Número 27

  "El Manantial de la Creación" 
Por Edmond Hamilton

Publicado en el pulp Startling Stories
en mayo de 1951

Traducción: Javier Jiménez


 

El Manantial de la Creación

Una Novela Corta del Capitán Futuro por EDMOND HAMILTON

¡En su última aventura, los Hombres del Futuro deberán salvar el mismísimo Universo de las ansias de poder de un loco!
 

CAPITULO I
La Ciudadela de los Hombres del Futuro

 GARRAND observó cómo la cara de la Luna se iba haciendo cada vez más grande por la portilla delantera de su pequeño crucero. "Una cara blanca y terrible", pensó. Una especie de cráneo muerto con huesos compuestos de meteoros y profundos cráteres como escaras; cruel, implacable y muy silencioso, le observaba acercarse, mientras pensaba cosas desconocidas acerca de él. El hombre no pudo reprimir un sentimiento de aprensión.
 --Soy un estúpido y, probablemente, no tardaré en ser un estúpido muerto, -se dijo a si mismo. No era un hombre valiente. Le tenía mucho aprecio a la vida y no era uno de esos que pensaban en la muerte como en algo de lo que podían reirse.
 El conocimiento de que era muy posible que fuera a morir allí, en la Luna, le producía unos espasmos de angustia física que le hacían parecer tan pálido y hueco como el pétero rostro que le observaba al otro lado de la portilla de proa. Y, aún así, no se echó atrás. Había algo en el interior de Garrand que era aún más fuerte que su miedo.
 Las manos le temblaron, pero consiguió mantener el rumbo de su crucero.
 Las desoladas llanuras y las formaciones montañosas fueron adquiriendo forma y tamaño; las solitarias montañas de la Luna, que, al igual que sus planicies, no poseían el más mínimo movimiento, pues carecían viento, polvo o remolino alguno. Los hombres habían viajado a otros mundos, e incluso a otras estrellas. Se habían extendido audazmente por todo el espacio, fundando colonias en asteroides y ciudades a las orillas de mares alienígenas. Pero habían ignorado aquella luna muerta y sin atmósfera. La habían mirado una vez, y luego se habían marchado para siempre. Tan sólo cuatro seres habían hecho de la Luna su hogar... y ninguno de los cuatro era del todo humano.
 El cráter Tycho se fue ensanchando ante la pequeña nave. Con un regusto metálico en sus labios secos, producto sin duda de su miedo, Garrand consultó un mapa, dibujado a escala, que mostraba con detalle aquella desolación, así como un intrincado diagrama de una estructura construida por el hombre. El diagrama estaba repleto de ominosas anotaciones, y Garrand fue angustiosamente consciente de ellas. Realizó sus cálculos y condujo su nave hacia abajo, más allá de los límites exteriores y de las defensas marcadas en la carta de navegación.
 Su alunizaje fue torpe y nervioso. Una nube de polvo blanco cubrió el casco de la nave, y fue descendiendo de nuevo poco a poco. Garrand desactivó los reactores y permaneció sentado unos instantes, mirando el interior del cráter Tycho, rodeado en la distancia por altos picos, espirales y pináculos de roca desgastada que parecía brillar a la luz del sol. No había ni rastro de la estructura que aparecía indicada en el plano. Se encotraba, toda ella, por debajo del suelo. Incluso la cúpula de glasita de su observatorio estaba tapada, y no reflejaba la luz del Sol más de lo que la reflejaban las llanuras de los alrededores.

 Al final, Garrand se puso en pie, moviéndose con la reluctancia típica de un hombre que está contra las cuerdas. Comprobó la voluminosa masa de equipo que pensaba llevar consigo. Su exámen fue muy minuciosos, y realizó uno o dos ajustes de última hora.
 Luego se embutió en un traje espacial y abrió la exclusa de aire. El aire salió con un sonido siseante, y, después de eso, no se escuchó sonido alguno... tan sólo el silencio absoluto de un mundo en el que nada había sonado desde que fue formado.
 Trabajando en aquel vacío, Garrand transportó una pequeña carretilla y la colocó en el polvoriento suelo. Luego fue sacando todas las voluminosas piezas de su equipo y las fue colocando encima. Pudo lograrlo sin excesivas dificultades debido a la mínima atracción gravitatoria, y, por la misma razón, pudo tirar de la carretilla sin demasiados problemas.
 Comenzó a desplazarse por la superficie del cráter. El resplandor del sol sobre su superficie era intenso. Su rostro empezó a cubrirse de sudor, cayéndole por la cara en pesadas gotas. Con grandes esfuerzos, avanzó, embutido en la pesada armadura, adelantando sus pesadas botas, una tras otra, levantando pequeñas nubecillas de polvo a cada paso, mientras tiraba de la carretilla. Mientras avanzaba, el miedo crecía en su interior.
 Él sabía... todo el Sistema sabía... que los cuatro que vivían allí no estaban en casa en esos momentos; habían viajado hasta un mundo lejano que estaba en apuros. Pero su fama legendaria y su presencia parecían dotar de cierto hechizo a aquella esfera sin vida... y, en aquellos momentos, él caminaba directo a las letales defensas que habían dejado al marcharse de allí.
 --Pueden ser derrotados, -dijo para si, mientras sudaba profusamente-. Tengo que derrotarles.
 Volvió a estudiar de nuevo el mapa. Sabía con exactitud la distancia que había avanzado desde la nave. Guardándose un amplio margen de seguridad, activó el mecanismo de detección que llevaba en la carretilla. El casco de su traje espacial estaba repleto de una serie de dispositivos de escucha ultra-sensibles que no estaban basados en ondas de sonido sino que traducían los impulsos sub-electrónicos del detector, convirtiéndolos en señales sonoras audibles.
 Permaneció inmóvil, escuchando intensamente. Pero el detector se mantuvo en silencio, y él continuó avanzando, con gran lentitud y cautela, por aquella solitaria desolación, hasta que sus pisadas en el polvo se acercaron a la línea del círculo exterior que aparecía en el mapa. Entonces, el detector emitió un débil cliqueo.
 Garrand se detuvo. Se inclinó sobre el panel del mecanismo, una miríada de diales, interruptores, indicadores de frecuencia e indicadores de ondas electrónicas.
 Por encima de ellos, en una bombilla de cristal, brillaba una luz roja. El corazón le latió con fuerza mientras se apresuraba a extraer un objeto negro y oblongo que llevaba junto al detector.
 Pensó: "Si esto no funciona, aún estoy demasiado lejos como para que el impacto no sea letal."
 Era un pensamiento reconfortante, aunque poco convincente. Obligó a sus manos a que se mantuvieran firmes, mientras ajustaba los cuatro conmutadores, uno a uno, y los insertaba, en el orden adecuado, a un lado del detector. Entonces empujó la carretilla hacia delante y aguardó.
 El dispositivo negro y oblongo emitió un murmullo. Notó cómo vibraba en un momento en que su hombro tocó acidentalmente el metal de la carretilla. El dispositivo estaba diseñado para recoger las lecturas del detector, recalcularlas, adjustarlas automáticamente según un patró y una frecuencia adecuadas, y formar, de este modo, una barrera electrónica que pudiera inutilizar los impulsos de recepción de los sensores de las trampas ocultas.
 Aquel era su propósito. Y debería funcionar. Pero si no lo hacía...
 Esperó. Los músculos de su cuello estaban tensos como rocas. No se produjo ningún destello, ningún temblor ni ningún estallido. Tras haber contado lentamente hasta cien, volvió a mirar a la parte superior del mecanismo. La lucecita roja se había apagado en la pantalla superior. En lugar de ella, ahora brillaba una luz blanca.
 Garrand contempló aquella luz blanca como si fuera el rostro de su santo patrón, mientras arrastraba lentamente la carretilla a través de aquel círculo exterior en dirección a los demás círculos, más internos, cuya existencia sólo suponía. En tres ocasiones más sus oidos percibieron la alarma cliqueante, los diales cambiaron y las agujas se levantaron... y en tres ocasiones más la lucecita pasó de rojo a blanco, y Garrand siguió con vida, avanzando lentamente hasta alcanzar la puerta metálica colocada en el suelo del cráter.

