Número 25 "La Luna de los No Olvidados"
Por Edmond HamiltonPublicado en el pulp Startling Stories
en octubre de 1950Traducción: Jose Ignacio Martinez Ruiz
LA LUNA DE LOS INOLVIDADOS
Una novelet del Capitán Futuro
Por Edmond Hamilton¡Curt Newton y Otho afrontan los secretos peligros de Europa, la Luna de Júpiter,… donde Ezra Gurney, amigo de los Hombres del Futuro, ha caído presa de un culto místico!
CAPITULO I
Segunda vida
Las máquinas humearon y susurraron, y la vida de un hombre cambió. Era un anciano que sufría todo el peso del dolor y el agotamiento de la vejez. Pero, ahora, repentinamente, aquel peso había desaparecido, y los años de su senectud también, y era joven de nuevo. Sintió que la sangre volvía a arderle en las venas, y que sus nervios se tensaban de excitación; era el pulso, el latido de la largamente perdida juventud.
Una juventud que volvía a él y le abría un renovado universo de aventura que le atraía y le tentaba; lejanos mundos le reclamaban.
Y Ezra Gurney, que había sido un anciano, lanzó un maravillado y juvenil grito que era la respuesta a tal llamada.***
El mensaje llegó a la Luna, volando a través de millones de millas vacías. Llegó en una frecuencia secreta que solo conocían media docena de personas. En respuesta a tan urgente señal, llegó a Europa, la Luna de Júpiter, un navío que atravesó las oscuras inmensidades del espacio. Había un hombre en aquella pequeña nave, y otro que había sido un hombre, y dos que, aun teniendo la apariencia de hombres, no lo eran realmente.
La nave descendió en la cara oculta de Europa con la velocidad de una estrella fugaz, y aterrizó en el área estrictamente vigilada por la Patrulla del espaciopuerto de Európolis. Entonces, escucharon unos ligeros pasos que corrían y una voz de tono apremiante.
- ¡Curt!- dijo.- Curt, sabía que vendrías rápidamente.- continuó con una inflexión de alivio.
Curt Newton tomó las temblorosas manos de la joven entre las suyas. Durante unos instantes le pareció que ella se pondría a llorar, y le habló con cierta afectada aspereza, para evitar que la muchacha se emocionara.
- ¿Qué significan todas esas locuras acerca de Ezra? Si alguien que no seas tú ha mandado el mensaje…
- Es cierto, Curt. Se ha marchado. Creo… creo que no volverá.
Newton la zarandeó.
- ¡Tranquilízate, Joan! ¿Ezra? Ha recorrido el Sistema de arriba abajo mucho antes de que tu o yo viniéramos al mundo, primero en los viejos tiempos de la Patrulla, en los días de la Frontera Espacial, y, ahora, con tu Sección Tres. No ha podido meterse en lío alguno.
- Lo ha hecho.- dijo Joan Randall con rotundidad.- Y si dejaras de intentar tranquilizarme, te mostraría las razones que son causa de mi preocupación…Ella se encaminó hacia los bajos edificios de los cuarteles de la Patrulla. Los cuatro la siguieron; el alto y pelirrojo hombre al que en el Sistema se le conocía por Capitán Futuro, y sus tres compañeros, sus viejos amigos, los tres a los que más unido estaba, por encima de la muchacha y el desaparecido Ezra Gurney… Grag, el gigante metálico, Otho, el perspicaz androide, y Simon Wright, que fuera un día un científico humano, pero que, desde hacía media vida, se había desprendido de su forma humana.
Fue éste último quien le habló a Joan. Su voz era metálica e inexpresiva, y procedía del altavoz situado en una parte de su “cuerpo”. Dicho cuerpo no era sino una flotante estructura metálica cuadrangular que contenía toda la humanidad de Simon Wright… su brillante cerebro inmortal.
- Has manifestado,- dijo Simon.- que Ezra se ha ido. ¿Dónde exactamente?
Joan miró fijamente a Simon, que, a su vez la observaba insistentemente desde las lentes que le servían de ojos, al tiempo que se silenciaban las piezas retráctiles que le servían de labios.
- Si supiera a dónde se dirigió, no habría solicitado vuestra ayuda.- replicó ella con expresión irritada. Pero al instante continuó, dolida.- Lo siento. Esta espera me está agotando. Es algo que tiene que ver con Europa… es antiguo y cruel,… y paciente, en cierta medida.
Otho dijo con ironía:
- Necesitas una copa de algo fuerte que te anime.
Sus brillantes ojos verdes expresaban compasión bajo su velo habitual de ironía..
Grag, el inmenso y valeroso gigante que había desarrollado en su armazón metálico la fuerza de un ejército y la inteligencia de un ser humano, espetó una pregunta en su retumbante voz. Pero Curt Newton apenas pudo oírle. Su mirada había seguido la de Joan que se perdía en la noche espacial.
No era esta la primera vez que visitaba Europa. Y le había sorprendido el hecho de que Joan había expresado en palabras exactamente la misma sensación que le producía la silenciosa luna; aquella vieja luna surcada por las cicatrices del tiempo. Allí, en el lugar en el que se encontraban, se situaban las modernas luminarias y los atronadores ruidos del espaciopuerto, atestado por las naves de carga y uno o dos cruceros. Tras el espaciopuerto se encontraba Európolis, una explosión de luz tras la yerma cordillera. Pero al otro lado, ante él, descubría la tristeza de las viejas y lejanas colinas rocosas, cuyas laderas cubrían los sombríos bosques, y las vacías mesetas que se extendían polvorientas y desgastadas bajo el rojizo resplandor de Júpiter, y donde no habían pacido los ganados o luchado los ejércitos desde hacía cientos de miles de años.
Aquellos bosques y llanuras estaban salpicados por los restos de ciudades que ya estaban muertas y olvidadas mucho antes de que los últimos descendientes de sus constructores se hubieran hundido en la barbarie. Una suave brisa recorría errante por entre las ruinas, aullando el recuerdo de lejanos días. Newton no pudo evitar sufrir un ligero escalofrío. La muerte de cualquier gran cultura es algo terrorífico, y la cultura que había levantado las neblinosas ciudades de Europa había sido la más grande conocida… el orgullo del Viejo Imperio que, una día, dominara dos galaxias.
Para Curt Newton, que había seguido la sombra de aquellos gloriosos días hasta sus comienzos, las piedras de aquellas ruinas hablaban de una tragedia cósmica, de una noche arcaica que había triunfado sobre el más alto cenit del esplendor humano.
Las luces de los edificios de la Patrulla le devolvieron al presente. Joan les guió hasta una pequeña oficina. De un archivo cerrado sacó una gruesa carpeta y la colocó sobre el escritorio.
- A Ezra y a mí se nos encargó este caso hace algún tiempo. - dijo ella.- La Patrulla Planetaria lo había investigado sin darle mayor importancia de la que se da a un asunto rutinario, hasta que ciertas peculiaridades requirieron la intervención de la Sección Tres. Ha desaparecido gente. Y no solo gente de la Tierra,… de otros planetas también. Y en todos los casos se trataba de ancianos. En todas las desapariciones, las personas se llevaban consigo todas sus riquezas. La Patrulla Planetaria descubrió que todos los desaparecidos, sin excepción, lo hicieron en Europa. Y fue aquí, en Európolis donde concluyeron su viaje.
Simon Wright intervino con su voz atona:
- ¿Dejaron alguna pista de las razones por las que decidieron venir a esta luna, en particular?
- Algunos lo hicieron.- respondió Joan.- A algunos, antes de esfumarse, se les oyó hablar de algo llamado Segunda Vida. Eso fue todo… no dijeron si no el nombre. Pero parecían realmente excitados cuando lo recordaban o hablaban de ello. En boca de esas personas de edad avanzada, parece obvio que la Segunda Vida fuera algún tipo de esperanzador rejuvenecimiento. Una regeneración que debe ser contraria a la naturaleza, o no hubiese sido necesario tenerla en secreto.
Curt asintió.
