneb - una cosa llamada miedo.
Llegaron a las puertas de la muralla interior. A partir de aquí Harker y los demás hombres se volvieron al no ser de ayuda, Simón y el hijo de Keogh siguieron solos.
El templo y palacio se levantaba sobre ellos, impresionante y fuerte, representando en frescos heroicos la historia de los reyes de Moneb. Simón apenas se fijó, estaba empezando a estar envarado y nervioso.
Esta era la primera prueba, antes de que estuviera preparado. En este momento no podía fallar, o lo que había hecho no serviría para nada y los arpistas serían conducidas al valle de Moneb.
Dos torres redondas de ladrillo, un masivo portal. Oscuridad rota por antorchas, luz roja reflejándose en la carne color de cobre, en los vestidos ceremoniales de los consejeros, aquí y allí sobre algún yelmo de diseño bárbaro. Voces clamando y discutiendo. Un sentimiento de tensión tan grande que los nervios parecían gritar.
Dion le apretó en el brazo y le dijo algo que no comprendió, pero la sonrisa, la mirada de amor y orgullo eran inequívocas. Luego el muchacho se fue, a los bancos sombríos, situados detrás.
Simón estaba solo.
En un extremo del salón, largo y oblongo, detrás del alto y dorado trono del rey, vio un grupo de hombres con cascos, mirándole con un odio, que no intentaban ocultar y con un desprecio que sólo podía proceder de que se consideraban triunfadores.
De repente, saliendo de la bulliciosa masa que tenía delante, un anciano se colocó delante, puso sus manos en los hombros de Simón y le miró con ojos angustiados.
--John Keogh, es demasiado tarde, -dijo el anciano roncamente-. Todo ha sido para nada; han traído aquí dentro a los arpistas.
CAPÍTULO IV
Los arpistas
Simón sintió un golpe frío. No había esperado que ahora, tan pronto, pudiera ser llamado a enfrentarse con los arpistas.
Se había enfrentado con ellos anteriormente, hace años. Conocía el terrible y sutil peligro que suponían. Entonces, cuando él era un cerebro divorciado de la carne, los había vencido a duras penas. ¿Qué le podrían hacer ahora, que habitaba en un vulnerable e impredecible cuerpo humano?.
Su mano se cerró firmemente sobre la pequeña caja de metal que llevaba en su bolsillo. Debía apostar a que le pudiera proteger del poder de los arpistas. Pero recordando la experiencia de años pasados temía la prueba.
Preguntó al viejo consejero:
--¿Sabes si es verdad lo de los arpistas?.
--Taras y otros dos fueron vistos al amanecer, volviendo del bosque, cada uno llevando una cosa oculta. Llevaban los Yelmos del Silencio.
El anciano señaló hacia el grupo de hombres que se encontraban tras el trono del rey, que miraban triunfantes y llenos de odio al que pensaban era John Keogh.
--Mira, todavía los llevan.
Rápidamente, Simón estudió los cascos; a primera vista, simplemente parecían cascos de bronce, propios del equipo de combate de un guerrero bárbaro. Pero se fijó en que tenían un diseño curioso, cubriendo las orejas y toda el área craneal, así mismo se dio cuenta de que tenían un gran tamaño, como si estuvieran acolchados con muchas capas de material aislante.
Los Yelmos del Silencio, Ahora sabía que Keogh había dicho la verdad, cuando habló sobre los antiguos medios de protección empleados, hace mucho tiempo, por los hombres de Moneb contra los arpistas. Efectivamente aquellos cascos protegerían.
El rey de Moneb se levantó de su trono y el nervioso bullicio del salón se extinguió con una tensión helada.
Un joven, el rey. Muy joven, muy asustado, la debilidad y la testarudez se mezclaban en su rostro. Su cabeza estaba desnuda.