 Los controles de dicha puerta estaban claramente a la vista, pero no los tocó. En lugar de eso, extrajo de la carretilla un escáner portátil y lo empleó para examinar con detalle la estructura molecular del metal conexiones de control. De este modo, consiguió encontrar cierto circuito en particular y lo desactivó, inmobilizando así un dispositivo que estaba diseñado para capturar a cualquier intruso desconocido tan pronto como entrara en la exclusa de aire.
 Pocos minutos después, Garrand había abierto la puerta de la exclusa de aire, y se hallaba al comienzo de una larga fila de escalones que descendían hasta las profundidades del cráter. Su corazón aún le latía desbocado, y sentía debilidad en las rodillas... pero también se encontraba exultante, y lleno de orgullo. Muy pocos hombres antes que él, pensó, o quizás ninguno, habían penetrado ilesos hasta el mismísimo umbral de uno de los lugares más inexpugnables de todo el Sistema Solar.
 Pero no relajó sus precauciones. Bajó las oscuras escaleras cargado con un gran fardo de equipo, incluyendo el escáner. La válvula de la exclusa se cerró automáticamente detrás de él, y un poco más abajo, en una pequeña cámara, espero hasta que la presión se hubo compensado, y se abrió otra puerta, también automática. No encontró ninguna otra cosa que pudiera suponer una amenaza, excepto un sistema de campanas de alarma que puso fuera de combate... no porque fuera a oirlas nadie, sino porque sabía que habría máquinas grabadoras y no deseaba dejar ningún signo, ni audible ni visible, de su visita.
 Las grabadoras en sí eran relativamente fáciles de detectar. Con un instrumento que había traido a tal efecto, borró sus sistemas de registro y avanzó hasta la vasta cámara circular que había en el centro, coronada por una cúpula de glasita a través de la cual penetraba la luz del sol. Contempló aquel lugar con el asombro fascinado de un científico, y observó maravillado todos los aparatos del laboratorio, de diversas índoles, y las cámaras, más pequeñas, que se abrían a los lados... hasta que por fín descubrió lo que estaba buscando... una pesada puerta cerrada que daba acceso a una cámara de seguridad, excavada en la roca lunar.
 Garrand dedicó mucho tiempo a abrir esa puerta. El silence estaba empezando a crisparle los nervios, así como el embarazoso conocimiento de no tenía derecho a estar allí. Empezó a creer que escuchaba las voces y los pasos de aquellos que estaban por venir, y que iban a encontrarle allí.
 Pero estaban lejos, muy lejos; y Garrand sabía que estaba a salvo.
 Pero no era un criminal habitual, y ahora que el desafío a sus habilidades científicas había concluido, comenzó a sentirse poco a poco más sucio y culpable. Las posesiones personales parecían acusarle: un libro abierto, un par de botas, las camas, las ropas... Si aquel lugar hubiera sido tan sólo un laboratorio no lo habría notado tanto... pero también era un hogar, y eso le hizo sentirse como un ladrón vulgar.
 Aquel sentimiento fue olvidado cuando entró en la cámara de seguridad. Había muchas cosas en aquella vasta caverna lunar, pero Garrand no les dedicó más que un fugaz vistazo, hasta que sus ojos descansaron en el enorme archivador en el que se encontraban los datos registrados y almacenados de todos los viajes del cuarteto. Bajo la clara luz que acababa de encenderse nada más abrirse la puerta, Garrand rebuscó en el archivador, intrigado por el rebuscado sistema de clasificación. Se había quitado el casco. Las manos le temblaban visiblemente, y su respiración era audible e irregular, pero esos eran sólo detalles sin importancia.
 Su mente, enfrentada a un problema difícil de resolver, y debido a un hábito largo tiempo mantenido, volvió a convertirse en una eficaz máquina de calcular... y no pasó mucho tiempo antes de que consiguiera lo que buscaba.
 Tomó la cinta con las dos manos, con tanta ternura como si estuviera confeccionada con la materia de la que se tejen los sueños, y fuera capaz de respirar y de quejarse. La llevó hasta un gran aparador que había junto a los ficheros, e introdujo la cinta en un lector. Su rostro había perdido todo color, y estaba totalmente rígido excepto en la boca, que parecía curvarse ligeramente en las comisuras de los labios. Ajustó la última pieza de su maquinaria acoplándola al lector: un grabador fotosónico empleado para hacer copias de cintas maestras; sincronizó ambos aparatos, y entonces apretó los interruptores.
 Las dos cintas empezaron a funcionar: una de ellas emitía datos, y la otra los recibía; y Garrand permaneció inmóvil frente a la pantalla, contemplando visiones que no tenían precio, y escuchando las voces que le hablaban de secretos cósmicos. Cuando la cinta terminó, pasó mucho tiempo antes de que tuviera ánimos para moverse. Sus ojos aún parecían contemplar las imágenes que habían repasado, y poseían una cualidad extraña: parecían huecos, pero al mismo tiempo brilaban, relucientes y lejanos.
 Al fín, se sacudió, como si hubiera tenido un escalofrío, y se rió, con una risa baja y gutural, que bien podía haber sido también un sollozo. Volvió a poner en su sitio la cinta original, y colocó la copia en un compartimento especial que llevaba en el cinturón. Dejó la cámara de seguridad exactamente igual que la había encotrado, y, cuando volvió a salir a la superficie de la Luna, volvió a conectar el interruptor invisible que se encargaba de guardar la puerta exterior.
 Retrocedió por la llanura, camino de su nave, caminando a través de las defensas con la misma técnica que había empleado para atravesarlas a la ida; no obstante, su agonía era mucho mayor que antes: ahora que ya tenía consigo el material para el que se había arriesgado de un modo tan increible, no podía permitirse tener el más mínimo error, y ser desintegrado. Las sombras del borde del cráter parecía reptar hacia él, negras y afiladas. Con un último cliqueo del detector y una última lucecita roja, convirtiéndose en blanca, supo que ya estaba a salvo, y corrió hacia la nave que le esperaba a resguardo entre las afiladas sombras.
 Mucho antes de que anocheciera, Garrand se había marchado, cruzando la estrecha franja de vacío que le separaba de la Tierra. No sabía muy bien cómo dar salida a su salvaje alegría, de modo que procuró reprimirla, pero no pudo evitar que su rostro se inflamara de pasión y sus ojos ardieran de expectación.
 --Mañana, -dijo en voz alta, hablando para sí-. Mañana nos pondremos en camino. -Se rió, dirigiéndose a alguien que no estaba presente-. Tu dijiste que no podría conseguirlo, Herrick. ¡Dijiste que no podría!
 Detrás de él, la oscura cara de la Luna parecía observarle.
 
 

CAPITULO II

El Secreto Cósmico




 Varios días después, cuatro individuos regresaron a la Luna después de muchos días. De los cuatro, sólo uno de ellos era un hombre común.
 Curt Newton, era ese hombre... y le acompañaban Otho, el androide u hombre artificial, que era humano en todo excepto en su origen... Grag, el descomunal hombre de metal o robot inteligente... y Simon Wright, que una vez había sido un hombre, pero que ahora sólo conservaba su cerebro, y moraba en un extraño cuerpo mecánico.
 Su nave descendió del cielo como un trueno de metal. Las puertas camufladas de su hangar subterráneo se abrieron en silencio para recibirles, y se volvieron a cerrar de un modo igual de silencioso.
 Los cuatro Hombres del Futuro accedieron a la gran sala circular que había bajo la gran cúpula del observatorio. Curt Newton se detuvo en la pared, para activar el panel de grabaciones. No mostraba ningún signo de actividad. Nunca lo mostraba.
 
 Tomó asiento lentamente. Aquel hombre, alto, pelirrojo y de rostro bronceado, parecía muy cansado.
 --¿Crees que todo nuestro trabajo ahí fuera servirá para algo, Simon? -Preguntó.
 Se dirigía a una pequeña caja de metal transparente, que flotaba ante él sobre un dispositivo de rayos antigravedad, con su "extraño" rostro de lentes oculares vuelto hacia él. Se trataba del tanque de suero en el que habitaba el cerebro viviente de Simon Wright.
 --Confío, -dijo Simon con su precisa articulación y su acento metálico y artificial-, en que ya no habrá más problemas entre los mineros de Urano y los nativos.
 Curt frunció el ceño y suspiró.
 --Eso espero. Me pregunto cuándo narices aprenderemos a convivir con las otras especies planetarias...
 Grag habló en voz alta. El gigante de metal, de más de dos metros de altura, movía la cabeza de un lado a otro, mientras sus ojos fotoeléctricos escrutaban la gran sala con intensidad.
 --Curt, aquí ha estado alguien, -tronó su vozarrón.
 --No. Ya he comprobado las grabaciones, -le respondió Newton sin darse la vuelta.
 --Me da igual, -insistió Grag-. Esa silla de ahí, junto a la puerta de la cámara de seguridad, ha sido movida. Cuando nos fuimos, yo fui el último en salir, y recuerdo exactamente dónde estaba. Se ha movido al menos diez centímetros.
 Otho estalló en carcajadas.
 --¡Escuchad al viejo Ojo de Halcón!. ¡Diez centímetros! -El androide, que poseía una apariencia tan perfectamente humana que tan sólo el extraño brillo plástico de su piel y sus extraños ojos verdosos traicionaban que era diferente, continuó burlándose-, ¿Estás seguro de que no se trata de ocho centímetros y medio?
 Furioso, Grag comenzó a protestar con su voz atronadora. Curt se puso en pie irritado para hacerles callar. Pero Simon Wright dijo seriamente:
 --Espera, Curtis. Ya sabes que la constitución de la mente metálica de Grag hace que su memoria sea absolutamente fotoeléctrica. Si dice que la silla se ha movido, es que se ha movido.
 --Pero ¿Y las grabaciones?
 --Sabes que pueden haber sido manipuladas. Teóricamente es posible.
 --Sólo teóricamente... -empezó Curt, y entonces se detuvo y espetó-. ¡Maldita sea, Grag! ¿Por qué tenías que levantar una duda en mi mente? Ahora voy a tener que desmontar los aparatos de grabación para comprobarlos uno a uno, y ese es un trabajo de mil demonios.
 Hirviendo de irritación, salió de la gran estancia y regresó con sus herramientas. Volvió a meterse con Grag.
 --¡Más te vale que tengas razón!