- Suena razonable. La Segunda Vida… Es un término nuevo para mí. No obstante, Júpiter y sus lunas mantuvieron la civilización y la ciencia del Viejo Imperio mucho después de que otros planetas hubieran caído en la barbarie. Parece que aún en estos días, resurgen de forma aleatoria restos de aquellos viejos conocimientos.
- Silencio.- interrumpió Simon secamente.- Recordarás el caso de Kenneth Lester, así como el del marciano, Ul Quorn. Particularmente, Europa siempre ha tenido reputación en el Sistema de conservar los conocimientos que se habían perdido en cualquier otro lugar. Es un problema interesante. Se me ocurre…
Joan le cortó enfurecida.
- ¿Vais a empezar tu y Curt a dar rienda suelta a vuestras obsesiones arqueológicas en un momento como este? ¡Ezra puede estar muerto, o agonizando a estas horas!
Capitán Futuro dijo:
- Tranquila, Joan… Todavía no nos has contado lo que le ocurrió a Ezra, exactamente.
Joan lanzó un profundo suspiro, y continuó más tranquila.
- Cuando vinimos a investigar, nos encontramos que las personas que habían llegado aquí, simplemente, se habían esfumado. Los mismos eurpeanos se negaban a hablar con nosotros. Pero Ezra no se desanimó y, finalmente, encontró una pista. Había descubierto que los desaparecidos habían contratado monturas nativas en una cantina llamada “Tres Lunas Rojas”, y habían salido de la ciudad.
“Ezra se propusó seguir la pista hacia las colinas. Me ordenó esperar aquí… Dijo que esperaba cierto contacto en este lugar. Esperé durante varios días antes de que Ezra se pusiera en comunicación conmigo a través de nuestro micro de honda corta. Habló unos instantes y después cortó la comunicación… y no he vuelto a saber de él desde entonces.
- ¿Qué dijo?- preguntó Curt con inquietud.
Joan sacó un folio.
- Lo escribí palabra por palabra.
Curt leyó en voz baja.
- Escucha atentamente, Joan. Me encuentro bien… a salvo. Bien y feliz. Pero no volveré, no por un tiempo. Esto es una orden, Joan… ¡Deja la investigación y vuelve a la Tierra. No tardaré en volver!
Eso era todo.
Otho dijo ásperamente:
- ¡Le obligaron a hacer esa llamada!
- No.- Joan negó con un movimiento de cabeza.- Teníamos un código secreto. Podía haber dicho las mismas palabras, y yo hubiera podido saber que hablaba bajo amenaza, gracias a cierta inflexión en su voz. No, Ezra hablaba libremente.
- Es posible que haya seguido el proceso de rejuvenecimiento. ¿No?- sugirió Grag.
- No,-replicó Simon, resueltamente.- Ezra no sería capaz de hacer una locura como esa.
Curt asintió, mostrándose de acuerdo.
- Ezra ha tenido una vida repleta de tragedias que muy pocas personas conocen. Es por eso que, a veces, se muestra tan seco. Dudo que quisiera vivir una segunda vida.
- ¿Segunda Vida?- murmuró Otho.- El nombre no dice nada. Creo que debe reflejar alguna pista.
El Capitán Futuro se puso en pie.
- No es este un caso para sentarse a pensar en sutilezas. Ezra puede estar en peligro y hay que trabajar rápidos. Iremos a Európolis y haremos hablar a todo aquel que sepa algo.
Otho, con los ojos centelleantes, saltó sobre sus pies. Grag dio un metálico paso hacia la puerta.
- Espera, Curt.- dijo Joan. Había una expresión de preocupación en su rostro.- Sabes que la Patrulla no puede arrestar a los ciudadanos europeanos en su propio mundo…
Aquel sonrió sin alegría.
- No somos la Patrulla. Afrontaremos las consecuencias que puedan derivarse.
- No me refiero a eso,- se lamentó ella.- Sospecho que desde la desaparición de Ezra, han esperado que vinierais tú y tus Hombres del Futuro… y que se han preparado.
Curt Newton asintió con gravedad.
- Muy bien. En cualquier caso, nosotros tampoco estamos desprevenidos. - se volvió hacia sus hombres.- Simon, ¿te importaría reunir toda la información que se pudiera recabar de los archivos de Joan hasta que nosotros lleguemos? Y tú, Grag… te quedarás para protegerles.
Grag, disgustado, hizo todos los aspavientos que su estructura física le permitía.
- ¡No se ha hablado del tipo de problemas al que os enfrentaréis! ¡Me necesitarás contigo!
- Joan te necesita mucho más. Ella corre un peligro mayor al nuestro.
En parte, aquello era cierto. En cualquier caso, también lo era que la resonante estatura de siete pies de Grag era demasiado notable para lo que Curt Newton se había propuesto. Otho comenzó a dar ciertas explicaciones al respecto, pero fue interrumpido por Curt, que dijo:
- Nos vamos.
Salió fuera, y Otho le siguió, chirriando.
- Guárdate tu sentido del humor, - dijo Curt adustamente.- es probable que deseemos tener a ese Rompehuesos con nosotros antes de lo que creemos.
Caminaron en silencio hasta la ladera de la baja cordillera tras la cual se extendía la ciudad.
Unas finas nubes de polvo se levantaban en torno a sus pies, despegadas por un viento antiguo que hablaba de arcanas memorias de peligros, sangre y muerte.
CAPÍTULO II
La Posada de las Tres Lunas Rojas
LA ciudad yacía en un valle poco profundo entre dos cordilleras que, por la erosión sufrida a lo largo de eras, no eran en la actualidad sino una suave línea de colinas. Bajo el resplandor encarnado de Júpiter, sus magníficas y señoriales torres dormían en una sanguínea niebla que ocultaba las cicatrices abiertas entre sus ruinas. Una fría luz iluminaba solitarias columnatas, las grandes y vacías avenidas, y relucía tristemente sobre los desgastados monumentos, levantados en recuerdo de victorias largamente olvidadas.
Curt Newton acechaba el silencio en una fría y oscura calle.
Junto a la cordillera, se podían distinguir las estructuras de los modernos edificios junto al espaciopuerto, infinitamente más alejados en el tiempo de lo que estaban en la distancia. Estaban las brillantes luces, los edificios de acero y plástico de la actualidad, coronados por la blanca fachada del hotel. Tenían una curiosa apariencia intemporal. Dio tres pasos a lo largo del tortuoso camino y desaparecieron de su vista.
Las piedras del pavimento parecían erosionadas bajo sus pies, surcadas por el paso de miríadas de generaciones. Muchos de los muros de edificios que se levantaban por todas partes no eran sino meras cáscaras vacías que brillaban bajo la cobriza luz del planeta, la cual penetraba a través de los hermosos arcos de vacías ventanas, dándoles un ocasional fulgor de ojos brillantes entre las sombras.
Otho se acercó a Curt, silencioso como un gato, y agitando los hombros, molesto.
- Siento cierto escozor en la espalda.- dijo.
Curt asintió.
- Nos están vigilando.- no habían advertido nada que se lo hiciera sospechar, pero lo sabía, como Otho, sin necesidad de verlo.
Salieron a una amplia plaza a la que confluían varias calles. En el centro había un monumento alado, tan erosionado por miles de años de viento y polvo, que parecía un grotesco esqueleto con sus alas recortadas contra el cielo. Curt y Otho se detuvieron a su sombra; no eran sino unas diminutas figuras junto a gigantesca efigie de desgastado mármol verde, de cien pies de altura.
Nada se movía en la plaza. Las largas avenidas vacías estaban medio ocultas en grumosas sombras. Los palacios derruidos, los ruinosos templos dedicados a desconocidos dioses resistían aún, e incubaban el recuerdo de antiguas glorias, del incienso y de túnicas escarlatas.
Una calle o dos parecían tener vida, allí donde las luces señalaban la presencia de algún mercado de vino, y en las tabernas.
- Vamos allí.- dijo el Capitán Futuro y, a medida que avanzaban, se oía el solitario tronar de sus botas sobre las piedras del pavimento.
Entraron en la calle que Curt había elegido. A medida que avanzaban, se empezó a reunir una pequeña multitud, silenciosa, discretamente. Hombres de rostros oscuros, envueltos en polvorientos mantos, se acercaban sin emitir sonido alguno desde los portales, desde los callejones, desde cualquier sitio y desde ninguno.