Comenzó:
--Los habitantes de Moneb hemos tolerado demasiado tiempo a los extranjeros en nuestro valle - incluso hemos soportado que uno de ellos se siente en este consejo e influencie nuestras decisiones.
En este momento se produjo un brusco y desagradable movimiento de cabezas hacia “Keogh”.
--Las costumbres de los extranjeros, cada vez influyen más en las vidas de nuestro pueblo, se deben ir... ¡Todos ellos, como no se irán voluntariamente, deben ser forzados a ello.
El rey había aprendido el discurso de forma mecánica. Simón se había dado cuenta por la manera en que se equivocaba, por la forma en la que sus ojos se dirigían al más alto de los hombres con casco que estaban tras él, para conseguir que le diera ánimos. Simón reconoció a este hombre alto y moreno, a partir de la descripción de Harker, como Taras el principal enemigo de Keogh.
--No podemos expulsar a los terrestres con nuestros dardos y nuestras lanzas, sus armas son demasiado potentes. Pero nosotros también tenemos un arma, una contra la que ellos no pueden luchar, nos fue prohibida por reyes imbéciles que tenían miedo de que este arma pudiera ser empleada contra ellos. Ahora debemos emplearla.
“Por consiguiente, ¡Ordeno que el antiguo tabú sea levantado!, ¡Ordeno que se invoque el poder de los arpistas para expulsar a los terrestres!”.
Un pesado y triste silencio se extendió por el salón. Simón vio que los hombres le miraban a él, con la misma ansiosa confianza que aparecía en los ojos de Dion. Sabía que estaban colocando en el su última esperanza para evitar lo que se avecinaba.
Tenían razón, porque lo que tuviera que hacer, lo debería hacer solo. Curt Newton y Otho, posiblemente todavía no habían llegado al salón del trono por el camino secreto.
Simón dio una zancada hacia delante. Miró a su alrededor. A causa de lo que era, el orgullo se apoderó de él, por ser nuevamente un hombre entre los hombres. Esto hizo que su voz sonara fuerte, como un trueno bajo la bóveda.
--No son ciertos los temores el rey; no son los terrestres sino Taras quien nos amenaza - Este Taras no está trabajando para liberar Moneb de un yugo imaginario, sino para colocarnos uno real sobre nuestras espaldas.
Hubo un instante de silencio sepulcral, en el que todos, tanto el rey como los consejeros le miraron horrorizados. En el silencio, Simón dijo tristemente.
--¡Hablo para el consejo!, ¡No se levantará el tabú y quien traiga los arpistas a Moneb será castigado con pena de muerte!.
Por un breve período de tiempo los consejeros recobraron su valor y gritaron a favor. El salón tembló con los gritos de apoyo. Cubierto por el ruido, taras se agachó y habló al oído del rey, Simón vio que la cara del rey se ponía pálida.
De detrás del trono, taras levantó un casco, con adornos de oro y lo colocó en la cabeza del rey. Un Yelmo del Silencio.
El griterío fue disminuyendo hasta que se extinguió.
El rey dijo roncamente:
--En ese caso, por el bien de Moneb, debo disolver el consejo.
Taras avanzó unos pasos, miró directamente a Simón y esbozó una sonrisa con sus ojos.” Habíamos previsto tus traicioneros consejos, John Keogh, así que estábamos preparados.
Apartó su capa y bajo ésta, en el hueco de su brazo izquierdo, había algo envuelto en seda.
Instintivamente, Simón dio un paso atrás.
Taras apartó la seda, en sus manos apareció un criatura viva, no mayor que un palomo, una cosa de color plateado y madre perla, con membranosos tentáculos y grandes ojos gentiles.
Un habitante de los profundos bosques, un tímido y dulce portador de destrucción, un ángel de la locura y de la muerte.
¡Un arpista!
Un suave murmullo se levantó entre los consejeros, después se oyó el sonido de los cuerpos empujándose para huir. Taras dijo:
--Quedaros quietos, tendréis tiempo suficiente para huir cuando os de permiso.