 Simon y Otho le ayudaron en el delicado trabajo de desmontar los sistemas de grabación. No sólo examinaron los microfilms sino también los circuitos y relés, pieza por pieza.
 Pero la irritación de Curt desapareció de repente. Miró fijamente a sus compañeros. Acababa de encontrarlo... Durante varios minutos, los aparatos no habían grabado absolutamente nada, y ese vacío había desaparecido al ensamblarse con la grabación posterior. El cronómetro, no obstante, mostraba un desajuste de tiempo. Estaba desincronizado.
 Otho susurró suavemente:
 --¡Las han manipulado! -dijo-. Y lo han hecho limpiamente... no las han borrado del todo ni las han destruido; el corte es tan suave que uno nunca lo notaría, a menos que lo estuviera buscando.
 --¿Así que yo tenía razón? -Tronó Grag triunfante-. ¡Sabía que tenía razón!. Cuando veo que una cosa ha cambiado, y...
 --Cállate, -le dijo Curt Newton. Luego miró a Simon, totalmente intrigado-. Esto no ha podido hacerlo ningún criminal... ningún criminal ordinario. La tarea de manipular estas grabadoras requiere una tremenda habilidad científica.
 Flotando en el aire, Simon mostró su acuerdo.
 --Eso parece obvio. Sólo un experto en sub-electrónica podría ser capaz de algo así. Pero parece un poco incongruente. ¿Por qué un científico eminente vendría aquí escondiéndose como un ladrón vulgar?
 Curt se dio la vuelta.
 --Grag, ¿Te has fijado si se han llevado algo, o si hay algo más que no esté en su sitio?
 El gigante de metal se dedicó a mirar por todas las habitaciones. Curt permaneció en silencio, muy pensativo, mientras su bronceado rostro fruncía el ceño cada vez más.
 Al poco, Grag volvió.
 --No. No se ha movido nada más.
 --Y aún así, algo se ha movido, -dijo Curt lentamente. Miró de nuevo a Simon-. He estado pensando... Un experto en sub-electrónica... ¿Te acuerdas de aquel físico nuclear de los laboratorios New York Tech al que conocimos en el Centro del Gobierno hace pocos meses?
 --¿Garris? Garrand... ¿Se llamaba algo asi? Ya me acuerdo. Un hombrecillo agradable.
 --Si, eso me pareció... parecía muy obsesionado con su trabajo. Pero ahora me acuerdo que me preguntó una cosa...
 CURT se interrumpió de súbito. Avanzó a toda prisa por la gran estancia, abrió la puerta de la cámara de seguridad y, una vez dentro de la silenciosa caverna lunar, fue directo hacia los archivos.
 Simon le había seguido. Y, cuando el Cerebro observó qué parte de los archivos estaba comprobando Curt, sus lentes oculares se volvieron rápidamente para contemplar el rostro del Capitán con absoluta perplejidad.
 --¡Curtis, no! No pensarás...
 --Fue sobre esto, sobre lo que me preguntó, -dijo Curt-. El Manantial.
 La palabra levantó solemnes ecos en las frías paredes de roca. Con una expresión extraña en el rostro, Curt miró a Simon, sin verle en realidad, contemplando los portentos que vivían en su recuerdo... aquella era una extraña mirada en un hombre como Curt Newton. Era una mirada de miedo.
 Simon dijo:
 --¿Cómo podía saber él lo del Manantial?
 Aquella palabra jamás había sido pronunciada ante nadie. De hecho, rara vez hablaban del tema entre ellos. Un secreto de tal magnitud no estaba hecho para formar parte del conocimiento del hombre, ni para ser empleado por él; de modo que lo habían guardado incluso más celosamente que la suma de todo el conocimiento que poseían. Ahora, el mero sonido de esa palabra hizo que Grag y Otho corrieran hasta la puerta, con una repentina tensión compartida que inundó la caverna en forma de un silencio expectante.
 Curt dijo, muy serio:
 --Consiguió relacionar la posibilidad teórica con el trabajo que hicimos en Mercurio. Es un hombre brillante, Simon... demasiado brillante.
 --Quizás, -dijo Grag-, tan sólo buscó el secreto pero no fue capaz de encontrarlo. Después de todo, nuestro sistema de almacenamiento de archivos...
 Curt negó con la cabeza.
 --Si fue capaz de entrar aquí también lo fue de encontrar lo que buscaba. -Examinó la cinta-. Pudo haber hecho una copia perfectamente, y no habría manera de saberlo.
 Quedó inmóvil unos instantes, y ninguno de ellos habló. Otho estudió su rostro y lanzó una fugaz mirada a Simon. Simon se movía incómodo sobre su haz de rayos de fuerza.
 Curt volvió a poner la cinta en su sitio y se dio la vuelta.
 --Tenemos que averiguarlo todo sobre ese hombre. Salimos para Nueva York al momento.

 Poco después, el Cometa se elevaba de la oscura boca del hangar subterráneo y salía disparado hacia el gran orbe verdoso de la Tierra.
 Y, poco después, en el Cuartel General de la Policía Planetaria, en Nueva York, el viejo sheriff Ezra Gurney miró a Curt Newton completamente intrigado.
 --¿Garrand? -dijo-. ¡Pero si es un hombre de reputación intachable, un científico!
 --De todos modos, -dijo Curt hoscamente-, quiero toda la información que puedas darme sobre él, y rápido.
 Simon habló:
 --Es muy urgente, Ezra. No podemos permitirnos el menor retraso.
 El anciano y resabido hombre del espacio les miró, primero a uno, luego a otro, y, finalmente, a Otho.
 --Así que es algo realmente feo ¿eh? De acuerdo. Haré todo lo que esté en mi mano.
 Salió de la oficina. Otho se apoyó en la pared y permaneció inmóvil, observando a Curt. Simon permaneció flotando junto al escritorio. Ninguno de ellos poseía la desventaja de tener nervios en su organismo. Curt, en cambio, se movió de un lado a otro, incansablemente, resoplando, tomando diversos objetos y volviéndolos a dejar en su sitio con gestos de impaciencia. El intrincado multireloj de la pared se movía lentamente, mientras los minutos iban pasando en la Tierra, en Marte, y en los lejanos mundos del resto del Sistema Solar. Nadie hablaba, y Ezra no regresaba.
 Al fín, Simon dijo:
 --Puede que lleve algún tiempo, incluso tratándose de Ezra.
 --¡Tiempo! -dijo Curt-. Si Garrand ha dado con el secreto, tiempo es precisamente lo que no tenemos.
 Paseó por el pequeño y pulcro despacho; era un hombre abrumado por terribles pensamientos. El sonido de la puerta, al abrirse, hizo que se diera la vuelta bruscamente, mirando a Ezra a la cara, casi como si fuera su verdugo.
 --¿Y bien?
 --Garrand salió de la Tierra el día veintiuno, -dijo Ezra-. A bordo de una nave de su propiedad, aparentemente un modelo experimental en el que había estado trabajando durante algún tiempo junto con un individuo llamado Herrick, que también aparece como piloto en jefe. Destino: ninguno. Propósito: observación de los rayos cósmicos más allá del Sistema. Debido a la posición y a la reputación de Garrand, no hubo ninguna dificultad en los trámites administrativos. Eso es todo lo que he podido conseguir.
 --Es suficiente, -dijo Curt-. Más que suficiente. -Tenía el rostro fláccido, y el bronceado de su piel parecía haber perdido todo color. Parecía muy cansado, y su mirada era tan extraña que Ezra se acercó a él y le preguntó:
 --¿Qué es lo que ocurre, Curt? ¿Qué se llevó Garrand de tu laboratorio?
 Curt respondió:
 --Se llevó el secreto del Manantial de la materia.
 Ezra le miró sin comprender.
 --¿Es un secreto del que puedas hablarme?
 Desesperanzado, Curt dijo:
 --Supongo que ahora puedo hablarte de él, ya que lo sabe Garrand y ese otro hombre.
 --Entonces, ¿De qué se trata?
 --Ezra, es el secreto de la creación.
 Se produjo un silencio largo e incómodo. Resultaba obvio, por la expresión de Gurney, que aquel término era demasiado inmenso como para que lo comprendiera. Y aún así, Curt Newton no continuó hablando. Miró más allá de ellos, y su cara mostró miedo y preocupación.
 --Vamos a tener que volver allí, -dijo, bajando la voz-. Tendremos que hacerlo. Había esperado que nunca más fuera necesario.
 Los inexpresivos ojos de Simon estaban fijos en él. Otho dijo en voz alta:
 --¿Y por qué tendría que preocuparnos eso? Ya nos enfrentamos antes a los remolinos. Y en cuanto a Garrand y al otro tipo...
 --No es nada de eso lo que me preocupa, -dijo Curt Newton.
 --Lo sé, -dijo Simon-. Yo fui el único que estuvo allí dentro, en la Morada de los Vigilantes. Sé que tienes miedo de... ti mismo.
 --Sigo sin entenderlo, -dijo Ezra-. ¿El secreto de la creación? ¿La creación de qué?
 --Del universo, Ezra. De toda la materia del universo.
 Un extraño asombro inundó el rostro envejecido de Gurney. No dijo nada. Esperó.
 --¿Recuerdas, -le dijo Curt-, cando regresamos de nuestro primer viaje al espacio profundo? ¿Te acuerdas de que poco después de eso diseñamos las plantas de enlances de electrones que a partir de entonces se usarían para recargar la cada vez más tenue atmósfera de Mercurio? ¿Donde crees que obtuvimos el conocimiento para hacer algo semejante, para cambiar los electrones a gran escala convirtiéndolos en el tipo de materia que deseábamos?
 La voz de Gurney era ahora un susurro.
 --¿Conseguísteis ese conocimiento en el espacio profundo?
 --En lo más profundo del espacio, Ezra. Cerca del centro de nuestra galaxia, entre las densas constelaciones y la nebulosa más allá de Sagitario. Allí se encuentra el corazón latiente de nuestro universo. -Hizo un gesto-. Hace mucho tiempo, en el siglo Veinte, el científico Millikan fue el primero en sospechar la verdad. La materia del universo se mezcla constantemente con la radiación. Millikan creía que, en algún lugar del universo existía un lugar en el que esa radiación, de algún modo, era reconvertida de nuevo en materia y que los llamados rayos cósmicos eran algo así como el "llanto de nacimiento" de la materia recién creada. Ese lugar sería la fuente de toda la materia de nuestro universo, el manantial de la creación de la materia.
 Los viejos ojos de Ezra expresaron asombro y pavor.
 --¿Y encontrásteis ese lugar? Y nunca lo dijísteis... nunca dejásteis que nadie sospechara...
 --Garrand lo sospechó, -dijo Curt amargamente-. Relaccionó nuestro trabajo en Mercurio con nuestro misterioso viaje. Intentó descubrir qué era lo que yo sabía, y cuando no le dije nada, viajó hasta la Luna y se arriesgó a morir para robarnos nuestros registros. Y ahora se ha ido para encontrarlo él mismo.
 Sobriamente, Simon Wright dijo:
 --Sólo ocasionará el desastre absoluto si intenta manipularlo. Recuerdo lo que estuvo a punto de pasarte a ti, Curtis.
 --Todo esto es culpa mia, -dijo Curt ásperamente-. No debería de haber dejado ningún registro de ese viaje. Pero no me vi capaz de destruirlo. -Se detuvo, y luego continuó rápidamente-. Tenemos que detenerles. Lo que pueda tener en mente ese otro hombre, Herrick, no podemos saberlo. Pero Garrand es un fanático de la búsqueda del conocimiento, y se obsesionará con los instrumentos de los Vigilantes igual que hice yo. ¡Y no se detendrá donde yo lo hice!
 Ezra se puso en pie de un salto.
 --En menos de una hora tendrá detrás suyo a una flota de cruceros.
 --A estas alturas ya no le alcanzarían, Ezra. Sólo el Cometa podría lograrlo. Tenemos que llevar a cabo ciertos preparativos, y nos llevarán tiempo. Pero aún así, podremos alcanzarle.
 Se dio la vuelta, moviéndose rápidamente hacia la puerta como si cualquier actividad física le resultara un alvio para la tensión que sufría. Ezra le detuvo.
 --¡Espera, Curt! Déjame ir con vosotros. Sabes que tengo derecho, ya que se trata de un caso de robo y allanamiento de morada.
 Newton le miró fijamente.
 --No, Ezra. Sólo conseguiría quedar atrapado por el embrujo de esa cosa, igual que me pasó a mi. Igual que yo... No.
 La voz metálica de Simon intervino.
 --Deja que venga con nosotros, Curtis. Creo que podríamos llegar a necesitarle... que tu podrías necesitarle.
 Cruzaron una mirada, y, entonces, en silencio, Curt asintió.