No había hombres jóvenes, no había pistoleros de rápidos reflejos. La mayoría de ellos no eran sino figuras grises, encorvadas; hasta el más joven de ellos tenía una indefinible apariencia de vejez, algo que se irradiaba sobre todo en el espíritu, más que en la carne. No hablaban. Observaban al alto terráqueo y a la figura con apariencia humana que le acompañaba. Sus oscuros ojos brillaban, y seguían a aquellos extranjeros a quienes rodeaban en un fluido anillo de andrajosas sombras, cada vez más concurrido.
Curt Newton sintió un frío estremecimiento. Tuvo que hacer un esfuerzo para evitar que su mano se aproximara a la empuñadura de su arma.
- Un poco más allá,- dijo Otho en un susurro.- El signo de la Posada de las Tres Lunas Rojas.
La silenciosa multitud que les rodeaba se arremolinó, formando una barrera a todo lo ancho de la calle.
Curt se detuvo. No parecía estar atemorizado; ni siquiera enfadado… más bien parecía sentir curiosidad. Observó el muro de hombres con una paciencia parecida a la que ellos mostraban.
Un anciano de blanca barba se adelantó. Su estatura era una cabeza inferior a la del terráqueo, pero era de erguida constitución, y conservaba en su enjuto rostro una antigua belleza, la melancolía de un viejo orgullo. Su capa era tan vieja como él, descolorida y cubierta de polvo, pero la vestía con la magnificencia de quien se cubriera con el atuendo púrpura de un rey.
Dijo el hombre con extraña cortesía:
- Aquí no hay sitio para los extranjeros.
El Capitán Futuro sonrío:
- Venga conmigo, padre… seguramente, este es un lugar en el que un hombre sediento pueda refrescarse con un poco de vino.
El hombre negó con la cabeza:
- No es vino lo que viene a buscar. Vuelva al lugar de donde ha venido; no hay nada para ustedes aquí, salvo… la desgracia.
- Me habían dicho que, quien buscara juerga, podría acercarse por este lugar.- replicó Curt con lentitud.
- No hay diversión alguna para ustedes. Esa es la razón por la que les pido que se marchen.Curt observó durante unos instantes al anciano y a aquella multitud de hombres viejos, aquellos que, habiendo sido jóvenes, no lo eran ya. Tras ellos, pudo ver el emblema de Las Tres Lunas Rojas, y dijo en apenas un frío murmullo:
- ¿Me va usted a detener, buen hombre?
Los ojos del anciano tenían una expresión hastiada:
- No,- dijo.- no le detendré. Solo le diré esto: que ningún hombre o mujer que venga con buenas intenciones, será molestado… más aquel que venga buscando la muerte, la encontrará.
- Lo recordaré.- dijo Curt, y de nuevo avanzó contra la multitud, con Otho pegado a él.
Las compactas filas no se movieron, las hileras de malencarados rostros se mantuvieron firmes hasta que llegó hasta casi tocarlas. Repentinamente, el anciano levantó una mano y la dejó caer, en un último gesto. Entonces, la muchedumbre abrió un camino. Curt pasó entre ella y, tras él, se fue desvaneciendo a medida que, hombre a hombre, iban desapareciendo en las sombras.
Curt y Otho entraron en la Posada de Las Tres Lunas Rojas.
La estancia común era grande, con un abovedado tejado de piedra, negro como si hubiera sido tallado en azabache. Las luces relumbraban en los rincones, y una veintena de hombres se sentaban en torno a las grandes y antiguas mesas de metal. Miraron durante unos instantes a los dos extraños recién llegados, para luego ignorarlos.
Curt y Otho se sentaron en un lugar vacío, y entonces apareció una joven oscura que les trajo vino, desapareciendo después.
Bebieron a sorbos un líquido oscuro, fuerte y muy especiado. Seguramente, debían ser los dos únicos viajeros extranjeros que disfrutaban de los placeres nocturnos de la vieja Europolis. Sabían que todos los ojos les observaban, que la cantina estaba demasiado tranquila. Los músculos del Capitán Futuro se estremecían previendo ulteriores conflictos, y la mirada de Otho refulgía de tensión.
En ese instante, Otho dijo algo en una lengua difícilmente comprensible:
- Ese joven que está en la mesa contigua no nos ha quitado ojo desde que llegamos aquí.
- Lo se.
El feroz rostro del joven y su ávida mirada estaban obviamente fijos en los dos extranjeros. Curt pensó que, si ocurría algún problema, era con hombres como estos con los que, temía, iban a tener que bregar, hombres sin la apariencia corrompida que parecía caracterizar a los europeanos.
Llamó a la muchacha de nuevo:
- Estamos pensando preparar una expedición a las colinas.- dijo.- ¿Podemos alquilar monturas aquí?
- Eso es asunto de Shargo.- respondió la joven con aparente indiferencia.
- ¿Dónde podemos encontrar a Shargo?
- A través de ese pasillo. Las cuadras están al otro lado de la cantina.
Cruzaron la estancia y entraron en el pasillo. Sin aparentar haberlo visto, Curt apreció que el joven que les vigilaba había salido de la estancia en silencio por la puerta principal, y que se alzaba un apagado murmullo entre los demás presentes.
La mirada de la muchacha también les había seguido. En su rostro había una expresión de amargo resentimiento.
El pasillo era largo y sombrío. Lo atravesaron con rapidez, sin que sus oídos les pudieran advertir de ningún peligro. Al otro extremo, se abría a un patio en cuyo interior se alzaban los restos ruinosos de unos establos de piedra, a medio reparar. El muro era alto, dado que las monturas europeanas eran buenas saltadoras, y la puerta estaba enrejada de hierro.
Un hombre se acercó a ellos desde uno de los ruinosos edificios. Era anciano y renqueaba. Vestía la túnica de cuero propia de los hosteleros, y no precisamente limpia. Pero transmitía la misma impresión que Curt había observado con anterioridad; un profundo orgullo, y una aparente capacidad para ver más allá. Como si estuviera observando flameantes estandartes de seda y escuchando el lejano tronar de las trompetas.
El Capitán Futuro volvió a preguntar por las dos monturas.
Había esperado que rehusara, aduciendo cualquier estúpido argumento o evasiva. Pero no fue así. El anciano se encogió de hombros y contestó:
- Les tendrán que poner las bridas, ustedes mismos. Por la mañana hay aquí un joven que cuida a los animales y les guía… pero aquellos locos que quieren cabalgar de noche deben embridarlos por sí mismos.
- Muy bien.- dijo Curt.- Dénos las riendas.
El anciano sacó dos juegos de correas de cuero, con dos frenos de hierro.
- Sujétenlos fuertemente, y vigilen sus pezuñas.- gruñó.
Les guió hacia la puerta del establo.
Curt miró a su alrededor. El patio estaba vacío y extremadamente silencioso. Otho susurró:
- ¿Esperas algo en concreto?
- Quizá quieren que salgamos de la ciudad.- respondió Curt. No era improbable que desde la perspectiva de los europeanos, fuera preferible que desaparecieran en las umbrosas montañas de la luna.
- La trampa podría estar allí.- asintió Otho.- Estos animales han estado allí antes. Deben conocer el camino sin necesidad de que se les guíe.
- Una cosa es segura, - dijo el Capitán Futuro.- nos detendrán en algún sitio.
El anciano levantó la pesada barra de la puerta.
Aquellas cuadras no eran tan grandes como para contener la recua de veinte o más animales europeanos que había allí. Estaban agrupados, amodorrados bajo la luz de Júpiter… eran criaturas escamosas, con potentes patas y una cola fuerte como un látigo de acero. Sus estrechas cabezas estaban coronadas por unas carnosas protuberancias amarillas. Observaban a los hombres desde unos pestañeantes y perversos ojos, rojos como carbón ardiente.
- Elijan el que quieran.- dijo el anciano desde la puerta.
Curt y Otho se acercaron, brida en mano.Al aproximarse, las bestias sisearon suavemente y se retiraron. Sus gruesas patas palmearon nerviosamente contra el suelo. Curt hablaba quedo, pero la manada se movía inquieta.