Los consejeros se detuvieron. El rey se quedó quieto sobre el trono, con la cara pálida. Pero Simón vio al hijo de Keogh avanzar desde los bancos sombríos hacia el hombre que pensaba era su padre, con el rostro iluminado por la fe de un niño.
Taras golpeó a la criatura que tenía en sus manos y le dobló la cabeza.
Los tentáculos membranosos comenzaron a levantarse y a agitar el aire, el cuerpo color madreperla empezó a pulsar y se oyó un sonido musical, como de un arpa infinitamente dulce y lejana.
Los ojos del arpista brillaban, estaba feliz de haber sido liberado de la cubierta de seda que había impedido a sus membranas interpretar la música propia de la criatura. Taras continuo golpeándole gentilmente y la criatura respondió con una escalofriante canción, sus líquidas notas se deslizaban a través del aire silencioso.
Dos hombres más, con cascos, sacaron de sus capas cautivos plateados de ojos suaves, que comenzaron a unir su música al primero, primero tímidamente, luego cada vez, más sin vacilación, hasta que la sala del consejo se encontró llena de un salvaje sonido de arpa y hombres rígidos, como si estuvieran en trance y no pudieran moverse.
Incluso Simón, se encontraba sin protección contra esta punzante marea de emocionante sonido. Sintió que su cuerpo respondía, cada nervio vibraba con un placer próximo al dolor.
Había olvidado el efecto de la música sobre la mente humana, es más durante muchos años había olvidado la música. Ahora, de repente, todas las puertas entre la mente y el cuerpo, cerradas durante mucho tiempo, se abrieron de par en par, por el tono elevado de la canción de los arpistas. Clara, amable, ligera, la voz liberada de la vida misma, la música produjo en Simón un ansia dolorosa, de no sabía qué. Su mente vagabundeó por senderos borrosos, llenos de sombras mientras su corazón latía con una solemne alegría, llena de lágrimas.
Capturado en la dulce y salvaje telaraña del arpista, permaneció inmóvil, soñando, olvidando el miedo, el peligro y todo, salvo que algo en esta música era el mismo secreto de la creación y que él se encontraba a punto de descubrir sutil secreto de esta canción.
Canción de un universo recién nacido, lanzando alegremente su grito de nacimiento, de jóvenes soles, exultantes de fuerza, llamándose entre sí, de un tonante coro estrellas, las notas de contrabajo producidas por el girar de los mundos.
Canción de la vida, de crecimiento, de nacimiento de retoños, de estallidos, sobre cada mundo, modulada por un millón de millones de especies, todos en éxtasis cantando en un coro triunfante.
Algo profundo, en la mente de Simón, que estaba en trance, le avisó que estaba siendo atrapado por una telaraña de sonido hipnótica, que estaba cayendo cada vez más profundamente, en las garras de los arpistas. Pero no podía romper el encantamiento de esta canción.
La canción elevaba su tono, de la hoja bebiendo la luz del sol, del pájaro volando, del animal en su madriguera, de los jóvenes produciendo el milagro del amor, del nacimiento, de la vida
Entonces la canción cambió, la belleza y la alegría se desvanecieron y en las sonidos apareció una nota de terror que empezó a elevarse, a elevarse...
Simón se dio cuenta de que Taras estaba hablándole al ser que sostenía y que los suaves ojos del arpista manifestaban miedo.
La sencilla mente de la criatura era sensible a los impulsos telepáticos, Taras estaba llenando su dulce vaciedad con ideas de miedo y dolor, de forma que sus membranas ahora producían notas diferentes.
Los otros arpistas lo siguieron, vibrando juntos a partir de las vibraciones de los otros, los tres pequeños seres color madreperla, estaban llenando el aire con un sonido que era la esencia del miedo.
Miedo a un universo ciego, que presta la vida a sus criaturas sólo para luego quitársela, a la agonía y a la muerte que siempre tiene que terminar con el brillante tejido de la vida.