 El Cometa regresó a la Luna a toda velocidad, con cinco pasajeros en lugar de cuatro. En las horas que siguieron, Las cerradas puertas del hangar del silencioso cráter Tycho no ofrecieron ninguna pista sobre la desesperada actividad que tenía lugar debajo de ellas. Pero, menos de veinticuatro horas después de su regreso de Urano, la nave dejó la Luna por segunda vez. Cruzó las diferentes órbitas planetarias como un prisionero en fuga que pasara a través de los barrotes, se detuvo un momento más allá de Plutón, para cambiar el tipo de propulsión, y luego desapareció en la oscura inmensidad del espacio exterior.
 
 

CAPITULO III

El Manantial




 El Cometa era una partícula, una mota, un diminuto destello de luz creado por el hombre, cayendo por el infinito. Por detrás de él, perdidos en algún lugar a lo largo de las orillas más lejanas de aquel mar sin luz, se hallaban el Sol y la Tierra, así como los puestos avanzados de las estrellas más familiares. Frente a él se hallaba la gran desolación de Sagitario, la intrincada jungla de estrellas que, a los ojos de cualquiera, parecía repleta de nebulosas y soles ardientes.
 Los cinco ocupantes de la nave estaban en silencio. Cuatro de ellos estaban inmersos en los recuerdos que tenían de la vez anterior que habían seguido ese mismo camino, con el sombrío conocimiento de qué era lo que iban a encontrar. El otro, Ezra Gurney, no encontraba palabras apropiadas para pronunciar. Era un astronauta veterano. De hecho, ya era veterano cuando nació Curt Newton. Conocía a fondo el Sistema Solar, desde Plutón a Mercurio, y conocía bien el brillo de las estrellas desnuda en mitad del espacio.
 Pero aquello era diferente... aquel viaje al espacio más profundo, aquella persecución más allá de las flotas y de las estrellas de los puertos conocidos, era algo que le superaba. En cierto modo, Ezra Gurney estaba muy preocupado. Ningún hombre, ni siquiera Curt Newton, podría haber contemplado aquel firmamento llameante sin sentirse un poco preocupado.
 El Cometa había penetrado en la región de las grandes agrupaciones de estrellas... Poderosas constelaciones de soles de ardían fulgurantemente, extendiéndose más allá del espacio y el tiempo, arrastrando interminables trenes de estrellas dispersas. Más allá, entre las agrupaciones de estrellas y sus largas colas de estrellas, brillaban las relucientes brumas de las nebulosas, estandartes de luz que se extendían a años luz por todo el firmamento, iluminadas por el la luz de los soles que habían capturado en su interior. Y más allá de todas ellas... de las nebulosas, las constelaciones y las estrellas... se alzaba la descomunal inmensidad negra de una nube de polvo cósmico.
 El alma de Ezra Gurney estaba totalmente sobrecogida. Los hombres corrientes no tenían nad que hacer en aquel campo de batalla de dioses enfadados. ¿Hombres? ¿Acaso los que le acompañaban eran hombres?
 --Un punto y cuatro grados de declinación, -sonó la voz metálica de Simon Wright desde el lugar en el que flotaba frente a un voluminoso instrumento.
 --Compuébalo, -dijo Curt Newton, y movió ligeramente los controles. Entonces preguntó-, ¿Polvo?
 --Definitivamente más alto que la media de densidad interestelar, -informó Otho, desde su puesto en un amplio panel de instrumentos-. Y se irá haciendo más denso conforme nos vayamos aproximando a la nube principal.
 Ezra les miró... a la caja flotante de metal que contenía un cerebro vivo, al nervioso androide que miraba al abismo del espacio con sus ardientes ojos verdes, y a la gigantesca e imperturbable masa metálica del robot.
 ¡No eran hombres, no! Se encontraba ahí fuera, en medio de las grandes profundidades del espacio, precipitándose hacia el secreto más poderoso del infinito, rodeado de criaturas inhumanas, excepto...
 Curt se dio la vuelta y le dedicó una breve sonrisa tranquilizadora. Y el pánico emergente de Ezra desaparecIó por completo. Al fín y al cabo, aquellos eran sus más viejos amigos, sinceros, y de una lealtad inquebrantable.
 Emitió un largo suspiro.
 --No me importa deciros que esto es demasiado para mi.
 --Pues lo peor está aún por venir, -dijo Curt incómodo-. No tardaremos en adentrarnos en la Nube principal.
 --¿La Nube?
 --La gran nube de polvo cósmico que rodea el Manantial. Ese polvo nace directamente del Manantial... y fluye, en mareas interminables a lo largo de todo nuestro vacío universo.
 --¿Hasta formar nuevos mundos?
 --Si. Weizsacker postuló esa parte del ciclo estelar hace ya mucho tiempo, en mil novecientos cuarenta, cuando formuló su teoría de la acumulación de polvo cósmico y la formación de nuevos planetas.
 Ante ellos se alzaba ahora una muralla de soles, que ardían como hornos ciclópeos mientras el Cometa, aparentemente, se precipitaba hacia ellos. Casi les parecía escuchar el repiqueteo del martillo y el yunque de las forjas cósmicas, mientras su diminuta nave se acercaba y pasaba entre los gigantes llameantes.
 A la derecha, más allá de una agrupación de estrellas, ardía una lejana nebulosa blanquecina. Pero, frente a ellos se alzaba una descomunal nube negra; mientras se acercaban a ella, parecía que se estuviera comiendo todo el universo con sus mandíbulas de horripilante oscuridad.
--No hay señales de ninguna otra nave en el exterior de la nube, -informó Otho fríamente-. Claro está, nuestros detectores no son capaces de penetrar en su interior.
 --Nos llevan demasiada ventaja, -dijo Curt con amargura-. Demasiados días. Garrand y el otro tipo ya deberían estar en el planeta de los Vigilantes desde hace algún tiempo.
 --A menos que los remolinos los hayan destrozado, -sugirió Otho.
 --Es un pensamiento alentador, -dijo Curt-. Pero si nosotros pudimos con los remolinos, ellos también podrán.
 Simon dijo:
 --Curtis, ¿No pensarás volver a entrar en la Morada de los Vigilantes?
 Curt Newton no le miró de frente.
 --Si Garrand ha entrado, tendré que ir a buscarle.
 --No tienes por qué hacerlo, Curtis. Lo haremos nosotros tres.
 Curt levantó un poco la mirada, con su bronceado rostro totalmente inmóvil e inescrutable.
 --¿No te fías de mi para manejar el Poder de los Vigilantes?
 --Ya sabes lo que te hizo antes ese Poder. Eso te corresponde decirlo a ti.
 Curt le miró directamente, y dijo con tozudez:
 --Me da igual. Pienso entrar a buscarle de todos modos.
 Ezra Gurney, intrigado por la tensión que había entre ellos, preguntó:
 --Quienes son esos Vigilantes?
 --Llevan muertos muchas Eras, -dijo lentamente Curt-. Pero, hace mucho, mucho tiempo, penetraron en el Manantial, conquistaron su secreto, y colocaron toda clase de instrumentos para controlar sus poderes. Es por eso por lo que hemos venido. Garrand no debe usar esos instrumentos.
 --Nadie debe usarlos, -dijo Simon.
 Curt no respondió a eso.
 Gurney, mirando hacia delante, contempló cómo la nube negra se ensanchaba por todo el universo de estrellas como la gran marea del destino, cubriendo lentamente la visión de los soles. "Un manto cósmico que encierra en su interior el mayor de los secretos cósmicos", pensó. Su negrura iba envolviendo brillantes estrellas, que pasaban a brillar débilmente a su través, como si fueran ojos moribundos.
 --Ese polvo, -dijo Simon-, es materia recién nacida, concebida por el Manantial y bombeada hacia afuera por la presión de la radiación, para que fluya por todo el universo.
 --Y el... el secreto en sí... ¿Está ahí dentro?
 --Si.