- Creo que no les gusta demasiado nuestro olor.- dijo Otho.
Curt saltó con rapidez y consiguió agarrar uno de los dorados coronamientos de las bestias. La criatura se zafó y silbó mientras intentaba ajustar la brida. Repentinamente, tras ellos, se oyó el chasquido de la barra de la puerta y supo que no tendrían que esperar al silencio de las colinas. Allí, y en ese mismo momento, se había cerrado la trampa… y ellos estaban dentro.
Otho daba vueltas, sujetando en alto la brida. Maldecía al viejo. Curt colocó las riendas sobre la esquiva montura, vigilando las erizadas patas delanteras. Los muros del recinto eran altos, y estaban pulimentados en lo alto como los bordes de un baso, por lo que la huída por allí era imposible.
La recua se removía soliviantada, emitiendo amenazadores siseos y lanzando sus afiladas uñas con golpes convulsivos. Curt gritó para advertir a Otho, pero el aviso llegó demasiado tarde.
Una improvisada antorcha, hecha con jirones de trapo flameantes, resplandeció por encima de la puerta, dejando tras de sí un rastro de aceitoso humo. Curt escuchó la voz del anciano, elevándose en un aullido de apremio. Una segunda tea ardiente de tela combustible, fue lanzada en medio del rebaño con una explosión de chispas. Instantáneamente, cundió el pánico entre la manada que, encerrada, comenzó a correr en torno a los muros del corral.
Saltando, tambaleándose, gritando, las bestias acorraladas intentaban escaparse del humo y del fuego. La montura de Curt le sacudía y zarandeaba, y éste se sujetaba a los coronamientos carnosos de la bestia con la desesperación de un hombre que sabe que, si se suelta, puede despedirse. Hundió los talones en el polvoriento suelo y retorció la cabeza del bruto hasta que, antes de romperle los huesos del cuello, pudo saltar sobre él y ceñir con sus piernas el suave vientre del animal.
Apenas pudo ver a Otho entre la confusión, el polvo levantado y el tumulto. Un hombre ordinario hubiera muerto en los primeros segundos de la estampida. Pero Otho no era un hombre. Rápidamente, con paso seguro, el androide había imitado el ejemplo de Curt, y con increíble fuerza había saltado a la espalda de su montura, sujetando el arete de hierro sobre el coronamiento de la bestia.
Pero éste era apenas un alivio temporal. Las enloquecidas bestias luchaban ahora entre ellas. Curt sabía que solo era cuestión de tiempo el que su animal cayera bajo el empuje de la manada. El cercado era una turbulenta locura de cuerpos precipitados y mandíbulas chasqueantes, de polvo y confusión. No podrían resistir allí por mucho tiempo.
El viejo europeano aguardaba tras de la puerta. Sostenía en sus manos otra de las antorchas, que agitaba a un lado y a otro para intentar alejar a los animales de la puerta de salida.
El orgulloso anciano se sentiría después abatido por el trágico accidente. No sabría nada más acerca del mismo, salvo que dos viajeros estelares habían bebido demasiado vino en la taberna y, tambaleantes, se habrían metido entre las bestias, asustándolas con sus gritos, siendo así terriblemente aplastados por la manada.
Incluso en aquel momento de furia, Curt tuvo tiempo para considerar la tremenda locura que dirigía a aquellos hombres… la locura de la misteriosa Segunda Vida, que les llevaba a hacer cualquier cosa.
Intentaba llegar a la puerta, cuando su montura tropezó con otro animal que había caído y que pataleaba agonizante, entre la sangre y el polvo. Escuchó un salvaje aullido que emitió Otho y oyó una conmoción junto a la puerta. El animal sobre el que montaba se tambaleó y cayó. De forma desesperada, tiró de la cabeza del animal hacia atrás forzándola a que se levantara y se irguiera sobre sus patas. De repente, tras él quedaba una masa informe de cuerpos destrozados y cuellos rotos, y la aullante estampida se dirigió a la salida en el instante en el que la puerta se abría.
Intentó que su montura no se desmandara. En el muro, Otho montaba un diablo delirante al que retorcía el cuello hasta hacerle chillar. En cuestión de segundos, estaban solos en el interior del cercado, y el resto de la manada se esparcía entre los oscuros callejones.
El anciano había desaparecido. Posiblemente se ocultaba en alguno de los cobertizos.
- El joven.- resolló Otho.- ¡Quieto, maldito hijo de un huevo de gusano! El joven que vimos en la taberna… El expulsó al viejo y abrió la puerta.
El patio estaba vacío. De lo alto de un muro medio hundido saltó una figura que intentaba huir.
- ¡Cógele!- gritó Curt- ¡Cógele!
Hundió sus talones en los escamados flancos de la criatura que, con un siseo, se lanzó en pos de la huidiza sombra.
CAPÍTULO III
La Casa del Retorno
Le capturaron. Consiguieron rodearle en un angosto callejón; el joven de fieros ojos intentó luchar contra ellos, pero no llevaba encima arma alguna.
Curt no tenía tiempo para galanterías. Se abalanzó sobre el muchacho y le sacudió un puñetazo en la mandíbula. Levantó el cuerpo y lo dispuso sobre la montura.
- Fuera de la ciudad.- le ordenó a Otho.- Este camino nos lleva a las colinas. Luego hablaremos tranquilamente.
Encontraron el camino más allá del laberinto de callejuelas, al adentrarse en una amplia avenida flanqueada por inmensos arcos, cuyos relieves estaban desgastados por el martillo del tiempo. Curt y Otho aceleraron el paso de sus monturas bajo sus sombras, tan solo acompañados por el silbido del viento y el polvo.
Más allá de aquellos arcos no se levantaban más edificios, solo se veía la carretera que se adentraba en las colinas, bajo un cielo tachonado de estrellas, frías e inmóviles al resplandor del planeta. Bajo las estrellas, no había nada si no las tristes laderas, vestidas de hierba seca.
No parecía que se hubiera producido alarma alguna, ni que se iniciara persecución en pos de ellos. La amenazante noche parecía momentáneamente tranquila. El Capitán Futuro guiaba su montura a la buena ventura hasta que encontró un lugar que consideró adecuado. Detuvo entonces su montura y propuso a Otho que desmontaran.
El joven estaba consciente. Curt pensaba que lo había estado en todo momento, pero que había preferido no moverse. Parecía sin aliento debido a la reciente cabalgada. Se acuclilló allí donde le había dejado Curt, y comenzó a agitar la cabeza mientras boqueaba para tomar aire.
- ¿Por qué abriste la puerta del corral?- inquirió Curt.
- No quería que murierais.- respondió el joven.
- ¿Sabes por qué intentaron matarnos?
- Lo se.- dijo, levantando unos ojos brillantes de furor.- ¡Sí, lo se!
- Ya.- replicó Curt Newton.- Entonces, tú no te has sometido al rito de la Segunda Vida.
Otho soltó una carcajada.
- ¡No necesita ser rejuvenecido!- dijo.
- No se trata de un rejuvenecimiento.- dijo el muchacho con amargura.- Es la muerte; la muerte de tu mundo y de tu gente. Casi antes de que haya crecido nuestra barba, la Segunda Vida hace presa de nosotros y empezamos a olvidar la primera vida que no hemos terminado de vivir aún. Los muros de nuestros edificios se derrumban piedra a piedra a nuestro alrededor, apenas tenemos ropas con las que cubrirnos, y somos ajenos a los grandes cambios que hacen evolucionar otros mundos. ¡Y todo ello por causa de la gloriosa Segunda Vida!
Se levantó y miró a Curt y a Otho como si les odiara. Pero no eran sus rostros los que veía. Eran los rostros estériles y macilentos de hombres envejecidos antes de tiempo, hombres muertos en una luna agonizante.
- Vosotros, los hombres de otros mundos, no sois como nosotros. Los hombres crecen y aprenden, sus campos son ricos y sus ciudades grandes y brillantes. Hasta los mundos más antiguos tienen jóvenes mentes. ¿No es así?
- Así es.- asintió el Capitán Futuro.