Miedo a los sombríos pozos de oscuridad y dolor a los que toda vida debe descender finalmente, a las sombras que se cierran tan rápidamente, ¡tan rápidamente!.
El horroroso canto fúnebre del terror primigenio, que a partir de los arpistas golpeaba el corazón con dedos de hielo, Simón se dobló, no podía soportarlo, sabía que si lo seguía oyendo se volvería loco.
Sólo confusamente estaba al tanto del terror que se extendía entre los otros consejeros, las expresiones de sus rostros, el movimiento de sus manos, intentó gritar, pero su voz se perdió entre las notas de los arpistas, que se elevaban, se elevaban hasta ser una tortura para el cuerpo.
Nuevamente, Taras se agachó, con ojos crueles, sobre el arpista, llevándolo al frenesí con el poder de su mente. Nuevamente los arpistas gritaron, ahora el sonido se había elevado tanto, que parte de él estaba fuera del umbral auditivo, las notas supersónicas acuchillaban el cerebro como cuchillos.
Un hombre, detrás de Simón, emprendió una fuga alocada, otro le siguió y otro y luego muchos más, arrastrándose, tropezando, cayendo ,deslizándose en la locura presas del pánico. ¡Él mismo debería huir!.
¡No huiría!. Algo le mantenía firme, apartando el deseo del cuerpo de huir, un núcleo interior de su mente endurecido y fortalecido por su largo divorcio de la carne. Esto le mantuvo firme y le hizo volver con resolución de hierro a la realidad.
Su mano temblorosa empuñó la pequeña caja de metal. El interruptor sonó. Lentamente, conforme se manifestaba la potencia del instrumento, emitió un sonido agudo.
--La única arma efectiva contra los arpistas, -había dicho Curt-. Lo único que puede romper el sonido, es el mismo sonido.
El pequeño repeledor emitía vibraciones sónicas agudas que atrapaban la terrible canción de los arpistas como con unas mandíbulas.
Este sonido atrapó, retorció y rompió la canción mediante sutiles interferencias sónicas, transformándola en agudas disonancias.
Simón avanzó hacia el Trono y hacia Taras, en cuyos ojos había aparecido una duda mortal.
Los arpistas, ahora salvajes y asustados, luchaban contra el agudo sonido que transformaba su canción en ruidos disonantes. La escalofriante lucha de sonidos, se desarrolló muy por encima del umbral auditivo, Simón sentía su cuerpo empujado y golpeado por las terribles vibraciones.
Tembló, pero siguió adelante. Los rostros de Taras y los demás estaban contorsionados por el dolor, el rey había caído desmayado sobre su trono.
Una tormenta de armonías destrozadas, de sonidos astillados, de chillidos como la misma voz de la locura, rodeaban al trono. Simón, con la mente oscurecida, supo que no podría aguantar más.
De repente, todo terminó. Derrotados, exhaustos, los arpistas detuvieron la salvaje vibración de sus membranas. En completo silencio, permanecieron inmóviles en manos de sus captores, sus ojos suaves miraban con un terror sin esperanza.
Simón rió, se balanceó sobre sus pies y dijo a Taras:
--Mi arma es más fuerte que la tuya.
Taras dejó caer el arpista, que se arrastró y se ocultó bajo el trono.
Taras susurró:
--Entonces debemos quitártela terrestre.
Saltó sobre Simón, pegados a sus talones venían los otros, enloquecidos con la amarga furia de la derrota, cuando habían estado seguros de la victoria.
Simón cogió su emisor de radio en forma de disco, lo levantó a sus labios, presionó el botón y gritó una única palabra “¡Deprisa!”.
Sintió que era demasiado tarde, pero hasta entonces, cuando el miedo había vencido a la fuerza de la tradición, Curt y Otho no podían haber entrado en el lugar prohibido sin provocar la misma catástrofe que debían evitar.