 No hubo un momento concreto en el que el Cometa se sumergió de repente en la nube. En lugar de eso, el polvo se fue haciendo cada vez más denso, hasta que, todo, alrededor de la nave, comenzó a convertirse en una especie de oscuro velo que la cubría por completo, excepto por el brillo de las estrellas, que penetraban en su interior como pequeñas ascuas de hogueras.
 La nave empezó a temblar como si hubiera entrado en una corriente espacial compuesta de un polvo más denso. Las planchas del casco, las vigas y los roblones, protestaron con ligeros crujidos, que se fueron haciendo cada vez más audibles. A una orden de Curt, todos se sentaron en sillas especiales de protección.
 --Vamos allá, -dijo Grag, quejándose en voz alta-. Recuerdo que la última vez casi me rompo todos los huesos del cuerpo.
 Otho se rió. Comenzó a pronunciar un comentario sarcástico, pero no tuvo tiempo de concluirlo.
 A Gurney le parecía que el Cometa estaba a punto de ser destruido. Los indicadores del panel de control bailaban enloquecidos y las sillas de protección gritaban por la presión, mientras la nave parecía mecerse al azar, empujada por unas gigantescas manos invisibles.
 No había nada que pudieran hacer, excepto continuar. Ni siquiera Curt podía hacer nada. El piloto automático y los estabilizadores deberían tener éxito, o estaban acabados. Los mecanismos funcionaban a duras penas.
 Una y otra vez, conseguían sacar a la pequeña nave del interior de las corrientes más violentas, para de nuevo sumergirla en ellas. Todo el casco de la nave comenzó a gruñir y a crujir, debido al constante incremento de la presión, y el susurrante golpeteo del polvo contra sus planchas creció hasta convertirse en un rugido.
 Ezra Gurney se sintió aterrorizado. Había visto muchas cosas y había viajado muy lejos. Pero, ahora, sentía como el universo se hubiera vuelto una criatura sentiente y hostil, y, con ira, estuviera expulsándoles de su corazón oculto, de su secreto más supremo.
 Pero el Cometa continuó avanzando, infatigable, impulsado por su propia consciencia mecánica, hasta que el polvo comenzó a hacerse más tenue, aunque aún remolineara en terribles corrientes y estuviera cargado de radiación. Y entonces, más adelante, Ezra vislumbró un vasto espacio vacío en el interior de la densa negrura de la nube. Y, a lo lejos, en aquel espacio interior, alzándose en gigantesco esplendor...
 --¡Buen Dios! -dijo Ezra Gurney, y no era una expresión cualquiera, sino una oración-. Entonces, eso... eso...
 Los ojos de Curt Newton se iluminaron con brillo extraño.
 --Si... eso es el Manantial.
 El espacio vacío que había en lo más denso de la nube era muy vasto. Y, en su parte central brillaba la masa de una enigmática gloria... una colosal y deslumbrante espiral de radiación blanca. Sus brazos curvos abarcaban decenas de millones de kilómetros y desprendían destellos de radiación cósmica que se perdían más allá de la vista. ¡El corazón latiente del universo, una fiera bomba que propagaba la semilla de los mundos, el asombroso epicentro del cosmos! Enmascarado por la densa nube negra de su propia creación, a salvo tras las corrientes de sus terribles remolinos y por las mareas salvajes de la materia recién creada, centelleaba a través de millones de kilómetros de espacio, con forma de nebulosa en espiral, girando como un remolino, y propagando su simiente hasta los lugares más recónditos de la galaxia.
 Y Ezra Gurney, al contemplar aquella visión mística y gloriosa, sintió que los ojos del hombre no habían sido creados para ver algo así, y que sus mentes no estaban preparadas para comprender aquel resplandeciente Manantial.
 -¡No me diréis..., -susurró-, no me diréis que vamos a meternos ahí dentro!
 Curt Newton asintió. Poseía de nuevo aquella extraña mirada, una mirada casi mística, como si fuera capaz de ver más allá de las maravillas y de la gloria del Manantial, hasta su corazón más interno y secreto, y al mirar ahí dentro hubiera contemplado las leyes ocultas que manejaban su destino.
 --Si, -dijo Curt-, vamos a entrar ahí. -Se inclinó hacia delante, para operar los controles; su rostro estaba bañado en la radiación mística, de modo que no parecía su cara habitual, sino la faz de un ser a mitad de camino de la divinidad, con aquel extraño resplandor brillando en sus ojos.
 --¿Ves cómo funciona, Ezra? -Preguntó-. Rota alrededor de su eje, como una gran centrifugadora, succionando en el acto la energía de los Soles y propagándola en corrientes de una fuerza incalculable, hasta que, de un modo absolutamente inconcebible, esa energía se coagula en electrones y protones, que son expulsados en interminables corrientes desde el centro del vórtex.
 "Todos ellos forman este extraño firmamento que cubre el vacío alrededor del Manantial. Entonces, al alejarse aún más, se combinan para formar los átomos del polvo cósmico. La presión de la radiación los obliga a cruzar la galaxia. Y a partir de ellos se forman los nuevos planetas.
 Ezra Gurney se estremeció. Permaneció en silencio.
 --¡Curtis! -Simon habló en alto, y en voz había una especie de aviso que hizo que Curt Newton se enderezara, reclinándose en su asiento, y y volviendo su atención a los controles del Cometa. Su rostro estaba tenso, y su mirada velada.
 Y la nave prosiguió su avance a través de aquel inmenso vacío, en el corazón de la nube oscura. Y, pese a su enorme velocidad, parecía como si sólo pudiera arrastrarse muy lentamente... hacia aquel nebuloso círculo de radiación. Unas llamaradas pálidas bailaron alrededor del casco de la nave, incrementando su luminosidad hasta que el metal quedó cubierto por un velo de llamas, tenues, frías, y que parecían poseer una inquietante cualidad vital. El Cometa poseía un escudo doble contra la radiación, pero aún así, Ezra Gurney podía sentir en su propia carne los ecos de aquella fuerza terrible.
 Los llameantes brazos del Manantial fueron haciéndose cada vez más anchos en el espacio. La radiación se hizo más densa, hasta convertirse en un resplandor sobrenatural que traspasaba los párpados. La nave comenzó a ser sacudida por sutiles temblores, mientras los extremos más alejados de las corrientes comenzaban a chocar contra su casco.
 Ezra cerró la boca con fuerza para impedirse gritar. En una ocasión había viajado muy cerca del Sol, y había mirado en las profundidades de aquel horno atómico que a punto estaba de engullirle. En aquel entonces, no había sentido ni la décima parte del miedo que ahora sentía.
 Cerrando ligeramente los ojos para protegerse del resplandor, pudo vislumbrar la esfera central a partir de la cual nacían los brazos en espiral... un gigantesco vórtex de fuerza llameante, la piedra angular de toda la galaxia. El Cometa se dirigía directo hacia ella, y no había nada que pudiera hacer para evitarlo, nada...
 Curt condujo la nave entre dos de aquellos brazos en espiral. Las ondulantes mareas, los torrentes de energía les atraparon, arrastrándoles a la deriva, como una hoja en una tempestad cósmica, hacia el centro de uno de esos brazos curvos que ardían y existían junto a las llamas últimas del infierno. Y Curt luchó con los controles, volviendo a estabilizar el aparato, y obligándole a avanzar sin descanso...
 La esfera central de fuerza parecía aguardarles como un muro de fuego, mucho más altas que el firmamento espacial; y, entonces, entraron en ella. Era como si un millón de Soles hubiera explotado. La fuerza y el fuego atraparon al Cometa y lo arrastraron en medio de una violencia ciega y terrible. Ezra se debatía en su asiento medio inconsciente pensando que había realizado un viaje muy, muy largo, para morir al fín. Ninguna nave, ningún cuerpo, podría resistir mucho tiempo a algo así.
 Las fuerzas centrífugas cósmicas podían hacer trizas su substancia, pulverizarla hasta convertirles en átomos, y, entonces, junto al resto de los átomos, enviarles a unirse con el polvo negro, para comenzar el intemporal peregrinaje a través del vacío del espacio, para participar al fín en los cimientos de algún nuevo mundo, alrededor de un Sol alienígena. Humano, robot y androide, al final todos serían la misma materia.
 De repente, el Cometa se vio libre de aquella infernal tempestad de luz y fuerza, y emergió a un espacio tranquilo. Estaban en un espacio enclavado en la esfera central del mismo Manantial, un punto en calma en el mismísimo centro de una tormenta cósmica.
 Aturdido, medio atontado, Ezra escuchó cómo Simon decía:
 --Allí dentro, en el centro, sólo hay un planeta... el mundo de los Vigilantes, donde...
 Curt Newton, inclinado hacia delante, le interrumpió con un grito extrañamente bajo.
 --¡Simon, mira! ¡Mira! Ahora hay otros mundos aquí... mundos, Soles y...
 Su voz parecía debilitada por una sorpresa y un terror demasiado grandes para ser reprimidos.
 Ezra se debatió desesperadamente para recuperar el uso de sus deslumbrados ojos. Cuando empezó a recobrar la vista, también él miró ansiosamente hacia delante. Al principio, lo que vio no le pareció tan aterrador. Allí, en medio del amplio espacio en calma, en el corazón del Manantial, había una docena de Soles y planetas.
 ¡Soles de rubí, ardiendo como sangre nueva, Soles verdes blancos y de un sombrío color dorado oscuro! ¡Planetas y lunas, mutando a su vez, orbitando alrededor de los cambiantes Soles en interminables oleadas! ¡Cometas que trazaban su rumbo entre los planetas, lluvias de meteoros viajando entre ellos, como en una fantasmagoría astronómica, y todo ello enclavado en un espacio comparativamente pequeño!
 --Pero si habéis dicho que aquí no había ningún planeta, excepto uno..., -comenzó a decir Ezra, aturdido.
 --No había ninguno. -El rostro de Curt estaba mortalmente pálido, y algo pareció golpear el corazón de Ezra-. No había ninguno, a excepción de ese pequeño planeta azul de ahí... solo ese.
 Ezra lo contempló en el centro de aquella constelación tan extraña y compacta... un pequeño planeta azul que, geométricamente, era una esfera perfecta.
 --El poder de los Vigilantes se encuentra allí... los instrumentos con los que se puede controlar y manipular el mismísimo Manantial, -decía Curt con voz ronca-. Y Garrand lleva allí varios días, con esos intrumentos.
 Ezra Gurney comenzó a comprender... una comprensión tan monstruosa que su mente se negó a aceptarla.
 --Quieres decir que Garrand...
 No pudo terminar la frase; no fue capaz de decirlo. No era algo que pudiera pronunciarse en un universo cuerdo.
 Fue Curt Newton quien lo dijo.
 --Garrand, al manipular el Manantial, ha creado los Soles, los planetas, los cometas y los meteoros de esa nueva constelación. Ha caído víctima de la vieja ambición, la más fuerte de todo el universo...
 --¡Al igual que tu mismo caiste una vez! -Le avisó Simon Wright.
 --¿Puede un hombre hacer planetas? -Ezra se sintió enfermo y sobrecogido-. Curt, no... esa cosa...
 --¡El que controla el Manantial puede crear a voluntad! -Exclamó Curt-. ¡Y uno puede controlarlo gracias a los instrumentos de los Vigilantes!
 Una especie de locura parecía haberle poseido. Bajo sus manos, el Cometa aceleró hasta una velocidad increible. Ezra le escuchó hablar, pero no supo si se dirigía a los demás o a si mismo.
 --¡Ha de haber un equilibrio de fuerzas... siempre un equilibrio! Y no puede ser ignorado durante demasiado tiempo. Los Vigilantes dejaron un aviso, un aviso bien claro, y muy amenazador.
 La nave viró para dirigirse al pequeño y distante planeta azul, esquivando salvajemente aquellas estrellas impías, y los planetas y cometas cuya creación había sido una blasfemia contra la naturaleza del universo.
 