- Sí. Pero ¿qué hay en Europa para un hombre joven? ¡Polvo y sueños! Hay un muro en torno nuestro, y, al tiempo, comprendemos que no podemos destruirlo. De esta forma, caemos en un prematuro envejecimiento.- volvió su enojada mirada cuando dijo.- Volved a vuestro planeta. Tenéis Vida. Aprovechadla.
Curt le cogió por los brazos.
- ¿Qué es la Segunda Vida?
- La Muerte para aquellos que la viven y para aquellos que intentan destruirla.- respondió el muchacho. Lo sabemos. Lo hemos intentado.
Un destello de comprensión asomó a los ojos de Curt Newton.
- Entonces, ¿hay otros que piensan como tú?
- Oh, sí… todos los que somos jóvenes todavía.- rió el chico. Pero no había felicidad en su risa.- Nos unimos todos en cierta ocasión. Ascendimos por la ladera del valle. Estábamos enfadados, saturados de odio… íbamos a liberar nuestro mundo. Nos dispararon en el desfiladero. ¡Los viejos nos abatieron a tiros! - Se sacudió del apretón del terráqueo.- Ya te lo he contado. Ahora, volved a vuestro mundo mientras estéis a tiempo.
- No.- respondió el Capitán Futuro en un calmoso tono de voz.- Iremos al valle y tú nos guiarás.
Los ojos del muchacho se abrieron de sorpresa. Dio un paso atrás, pero Otho le atrapó por la espalda, sujetándole sin que pudiera zafarse. El chico miró a un lado y a otro:
- ¿Tres hombres van a lograr lo que no consiguieron cientos? No conocéis a Konnur, el guardián de la Segunda Vida. No conocéis el castigo. ¡Yo soy un proscrito! ¡Tengo prohibida la entrada en el Valle!- gritó.
- ¡Castigo de proscripción!- exclamó Curt con displicencia.- ¡No te mereces la juventud de la que ahora disfrutas! ¡Veo que te tiemblan las piernas!
Se acercó al joven y le palmoteó el rostro, primero en una mejilla y luego en la otra.
- Nos guiarás hasta el Valle. Después, eres libre de huir donde quieras con el rabo entre la piernas. Nosotros nos bastamos para acabar con la Segunda Vida, sin vuestra ayuda.
El Capitán Futuro vio la llama de la furia aflorar a los ojos del muchacho, y que sus mejillas se encarnaban de rubor. Éste se revolvió contra la opresión del androide, y Curt rió.
- ¡Se puede encontrar un poco de orgullo en todo hombre si se busca bien! Ayúdale a montar, Otho.
Saltó sobre los escamosos lomos de su montura y sujetó a al europeano entre sus brazos, donde Otho le había dejado con la misma facilidad que si fuera un niño.
- Ahora, - dijo Curt.- muéstranos el camino.
El joven indicó un punto del camino.Cabalgaron a través de las oscuras colinas, y al cabo de un tiempo, el amanecer les sorprendió frente a una sombría garganta. La pálida luz del lejano Sol al alba era apenas más luminosa que la noche. Curt desmontó y sujetó al animal por la brida.
- Vuelve al espaciopuerto, a la base de la Patrulla, e informa a los que allí nos esperan del lugar en el que nos encontramos.
Los ojos del joven destellaron con esperanza.
- ¿Y vosotros?- preguntó.
Curt indicó con un gestó las oscuras sombras del desfiladero.
- Nosotros seguimos.
- Quizá… - murmuró el joven.- quizá podáis acabar con la Segunda Vida… vosotros y aquellos que esperan noticias vuestras. Incluso a un lugar como éste, en el que apenas sabemos nada del exterior, ha llegado su fama. Iré y daré su mensaje. Después, me adentraré en la ciudad y reuniré a aquellos que un día lucharon y que pueden volver a luchar.El Capitán Futuro le entregó las riendas. El chico montó en la chillona bestia y se lanzó camino a la ciudad, a galope tendido. El animal de Otho se lanzó a la carrera tras ellos.
- Esperemos que al muchacho no le ocurra nada en el camino.- dijo el androide, adustamente.
Tras una última mirada, se volvió y se adentró junto a Curt en la oscuridad del desfiladero.
- Si la Segunda Vida no es un rejuvenecimiento, ¿qué es exactamente?- inquirió Otho.- ¿Quizá algún tipo de placentero sueño artificial, estimulado por sensores? No, Ezra no se hubiera dejado engañar por algo así.
- No, no es eso.- dijo Curt.- Empiezo a temer que se trata de algo mucho más terrorífico y peligroso que todo eso.
En el paso, el silencio era absoluto. Las inmensas rocas y peñas se levantaban por todas partes, como árboles de piedra. Un ejército hubiera podido ocultarse entre las mismas, sin que los entrenados oídos de Curt pudieran escuchar sonido alguno de vida.
Por ello, al alcanzar el otro extremo del desfiladero y volverse hacia el camino recorrido, no se sorprendió de ver a un grupo de hombres que les seguía. Les esperaron. Eran jóvenes y fuertes, pero en sus ojos se percibían las sombras de la decadencia. Comprendió por qué el joven europeano les había llamado “los Viejos”.
- He venido a hablar con Konnur.- les dijo el Capitán Futuro.
Uno de ellos, que parecía el jefe, asintió.
- Os está esperando. Dadnos vuestras armas, por favor.- ellos, a su vez empuñaban sus armas, por lo que no había mucho que discutir al respecto. Curt y Otho les entregaron las suyas. Luego siguieron andando, seguidos de cerca por aquellos hombres con viejas miradas.
El valle era profundo, y había bosques y un pequeño arroyo. No muy lejos del desfiladero había un inmenso edificio de piedra, muy largo y amplio, que parecía haber sido destinado a lugar de aprendizaje en los tiempos en los que la luna aún era joven.
- Allí.- dijo el jefe, y señaló una entrada, protegida por dos compuertas de oro finamente trabajadas, y tan brillantes como el día en el que fueron colocadas en aquel lugar. El Capitán Futuro pasó entre ellas con Otho a su lado. En el interior les recibió la penumbra de abovedadas estancias, frías y oscuras, de viejos y gastados suelos que levantaban siniestros ecos bajo sus claveteadas botas. La gran casa parecía tallada en la roca, y sustentada en arcaicas columnas. Estaba vacía y silenciosa.
Esperaron durante unos instantes, y vieron que, al cabo, un hombre se acercaba a ellos desde un largo corredor; un hombre alto, erguido y orgulloso. Un hombre de edad, pero que no mostraba signo alguno de decrepitud. Sus ojos eran brillantes y claros; los ojos de un fanático o un santo.
Al verle, Curt comprendió que se enfrentaba al más peligroso de los enemigos… un hombre con una creencia.
- ¿Eres Konnur?- preguntó.
- Lo soy. Y tu eres Curt Newton y… ah, sí, aquel al que llaman Otho.- Konnur hizo una leve reverencia con la cabeza.- Os esperaba. El hombre llamado Gurney temía que la muchacha os hubiera llamado, nada más recibir su mensaje.
- ¿Dónde está Gurney?
- Os llevaré ante él.- dijo Konnur.- Venid.
El les mostró el camino a lo largo del oscuro corredor, y Curt y Otho le siguieron. Tras de ellos seguían los hombres de tristes miradas.
Konnur se detuvo tras una gran puerta de algún tipo de metal apagado y, empujándola, la abrió.
- Adelante.- invitó.
El Capitán Futuro entró en un inmenso salón de bajos techos que hubiera podido contener a todo un regimiento. Se detuvo en el umbral al sentir que un estremecimiento le recorría todo el cuerpo. A su espalda oyó que Otho perdía el aliento. El silencio en aquella estancia era absoluto. Solo se escuchaba procedente de un punto invisible de la estructura, un ligero zumbido que hacía aquella quietud atronadora. Espaciadas en el recinto, había gran cantidad de losas de mármol, lechos mortuorios, ahuecados por la presión de innumerables cuerpos. Cada una de aquellas losas estaba cubierta por un aparato abovedado, tan antiguo como el mármol, cuya manufactura estaba muy alejada de cualquier prosaico mecanismo de la Tierra. Parecían diseñados con extremada delicadeza y brillantez, pero algunos aparentaban estar desgastados y fuera de servicio. Las maquinas producían un adormecedor zumbido. Hombres y mujeres yacían sobre las lápidas. Curt perdió la cuenta de su número pues se perdían en las impenetrables sombras. Permanecían adormecidos, sus miembros relajados, sus rostros con una expresión de paz. Atada en torno a la cabeza de cada uno de los durmientes había una cinta de un metal desconocido, del que salían unos electrodos fijados a las sienes. Los electrodos no estaban conectados por alambre alguno, si no por unos hilos iridiscentes que salían del mecanismo ovalado que los cubría, y del que se desprendía una sombría luz.