El impulso de los atacantes derribó a Simón, cuando cayó vio que los consejeros que habían huido, estaban volviendo a ayudarle. Oyó sus gritos y vio al joven Dion entre ellos.
Algo le golpeó cruelmente en la cabeza, produciéndose un crujido encima de él. Alguien gritó y pudo ver un relámpago de dardos agudos y brillantes a la luz de las antorchas.
Intentó levantarse, pero no pudo, estaba casi inconsciente, sólo percibía la confusión del movimiento de los horribles sonidos, olió sangre y notó dolor.
Se debía haber movido porque se encontró, arrodillado, mirando hacia abajo, al rostro de Dion. Un dardo de cobre surgía del pecho del muchacho, un rastro rojo se extendía a través de su piel dorada.
Sus ojos se encontraron con los de Simón, con una mirada asombrada y turbia, susurró:
--¡Padre!
Se arrastró hasta los brazos de Simón. Éste lo abrazó, Dion murmuró una vez más y luego espiró. Simón siguió abrazándole, aunque el muchacho pesaba mucho y sus ojos, en blanco, ahora miraban a la nada.
Simón se dio cuenta de que el salón había quedado silencioso. Una voz se dirigió a él, levantó su cabeza y vio a Curt sobre él y a Otho, los dos le miraban con ansiedad. No podía verlos claramente. Dijo:
--El muchacho pensó que yo era su padre, vino a mi y me llamó padre cuando estaba muriendo.
Otho tomó el cuerpo de Dion y lo dejó gentilmente sobre el empedrado.
Curt dijo:
--Simón, todo ha pasado ya; llegamos a tiempo y eso es todo.
Simón se levantó, Taras y sus hombres estaban muertos. Los que habían intentado apadrinar el odio habían desaparecido, nunca más se volvería a traer a los arpistas a Moneb. Esto es lo que decían los pálidos y temblorosos consejeros que les rodeaban.
No podía oírlos claramente, no tan nítidamente como el débil susurro de un muchacho moribundo.
Se volvió y salió del salón del consejo por las escaleras, Fuera estaba oscuro.
Había antorchas que flameaban, el viento soplaba helado, él estaba muy cansado.
Curt estaba a su lado. Simón dijo:
--Me volveré a la nave.
Vio una pregunta en los ojos de Curt, una pregunta que no osaba responder.
Con dolor de corazón, Simón recitó los versos que un poeta chino había escrito hacía mucho tiempo.
--"Ahora sé que las cadenas de la carne y de la sangre, nos atan a una carga de pena y tristeza".
Movió su cabeza.
--Volveré a lo que era, ¡No puedo soportar la agonía de una segunda vida humana!.
Curt no respondió, tomó a Simón por el brazo y caminaron juntos a través del patio.
Detrás de ellos iba Otho, llevando gentilmente tres pequeñas criaturas de color plateado y madre perla, que comenzaban a emitir las notas de una música al principio débil pero llena de esperanza y luego elevándose rápidamente con la alegría de los prisioneros recién liberados.
Enterraron el cuerpo de John Keogh en el claro del bosque donde había muerto, y al joven Dion a su lado. Encima de ellos Curt, Grag y Otho construyeron un túmulo de rocas, con la ayuda de Harker.
Desde las sombras Simon Wreight observaba, una pequeña forma cuadrada de metal, flotando sobre rayos silenciosos, nuevamente era un cerebro viviente, separado para siempre de la forma humana.
Todo estaba terminado, se despidieron de Harker y bajaron a través de los líquenes gigantes hacia la nave. Curt, el robot y el androide, se detuvieron y miraron hacia atrás, hacia el elevado túmulo que se elevaba solitario hacia las estrellas.
Pero Simón no miró para atrás.
FIN
Traducido en mayo del 2004
por Pedro Cañas NavarroRegresar a la Biblioteca online del Capitán Futuro
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