CAPITULO IV

El Poder de los Vigilantes


El planeta azul resplandecía a la luz de la monstruosa aurora, como una joya perfecta, sin ningún tipo de elevación, ni cordillera montañosa natural que rompiera su exquisita simetría. Su superficie mostraba un lustre que a Ezra le recordó a la porcelana, con el profundo tono del lapislázuli pulido.
 --Los Vigilantes crearon este mundo hace mucho tiempo, -dijo Curt-. Lo crearon a partir de las fuerzas del Manantial, y se convirtió en su puesto avanzado en este universo, desde el cual estudiaron los secretos de la creación. Incluso existe una ciudad...
 El Cometa redujo su velocidad al orbitar las llanuras del planeta. Durante un tiempo, no vieron nada excepto una sencilla extensión de color azul... ¿Qué podía ser.... roca, cristal, o algún tipo de substancia totalmente nueva en el universo? Por encima de ellos, los pequeños soles, con sus planetas, orbitaban y brillaban, acompañados por el fuego de los cometas... y, por encima de ellos, se observaba el dorado firmamento del Manantial. El rostro de Curt, dirigido hacia el horizonte azul, estaba intensamente pálido y, de algún modo, parecía tocado con una cualidad alienígena.
 --¡Allí esta! -Exclamó Otho, y Curt asintió. Frente a ellos se observaban los extremos de unas esbeltas espirales, centelleando por la luz de sus muchas caras, y componiendo una red de radiación luminosa que recordaba a ese aura que en ocasiones se ve en los sueños. Las torres en espiral se alzaban con graciosa majestad, componiendo la forma de una ciudad. Los muros del mismo azul traslúcido, unían unas torres con otras, y, en el centro, elevándose por encima de todas ellas, había una ciudadela, un edificio con forma de catedral tan enorme y delicado como aquellos castillos que, en ocasiones, en la Tierra, llegaban a alcanzar la parte baja de las nubes. Pero aquela ciudad, enorme y maravillosa, estaba muerta. Los muros, las calles, las altas arcadas que conectaban los niveles superiores de las torres... todo estaba en silencio y desierto.
 --La nave de Garrand, -dijo Curt, y Ezra la vio sobre la llanura que había al lado de la ciudad, un intruso feo y oscuro en medio de aquel mundo, que no había sido concebido para los hombres.
 Curt hizo descender al Cometa hasta colocarse al lado de la otra nave. En aquel planeta había aire, pues los Vigilantes también habían sido una especie respiradora de oxígeno, a pesar de que no eran humanos. La exclusa de la nave de Garrand estaba abierta, pero Curt no pudo percibir el menor movimiento ni señal de vida.
 --Parece desierta, -dijo-, pero será mejor que nos aseguremos.
 Ezra se puso en pie. Salió de la nave junto a los demás, y, de algún modo, el mero acto de moverse y la posibilidad de hacer frente a un peligro humano y comprensible, le resultó un alivio, casi un placer. Caminó junto a Curt, con Otho detrás de él. Sus botas resbalaban ligeramente sobre el suelo pulido de cristal. Aparte de sus pisadas, no escucharon el menor sonido. La ciudad estaba quieta y silenciosa.