Otho susurró:
- Aquí se encuentran todos los desaparecidos de otros planetas.
Ancianos y ancianas, el triste, el cansado, el deprimido. Todos dormían sobre las viejas losas y Curt pudo ver que no había sino paz en sus semblantes. Se veía la felicidad, la alegría de los días de juventud, cuando el sol brillaba, el cuerpo era fuerte y el mañana tan solo era una vaga nebulosa en el horizonte.
Había igualmente muchos eurpeanos, y también ellos parecían felices bajo las susurrantes máquinas. Pero la placidez que reflejaban sus caras tenía un matiz distinto… en ellos había una sutil expresión de orgullo, como si tras sus cerrados párpados se manifestaran visiones de fuerza y grandeza.
Konnur dijo:
- Su amigo se encuentra aquí, durmiendo.
Curt se acercó a una de las lápidas y se inclinó sobre el rostro de Ezra Gurney. El semblante familiar de aquel que para Curt era como un padre, no tenía el sombrío aspecto que recordaba. Su palidez había desaparecido, las cicatrices del tiempo y la tristeza se habían esfumado. Su boca sonreía y era la expresión de un hombre joven; la de un muchacho que no ha perdido la esperanza de su corazón.
- ¡Despiértele!- gritó Curt.
- Todavía no.- replicó Konnur.
- Pero, ¿es todo una ilusión?- inquirió Otho.- ¿Están drogados o simplemente dormidos?
- No. Están recordando, volviendo al pasado, reviviéndolo.- respondió Konnur.- Todos tienen momentos en sus vidas que quisieran volver a vivir. El humano Gurney ha recuperado el periodo de su juventud. Es joven de nuevo. Habla, camina y siente, como lo hizo entonces, rescatando las vivencias de cada hecho realizado en aquella época. Esto es a lo que llamamos Segunda Vida.
- Pero ¿Cómo?- exclamó Curt.- ¿Cómo?
- Estos instrumentos de nuestros antepasados son capaces de hacer recordar a un hombre… no con la vaguedad de la mera remembranza, si no con la memoria precisa de cada sensación percibida en aquella experiencia, que revive completamente.
Curt empezó a entender. Cada experiencia vivida deja un rastro neuronal en el sináptico laberinto del cerebro, y el breve regreso por dicha impresión produce una parcial evocación del hecho, a lo que llamamos “memoria”.
En el Siglo XX los psicólogos habían especulado acerca de lo que ellos llamaban “redintegración”, o la forma de evocar todas las impresiones sensoriales que formaban parte de un hecho fijado en el recuerdo. Los sutiles rayos de aquellas máquinas conseguían realizar la “redintegración” en el pleno sentido del término.
- Y la memoria de los padres subyace en los cerebros de los hijos.- continuaba Konnur.- Aquellas partes del cerebro de las que siempre se ha pensado que no tienen utilidad son un gran almacén de la memoria ancestral, heredados a través de inimaginablemente sutiles cambios cromosomáticos, que eran absolutamente incomprensibles para los antiguos.
- ¿Y podéis recuperar toda esa memoria heredada? - exclamó Curt.- ¿Hasta qué periodo?
- Muy lejos.- replicó Konnur.- Hasta los lejanos días de gloria de nuestro mundo. ¿Tan maravilloso es que prefiramos vivir en aquel gran pasado de Europa, y no en este aburrido presente?
El Capitán Futuro dijo seriamente:
- Pero eso no es si no renegar de la vida real. Es una retirada, otro tipo de muerte.
- Es la gloria, el triunfo de la felicidad.- replicó Konnur.
Su mano se levantó hasta tocar el susurrante mecanismo. Había algo reverente en aquel gesto.
- No podemos entender estas máquinas que nos otorgan la Segunda Vida. Los antiguos tenían un conocimiento que, ahora, se ha perdido. Pero las podemos reproducir pieza a pieza. Verás que muchas de ellas están fuera de servicio, en reparación. Necesitamos unos raros metales para obtener la sustancia radioactiva que es el corazón de estas máquinas.
No hay más mineral de este tipo en Europa y por ello, nos era imperioso comprar el que hubiera en otros planetas para construir nuevas máquinas. Esa es la razón por la que trajimos a esta gente aquí.
Con un gesto, señaló al hacinado grupo de terrícolas y habitantes de otros planetas que habían venido a Europa para revivir el pasado. El Capitán Futuro miró a Konnur. Habló con las palabras del joven europeano.
- ¡Esto no es vida, es muerte! Vuestras ciudades se están hundiendo, vuestro pueblo es una sombra de lo que fue. ¡Este veneno de la Segunda Vida está destruyendo vuestro mundo y debe ser parado!
- ¿Y serás tú quién lo intente?- musitó Konnur amenazadoramente.
- ¡Sí! He enviado a por los demás Hombres del Futuro, y junto a ellos viene la patrulla… y unos cuantos centenares de jóvenes de vuestra gente, Konnur; europeanos que prefieren vivir una sola vida en vez de morir dos veces.
- ¡Puede ser! - manifestó Konnur.- Pero ¿quién sabe? También el terrícola Gurney vino hasta aquí para detenerla, pero cambió de opinión. ¡Quizá puedas cambiar tú la tuya!
Curt le lanzó una mirada de menosprecio.
- No puedes comprarme con recuerdos de mi juventud. Son demasiado cercanos y no son, precisamente, agradables.
Konnur asintió.
- No lo intentaría con recuerdos de la niñez. Hay otras memorias. En todo el Sistema se conoce tu lucha por ahondar en el pasado más lejano, la perdida historia de la humanidad. Tú puedes vivir todo eso, puedes encontrarte en el pasado. A través de la memoria ancestral, puedes vivir de nuevo los días del Viejo Imperio… quizá tiempo antes.
Sonrió y añadió con pausada voz:
- ¡Tu tienes sed de conocimientos, y no hay límites para el saber que podrías adquirir en la Segunda Vida!
Curt estaba en silencio y había una extraña expresión en su mirada.
Otho soltó una carcajada de sonoridad discordante.
- ¡No hay nada que puedas hacerme a mí, Konnur! No tengo ancestros.
- Lo se, los guardias me previnieron con respecto a ti.- luego se volvió hacia Curt- ¿Y bien?
- No- respondió Curt con ahogado suspiro.- ¡No hay nada que me interese aquí!
Se volvió y vio que tras ellos se hacinaba una sólida falange de hombres, cortándoles el camino de huida. La voz de Konnur llegó hasta él, apagada:
- Me temo que no tienes ninguna alternativa.
Dudando, apretadas las comisuras de los labios, pasó su mirada de Konnur a los guardias, y un estremecimiento recorrió todos sus músculos, aun cuando era más de excitación que de miedo. Otho suspiró.
Los guardias dieron un paso hacia ellos. Curt se encogió de hombros, levantó la cabeza y miró a Konnur con un brillo desafiante. Konnur indicó una lápida vacía. El Capitán Futuro se tendió en la horadada losa. El mármol estaba frío bajo su cuerpo.
Otro hombre se había acercado, un anciano envuelto en una raída túnica que comenzó a manipular los controles de la máquina. Konnur colocó la banda metálica entorno a la cabeza del terrícola, ajustando los fríos y redondos electrodos en torno a sus sienes. Sonrió y levantó la mano. El aparato cobró vida. Un sombrío resplandor iluminó la cara de Curt, y, entonces, dos hilos luminosos descendieron suavemente.
Tocaron los dos electrodos. Curt Newton sintió un destello de fuego dentro de su cabeza y, después, se hizo la oscuridad.
CAPÍTULO IV
Los No Olvidados
Uno a uno, los diferentes y lejanos retazos de su pasado devinieron, de nuevo, en reales y vividos para Curt Newton. Cada uno se alejaba más en el pasado. Y no los recordaba. Los vivía con cada uno de sus cinco sentidos, con todo su ser consciente.
Pero aquella vivencia no lo era tanto. Había alguna parte en su mente que se mantenía distanciada de aquellas poderosas reproducciones de la memoria, como si observara desde lejos.
Caminaba junto con Otho y Grag y el vidrioso Simon, sobre un oscuro planeta. En los cielos flameaba la turbadora constelación estelar de la Galaxia de Andrómeda, y, más allá de la oscuridad, por encima de ellos, amenazaba el poderoso corredor de Los Nueve Soles… Se encontraba en el puente del Esperanza Roja, el navío del Rey Bork. Aquel titánico pirata marciano se encontraba tras de él, y los propulsores rugían frenéticamente a medida que se acercaban a mayor velocidad a la triste esfera encarnada del Planeta Proscrito…
Corrían, corrían hacia las naves. Bajo ellos, aquel planeta era un hervidero de navíos voladores en alocadas carreras, el cielo estaba trenzado de luces y de vientos atronadores. Estaba de vuelta en Katain, el perdido mundo en el tiempo, que se precipitaba ahora hacia la maldición de su final cataclísmico…
- Vuelve, padre…padre…- susurró la lejana voz, y el zumbido de las máquinas se hizo más profundo.
- ¡Lo harás como yo digo, Curtis!
Curt encaraba irritado la implacable mirada de Simon Wright en el corredor del laboratorio lunar de Tycho. Era un muchacho de apenas catorce años, y sentía el resentimiento propio de los chicos de su edad a las restricciones y las imaginarias injusticias.
- Todo lo que he visto en mi vida se reduce a este lugar, a Otho, a Grag y a ti.- murmuraba.- Quiero ir a la Tierra y a Marte, y a todos los demás planetas.
- Irás algún día.- dijo Simón.- Pero no antes de que estés preparado. Grag, Otho y yo te hemos criado aquí en previsión de lo que va a venir. Y, llegado el momento, te irás…
No podía verlo con claridad, de la misma forma que no podía entenderlo. Era solo un muchacho, con ojos y mente de muchacho.
Se encontraba ahora en el salón principal del laboratorio lunar. Un hombre y una mujer yacían en el suelo, y un grupo de hombres armados les observaban, inclinados sobre ellos. Simon Wright, con sus ojos de cristal, observaba a aquellos hombres y decía con voz átona:
- Pagaréis por esto, inmediatamente. Con la muerte.
Se escuchaba el eco de unos pies a la carrera. Grag y Otho irrumpieron en la habitación. Se escuchó un metálico y atronador grito, y el robot dio un salto terrible. A los ojos de niño de Curt, aquello no fue si no una confusión de figuras tambaleantes, de destellos de luz,… y, al rato, Grag y Otho, el uno junto al otro, se alzaban sobre los cuerpos destrozados de aquellos hombres.
La escena se oscureció… pero el reservado rincón de la mente adulta de Curt comprendía que había visto la muerte de sus propios padres, y la venganza de los Hombres del Futuro…
- ¡Ve más allá de su propia memoria!- susurró la voz.- ¡Más allá del recuerdo de su padre, de su padre, de su padre…
Se encontraba en un viejo avión del Siglo XX. Curt sentía… sentía, aún cuando comprendía que, realmente, era uno de sus ancestros el que lo había sentido, la presión al pilotar el avión hacia su destino…
Se encontraba sobre la desgastada cubierta de un viejo barco que apenas se movía; sus velas colgaban flácidas y muertas. Se dirigió hacia la popa…
Formaba parte de un grupo de hombres; de hombres cubiertos de bronce y acero, que llevaban en sus manos largas lanzas. Asaltaban una tosca aldea de chozas, y, desde algún lugar, llegaba el eco estridente de un grito…
Se encontraba bajo el sombrío cielo, en lo alto de la desnuda ladera de una colina, envuelto en curtidas pieles. El viento aullante mecía la hierba reseca, pero vio un movimiento en la vertiente que no era atribuible al viento,… y, alerta, levantó su hacha de piedra.
- Más lejos…
El trueno sacudió la serenidad del cielo nocturno, y reverberó a través de la ciudad de destellantes pilares. Muy cerca de allí, descendían majestuosamente las grandes naves.
Curt Newton… o su lejano antepasado, cuya memoria revivía entonces, hablaba vehementemente a un hombre grave y formal que le acompañaba hasta la terminal espacial.
- ¡Veremos qué tipo de oficiales nos envía Deneb! ¡Debo admitir que esos aburridos snobs de la capital, con su actitud condescendiente hacia nuestra Tierra y su Sistema, me crispan los nervios!
- Pero, después de todo, no somos sino una pequeña parte del Imperio.- recordó el otro.- Los administradores, que han de pensar en multitud de mundos a lo largo de toda la Galaxia, no pueden considerar nuestro pequeño Sistema como algo demasiado importante.
- ¡Es importante! ¡Aún cuando solo se compone de nueve planetas, es tan importante como cualquier otra zona del Imperio!
- Quizá lo sea algún día. El Imperio durará siempre y un día…Así como cambiaba la escena, el rincón en la mente de Curt sabía que, por un instante, había vivido en el legendario Viejo Imperio…
- Más atrás…mucho más atrás…
Podía escuchar sus voces cantar a través de toda la nave. Aquella vieja canción que era como un himno, la canción que habían cantado durante generaciones en aquellas poderosas naves que avanzaban por el vacío intergaláctico.
- ¡Cuántos siglos han transcurrido desde que el último de Los Primeros Nacidos murió… Los Primeros Nacidos que nos sacaron de las tinieblas. Cuantos siglos desde que los hombres iniciamos nuestra andadura!
Escuchaba la canción, y miraba a través de la escotilla de babor. Y, más allá, no había nada salvo la misma escena eterna… el inmenso vacío de la oceánica profundidad espacial, en el que los lejanos sistemas de las galaxias no eran sino desdibujados puntos luminosos.
Todo, excepto la galaxia que tenían como destino, una infinita rueda de estrellas que, poco a poco, les atraía hacia un esplendoroso universo de fuego.
- ¡Por las artes que Los Primeros Nacidos nos infundieron, por el sagrado mandato que de ellos recibimos, vamos más allá para crear el sueño cósmico que ellos soñaron!
La oscura revelación se abría tan solo a aquella parte de discernimiento que era todavía Curt Newton,… Era el testimonio de la primera avenida del hombre destinado a fundar el Imperio de los antiguos, para cumplir el mandato de los misteriosos Primeros Nacidos.
¡Si pudiera escuchar esa canción un poco más, esa canción de marcha de los primeros seres humanos, a medida que se unía a ellos en su destino! Si pudiera escuchar un poco más…
- ¡Ahora!- dijo la voz, y la luz irrumpió sobre la escena, cegándole… y volvió a ser, simplemente, Curt Newton que yacía sobre una fría lápida y despertaba… despertaba…
Aquel despertar era cruel, atrozmente cruel. ¡Llegar hasta tan lejos, y no seguir adelante! Se escuchó a sí mismo lanzar un aullido de furia. Sentía el irrefrenable deseo de de que la máquina volviera a arrullarle, y lo lanzara de nuevo hacia aquel lejano pasado hasta llegar al principio de los tiempos.
Entonces, se le aclaró la vista y vio a Otho que le miraba con aquellos ojos verdes, calculadores e irónicos. Vio a Konnur, sonriendo. Curt se retiró la banda metálica y se puso en pie. Sus manos temblaban y, por alguna razón, no podía afrontar la mirada de Otho. Intentó hablar, pero no podía articular palabra. Su agotado cerebro estaba embotado por el recuerdo de aquella canción, y el cegador destello de galaxias inexploradas y maduras para ser conquistadas. Se estremeció, y Konnur dijo, como si supiera lo que pasaba en aquel momento por la cabeza del terráqueo:
- Quédate aquí. Ordena a los tuyos que se vayan y quédate para continuar tu propio sueño. No hay límites para la memoria del hombre.