 Entraron por la exclusa de aire abierta de la otra nave. No les parecía que hubiera nada que temer, pero se movieron con la precaución nacida de un largo hábito. Ezra se dió cuenta de que estaba expectante, ansioso de acción, deseoso de atacar. Necesitaba algún tipo de válvula de escape para los terrores que habían nacido en su interior durante aquel vuelo al corazón del universo. Pero los estrechos pasillos de la nave estaban vacíos, y no había nada acechando al otro lado de las puertas.
 Entonces, en la cabina principal, se encontraron a un hombre.
 Estaba sentado sobre el lecho acolchado que formaba la parte superior de varios contenedores, a lo largo de una pared. Cuando entraron, no se movió, excepto para levantar la cabeza y mirarles. Era un hombre grande, de una casta que Ezra Gurney conocía muy bien, pues había luchado contra ellos durante toda su vida, y por todo el Sistema Solar. Pero su rudeza parecía haberle abandonado. Las marcadas líneas de sus rasgos se habían suavizado, quedando lacias, y sus ojos sólo mostraban miedo y desesperación. Había estado bebiendo, pero ya no estaba borracho.
 --Llegáis demasiado tarde, -dijo-. Ya es demasiado tarde.
 Curt se plantó delante suyo.
 --Usted es Herrick, -dijo-. ¿Está solo?
 --Oh, si, -dijo Herrick-. Estoy solo. Me acompañaban Sperry y Forbin, pero ahora están muertos. -Herrick no se había afeitado en varios días. La barba incipiente de su mandíbula se había teñido de canas. Levantó una mano para rascarse la barbilla, y los dedos le temblaron-. Yo no debería estar aquí en este momento, -dijo-, pero no puedo navegar yo solo a través de esos remolinos. No sería capaz de conseguir llegar yo solo a la Tierra. Ya no puedo hacer nada, salvo sentarme y esperar.
 --¿Donde está Garrand? -Dijo Curt.
 Herrick se rió. No fue una risa agradable.
 --Ya sabéis donde está. Id ahí dentro a por él, si queréis. Haced que salga. Así es como murieron Sperry y Forbin, intentando hacerle salir. Yo mismo, no sé ni por qué estoy vivo. Y no sé por qué quiero seguir con vida después de lo que he visto.
 Se puso en pie. Le resultaba difícil mantenerse levantado. Era como si el miedo le hubiera devorado los huesos de sus entrañas, disolviendo la fuerza de sus músculos y dejándole convertido en un mero cascarón vacío, un receptáculo lleno de terror. Al mirarles, sus ojos parecieron arder.
 --Ya sabéis quién soy, -dijo-. Conocéis a los de mi calaña. Ya supondréis por qué acompañé a Garrand en su búsqueda del secreto del Manantial, y lo que esperaba conseguir después de eso. No me figuraba que Garrand pudiera llegar a convertirse en un estorbo. Es cierto que necesitaba su cerebro, sus conocimientos, pero ya llegaría el momento en el que dejaría de necesitarlos. -Hizo un gesto, como si estuviera aplastando a un insecto en su mano-. Tan fácil como esto. -Empezó a reir de nuevo, pero la suya, más que una risa, parecía un sollozo.
 --¡Basta ya! -Dijo Curt y Herrick se calló, obedientemente. Miró a Curt como si se le acabara de ocurrir algo importante, como si un pensamiento hubiera logrado abrirse camino a través de la telaraña de pavor que nublaba su mente.
 --Tu puedes hacerme salir de aquí, -dijo. No había ni rastro de amenaza en su voz; tan sólo era una súplica... la voz de un hombre atrapado en unas arenas movedizas, que grita pidiendo ayuda-. No tiene sentido entrar ahí en pos de Garrand. Morirá allí dentro de todos modos. No comerá ni dormirá... ahora está más allá de todas esas cosas... Pero, piense lo que piense, sique siendo humano, y morirá. ¡Vámonos! ¡Entremos en tu nave y vayámonos!
 --No, -dijo Curt.
 Herrick volvió a sentarse en el improvisado catre.
 --Claro que no, -susurró-. No serás capaz de irte. Tu estás tan loco como él.
 Simon dijo:
 --Curtis...
 Había permanecido en un sombrío segundo plano, escuchando, pero ahora avnazó, hablando, y Curt se volvió hacia él.
 --¡No! -Dijo otra vez-. ¡No puedo irme de aquí dejando allí a ese loco, para que juegue hasta la muerte con las fuerzas del Manantial!
 Simon quedó un momento en silencio, y luego dijo:
 --Hay algo de verdad en lo que dices, pero sólo es una parte. Y lo lamento mucho, Curtis... pues yo mismo no soy más inmune a esta locura de lo que lo eres tu. Puede que incluso sea aún más vulnerable que tu.
 "Yo me quedaré aquí fuera, con Grag, para vigilar a Herrick y a las naves. -Sus lentes oculares se posaron en Ezra Gurney-. Creo que tú, de entre todos nosotros, eres el que con más fuerza podrá resistir este embrujo. Tu eres como Herrick, un hombre que se abre paso con la fuerza de sus manos... y Herrick, que había venido aquí a robar el secreto, sólo sintió terror cuando lo encontró.
 No dijo nada más, pero Ezra sabía a qué se refería. Simon estaba poniendo a Curt Newton en sus manos, para que le salvara de una cierta clase de destrucción que Ezra no entendía del todo.
 Ezra notó como si su corazón se quedara helado, y como si su estómago estuviera enfermo, y deseó no haber salido de la Tierra.
 Curt le dijo a Herrick:
 --Vaya usted a mi nave y espéreme. Cuando nos vayamos, usted vendrá con nosotros.
 Herrick sacudió la cabeza. Levanto la mirada lentamente hacia Curt Newton, y volvió a bajar los ojos. Dijo entonces:
 --Tu nunca te irás de aquí.
 Ezra salió de la nave junto a Curt y Otho, lamentando que Herrick hubiera pronunciado aquellas últimas palabras.
 Una vez más, caminaron por la planicie de hierba azulada y cristalina, en esta ocasión hacia los muros de la ciudad, y hacia el gran portón de entrada que la franqueaba. Las hojas del portalón estaban abiertas y tenían el aspecto de no haber sido cerradas o tocadas durante más Eras de las que Ezra pudiera llegar a imaginar. Otho y él pasaron a través suyo, siguiendo a Curt.
 Más allá, a poca distancia de ellos, se alzaban dos esculturas oscuras, enfrentadas, bordeando el camino. Ezra las contempló, conteniendo la respiración.
 --¿Son los Vigilantes? -Susurró-. Pero ¿De donde venían? ¿Como eran?
 Otho dijo:
 --Provenían de otro universo. Simon piensa que pueden haber sido licuescentes, debido a la estructura informe de sus cuerpos.
 Cada una de esas figuras amorfas parecía mirarles con dos ojos redondos y amarillos, que absorbían la luz dorada del cielo, y que parecían dotados de una vida extraña e intranquilizadora.
 Ezra se estremeció, apresurando el paso, mientras observaba las extrañas inscripciones que había en las bases de las estatuas. Supuso que debían tratarse de las advertencias que Curt mencionara antes, y no sintió deseos de acercarse demasiado a ellas.
 --Id con cuidado, -dijo Curt-. Aquí han muerto ya dos hombres. Tenemos que acercarnos a Garrand todo lo que podamos, antes de que se dé cuenta de que estamos aquí.
 --¿Donde está? -Preguntó Ezra, pues la ciudad estaba absolutamente muerta y silenciosa. Curt señaló hacia la ciudadela.
 --Allí dentro.
 Avanzaron tan silenciosamente como les fue posible, a través de la calle azul traslúcido. Por encima de ellos, las esbeltas agujas en espiral producían suaves notas musicales cuando el viento las rozaba, haciendo que los cristales murmuraran como una especie de arpas alienígenas. El deslumbrante castillo se alzaba ante ellos, y las extrañas estrellas brillaban en el cielo dorado. Ezra Gurney estaba muy asustado.
 Había un portal, alto y sencillamente confeccionado, con un símbolo desconocido tallado en lo alto. Pasaron a su través, caminando suavemente, y se detuvieron en el interior de una vasta bóveda de catedral, que parecía apoyarse en lo alto de los muros, pero a una altura que se perdía de vista en el horizonte dorado; entonces, Ezra se dio cuenta de que estaba abierta al cielo.
 El suelo era de la misma substancia azul que había en el resto de la ciudad, y, en el centro, bajo la bóveda abierta, había un descomunal bloque oblongo, casi como un gigantesco altar, excepto porque su parte superior estaba coronada por centenares de pequeñas teclas resplandecientes. En la parte de abajo de aquel bloque estaba Garrand. Pero no miraba hacia allí, ni hacia los dos hombres y el androide que acababan de entrar. Miraba hacia arriba, a aquel cielo distante, y a través de la apertura, Ezra pudo ver el brillo de las estrellas. Garrand sonreía.
 Curt Newton cruzó la estancia hacia él.
 --No te acerques más, -dijo Garrand suavemente-. Quédate donde estás... ya es lo bastante cerca.
 Curt se detuvo. Otho había empezado a rodear la curva de la pared muy lentamente, como una sombra esquiva. Ezra permaneció a un lado, un poco por detrás de Curt.
 Garrand se giró hacia ellos, y, por primera vez, Ezra pudo verle la cara con claridad. Estaba mortalmente pálido, y sin afeitar; sus pómulos y mejillas estaban hundidos por el hambre y el cansancio, y sus ojos oscuros ardían; había en ellos una belleza que nunca antes los había tocado... algo sublime, glorioso y calmado, como cuando un mar está en calma, o un río está helado, con el potencial de la destrucción durmiendo en su interior. Y Ezra comprendió entonces el peligro del que había hablado Simon al referirse a Curt. Ahora lo entendía: entendía lo que el poder que allí moraba podía hacerle a un hombre.
 --Así que, después de todo, me has seguido, -dijo Garrand-. Bueno, ahora ya no importa. -Caminó hasta el otro lado del bloque que parecía un altar, de modo que éste se interpuso entre él y Curt.
 Con gran calma, Curt dijo:
 --Tienes que salir de aquí, Garrand. Tienes que dejar esto, aunque sólo sea por un tiempo. Ya lo sabes. Sólo eres humano.
 --¿Lo soy? -Rió Garrand. Su mano acarició suavemente el banco de pequeñas teclas resplandecientes-. ¿De verdad lo soy? Lo fui una vez. Era un pobre físico que pensaba contribuir con conocimientos científicos de suprema importancia, y empeñé y arriesgué mi vida para venir aquí, en busca de más conocimientos. -Su mirada se iluminó-. ¡Vine buscando un secreto científico, y he encontrado la fuente de la Divinidad!
 --¿Así que ahora, por el hecho de estar embriagado por los poderes de los Vigilantes y por controlar el Manantial, te crees que eres un Dios? -El tono de Curt era irónico, pero Ezra se dio cuenta de la amargura que se mostraba en las arrugas de su frente.
 Garrand no se sintió ofendido. Estaba recubierto por una emoción egocéntrica tan colosal, que se limitó a sonreir blandamente, y dijo:
 --Podéis iros... todos vosotros. Me desagrada esta charla. Me desagrada tanto que no dudaré en desencadenar la destrucción aquí dentro si no os vais ahora mismo.
 Sus dedos habían dejado de estar tensos, y descansaron sobre ciertas teclas. Ezra Gurney sintió un lento estremecimiento. Roncamente, susurró:
 --Vas a tener que matarle, Curt.
 Sabía perfectamente la increible velocidad con la que Newton podía desenfundar y disparar el arma de su cinturón. Pero Curt no se movió.
 --¿Crees que puedo disparar sin alcanzar también esa consola de control? -Murmuró Curt-. La velocidad de Otho es nuestra única posibilidad.
 Levantó la mano, con los dedos extendidos. Dijo en voz alta:
 --Garrand, te lo advierto...
 Su gesto tenía una doble función. No sólo tenía por objeto atraer la atención, sino que también había sido una señal. Una señal que envió a Otho hacia el altar oblongo.
 La portentosa velocidad del androide, la velocidad de reacción de sus nervios y músculos que no eran humanos, hacían que los movimientos de Otho no resultaran más que una mancha borrosa para la vista. Pero Garrand lo vio, y, con un grito bajo, apretó las teclas.
 Al momento siguiente, el aire que rodeaba a Ezra pareció cargarse de repente con un terrible poder. El firmamento dorado que le rodeaba comenzó a hacerse más denso, a oscurecerse, todo en un suspiro. Sintió la inminente materialización de un agente destructivo, formado a partir de la matriz de fuerza que tenían delante.
 A través del denso aire, vislumbró a Otho, arrastrando a Garrand lejos del altar. Vio cómo Curt saltaba hacia delante, con el rostro desesperado, y cómo volvía a levantar las teclas apretadas. Y Ezra sintió que la sombría fuerza que le rodeaba, ya casi materializada, volvía a mezclarse con la nada.
 --¿Qué era eso...? -Balbuceó, aún paralizado por el pánico.
 --La Muerte, -dijo Curt-. Aunque la forma que iba a adoptar... ¿Quién lo sabe, aparte de Garrand? De cualquier modo, ya ha pasado. -Su voz era insegura, y sus manos acariciaban las teclas suavemente. Miró hacia abajo. Garrand, mientras tanto, se había desplomado en brazos de Otho.
 Al principio, Ezra pensó que estaba muerto, pero luego reparó en la tenue respiracIón, y en el débil movimiento de sus labios.
 --Está exhausto, y totalmente desnutrido, -dijo Curt-. Demasiada presión. Ya estaba casi en las últimas cuando llegamos aquí. Llévale a la nave, Otho, y que Simon cuide de él.
 Otho levantó sin esfuerzo al hombre inconsciente, pero no se movió.
 --¿Tu no vienes, Curt?
 --Aún no. -Miró hacia arriba, a través de la apertura del techo, a las brillantes estrellas que centelleaban allí donde no debería de haber ninguna-. No puedo dejar así este desequilibrio en pleno corazón del Manantial. Los Vigilantes fueron muy cuidadosos en ese punto. Construyeron un único y diminuto planeta en el centro exacto de la corriente, donde no pudiera estorbar. Pero todas estas creaciones de Garrand... No me atrevo a dejarlas allí, Otho.
 Aún así, Otho siguió sin moverse, y Curt dijo:
 --Vete, Otho. Garrand necesita atención médica.
 Lenta y reluctantemente, el androide se dio la vuelta, y, al hacerlo, lanzó a Ezra una mirada de advertencia, una mirada de súplica. Luego se fue, llevándose a Garrand consigo. Curt Newton se inclinó sobre las teclas.
 --No me he olvidado de cómo se hace, -susurró para si mismo-. ¿Cómo podría nadie olvidar...?
 Tocó las centelleantes teclas sin llegar a apretarlas, rozándolas sólo suavemente, y sintiendo el poder que había en su interior, el poder inimaginable del control de la materia.
 Ezra habló con voz ronca.
 --¿Qué es lo que vas a hacer?
 Curt miró hacia arriba, al firmamento dorado... aquellos pequeños soles sembraban el caos en aquella fuente cósmica, en la que sólo podía tner cabida la semilla básica de la materia.
 --Observa, -dijo-. Voy a disolver lo que Garrand creó.
 Ezra observó. Lenta y cuidadosamente, Curt fue apretando una cierta combinación de teclas, y, alrededor de una estrella de rubí, una serie de ondas y de bandas de fuerza dorada comenzaron a brillar como débiles auroras. Crecieron, fortaleciéndose, y se convirtieron en haces de electrones puros, inyectando su substancia en el interior del pequeño Sol.
 Ezra se protegió los ojos con las manos, pero no lo bastante pronto. La estrella se había convertido en una nova, pero, en cuestión de un segundo, alcanzó el estado final de las novas. La furia de la fuerza de los electrones la hicieron disolverse hacia fuera, provocando un vórtice universal de tal fuerza, que todos los fragmentos de los átomos en explosión regresaron a la nube principal. La estrella de rubí había dejado de existir, y sus planetas se habían desvanecido junto a ella.
 Con más rapidez ahora, y con mayor seguridad, las manos de Curt se movieron por entre las teclas. Y Ezra Gurney se refugió tras el altar, cegado, confuso, sobrecogido por las salvajes explosiones de la materia distante, seleccionada y luego disgregada.
 Nunca llegó a saber cuanto tiempo pasó allí, agazapado, mientras las grandes luces estallaban en el firmamento, y el gran martillo cósmico golpeaba sin cesar. Pero, al fín, llegó un momento en el que todo quedó en calma; levantó la mirada y vio a Curt, allí plantado, con las manos inmóviles sobre las teclas, y la cabeza vuelta hacia el cielo, para poder observar el cielo con detalle.
 Le habló, pero Curt no le respondió. Le tocó el hombro, y volvió a hablarle, pero era como hablar con una estatua, excepto por que, bajo sus dedos, podía sentir los ligeros temblores de la endurecida carne de Curt. Estaba temblando.
 --¡Curt! -Exclamó. Y Curt, muy lentamente, bajó la cabeza y le miró, con una especie de asombro en los ojos, como si ya se hubiese olvidado de Ezra Gurney.
 --¿Ya has acabado, Curt?
 --Si. Ya está hecho.
 --Entonces vámonos.
 La mirada de Newton, una mirada extraña que no reparaba en las cosas insignificantes como los hombres, sino que escrutaba las grandes distancias, descansó en las teclas, y, una vez más, en el firmamento.
 --En un momento, -dijo-. Sólo un momento.
 Sus mejillas se tiñeron de un color encarnado, mientras que el resto de su cara adoptaba un blanco marfileño. Ezra vio en él el comienzo de la exaltación, esa terrible belleza que había marcado el rostro de Garrand. Curt sonrió y los nudillos de sus manos se movieron delicadamente, mientras pasaba los dedos por las teclas.
 --Los mundos que podría crear..., -susurró-. Garrand no era más que un pobre hombre. Yo podría crear cosas como jamás se han soñado.
 --¡Curt! -Gritó Ezra presa del pánico-. ¡Vámonos de aquí! -Pero su voz chocó contra una barrera de sueños, y Curt susurró muy suavemente:
 --No los dejaría, claro. Los disolvería luego. Pero podría crear...
 Sus dedos comenzaron a apretar una combinación de teclas. Ezra miró hacia abajo, a sus viejas y encallecidas manos, y supo que no era lo bastante fuerte como para poder con él. Miró su arma, y se dio cuenta de que no iba a ser capaz de usarla bajo ningún concepto. Mientras buscaba desesperadamente un modo de penetrar en esa barrera de sueños, gritó:
 --¿Podrías crear otra Tierra?