- Sí, - respondió Curt, pero a sí mismo, no a Konnur.- Un límite… el principio, el instante anterior a la creación del primer hombre, antes del Primer Nacido. ¿Quién… dónde y cómo?
- Aprende.- dijo Konnur con reposada voz.- ordena a los tuyos que se retiren y quédate para ahondar en el conocimiento.
En aquel momento, desde la lejanía, llegaba a oídos de Curt el repentino ruido de la lucha en el desfiladero.
Durante un instante, se detuvo indeciso entre la canción de los perdidos eones del pasado y el maldito presente. Repentinamente, se movió con la furia de una criatura salvaje que intentara ser conducida contra su voluntad. Arrancó la banda metálica de la cabeza de Ezra Gurney, y le sacudió al tiempo que gritaba:
- ¡Despierta, Ezra, despierta!
Los guardias avanzaron hacia él. Otho espetó:
- ¡Quietos! Si le tocáis seréis todos destruidos.
Konnur escuchaba el ruido de la batalla en el valle. Lanzó un doloroso suspiro, y ordenó a sus hombres que se detuvieran.
- Sí, - dijo - esperemos. Ya habrá tiempo para morir.
Ezra Gurney miraba a Curt con ojos desorientados y una incomprensible tristeza. El Capitán Futuro se volvió y dijo:
- Konnur, vaya y ordene a su gente que baje las armas. No hay necesidad de derramamiento de sangre.
- Quizá fuera mejor para nosotros morir luchando por la Segunda Vida.- respondió Konnur.
Curt Newton negó con la cabeza.
- La Segunda Vida debe terminar en Europa. Al traer a estas personas de otros planetas, habéis dado a la Policía Planetaria y al Gobierno la ocasión de actuar en vuestra contra. Y atacarán rápidamente. Pero…
Los ojos de Konnur brillaron:
- ¿Pero?
- No es necesario destruirla. Ve ahora y habla a tu pueblo.
Konnur dudó. Su mirada estaba fija en la de Curt. Luego, abruptamente, se volvió y salió de la estancia. Curt tomó la mano de Ezra. Le dijo con cariño:
- Levántate, Ezra. Es hora de irse.
El anciano apoyó lentamente los pies sobre el suelo, pero se quedó sentado en el costado de la lápida, el rostro oculto entre sus manos.En ese instante respondió:
- No pude evitarlo, Curt. Era la oportunidad de volver a los tiempos de mi juventud, a la época en la que estábamos juntos, y nada de aquello había ocurrido.
Curt no necesitó preguntar a qué se refería. Era uno de los pocos que conocían la tragedia de Ezra, obligado hace muchos años, a dar caza y matar a su querido hermano, un pirata del espacio.
Apoyó su mano sobre el hombro de Ezra.
- Claro, amigo.- dijo - Claro, te entiendo.
Ezra levantó su mirada hacia él:
- Sí,- murmuró - te creo. Bien…
Se levantó e intentó decir algo, algo sin importancia, pero esperado:
- Bien, me temo que no queda nada por hacer aquí, salvo marcharnos y enfrentarme a Joan. ¿Está enfadada?
- No,- respondió Otho, sonriendo.- pero puedo asegurar que lo estará.
Ezra sonrió con aparente felicidad, pero su corazón estaba triste.
Salieron del salón en el que yacían los durmientes, y siguieron por los largos corredores que llevaban a las estancias exteriores. El estruendo del combate había cesado. Escucharon un tumulto de voces y, repentinamente, vieron la chasqueante figura de Grag que entraba por las gigantescas puertas.
- ¿Te encuentras bien, Curt? - rugió.- Supuse que con Otho, no podrías sino meterte en algún aprieto.
Simon Wright planeaba tras él, y, pisándoles los talones, irrumpió un grupo de ansiosos y oscuros jóvenes europeanos, aullando como lobos.
- ¡Las destruiremos!- gritaban.- ¡Destruiremos las máquinas!
- ¡No!- les gritó Curt.- Contened vuestras ansias de devastación y escuchad a Konnur! ¿Dónde está Konnur?
Lo empujaron hacia dentro desde el centro de la multitud. Le habían atado las manos, pero, a pesar de ello, no había perdido su dignidad y su orgullo. Se hizo el silencio. Curt Newton empezó a hablar lentamente, para que todos pudieran escucharle y entenderle.
- Este es mi propósito. Muchos de los ancianos han vivido tanto tiempo en la Segunda Vida que, sin ella, morirían. El secreto de ésta es, en sí mismo, demasiado valioso para que se pierda. En consecuencia, ofrezco esta solución: Que las máquinas sean trasladadas a una luna deshabitada de este sistema, acompañadas de aquellos que quieran seguirlas en su destino. Sería una especie de retiro bajo la autoridad del Planeta Policía, y la Segunda Vida desaparecería para siempre de Europa. ¿Cuenta esta propuesta con vuestra aprobación?
Miró a Konnur, que no tenía ninguna oportunidad y lo sabía, pero para quien era necesario salvar su amado a sueño a cualquier precio.
- De acuerdo, - respondió, finalmente.- Es mejor de lo que esperaba.
- ¿Y vosotros?- inquirió Curt a los jóvenes europeanos.- ¿Cuál es vuestra respuesta?
Hubo mucha discusión entre ellos. Agitaron sus puños y gritaron, pero, al final, el joven que había acompañado a Curt y a Otho desde la ciudad, dio paso al frente y dijo:
- En tanto la Segunda Vida desaparezca de este mundo, no hay razón para oponernos.- hizo una pausa, y después, añadió.- Os debemos mucho. Si no hubiera sido por vosotros, nunca hubiéramos alcanzado la libertad.
Curt sintió un gran alivio, mayor del que hubiera sentido si tan solo hubiera podido salvar una pequeña parte de aquella antigua ciencia. Una vez más, evitó mirar a los ojos de Otho, y la fría y penetrante mirada de las lentes de Simon Wright. Dijo a Konnur:
- Entonces, está hecho. Despierta a los durmientes y permíteles un tiempo para pensar, y que puedan elegir. Vigilaré los preparativos del traslado y la adecuada acomodación de aquellas personas que deseen marcharse con las máquinas.
Tomó a Ezra por el brazo y le sacudió ligeramente para sacarle del ensimismamiento en el que había caído.
- Vámonos, - dijo.- Nuestra labor ha terminado aquí.***
Los seis transitaban por el espaciopuerto; los Hombres del Futuro, Joan y Ezra, dirigiéndose hacia los navíos bajo el rojo fulgor de Júpiter. Simon Wright dijo algo que había estado rondando por su cabeza durante todos aquellos días, en los que Curt había supervisado el traslado de los exiliados voluntarios hacia una remota y abandonada luna:
- Curtis, ¿Sientes compasión por ellos… o desearías vivir la Segunda Vida en algún otro momento?
Curt respondió pensativo:
- No estoy seguro. Es algo demasiado peligroso como para que entrometerse sin más,… hay demasiados conocimientos acumulados. Si un hombre pudiera estar seguro de sí mismo…, de su mente…
Sacudió la cabeza tristemente, y Simon dijo con amargura:
- De la última cosa de la que puede estar segura un hombre, es de la fuerza de su propia mente.
Otho miró a Grag.
- Tu tendrías que intentarlo durante un tiempo, Grag.
- ¿La Segunda Vida? - retumbó la voz de Grag.- ¿Qué ocurrencia es esa?
- Ciertamente, creo que sería una maravillosa experiencia el saber lo que sintió tu primer y ancestral montón de chatarra en su forja.
Grag se volvió hacia él.
- Escucha, androide…
La voz de Curt les detuvo inmediatamente, y aceleraron el paso a medida que se acercaban a las naves.
Ezra caminaba el último, lentamente, su afilado rostro ensombrecido por el recuerdo, el recuerdo del pasado, de los felices días perdidos, de los días, por siempre, no olvidados.
Fin.
Traducido en julio-octubre-noviembre del 2004
por José Ignacio Martinez Ruiz
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