 Durante un momento, no estuvo seguro de que Curt le hubiera escuchado; no estaba seguro, pues parecía estar más allá de los sentidos. Entonces, los ojos de Curt mostraron una mirada vagamente asombrada, y dijo:
 --¿Qué?
 --¿Serías capaz de crear otra Tierra, Curt? ¿Podrías poner allí sus montañas, sus mares, contruir sus ciudades y poblarlas de hombres y mujeres, y crear las voces y los llantos de sus niños? ¿Podrías crear otro Otho, otro Grag u otro Simon?
 Lentamente, Curt bajó la vista hacia sus dedos, ansiosos por pulsar las teclas, y su rostro expresó una especie de horror. Apartó las manos bruscamente, y se dio la vuelta, dándole la espalda al altar. Parecía enfermo y avergonzado, pero su rostro ya no estaba ensombrecido por los sueños, y Ezra volvió a respirar tranquilo.
 --Gracias, Ezra, -dijo con voz ronca-. Y ahora, vámonos. Vámonos mientras aún puedo...

 La Nube Negra se hallaba ya detrás de ellos, y el Cometa se alejaba de ella como si estuviera huyendo, regresando a las constelaciones normales, que no incluían ningún terror como el que acababan de aforntar. Curt Newton se sentaba en silencio frente a los controles, y su expresión era tan sombría que Ezra Gurney no se atrevió a dirigirle la palabra.
 Ezra miraba hacia delante, porque no deseaba contemplar la parte trasera de la cabina principal. Sabía muy bien que lo que Simon estaba haciendo allí detrás era algo inofensivo y absolutamente necesario, pero había en ello algo tan antinatural que no deseaba ver cómo era llevado a cabo.
 Miró una vez hacia atrás, y vio a Simon flotando sobre un extraño proyector, que Grag y Otho habían colocado sobre las cabezas de los inconscientes y drogados Garrand y Herrick. Volvió a apartar la vista rápidamente.
 Continuó junto a Curt, sin decir palabra, observando cómo giraban las enormes constelaciones, hasta que al fín, Simon Wright se acercó flotando hasta la cabina de control.
 --Ya está hecho, -dijo Simon-. Garrand y Herrick no se despertarán hasta dentro de unas horas. Y cuando lo hagan, no se acordarán de nada.
 Curt le miró fijamente.
 --¿Estás seguro de que les has borrad otodos los recuerdos que tenían acerca del Manantial?
 --Absolutamente seguro. He usado el escáner para bloquear todos los esquemas de memoria que tenían que ver con ese punto... y lo he comprobado, preguntándoles mediante hipnosis. No saben absolutamente nada del Manantial. Tendrás que inventarte una historia para contarles.
 Curt asintió.
 --Los recogimos ahí fuera, en el espacio profundo, cuando su nave naufragó mientras estudiaban los rayos cósmicos. Eso encajará con las circunstancias del rescate... nunca dudarán de ello.
 Ezra se estremeció un poco. Incluso ahora, eso de borrar una parte de los recuerdos de uno, de llevarse para siempre una parte de su experiencia, le parecía algo espantoso.
 Curt Newton notó su estremecimiento y lo comprendió. Dijo:
 --No les hemos hecho ningún daño, Ezra... y es necesario.
 --Muy necesario, si queremos que el secreto del Manantial no se vuelva a ver comprometido otra vez, -dijo Simon.
 Hubo un momento de silencio, mientras la nave avanzaba con rapidez a través de la negrura del espacio. Ezra contempló que las sombras del rostro de Newton se hacían más profundas, mientras miraba aquella desolación de Soles y nebulosas, en dirección al lejano Sol de la Tierra.
 --Pero, algún día, -dijo Curt lentamente-, quizás no muy lejano enel futuro, habrá muchos hombres capaces de viajar esta distancia a través del espacio. Tarde o temprano encontrarán el Manantial. ¿Y entonces qué?
 --Cuando ocurra, ya no estaremos aquí, -dijo Simon.
 --Pero lo harán. ¿Y qué pasará cuando lo encuentren?
 Simon no tenía respuesta para eso, y tampoco Ezra Gurney. Y Curt volvió a hablar, con la voz marcada por la fatalidad.
 --A menudo he pensado que la vida, la vida humana, la vida inteligente, es tan sólo un agente letal y nocivo, para el que el sistema estelar posee su propio sistema de defensa, asegurando su destrucción mediante un ciclo cósmico mucho más vasto y extraño de lo que nadie ha soñado jamás. Veamos... las estrellas y los planetas nacen a partir de la nada primordial, y luego se enfrían; y al enfriarse, esos mundos engendran vida, y la vida crece, hasta alcanzar elevados niveles de inteligencia y poder, hasta que...
 Al detenerse, los labios de Curt adoptaron una mueca de ironía, y entonces continuó:
 --¡... hasta que la vida de ese mundo se hace lo bastante inteligente como para interponerse en las energías del cosmos! Y cuando eso ocurra ¿No es inevitable que los falibles mortales empleen esas energías de un modo tan desastroso que finalmente destruyan sus propios mundos y estrellas? ¿No serán la vida y la inteligencia tan sólo una semilla mortal plantada en cada universo... una semilla que, inevitablemente, acabará destruyendo ese universo?
 Simon dijo lentamente:
 --Ese es un pensamiento terrible, Curtis. Y me niego a considerar que sea tan inevitable. Hace mucho tiempo, los Vigilantes encontraron el Manantial, y aún así, no intentaron usar sus poderes.
 --Nosotros, los hombres, no somos como los Vigilantes, -dijo Curt amargamente-. Ya viste lo que nos pasó a Garrand y a mi.
 --Lo sé, -dijo Simon-. Pero es posible que el hombre acabe creciendo hasta convertirse en un ser tan sabio como eran los Vigilantes en la época en que encontraron el Manantial. Quizás, para entonces, seamos ya lo bastante poderosos como para ser capaces de renunciar al poder. Esa es nuestra esperanza.
 

FIN


 



 

Traducido en septiembre-octubre del 2004
por Javier Jiménez Barco

 
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